Novela


 

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A veces te veía escribir y, a mi pesar, recordaba los cuadernos de ella. Pensaba: la buena letra es el disfraz de las mentiras p 152

 

 

 

 

 

Están allí. En el diario, en el blog, en el suplemento literario de turno. Se anuncian como un gran letrero de neón. NOVEDADES. Tras él, descargan listas con las novelas que aparecerán este otoño en las mayores editoriales del país. El repaso me deja en la más absoluta frialdad. Lo interesante seria saber qué han leído, qué les ha emocionado este verano. Mi libro ha sido ‘La buena letra’, de Rafael Chirbes

 

El libro es una carta – testamento de una madre, Ana, a su hijo. Una novela corta, de apenas ciento cincuenta paginas. Muy fina, bien pulida. Escrita en primera persona y desde el punto de vista de alguien que por primera vez en su vida se pone a escribir sus recuerdos. Son la historia de su familia en un pueblo valenciano, que corre en paralelo a la del país, a lo largo de la guerra civil y la enorme posguerra que fue el franquismo .

 

‘La buena letra’ es una novela de detalles. Emplazados en medio del discurso, sin destacar, pero que dan un brillo especial a la novela. El brasero de picón, los  pantalones de mil rayas, las fotografías guardadas en el cajón del aparador. Los pantalones de  boda que Ana le obliga a ponerse a su marido cuando este se entrega a los falangistas, para que si le ha de pasar algo, sea con la mejor ropa que tiene, y que después le sirven para saber que no se halla entre los fusilados. Los maridos yendo al fútbol el domingo por la tarde, el único momento de ocio de los obreros, dejando a las mujeres en casa porque como decía el anuncio de coñac peleón, ‘es cosa de hombres’. El cine, el gran escape de la mediocridad franquista para la práctica totalidad del país. La humillación de, acabada la sesión, ponerse en pie y cantar el ‘Cara al sol’ brazo en alto, con los falangistas vigilando que a nadie se le olvide el entusiasmo. En la escuela del pueblo de mi madre, los alumnos recibían al delegado provincial también brazo en alto y a grito pelado, a ver si les daban unos días de colonias. No se las dieron.

 

Como en algunas películas de Bergmann, la historia se desdobla en dos personajes femeninos antagónicos, Ana, y Isabel, la cuñada. Ana es la golden heart y Isabel la trepa. Esta utiliza a la gente en beneficio propio. La primera sólo sabe luchar y sufrir. Alrededor de ellas se crea una historia de amor y muerte. El amor que une a la protagonista con su familia y que da sentido a la lucha por la supervivencia en tiempos terribles.

 

La muerte flota alrededor de toda la historia. Los muertos en la guerra, los muertos prematuros, los muertos en vida, agonizantes, y los que mueren demasiado tarde. En la actual sociedad hiperhiguienizada, la muerte es algo inevitable y molesto, reservada a la vejez. En ‘La buena letra’ la muerte es arrebatadora y terrible. Deja huecos que tiene que llenar la memoria. No había otra forma de seguir viviendo. Una cultura que endurecía y a la vez profundizaba en la vida y la muerte.

 

‘La buena letra’ es una novela triste y de una gran belleza. No dejara indemne a cualquier lector que tenga sangre en las venas.

 

Rafael Chirbes La buena letra  Barcelona: 2002, Anagrama

 

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Kafka … sobre todo, me enseñó que no es necesario escribir bien (p 519)

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Como no ha de ser una novela.

El narrador no ha de explicar reiteradamente, hasta la pesadez, que está escribiendo una novela. Que la empiezo. Que  sigo. Que estoy en ello. Que dentro de poco explicaré de donde viene el titulo. Ya lo he explicado…. ahora tendré que acabarla. Sí, acábala, por favor. En la aceptación tácita del pacto de ficción que el lector hace al abrir y empezar una novela va incluido el hecho de que está leyendo una novela. Nos damos por enterados.

