Novela


NÍQUEL 001

Yo cruzaba la pista siempre que quedaba despejada para ir de un sitio a otro y así poder lucir mi metro ochenta y cinco de estatura y aquel modo de andar que me hiciera famoso: como navegando, movía brazos y piernas, mientras estiraba el largo cuello y sacaba pecho (luego supe que las cinco, quizá ella, me bautizaron Frankenstein). p 49

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En las cinco primeras páginas de ‘Níquel’, un tipo se queda atrapado en el hueco de un ascensor con dos cadáveres, al protagonista le abofetea en público su pareja de baile, y este, compinchado con un compañero de clase, roba un riñón a un recién fallecido sobornando a las monjas que lo velan. Si señor. Esto empieza bien.

‘Níquel’ es la primera novela de Francisco Ferrer Lerín, aunque dista mucho de ser un debut literario. El autor es una celebridad subterránea, revindicado por autores más que consolidados, y dispone de una trayectoria fragmentaria y centrada en la poesía ‘Níquel’ fue primeramente un guión de cine escrito por encargo y que el autor pasó a novela. El resultado final es espectacular. En poco más de doscientas paginas hay una novela de, si se me permite la broma ornitológica, altos vuelos.

La novela narra en formato de diario en primera persona las aventuras del alter ego protagonista desde principios de los sesenta hasta la transición. Es complicada de sintetizar. Empieza siendo un libro de aventuras juveniles, de batallitas, juergas y amistades, se convierte en un thriller ornitológico y acaba siendo una novela conspirativa. Puede que sea todo ello y más, o ninguna de esas cosas en concreto. Pero por encima de etiquetas varias, si que tengo claro que se trata de una novela sobre las pasiones. Sobre las pasiones del protagonista, que son básicamente los pájaros (los necrófagos, concretamente), el póquer, la literatura y las mujeres. Aquí están los ejes, y sobre ellos giran las paginas de ‘Níquel’. La historia, el desarrollo de la trama, que irá de lo anecdótico hacia lo terrible a medida que la cosa se complica (un poco como en el watusi, de Casavella), es la excusa para sacar a la luz lo realmente importante. Las pasiones antes nombradas y especialmente, su descubrimiento. Ese momento es el inicio de la vida, entendida esta como algo mas que la simple función biológica. Puedo empatizar con esa idea, con ese flash inicial que al protagonista le ocurre con Faulkner o con los buitres y que en mi caso se traduce con la identificación de los años, no por fechas sino por autores, por los escritores o directores de cine que me apasionaron (y que aun me apasionan) y en los que me sumergí. Así, tengo un año Nabokov, Fassbinder, Valente, etc… Aun recuerdo la cara de alguno de mis sufridos amigos cuando una vez mas empezaba la frase por ‘Pues hay una peli de Fassbinder…’. Gracias por vuestra paciéncia.

En definitiva, ‘Níquel’ es un cumulo de cosas, y todas ellas buenas. Es literatura de las aceras y es novela negra. Hay también una recurrente bibliofilia, muy borgiana, que entronca varias de las lineas míticas y subterráneas que corren por la novela. Coincidencias, temas o fantasías que reaparecen de uno u otro modo, pasando de la fantasía a la realidad o a la inversa. El elemento fantástico esta muy presente y ofrece un contrapunto curioso al realismo negro de ‘Níquel’ Especialmente buenas son las fantasías sexuales que incluyen camareras.

La prosa de Ferrer Lerín es ágil, fluida. De trazo corto y elegante, se las arregla también para recomendar al futuro lector el disponer de un buen diccionario de castellano a mano, sin caer en la pedantería del que usa una obra para demostrar su superioridad léxica. Una recomendación mas. ‘Níquel’ es una novela bastante difícil de encontrar. Hay una segunda edición, publicada en 2011 por Tusquets bajo el titulo ‘Familias como la mía’, que reúne el texto de ‘Níquel’ y una segunda novela corta, ‘Nora Peb’.

Francisco Ferrer Lerín, ‘Níquel’, Mira editores, Zaragoza, 2005

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Nota del estrangulador: Polisemia lo llaman los críticos cultos, según observo en las revistas literarias que me autoriza el maestro de la cárcel, de las que entresaco los nombres de algunos críticos pedantes y el de una tal Norma Cateli a su cabeza, a la que pienso estrangular en cuanto se me conceda un permiso de salida por buen comportamiento  p 81

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Esta novela es una locura. Una locura muy seria, bien pensada. No una locura caótica o críptica que apenas tiene sentido en la mente del autor y una minoría de descifrantes avanzados, ni una locura intencionalmente desestructurada, cuya principal pretensión sea la de volver loco al lector. ‘El estrangulador’ es una novela de locos, básicamente de un loco, que, como el propio autor no se cansa de repetir, no es más (ni menos) que una metáfora. Hasta que, como en un momento de la novela, las cosas se ponen serias, aparecen los loqueros y se acaban las metáforas.

