La buena letra

A veces te veía escribir y, a mi pesar, recordaba los cuadernos de ella. Pensaba: la buena letra es el disfraz de las mentiras

 

Hace unos años, Anagrama empezó una colección de reediciones a la que bautizó, jamesianamente, ‘Otra vuelta de tuerca’. En ella se recuperaban rarezas descatalogadas, como la brillante inaugural ‘El rey de las dos Sicilias’, de  Andrzej Kuśniewicz,  y se reagrupaban autores, a veces con criterios de género, como los cuentos de Bolaño o Paley, a veces con criterios editoriales, como la edición en un solo volumen de dos de las mejores novelas de Rafael Chirbes, las que publicó a principios de los noventa; ‘La buena letra’ y ‘Los disparos del cazador’, renombradas como ‘Pecados originales’.

Aunque el título sea discutible, la decisión fue un acierto. Ambas eran novelas muy breves, monólogos en los que un narrador en su vejez le escribe la carta de su vida al hijo. El tono es intimista, melancólico y paternal, una despedida en la que el narrador expía sus miedos, fracasos y sufrimientos, que han sido muchos. En ambas el relato gira alrededor de una historia familiar y ya apunta una exploración de su territorio natal, la Valencia de provincias de después de la guerra.

En estas primeras novelas, Chirbes equilibra el peso individual con el paisaje de fondo, aunque cada vez más tenderá a desarrollar la temática histórica y política en sus novelas posteriores. Cada vez también con más éxito, tanto de público como de crítica, hasta su inesperado fallecimiento en 2015. La Guerra Civil en ‘La larga marcha’ y ‘La caída de Madrid’ y la cultura del pelotazo y la crisis en ‘Crematorio’ y ‘La otra orilla’. Con estas últimas y la adaptación televisiva de ‘Crematorio’, Chirbes ya jugaba en la primera línea del star system literario nacional. Aunque dicen los que lo conocían que nada mas lejos de su voluntad que convertirse en un escritor mediático. Vivía semi retirado, en uno de sus escenarios valencianos rurales, ocupado en nada mas que en su siguiente libro.

Pese a los premios, el mejor Chirbes está en ese díptico, especialmente en ‘La buena letra’. Aunque ambas novelas compiten, Ana, la madre sufridora de ‘La buena letra’, le queda mucho más redondo que Carlos, el trepa sin escrúpulos de ‘Los disparos del cazador’. La culpa la tiene el propio tono en el que Chirbes escribe la historia de ambos. El caso de Ana es una mujer que ha tenido que aguantar en silencio el peso de su familia y los desastres de cada uno de sus miembros porque, como tantas otras mujeres de su generación, ellas no tenían la opción de hundirse o dejarse caer. La suya era una lucha a la manera de la última que aguanta la bandera, no hay otro detrás. Ese sufrimiento sólo se permite aflorar cuando ya no queda nadie por quien aguantárselo. Pero sigue siendo doloroso, porque aún sigue creyendo en que lo correcto es la bondad. El protagonista de ‘Los disparos del cazador’ es un viejo rico y impedido que rememora sus amantes y negocios, también con una familia de fondo. Pero la narración se asemeja más a una confesión católica ante un cura al que hace mucho tiempo que uno no visita, ni cree, y en el fondo mas que para conseguir la absolución el propósito real es darle envidia al que escucha. El sufrimiento de Carlos es desencantado, casi cínico. La narración deriva entre los lujos y vacío emocional del nuevo rico que se da cuenta que el dinero no es todo y que de repente llega un dia que ya no se te levanta. Nada, ni la polla ni el alma.   

También en los noventa, Lars Von Trier escribió y dirigió una serie de películas protagonizadas por mujeres excepcionalmente bondadosas a las que la vida y los humanos trataban muy mal, con resultados diversos. La muerte de las protagonistas en ‘Breaking the waves’ y ‘Dancer in the dark’ y la masacre de los demás en ‘Dogville’. Trier las llamaba las películas ‘Golden heart’. ‘La buena letra’ seria también una novela ‘Golden heart’. Enfrente de esa madre bondadosa van apareciendo una galería de personajes familiares que se empeñan en amargarle la vida. Un marido bueno pero que no supera la ruptura con su hermano, una cuñada con ínfulas de señora que abusa de todos los que tiene a su alrededor, un cuñado depresivo enamorado en secreto de la narradora y unos hijos que abandonan a la madre y solo la necesitan para que firme la venta de su casa. Podría ser un guion para una película de Fassbinder, con Bridgett Mira de protagonista, o una novela de Hans Fallada. Lo que hace especial a ‘La buena letra’ es, además de lo certero del personaje, el retrato de fondo de un pueblo valenciano de postguerra y franquismo, y la capacidad de Chirbes para adaptar su escritura a esa voz que decide hablar poco antes de morir. Un lenguaje sencillo, básico, imágenes visualmente muy potentes, de una melancolía poética, como la breve fantasía que aportaba el cine en esa época

A medida que se alejaban los recuerdos espantosos de la guerra, volvíamos a soñar: un día podríamos peinarnos como aquellas mujeres tan guapas que parecían de verdad en la pantalla y no eran más que humo’

Pobre ilusión de una enorme importancia para la clase obrera que logro salir a flote en lo más oscuro del siglo XX, y que esas dos horas de evasión en una película de la Warner eran media vida. Lo otro, la muerte, era lo cotidiano, y ello se refleja también de forma brillante a lo largo de una novela, en el abandono de una familia y una vida que se va convirtiendo en sombras, las mismas a las que Chirbes dedica la novela.

Rafael Chirbes, La buena letra,  Barcelona, 1992, Anagrama

Un comentario en “La buena letra”

  1. cada dia escrius millor!
    m’agrada el teu estil de crític literari culte i “perdonavides”
    me l’apunto (la novel·la), però espero la ressenya de la larga marcha, a veure quan t’hi animes

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