Como bien remarca Stewart Home en ‘Memphis underground’, no hay nada más antiliterario que la descripción de la dieta de los personajes. Cada vez que leo la insistencia con la que algunos narradores se empeñan en recitar los hábitos alimenticios cotidianos del  personaje me acuerdo del inicio de ‘Sebastian Knight’ de Nabokov. De aquella institutriz inglesa que tenia una vida tan aburrida que la única entrada de su diario íntimo era la meteorología del día.

Un  trotskista me dijo una vez ‘De Marcuse, no abuse’. Lo mismo vale para los sueños y la literatura. Que te cuelen uno o dos…pase. Cuando eso aumenta a uno cada veinte páginas, te dan ganas de tirar el libro por la ventana. El psicoanálisis ha hecho mucho daño, y no hay recurso más barato para ocultar la incapacidad de articular un relato original verosímil que empezar a meter sueños delirantes en medio de la nada para que parezca que el personaje realmente tiene una gran vida interior o un subconsciente muy efervescente.

‘La novela luminosa’ es el libro póstumo de Mario Levrero. Tiene dos partes. Una es un diario anual de un neurótico depresivo encerrado en su casa jugando con el ordenador. Cuatrocientas páginas. La segunda parte, la pretendida novela luminosa, son una  serie de reflexiones filosófico- religiosas apedazadas con unos cuantos polvos exitosos y otros tantos fracasados. Doscientas páginas. El resultado final, no hay por donde cogerlo; no es un inteligente experimento narrativo, no es un juego con el lector desde la literatura del absurdo (‘¡no has entendido nada! ¡ se esta riendo de lo que nosotros, los lectores, esperamos de una novela!’) ni es una muestra de la exquisita sensibilidad de alguien que abre su corazón. Sobretodo, no es una pretendida dilatación del tiempo narrativo en un algo mas allá de la novela. Kafka, que sabe escribir muy bien, y Beckett lo consiguen, Levrero no.

Es exactamente lo contrario a una novela que justifica y agradece el tiempo dedicado a ella Que cada cual le ponga la palabra con la que se sienta más comodo.

Mario Levrero  La novela luminosa  Barcelona; 2005, Mondadori

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Una vez le preguntaron a una nodriza de qué iba Romeo y Julieta y ella contestó: ‘de una nodriza’ (p 1133)

 

 

 

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Un día, leo una noticia. Habla de un antiguo izquierdista antifranquista, el más radical de todos, y el más seductor, un piquito de oro, que acabó en las veladas del Liceu y haciendo negocios con el hijísimo. Le acusan de evasión a paraísos fiscales. Otro día, casi cada día, observo las filas de turistas que recorren, a pie o en autobús descapotable, las calles de una montaña barcelonesa llena de parques y museos. Alguna vez imagino a dos niños, un gitano con una ortopedia y otro alto y desgarbado, cruzando la avenida Miramar a toda velocidad, perdiéndose hacia el Poble Sec. En estos días, en aquellos y en los que vendrán, me acuerdo de ‘El día del Watusi’.

‘El día del Watusi’ es la gran novela de Casavella. Originalmente se publicaron los tres libros, ‘Los juegos feroces’ , ‘Viento y joyas’ y ‘El idioma imposible’, entre el 2002 y el 2003. Se reedito en 2009, como un único volumen, e incorporando las correcciones que el autor había hecho en los años posteriores a su publicación. Casavella murió en 2008, cuando estaba escribiendo la continuación de las aventuras de Fernando Atienza. La reedición confiere una unidad totémica al conjunto de las tres novelas originales. ‘El día del Watusi’ hay que leerlo entero, como un solo libro. Solo así se entiende la magnitud del proyecto de Casavella.