Vázquez Montalbán es uno de los grandes nombres de la literatura en castellano contemporánea. Siempre lo he visto como una de esas cabezas privilegiadas, como Monzó, que han optado por la literatura y han sido escritores, como podrían haber conseguido cualquier otra cosa. En el caso de Montalbán su obra literaria esta condicionada por otras dos de sus facetas, la periodística y la política. Como muchos de la generación tardofranquista, Montalbán militó, y lideró, en el PSUC, a la vez que combinaba estajanovistamente prensa y novela, amén de una temprana inclusión en el grupo de los novísimos que tuvo poca continuidad. Todo ello generó un volumen de producción y una proyección pública que más que ocultar, distraían la realidad de un gran escritor.

‘El estrangulador’ es un monólogo del protagonista (que se cree el estrangulador de Boston) en su encierro psiquiátrico, dividido en dos partes. Una en versión de verdugo y asesino , y otra como victima y enfermo delirante. Entre estas dos y un no menos delirante informe del psicoanalista que lo trata, Montalbán desarrolla una historia poliédrica similar a lo que hace Nabokov en ‘Desesperación’ o ‘Sebastian Knight’. Llegados a cierto punto de la lectura de ‘El estrangulador’, las causas de la presencia del estrangulador en el manicomio pasan a un segundo termino respecto a la relación dialéctica entre el protagonista, sus médicos y victimas, y la magnifica farsa que tejen entre todos ellos.

Ahora bien. ‘El estrangulador’ no es una novela psicológica. Abstenerse dostoyevskianos irredentos. Es una gran purga del autor contra todas sus fobias, publicas y notorias. Todas las víctimas del estrangulador, reales o ficticias, logradas o fracasadas, existen en el imaginario del propio personaje, el último reducto para la victoria (ni que sea literaria) en una realidad histórica de constante derrota. Montalbán aplica toda su inteligencia y su mala leche (y tiene mucha de ambas) para pasar a cuchillo a profesores, médicos, políticos, familiares, críticos… Aquí recibe todo el mundo. Pero por encima de todo, penaliza una forma de escribir y de entender el mundo, que a principios de los noventa arrasaba con las demás cosmovisiones bajo la etiqueta del discurso postestructuralista. En la novela, este queda reflejado básicamente en los psicoanalistas lacanianos que tratan al estrangulador, pero Montalbán, al que el tema no le pilla de nuevo, desmonta un discurso que tenia que argumentar un momento histórico, el de la sociedad post industrial después del final de la guerra fría y del socialismo real, y que cuando han llegado los problemas (hoy) lo único que queda de los imbatibles teóricos de la posmodernidad es una inmensa y desierta nulidad. Esta novela era una purga, quizás la única posible para  Montalbán, pero más allá de su brillantez literaria, era también un aviso de lo que estaba por venir. Por eso esta dedicada ‘a mis victimas’. Sin ellas, esta novela no hubiera sido posible.

Manuel Vázquez Montalbán, ‘El estrangulador’ ,Mondadori, Barcelona, 1994

 

 

Tenemos al Libra positivo que ha conquistado el dominio de sí mismo – dijo – Es equilibrado, sensato, un ser sensible respetado por todos. También tenemos al Libra negativo que, por así decirlo, es algo inestable e impulsivo. (…) Esta preparado para dar el salto al vacío. Sea como fuere, lo importante es el equilibrio (p 339)

 

 

Cada país, y con el, cada literatura nacional, tiene sus temas obsesivos. El español es la guerra civil, y su equivalente en los Estados Unidos seria el asesinato de JFK. De hecho, recientemente hasta el inagotable Stephen King se ha apuntado al carro, para concluir, como la gran mayoría de teorías, que lo que paso realmente sigue siendo un misterio. Mas allá de un dato. De la implicación directa ( que disparó, vaya) de un tipo llamado Lee Harvey Oswald.

La diferencia entre una novela histórica y un libro de historiografia es que el último cita las fuentes de donde ha obtenido la información y la primera no. Al menos, no necesariamente. Como el propio DeLillo explica en el epílogo, la narrativa ficcional permite estirar el tema hasta donde no llegue la realidad. De eso se trata la literatura. De ofrecer algo diferente, independientemente de si los hechos de la vida real coinciden o no. Bien, si hablamos de Historia, y el asesinato de JFK es un tema histórico, una de las mejores obras recientemente publicadas es el monumental libro de Josep Fontana, ‘Por el bien del imperio’, publicado en Crítica este mismo año. El tema Kennedy aparece en el libro, y tampoco hay una conclusión definitiva. Por un lado, es obvia la implicación de Oswald (el problema es el grado) y por otro, parece de sentido común el pensar que hubo algo más que un loco con su fusil. Fontana apunta como más probable la opción de diversas tramas, en la que estarían implicados gente de diversos ámbitos (servicios secretos estatales, mafia, anticastristas) en un juego a múltiples bandas de tal complejidad que es prácticamente imposible una visión de conjunto. Si hubo algo, ese algo fue una maraña conspiratoria, y una vez ocurrida se borraron las huellas a conciencia. Incluida la del propio Oswald, asesinado por un ‘espontaneo’ el día después del asesinato de JFK. Por si acaso.