La primera parte, ‘Los juegos feroces’, es una novela de aventuras. Transcurre en un solo día, el 15 de Agosto de 1971, el día del Watusi. Dos niños, Fernando y el Ye-ye (Tom Sawyer y Huckleberry Finn) corriendo por la ciudad, intentando descubrir un asesinato, persiguiendo un fantasma. La segunda, ‘Viento y joyas’, es una novela picaresca y también una novela de iniciación. Fernando Atienza se convierte en una mezcla de don Pablos y Lucien Chardon para describir la trayectoria que va entre la patada hacia arriba y el dejar caer sin red en los tres años iniciales de la transición, entre 1974 y 1977. La tercera, ‘Los idiomas imposibles’ es la más larga y la más diversa. Es una novela generacional, de la gente que vivió la década de los ochenta. El titulo es un juego de palabras que esta presente a lo largo de toda la obra. El idioma posible seria el real, el que utiliza la gente para entenderse cotidianamente. Pero este idioma se sustenta sobre una farsa, se utilizan palabras que no significan lo que son, aunque disimulemos que sí. El idioma imposible, el que busca el protagonista a lo largo de toda la novela, es el inverso. El que significa realmente sin necesidad de mostrarse de forma natural. Solo hay unas ciertas vías de acceso, una de ellas seria la música.

Por encima de todo esto, hay tres temas más. El Watusi es una novela de lo que Kiko Amat llama literatura de las aceras. No por casualidad se inicia en uno de los últimos restos de chabolismo, de barrios clandestinos en la Barcelona franquista, y con la sombra de un personaje, el Watusi, que recuerda al Mac The Knife brechtiano. ‘Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar…’ . También es una historia de Barcelona. Eduardo Mendoza hizo algo similar con ‘La cuidad de los prodigios’ y Javier Calvo lo esta haciendo con otra trilogía, ‘Corona de flores’, ‘El jardín colgante’ y una tercera aun por publicar. La de Casavella es más subterránea si cabe y mucho más desencantada, más ácida con el retrato de una ciudad que en veinte años, los que van de la dictadura a las olimpiadas, tapó sus muertos y sus miserias, que fueron muchas, bajo el peso de la modernez (rima con memez) de la ‘marca Barcelona’. Es la historia de una gran farsa. Es la historia de un fracaso, el de su protagonista, Fernando Atienza, pero sobretodo es la historia de una gran mentira. En cada uno de los libros, en cada momento, hay una parte oculta. Hay un algo central que aparenta, pero que sabemos que no es, y que en el caso del protagonista, acaba conduciendo a la paranoia, tema que obsesionaba a Casavella. Como el genial personaje de Ballesta, siempre hay un lado oscuro que se escapa de la jugada. Que queda mas allá. Por eso, entre muchas otras razones, siempre vale la pena volver a ‘El día del Watusi’. Al menos, cada tres años.

 Obra maestra.

Francisco Casavella, ‘El día del Watusi’ , Destino, Barcelona, 2009

2666

 

Nadie presta atencion a los asesinatos, pero en ellos se esconde el secreto del mundo. ¿Lo dijo Guadalupe Roncal o lo dijo Rosa? Por momentos, la carretera era similar a un rio. Lo dijo el presunto asesino, penso Fate. El jodido gigante albino que aparecio junto con la nube negra (p 439)

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‘2666’ es una catedral. También es un mito. Fue la primera novela póstuma de Bolaño y arrastra la historia de su muerte. Esto le ha conferido una aureola mítica que tiende a identificarla con su mejor novela. No lo es. Es su obra más ambiciosa, la más compleja seria discutible. La mejor, la más redonda, es ‘Los detectives salvajes’. Aun así, ‘2666’ es una gran, gran novela y Bolaño uno de los mejores escritores en castellano de todos los tiempos.