Dicho esto, ‘Libra’ es la mejor novela que se podría haber escrito sobre un tema como este. Ciertamente, hay un posicionamiento histórico del autor. No es lo mismo escribir esto que otra historia. Pero por encima de ello, lo que hay aquí es una gran novela. Una gran novela sobre un tipo que siendo un don nadie, gracias al contexto de la guerra fría acaba responsabilizado de la muerte de un presidente de los USA. Don DeLillo es uno de los grandes escritores americanos vivos. Creo que esto esta fuera de duda para quienes este metidos en dicha literatura. No es el único, pero si que representa, quizás junto a Pynchon, una vertiente mas alejada del cronista de la clase media como Below o Yates (también interesantes), y que tampoco encaja en la narrativa post a lo Foster Wallace, aunque DeLillo es un referente obvio de dichos autores.

DeLillo Sabe jugar con al estructura narrativa de la novela, dosificando los cambios de sujeto narrativo (el monologo transversal de Margeritte Oswald) y aliñando con unos diálogos no informativos de un cinismo brillante. Pero consigue que esto no se coma a la propia novela, que pese a jugar con el peso de que el lector ya conoce el final antes de abrir el libro, mantiene la tensión sin desniveles. Don DeLillo es de aquellos autores a los que la literatura tradicional le viene pequeña. Quizas por ello es capaz de firmar obras tan redondas como esta ‘Libra’ y después, quizás aburrido de la novela clásica, embarcarse en experimentos no tan logrados. Da igual, le seguiremos leyendo.

Don DeLillo   ‘Libra’  Barcelona   2005  Seix Barral

 

Nos hemos propuesto ofrecerle un afeitado distinto a todo lo que usted haya conocido. (…). Con la hoja continua autoenrrollable Ubik de cromo suizo se acabaron los cortes, los rasguños y las irritaciones. Pruebe Ubik… y déjese querer. Atención: usar siempre según las instrucciones. Y con precaución. (P 92)

 

 

 

 

Hay más originalidad en dos paginas de Philip K Dick que en doscientas de cualquier otro escritor. Pero Philip K Dick no es sólo un autor de ciencia ficción. Reúne una visión del futuro, fundamentada en un análisis histórico y filosófico original y complejo. Todo ello estimulado por una personalidad extrema y el abuso de la química. Su obra pasó prácticamente inadvertida en vida, hasta el estreno y el éxito mundial de ‘Blade Runner’ en 1982, que no llego a ver pues falleció ese mismo año de un ataque al corazón. Con el tiempo, ha ido creciendo y de ser un autor de culto, a estas alturas se le considera mayoritariamente un clásico de la literatura del siglo XX.

‘Ubik’ acostumbra a recibir el consenso de su mejor novela. No he leído su obra completa, unos cuarenta títulos, pero de los diez o quince que han pasado por mis manos, es mi preferida. Reúne todo lo básico del universo de Dick con la trama más compleja y mejor articulada que he leído en sus novelas. Dick vive y escribe en la América de los 50, 60 y 70. A partir de ahí, inventa un futuro centrado en dos teorías básicas. Por un lado, y en contra del discurso marxista clásico de la época, el capitalismo no solo ha triunfado, sino que se ha extremado en un mundo corporativo donde absolutamente todo esta mercantilizado y convertido en objeto de consumo. En ese contexto, los personajes de Dick se ven metidos en luchas entre empresas por controlar el mercado o las anomalías provocadas por el mismo. El protagonista tipo de Dick es un retrato bastante fiel del Harrison Ford de ‘Blade Runner’. Un hombre de mediana edad, con un trabajo de técnico medio en una gran empresa, pero con un talento mayor del que su trabajo le exige. Su vida fuera del trabajo es decadente y caótica. Acostumbra a estar soltero o separado y con problemas económicos. Este rol se repite en la mayoría de novelas de Dick, también en ‘Ubik’, de la mano de Joe Chip.

La segunda clave de Dick es una combinación entre el boom del mentalismo que hubo en los años sesenta, sobretodo de la mano de la difusión del psicoanálisis y la parapsicología, junto con un estado de generalización de los estimulantes químicos. No se trataba sólo de las drogas recreativas clásicas de la época hippy y posterior. La industria farmacéutica ponía a disposición del consumidor una amplia gama de fármacos (que acabarían prohibiéndose) y que eran de consumo corriente por el publico medio. El ejemplo de Elvis, al que medicaban para cualquier cosa que hiciera en el día a día, no era un caso aislado. El propio Dick consumía cantidades ingentes de anfetaminas, calmantes y demás farmacología. Todo esto le llevo a imaginar un futuro cercano en el que los humanos desarrollarían capacidades mentales larvadas hasta entonces, con lo que se romperían dos mitos de la filosofía moderna. La privacidad del pensamiento, y la unidad espacio-tiempo.

Todo esto y muchas más cosas se desarrollan en las obras de Philip K Dick. También en ‘Ubik’, un thriller futurista clásico, donde la gracia esta en la estructura subyacente más que en las escenas de acción, al que se le añade otro elemento muy dickeniano. En una reseña de la solapa, se cita al gran Casavella diciendo que Dick indagaba en dos temas trascendentales, el libre albedrío y la paranoia. Añadiria el problema de la realidad. El problema, de raíz platónica, de si esto que tenemos delante de los ojos y que damos por bueno normalmente, es ciertamente aquello que es o en verdad estamos viendo otra cosa, una pálida copia o un cierto reverso de lo que realmente es

Ubik es una gran novela. Ademas de su originalidad abismal, esta bien escrita. Se acostumbra a devaluar a Philip K Dick en este aspecto, y aunque es cierto que no era Flaubert, sus novelas son formalmente simples pero eficaces. Ubik es una novela de diálogos y estos funcionan bien. Para los que no hayan leído nunca nada de Dick, si entran en su universo, su lectura va a ser un flash. El haber visto ‘Blade Runner’ o no es secundario. Si ya conocen y disfrutan de la obra de este autor, no pierdan ni un momento y vayan a por Ubik. En las mejores librerías y bibliotecas. Inofensivo si se usa según las instrucciones.