‘2666’ es una novela inacabada. En el epilogo, Ignacio Echevarria señala que Bolaño la daba por casi concluida, que habría trabajado en ella unos meses más, pero no muchos. Hasta para alguien tan cercano a Bolaño como el propio Echevarria, no deja de ser historia ficción. Es obvio que la quinta parte, la de Archimboldi, estaba cociéndose. Pero ello no ha de suponer un handicap para la lectura de la obra en su conjunto. El proyecto general va más allá de unas paginas de más o de menos, y este funciona mejor que bien.

El titulo de libro es el futuro en el que las historias que se narran en él y sus protagonistas habrán quedado sepultadas en el olvido de un pasado lejano e intrascendente. La novela se estructura en cinco partes. La parte de los críticos (páginas 15 a 207) la parte de Amalfitano (páginas 211 a 291) la parte de Fate (páginas 295 a 440), la parte de los crímenes (páginas 443 a 791) y la parte de Archimboldi (páginas 795 a 1119). Es una novela de caminos. Borges diría que su tema es el laberinto. Son caminos que se extienden, se cortan, se cruzan entre ellos, algunos finalizan en nada y otros desembocan en nuevos caminos aún por recorrer. De entre la multitud de historias y personajes que aparecen por ‘2666’, hay dos temas centrales. La historia de Benno von Archimboldi, un escritor alemán oculto (a lo Salinger) del que solo se conocen sus libros, y la historia de los asesinatos de mujeres en Santa Teresa, trasunto de los cientos de muertas halladas en Ciudad Juárez desde principios de los noventa, la inmensa mayoría casos sin resolver. Ambas historias son los polos opuestos a través de los que Bolaño mueve la novela. Por un lado, el cielo, la literatura. Si en ‘Los detectives salvajes’ se buscaba a la poesía latinoamericana, aquí se busca a la novela europea, personalizada en Archimboldi y los diversos autores que inventa Bolaño y que le dan pie al juego borgiano de la creación de bibliografías enteras y comentarios críticos sobre autores reales e inventados. El polo opuesto, el infierno, será la muerte impune y sádica de las mujeres de Santa Teresa. Hay un elemento clave en la reescritura que hace Bolaño de dichos crímenes. El personaje periodista del DF, Sergio González, esta encamado con una prostituta y tras el polvo le explica la historia de los crímenes. La prostituta reacciona con indiferencia y este se indigna, reclamándole cierta identificación con las muertas. Esta le contesta que no, que ella es una puta y las muertas son obreras. Obreras o algunas de ellas estudiantes, incluso de primaria. Son la base de un futuro, de la esperanza de Méjico, que esta siendo asesinado impunemente.

Esta idea, la analogía con una casa en la que en el hall se discute de literatura mientras en el sótano se tortura y asesina a inocentes está, por ejemplo, en ‘Estrella distante’ y sobrevuela por entero la obra de Bolaño El legado de ‘2666’ es poner nombres y caras a esas muertas, para evitar que caigan en el olvido de un cementerio perdido en el tiempo, en el año 2666.

Hace un par de años se publicó otra novela póstuma, ‘Los sinsabores del verdadero policía’, donde están los embriones de los personajes e historias que Bolaño escribió para ‘2666’. Aun y ser bastante mejor que otras publicaciones póstumas, no deja de ser un paso más en el proceso de expolio y saqueo que están perpetrando sobre la obra inédita de Bolaño. Solo la recomiendo para fans acérrimos de ‘2666’, y me cuesta imaginar la posibilidad de que el propio Bolaño hubiera aceptado la publicación de un esbozo como ‘Los sinsabores…’ o de una novela tan floja como ‘El tercer reich’. Una vez más, el dinero ha ganado la partida a la literatura.