Philip K. Dick,  ‘Ubik’ ,  Madrid, 2008, La factoría de ideas

 

‘Pero después, cuando se acabó Electra, no te quedaba nada tras lo que esconderte, nada que te mantuviese en pie. Ninguna excusa. Y ahí estabas entonces, con tu tedio y tus exigencias de verdad. Quitarse la vida. No, es demasiado espantoso, eso no lo harías. Pero si puedes quedarte inmóvil. Puedes enmudecer. Así no mientes. ‘ p 36

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La historia de Bergman con ‘Persona’ comienza, como no, con una crisis personal. Ingresado durante varios meses por una bronconeumonía, su parálisis temporal le deviene en crisis de sentido respecto a su obra. Tumbado en la cama, piensa una historia de una mujer, dividida en dos personajes interpretados por actrices diferentes pero de gran parecido físico entre ellas. Una es la artista en plena crisis de sentido que se refugia en el silencio y otra es la cuidadora que intenta devolverla al mundo real.

‘Persona’ empieza gestándose como novela. La edición de Nórdica no es un guión, el propio Bergman lo advierte, ni un esbozo narrativo. Pese a la prevención del autor en el prologo, la novela ‘Persona’ denota una identidad propia muy desarrollada. El lector que acuda a ella después de la película, verá en ella casi todo lo esencial. Sólo faltan algunos recursos narrativos visuales (las escenas finales) que Bergman ideó más adelante. ‘Persona’ es una gran película De lo mejor de la filmografía de Bergman, que es como decir de lo mejor de la historia del cine. Y ‘Persona’ – novela funciona respecto a ella como un complemento de su identidad. Es difícil no imaginar, leyéndola, a Liv Ullman sonriendo en silencio ante los discursos de Bibi Anderson. Pero esto no condiciona la lectura, sino que la enriquece, fundamentalmente porque hay una relación más directa entre el narrador y el espectador – lector.

La idea de ‘Persona’ no es original de Bergman, Es una adaptación de una obra de su admirado Strindberg, ‘La más fuerte’. Un monólogo de un acto, con dos mujeres, una que habla y otra en silencio. Bergman la lleva a su terreno para profundizar en las paradojas kirkegaardianas de la existencia humana. Hay una lectura esencial de ‘Persona’ en clave existencialista. Ahí es básico el primer monólogo de la doctora. También hay una voluntad de superación de la narratividad convencional, algo mucho más evidente en la película que en la novela por razones obvias. Por ejemplo, en el experimento metafílmico de las escenas finales.

Pero si en algo incide la novela por encima de la película es en la voluntad expresa por parte del narrador de incorporar al espectador a la obra. En la novela, es el propio Bergman el que en varios interceptos rompe el ritmo narrativo, no ya con un recurso visual, sino con una interpelación directa al sentido de la obra. Interpelación que el espectador – lector no puede obviar. Si en la película, en una escena Liv Ullman fotografía el objetivo de la cámara o la mirada del espectador, reclamándole a la escena, la novela reclama la autonomía narrativa del lector, pues este, ante la interpelación del propio Bergman al gesto radical de incompletar, de aplazar su final, delega en el espectador la decisión ultima de su vida o su muerte. En definitiva, la decisión última de su sentido. Al fin y al cabo, el lector – espectador, es, como Elisabet, el que lee o escucha en silencio

Ingmar Bergman, ‘ Persona’, Madrid, 2010, Nórdica

 

En América siempre había gente buscando trabajo. Siempre había un montón de cuerpos utilizables para reemplazar a otros. Y yo quería ser escritor. Casi todo el mundo era escritor. No todo el mundo pensaba en que podía ser dentista o mecánico de automóviles, pero todo el mundo pensaba que podía ser escritor. (…) Pero la mayoría de hombres, por fortuna, no son escritores, ni siquiera conductores de taxi y algunos -bastantes- desgraciadamente no son nada’ (p 155)

 

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Damas y caballeros: con todos ustedes, Bukowski. Chinaski, el eterno perdedor del sueño americano, alcohólico, sórdido, guarro, misántropo, que se pasa toda la vida de borrachera en borrachera, agarrado a unos cuentos y poemas que no le interesan a nadie hasta que de repente…¡milagro!. Se convierte en un escritor de culto.

Yo fui una victima de Bukowski. Lo descubrí cuando tenia quince años y me dejo flechado. El primer libro que leí fue ‘La maquina de follar’, un recopilatorio de cuentos. Lo leí en una tarde. Aun recuerdo donde y en qué postura. Un año después, me había leído todo lo que le habían publicado en Anagrama. Varias veces.

En el caso de Bukowski, como en todos los escritores denominados malditos, el personaje acaba comiéndose a los libros. La carga autobiográfica (cuando le preguntaban si todo aquello era real, el respondía ‘mitad y mitad’) y su propia vida, que era un cuento suyo en si misma, contribuyen a anular la separación entre obra y autor. Si no me creen, vayan a Youtube y vean la famosa escena de ‘Apostrophes’. Tampoco se trata de una admiración por el wild side of life, un deseo soterrado de convertir la vida en una borrachera continua. Eso, como todos los excesos, acaba aburriendo.

No. Mi pasión por Bukowski se resume en dos puntos. Uno, la búsqueda de la individualidad. Por encima del vino y los polvos, los libros de Bukowski son la historia de un tipo buscando su propio camino. Riéndose de la mayoría que busca juntarse y justificarse mutuamente para sentirse alguien, para que alguien les de la razón y olvidarse que que realmente son unos mediocres. Aquí esta la diferencia entre un Chinaski que sera el eterno marginado, el que siempre llega tarde a todo y un Bukowski que descubrirá a los 50 que eso del éxito no esta nada mal y acabara rodeado de admiradores que lo adoran y le invitan a copas. Seguro que, desde algún cuartucho, Chinaski hojea las novelas de ese tal Bukowski entre trago y trago de vino barato y piensa que si, que le ha pasado como él opinaba de Hemingway. Al principio tenia fuerza, pero se ha ido haciendo blandito. El otro gran punto de la narrativa de Bukowski es la sencillez. Cuando estas acostumbrado a insoportables lecturas de instituto, que alguien identificable hable de las cosas de una forma, clara, directa y con sentido del humor, te parece el séptimo cielo. Es lo que quería leer en ese momento, y ahora me sigue gustando, aunque no me entusiasme tanto como antes. Nos hacemos mayores.

‘Factotum’ es la segunda novela que publico Bukowski. El titulo seria algo así como ‘el que trabaja’, y de eso trata. Un repaso por los múltiples subtrabajos por los que va pasando Chinaski. Aderezados con mucho alcohol y sexo. Es un relato de la cotidianidad del perdedor, de como la sociedad le fuerza a integrarse, a ser un hombre de provecho, y de como este hace todo lo posible para fracasar una y otra vez. Como dice el mismo en otro de sus cuentos, todo el mundo vive trabajando, lo difícil es vivir sin trabajar. ‘Factotum’, es junto con ‘Cartero’ y la autobiográfica ‘La senda del perdedor’, las mejores novelas de Bukowski. Sigue conservando la frescura, la diversión y la mala leche. Como el resto de su obra, no tiene ni un porqué ni lecturas teóricas complejas. Es una serie de acontecimientos puestos en ese orden. Probablemente funcionarían igual otras historias publicadas como cuentos en un orden distinto. Es Bukowski, lo tomas o lo dejas. Para mi, la literatura no seria lo mismo sin ese viejo gruñón.

‘Factotum’ Charles Bukowski Barcelona 1995 Anagrama

‘… pues pertenecía a ese curioso tipo de escritor que sólo concede validez a la realización perfecta, el libro impreso, y para quien la existencia real de este nada tiene que ver con la de su espectro, el intrincado manuscrito que revela sus imperfecciones como un fantasma vindicador que lleva bajo el brazo su propia cabeza. Por tal motivo, el desorden de su taller nunca debe exhibirse, sea cual fuere su valor comercial o sentimental’ p 36

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Hace unos días, un amigo me comentaba lo frustrante que le resultaba el aprendizaje de idiomas. No por incapacidad, al contrario. Su metodicidad le ha llevado a conocer en profundidad cinco idiomas. Pero, me decía, resulta decepcionante que después de tantos años y esfuerzos, siempre hay algo que se escapa, siempre hay nuevos errores. Bueno, le conteste, no hace falta ir tan lejos. Esas lagunas aparecen hasta en el idioma materno. Realmente, no somos capaces de hablar bien ni un único idioma. El lenguaje no deja de ser como el agua que intentamos beber con las manos, que pese a llevarnos algo a la boca, una parte se nos escurre, irremediablemente, entre los dedos.

Esto nos pasa a la mayoría de los mortales con nuestra lengua mas propia. Hay algunos hombres especialmente dotados que consiguen un dominio superlativo del lenguaje, en el que desarrollan una obra literaria y/o filológica de nivel. Y hay una minoría dentro de esa minoría que es capaz de hacerlo con dos o mas idiomas a la vez. Conozco dos casos, seguramente haya algunos mas. Ambos son rusos, y ambos desarrollaron una obra literaria en su lengua natal para, a mediada edad, exiliarse a los USA y cambiar el ruso por el inglés para desarrollar la segunda parte de su obra en es a lengua. Uno es Brodsky, y el otro Nabokov. Nabokov escribió que dicho paso fue como si alguien que ha sido diestro toda su vida ha de aprender a escribir con la izquierda con la mano derecha atada a su espalda.