Roberto Bolaño, ‘2666’ , Anagrama,  Barcelona,  2004

media distancia

…y los gritos, por fin, se dirigen a mí, que estoy solo en aquel lugar, porque hay lugares donde uno está demasiado solo y se sabe visto, no obstante, como yo ahora, en que navego por debajo de un puente: “Sufre, chaval, sufre, que hay récord” ‘ p 120/121

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Digámoslo así. Distingo dos tipos de buenas novelas. De las que provocan una voluntad de ir más allá, en mi caso, de reseñarlas. Las activas y las reactivas. Las activas (por ejemplo, ‘Níquel’) entusiasman, y resulta fácil hablar de ellas, transmitir ese entusiasmo. Las reactivas también entusiasman, si, pero de otra manera. ‘El malaguanyat’ o ‘Las vírgenes suicidas’, son grandes novelas, pero resulta más complejo decir porqué. No se trata simplemente de enumerar aspectos narrativos o argumentales, hay algo que va más allá. La literatura, en estos casos, esta tocando algunos puntos complejos u oscuros. La sensación es que uno no sabe muy bien que decir, pero que resulta necesario decir algo. El cómo ya vendrá. Una novela activa, exalta. Una novela reactiva no deja indemne ‘La media distancia’ de Alejandro Gándara, estaría entre estas últimas, y este texto va en esa dirección apuntada.

‘La media distancia’ es el debut en 1984 de un jovencísimo (27 años) Gándara, un monólogo en primera persona (me resisto a lo de ‘interior’) del protagonista, un estudiante becado en Madrid gracias a sus condiciones atléticas para el medio fondo. Es una novela corta, organizada diecisesis capítulos – crisis y fragmentaria, con uno o varios fragmentos – párrafos por pagina. La novela intercala flashbacks de la infancia y la adolescencia, pero no es un novela de iniciación clásica, a lo héroe saliendo del pueblo paternal, sufriendo en la gran ciudad y volviendo ya adulto y sabio. Hay algo de eso, pero sería demasiado simple dejarla allí. Igual que la referencia obvia a ‘La soledad del corredor de fondo’, que tan poco gustó al autor en su momento. Ni tampoco es, como cita el introductor, una novela psicológica. No entiendo muy bien ese cajón de sastre de la novela psicológica. Me parece tan redundante como ‘novela literaria’. ‘La media distancia’ es una novela original, extraña y brillante. No encaja bien en las etiquetas habituales, y ese es uno de sus atractivos. Otro es unas referencias literarias de altura. Faulkner es una. Proust y todo el detallismo sensualista tanto del teen angst como del punto de inflexión, de apertura al mundo. También Thomas Bernhard sale aquí, en este caso a través de la negatividad fisicalizada, la enfermedad y la degradación del cuerpo como reacción ante la podedumbre generalizada. De hecho, el sufrimiento, real o psicosomático, del protagonista lleva más hacia la nausea de Sartre o al extrañamiento de Camus. Cada cual llevara la novela a su terreno, al que sienta más propio, y mis referencias van en esa dirección. No dejo de ver la relación de incomunicación que tiene el protagonista con sus padres como un reflejo del Antoine Doinel en ‘Los 400 golpes’. Asimismo, y por encima de todo lo dicho, ‘La media distancia’ es una novela que gira alrededor del tiempo. Tanto de la percepción del tiempo como de la forma de narrarlo. Desde la perspectiva acabada del protagonista, que citara varias veces que el no tiene futuro, que un pobre como el no tiene capacidad de elección, hasta ese intento extático de detener el tiempo, y con el, el mundo, del corredor de fondo sumergido en un cuerpo que sólo busca llegar a la meta, ganar la carrera.

Hay varias ediciones de ‘La media distancia’. La original se publico en Alfaguara en 1984 y se ha reeditado en dicha editorial también en 2008. La portada adjuntada es la de dicha reedición. El ejemplar que yo he leído es una edición que hizo Circulo de Lectores en 1986 (creo). No me constan variaciones en dichas reediciones. Si a alguien si, que me corrija.