Nabokov llega a los USA en 1940, huyendo de los nazis (su mujer, Vera, era judia) y salvado in extremis por los judíos, que le facilitan unos billetes transoceanicos gracias a unas leyes antidiscriminatorias que promulgó el padre de Nabokov cuando fue ministro con Kerensky. En los Usa, consuma el paso del ruso al inglés (su carrera hasta el momento había dado unos resultados discretos) y en 1941 publica su primera obra en ese idioma, del que ya no cambiara. ‘La verdadera vida de Sebastian Knight’. El libro, que tuvo unas ventas igual de discretas que sus anteriores referencias, es una obra maestra. Es mi preferido de Nabokov, que es casi tanto como decir de la literatura universal. No es una obra totémica ni referencial, ni un punto de inflexión en la historia de la literatura. Es una novela perfecta. Es un libro absolutamente redondo, donde cada palabra tiene su sitio y el orden en que todas están dispuestas le da una extraordinaria carga de sentido.

No descubriré aquí el talento literario de Nabokov. Una inteligencia mayúscula (no sólo en lo literario, en su otra pasión, las mariposas, hizo avances científicos que se han reafirmado cincuenta años después) unido a una cultura literaria apabullante (baste el ejemplo de la edición y traducción del ‘Eugénio Oneguin’ de Pushkin al inglés, prosificado y en nueve volúmenes), dan razón de una de las obras literarias mas brillantes de la historia de la literatura. Uno de los grandes errores a los que se somete a Nabokov es reducirlo al escritor de ‘Lolita’, una gran novela, pero que no esta entre las mas logradas. Recomiendo acercarse a ‘Ada o el ardor’, ‘Desesperación’ o ‘Pálido fuego’, por citar sólo algunas. De hecho, las recomiendo todas menos ‘Invitado a una decapitación’. Para el caso de ‘The original of Laura’, me remito a la cita inicial.

‘La verdadera vida de Sebastian Knight’ es un buen ejemplo de la esencia nabokoviana. La novela es un juego de espejos entre libros y autores diversos, y entre cómo los lectores ven los libros que no son propios. El personaje del titulo ha sido un autor de culto muerto prematuramente (la descripción del narrador lo acerca a un pseudo Proust) con cinco novelas publicadas. Como hará también Borges, Nabokov aprovecha para desarrollar argumentos de novelas que jamas escribirá con títulos irónicos e imposibles como ‘La montaña cómica’ o ‘El extraño asfodelo’. El narrador es el hermanastro de Sebastian, que trata de remontar narrativamente una relación marcada por separaciones, ausencias y admiración. En su búsqueda, se encuentra con otra biografía de su hermano,’La trágica vida de Sebastian Knight’ escrita por un ex secretario sin escrúpulos y que Nabokov aprovecha para cargar tintas contra todo aquello que considera mala literatura, una obra fraudulenta. Si Bernhard en un caso así sacaría la bilis y el hacha, Nabokov saca el sarcasmo y la ironía para desmontar los tópicos de la literatura y para dibujar, a lo largo de las diversas obras que se escriben dentro de la novela que estamos leyendo, qué es buena literatura y qué es pseudoliteratura.

No se cuantas veces he leído ‘La verdadera vida de Sebastian Knight’. A cada nueva lectura le encuentro nuevas perlas y no deja de sorprenderme. Como dijo una vez uno de los alumnos que asistían a sus clases universitarias de historia de la literatura, es como ver a Miguel Ángel pintando la Capilla Sixtina. Pues eso.

V. Nabokov, ‘La verdadera vida de Sebastian Knight’, Barcelona, 1999, Anagrama

 

 

 

‘A ti, Tostao, siempre te ha faltado tiempo y te ha sobrado vida, y eso no hace más que criar mala risa y miedo’ (p. 14)

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La historia nos fascina porque la vivimos desde la distancia. Nos adentramos en guerras, conspiraciones y catástrofes de lo más variado, nos interesa y rebuscamos en el sufrimiento de otros porque cuando queremos, cerramos el libro y volvemos a nuestra confortable realidad. Así, el experto en blindados de la segunda guerra mundial o el erudito revolucionario, probablemente saldrían huyendo a la primera aparición del peligro real y físico de esas situaciones sobre las que tanto nos apasiona leer. Hubo un mas acá menos terrible, dentro del marco del siglo XX, que también genera desde hace poco cierta mística a lo, digamos, el salvaje oeste versión suburbio. Me refiero a lo que cae bajo el apelativo de lo ‘quinqui’, termino despectivo creado en su momento para nombrar a un estereotipo de chorizo de bajos vuelos, suburbanita, hijo de emigrantes, no integrado socialmente y que se dedicaba a robo y trapicheo menor, muy vinculado a la aparición de la heroína en España a finales de los setenta y los destrozos que generó en la primera mitad de los ochenta.

‘El triunfo’ fué el debut literario de Casavella. Con apenas 27 años, presenta una novela con aires de crónica negra, pero como sera una constante en sus obras, el muerto se vuelve en algo secundario respecto al elenco de personajes que salen a galería y el retrato de fondo que se dibuja a lo largo de la obra. En este caso, el protagonista es un momento histórico, un barrio suburbial de una gran ciudad española en plena explosión de lo quinqui. A un servidor, dicho momento le pillo de muy pequeño y en un contexto más protector. Pero también he oído historias de boca de protagonistas muy parecidos a los de ‘El triunfo’. Y los dos retratos se parecen mucho. Ciertamente, desde la distancia, atrae, porque comparado con el civismo hoy reinante, aquello era bastante salvaje, y por tanto, divertido. Si no lo vivías a diario. Si era así, podía convertirse en un infierno, dependiendo del rol que te tocase jugar. No creo que nadie eche de menos a los quinquis. Pero como personajes, de novela o de película, resultan entrañables. Aunque por si acaso, mejor no te cruces con un grupito de ellos que estén de mono.

‘El triunfo’ no tiene los defectos habituales y tolerables de una primera novela. Esta ya bien cocida, aunque la edición que he leído es una reedición del 2006, y conociendo el perfeccionismo de Casavella con sus propias obras, no me extrañaría que esta reedición pula las posibles novatadas de la edición de 1990. De hecho, también hay una edición en Anagrama de 1997. Veremos. Igualmente, aquí ya están presentes varias de las constantes que irán apareciendo a lo largo de su obra; la música, la Barcelona de los setenta-ochenta, el personaje semifantástico y la voluntad de enfoque narrativo desde el personaje lateral. En las novelas de Casavella la voz cantante la acostumbra a llevar alguien menos relevante, pero que a la larga resulta más interesante. Aquí se trata de ‘el Palito’, un rumbero de barrio. Una versión quinqui del bardo medieval que viajaba con la corte del rey y acudía a cantarle cuando a este le apetecía escuchar música. Si la rumba fue el genero musical por excelencia del fenómeno quinqui, otro tema con muchísima miga fue el slang generado a su alrededor. Claro, no es lo mismo oír según que cosas en boca de un negro de dos metros en el Bronx, que en boca de un tirillas de algún barrio local, el slang quinqui es algo muy cómico, y ‘El triunfo’ esta lleno de ejemplos. Aun así, resulta creíble su uso, y el recuso no acaba comiéndose a la historia. En conjunto, para algunos resulta la mejor novela de Casavella. Para mi, una de las piedras fundacionales sobre las que se armará la gran catedral casavelliana, el Watusi.

‘El triunfo’, Francisco Casavella, Debolsillo – Mondadori, Barcelona, 2006

 

 

La pitjor de les equivocacions és creure que la gent anomenada senzilla et pot salvar’ (p 48)

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La primera cosa que he fet en acabar de llegir ‘El malaguanyat’ ha estat buscar un cd de les ‘Variacions Golberg’ interpretades per Glenn Gould al 1981 que em va regalar una excompanya de classe pianista i posar-lo al meu vell i atrotinat discman. Tot el que podria escriure sobre el que ara escolto seria un simple ‘m’agrada’. Però puc entendre la sensació del narrador escoltant-la. Fins i tot, en el moment clau de la novel·la, el de la primera audició, quan se n’adona que ni ell ni ningú aconseguiran tocar les ‘Variacions Goldberg’ com ho esta fent aquell home que tenen al davant. El llibre de Bernhard és una obra mestra. Ni més ni menys.

Sempre he vist a Thomas Bernhard com un escriptor circular. Fa quelcom semblant al que Wong Kar Wai fa al cinema. El director xinés porta tota la vida fent la mateixa pel·lícula, un cop i un altre, amb petits canvis de, diguem-ne, decorat. D’entre totes elles sobresurt ‘In the mood for love’, que li va quedar perfecta. Bernhard igual. Escriu sempre el mateix llibre, tot movent alguna peça de lloc, i en el cas de ‘El malaguanyat’, el resultat final ratlla a la perfecció. Ambdós autors corren el risc d’avorrir a l’espectador, perqué un té certa sensació de deja vu davant la insistència en les seves obres. Per contra, aconsegueix un estil propi molt marcat, únic i aconsegueix també que l’apropament a una temàtica des de diferents angles tregui a la llum de forma més evident la càrrega metaliteraria de les seves obres. En definitiva, la intenció de l’autor d’anar mes enllà del simple (i noble) fet d’ explicar una historia.

La repetició esdevé un dels eixos de la obra de Bernhard. tant sintàcticament com narrativament. ‘El malaguanyat’ és un llibre de 124 pàgines que no té cap punt i a part des de la segona pàgina fins el final. Tot un únic paràgraf d’histories breus i reflexions que giren un cop i un altre sobre els mateixos eixos , fent avançar el llibre de forma opressiva, angoixant i circular. És com si un es trobés enmig d’un remolí, del que només se’n surt amb el final del llibre. En d’altres obres del mateix autor, l’experiencia pot resultar esgotadora, fins i tot avorrida per repetitiva. A ‘El malaguanyat’ , la brillantor narrativa porta la forma als seus màxims resultats. Sempre les ‘Variacions Goldberg’, sempre aquest narrador tornant-hi sobre els mateixos pensaments. La idea del malaguanyat, de un Wertheimer que sacrifica l’existència per l’incapacitat d’assumir la derrota fundacional; cap d’altre que no sigui acceptar que la genialitat està fora del nostre abast. Que els grans artistes, del piano o del que sigui, com els filosofs (ara que qualsevol pelacanyes que té un llibre publicat i va fer un seminari amb Derrida s’autoanomena filòsof) es poden contar amb els dits de la mà. I per als pocs d’entre la resta de mortals capaços d’adonar-se’n, el trist consol d’acceptar que la vida es un llarg i continuu periode de decadencia. Gratificant, oi?