Alejandro Gándara, La media distancia , Alfaguara, 2008, Madrid

NÍQUEL 001

Yo cruzaba la pista siempre que quedaba despejada para ir de un sitio a otro y así poder lucir mi metro ochenta y cinco de estatura y aquel modo de andar que me hiciera famoso: como navegando, movía brazos y piernas, mientras estiraba el largo cuello y sacaba pecho (luego supe que las cinco, quizá ella, me bautizaron Frankenstein). p 49

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En las cinco primeras páginas de ‘Níquel’, un tipo se queda atrapado en el hueco de un ascensor con dos cadáveres, al protagonista le abofetea en público su pareja de baile, y este, compinchado con un compañero de clase, roba un riñón a un recién fallecido sobornando a las monjas que lo velan. Si señor. Esto empieza bien.

‘Níquel’ es la primera novela de Francisco Ferrer Lerín, aunque dista mucho de ser un debut literario. El autor es una celebridad subterránea, revindicado por autores más que consolidados, y dispone de una trayectoria fragmentaria y centrada en la poesía ‘Níquel’ fue primeramente un guión de cine escrito por encargo y que el autor pasó a novela. El resultado final es espectacular. En poco más de doscientas paginas hay una novela de, si se me permite la broma ornitológica, altos vuelos.

La novela narra en formato de diario en primera persona las aventuras del alter ego protagonista desde principios de los sesenta hasta la transición. Es complicada de sintetizar. Empieza siendo un libro de aventuras juveniles, de batallitas, juergas y amistades, se convierte en un thriller ornitológico y acaba siendo una novela conspirativa. Puede que sea todo ello y más, o ninguna de esas cosas en concreto. Pero por encima de etiquetas varias, si que tengo claro que se trata de una novela sobre las pasiones. Sobre las pasiones del protagonista, que son básicamente los pájaros (los necrófagos, concretamente), el póquer, la literatura y las mujeres. Aquí están los ejes, y sobre ellos giran las paginas de ‘Níquel’. La historia, el desarrollo de la trama, que irá de lo anecdótico hacia lo terrible a medida que la cosa se complica (un poco como en el watusi, de Casavella), es la excusa para sacar a la luz lo realmente importante. Las pasiones antes nombradas y especialmente, su descubrimiento. Ese momento es el inicio de la vida, entendida esta como algo mas que la simple función biológica. Puedo empatizar con esa idea, con ese flash inicial que al protagonista le ocurre con Faulkner o con los buitres y que en mi caso se traduce con la identificación de los años, no por fechas sino por autores, por los escritores o directores de cine que me apasionaron (y que aun me apasionan) y en los que me sumergí. Así, tengo un año Nabokov, Fassbinder, Valente, etc… Aun recuerdo la cara de alguno de mis sufridos amigos cuando una vez mas empezaba la frase por ‘Pues hay una peli de Fassbinder…’. Gracias por vuestra paciéncia.

En definitiva, ‘Níquel’ es un cumulo de cosas, y todas ellas buenas. Es literatura de las aceras y es novela negra. Hay también una recurrente bibliofilia, muy borgiana, que entronca varias de las lineas míticas y subterráneas que corren por la novela. Coincidencias, temas o fantasías que reaparecen de uno u otro modo, pasando de la fantasía a la realidad o a la inversa. El elemento fantástico esta muy presente y ofrece un contrapunto curioso al realismo negro de ‘Níquel’ Especialmente buenas son las fantasías sexuales que incluyen camareras.

La prosa de Ferrer Lerín es ágil, fluida. De trazo corto y elegante, se las arregla también para recomendar al futuro lector el disponer de un buen diccionario de castellano a mano, sin caer en la pedantería del que usa una obra para demostrar su superioridad léxica. Una recomendación mas. ‘Níquel’ es una novela bastante difícil de encontrar. Hay una segunda edición, publicada en 2011 por Tusquets bajo el titulo ‘Familias como la mía’, que reúne el texto de ‘Níquel’ y una segunda novela corta, ‘Nora Peb’.