Normalment s’associa Thomas Bernhard a una mena d’enfant terrible nihilista. Certament, no és un escriptor divertit. Lletjor, malaltia, corrupció, son constants en els seus llibres. Tot alló humà, social, civilitzat, entés com el gust i l’obra de la majoria li produeix repulsió. Tota aquesta negativitat seria per si sola parodiable sense la figura del subjecte genial que s’hi retalla al darrera. L’intent de dibuixar un mon des de els ulls d’aquell que es reconeix superior a la resta dels seus congeneres. I que indefectiblement veu un mon mediocre ple de gent mediocre. ‘El malaguanyat’ és abans que res un assaig sobre la figura del geni. Tres genis, un triomfant i dos mes o menys fracassats, que es presenten com els tres costats d’un mateix subjecte descentrat. Una única figura amb tres personatges que es reparteixen el protagonisme.

De ‘El malaguanyat’ hi han diverses edicions . L’última que he llegit, i en la que em baso per aquesta ressenya, és la catalana, publicada per Proa. La traducció és prou bona, pero l’edició és terrible. Està farcida d’errades. Per al lector bilingue, com es el meu cas, recomano l’edicio en castellà de Alfaguara.

‘El malaguanyat’ , Thomas Bernhard , Proa, Barcelona , 2003

 

 

Sabia que dentro de tres copas el trabajo habría terminado. Es reconfortante empezar a beber a primera hora de la mañana sabiendo que, una vez borracho, uno tiene el día entero libre  (p 94)

 

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En la historia de la URSS, al periodo del mandato de Brézhnev (desde finales de los sesenta a principios de los ochenta) se le llama ‘el empantanamiento’. Más gráfico, imposible. Mientras el occidente capitalista y decadente hervía de glam, punk y coletazos post sesentayocho, el otro lado del telón de acero se consumía en una cotidianidad gris, oficialista y mediocre. Ahogada en propaganda oficial del sistema y montones de vodka. De ese sótano que tan bien retrató Kusturica en ‘Underground’ emergió una gran generación de escritores. Los más conocidos son Brodsky y Dovlátov. Ambos fueron invitados a emigrar. Ambos murieron demasiado jóvenes, cuando el alcohol les pasó factura. Brodsky fue premio Nobel. Dovlátov sobrevivió como pudo.

Dovlátov es un escritor brillante. Mucho más de lo que aparenta en una primera lectura. Sus novelas son colecciones de cuentos cortos estructurados alrededor de un eje temático. En ‘Los nuestros’, dedica un cuento-capitulo a cada miembro de su familia. En ‘La maleta’, otro por cada objeto que contenía la única maleta que le permitieron sacar de la URSS. En ‘El compromiso’, la historia de su experiencia como periodista en un diario estonio. Cada cuento tiene que ver con un articulo que publicó en dicha prensa. El titulo, el compromiso, es el pacto entre lo publicado oficialmente y lo que realmente pasó, el material del cuento. Explicaba Ricardo San Vicente, traductor entre otros del mismo Dovlátov, que la palabra rusa que traducimos por ‘compromiso’ se movería entre la literalidad y otro tipo de compromiso, que aquí entenderíamos como una bajada de pantalones. Se trata del orgullo que se tiene que tragar el Dovlátov periodista cada vez que escribe la noticia al gusto del oficialismo soviético.

‘El compromiso’ son doce noticias-cuento, agrupadas en menos de doscientas páginas. Dovlátov no tiene ninguna novela floja, todas son excelentes, pero esta es mi preferida. Es el Dovlátov más pulido y más sarcástico. Si leyendo a Shalamov, otro grandisimo escritor ruso del XX, el peso de lo terrible, la violencia del sistema sobre el sujeto, apenas permite la sonrisa, en Dovlátov lo trágico se vuelve tragicómico. Como él mismo dice en el prologo a ‘La zona’, la diferencia entre Shalamov y él es que en sus libros no hay odio. Hay resignación, hay cinismo, hay incluso indignación, pero todo es vivido desde la indiferencia moral. A Dovlátov se la suda todo. Quizás por eso tardará tanto en emigrar a los USA, que acogerá con similar indiferencia. Al menos eso se desprende de sus novelas.

A Dovlatov se le disfruta leyéndolo. Hay una voluntad expresa por su parte de entroncar con la literatura oral, con la batallita que te explica el amigote, que a algunos les puede parecer que le resta bouquet literario y que a mi me encanta. En los cuentos del ‘El compromiso’ hay un juego literario a tres bandas. La noticia oficial, narrada en pomposo oficialismo soviético, la historia que dio origen a la noticia, fragmento de lo cotidiano concluido habitualmente en una monumental borrachera, y las historias secundarias dentro del cuento, que narra el mismo Dovlatov en flashback o explica el camarada de turno, Ahí están las perlas, como la historia del tipo que se ahorca de la lampara para darle un susto a su mujer o la del locutor de radio que proclama su resaca por antena. Si para una manera de entender la literatura, esta abre las puertas de la realidad, que se revela como la mejor novela, para Dovlátov, la realidad es algo gris, aburrido, que solo adquiere sentido a través de la ficción y, en su caso, de la botella de vodka.

‘El compromiso’, Serguey Dovlátov,  Ikusager,  Vitoria-Gasteiz,  2005

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