Francisco Ferrer Lerín, ‘Níquel’, Mira editores, Zaragoza, 2005

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Nota del estrangulador: Polisemia lo llaman los críticos cultos, según observo en las revistas literarias que me autoriza el maestro de la cárcel, de las que entresaco los nombres de algunos críticos pedantes y el de una tal Norma Cateli a su cabeza, a la que pienso estrangular en cuanto se me conceda un permiso de salida por buen comportamiento  p 81

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Esta novela es una locura. Una locura muy seria, bien pensada. No una locura caótica o críptica que apenas tiene sentido en la mente del autor y una minoría de descifrantes avanzados, ni una locura intencionalmente desestructurada, cuya principal pretensión sea la de volver loco al lector. ‘El estrangulador’ es una novela de locos, básicamente de un loco, que, como el propio autor no se cansa de repetir, no es más (ni menos) que una metáfora. Hasta que, como en un momento de la novela, las cosas se ponen serias, aparecen los loqueros y se acaban las metáforas.

Vázquez Montalbán es uno de los grandes nombres de la literatura en castellano contemporánea. Siempre lo he visto como una de esas cabezas privilegiadas, como Monzó, que han optado por la literatura y han sido escritores, como podrían haber conseguido cualquier otra cosa. En el caso de Montalbán su obra literaria esta condicionada por otras dos de sus facetas, la periodística y la política. Como muchos de la generación tardofranquista, Montalbán militó, y lideró, en el PSUC, a la vez que combinaba estajanovistamente prensa y novela, amén de una temprana inclusión en el grupo de los novísimos que tuvo poca continuidad. Todo ello generó un volumen de producción y una proyección pública que más que ocultar, distraían la realidad de un gran escritor.

‘El estrangulador’ es un monólogo del protagonista (que se cree el estrangulador de Boston) en su encierro psiquiátrico, dividido en dos partes. Una en versión de verdugo y asesino , y otra como victima y enfermo delirante. Entre estas dos y un no menos delirante informe del psicoanalista que lo trata, Montalbán desarrolla una historia poliédrica similar a lo que hace Nabokov en ‘Desesperación’ o ‘Sebastian Knight’. Llegados a cierto punto de la lectura de ‘El estrangulador’, las causas de la presencia del estrangulador en el manicomio pasan a un segundo termino respecto a la relación dialéctica entre el protagonista, sus médicos y victimas, y la magnifica farsa que tejen entre todos ellos.

Ahora bien. ‘El estrangulador’ no es una novela psicológica. Abstenerse dostoyevskianos irredentos. Es una gran purga del autor contra todas sus fobias, publicas y notorias. Todas las víctimas del estrangulador, reales o ficticias, logradas o fracasadas, existen en el imaginario del propio personaje, el último reducto para la victoria (ni que sea literaria) en una realidad histórica de constante derrota. Montalbán aplica toda su inteligencia y su mala leche (y tiene mucha de ambas) para pasar a cuchillo a profesores, médicos, políticos, familiares, críticos… Aquí recibe todo el mundo. Pero por encima de todo, penaliza una forma de escribir y de entender el mundo, que a principios de los noventa arrasaba con las demás cosmovisiones bajo la etiqueta del discurso postestructuralista. En la novela, este queda reflejado básicamente en los psicoanalistas lacanianos que tratan al estrangulador, pero Montalbán, al que el tema no le pilla de nuevo, desmonta un discurso que tenia que argumentar un momento histórico, el de la sociedad post industrial después del final de la guerra fría y del socialismo real, y que cuando han llegado los problemas (hoy) lo único que queda de los imbatibles teóricos de la posmodernidad es una inmensa y desierta nulidad. Esta novela era una purga, quizás la única posible para  Montalbán, pero más allá de su brillantez literaria, era también un aviso de lo que estaba por venir. Por eso esta dedicada ‘a mis victimas’. Sin ellas, esta novela no hubiera sido posible.

Manuel Vázquez Montalbán, ‘El estrangulador’ ,Mondadori, Barcelona, 1994

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