El tazón de hierro

‘Pasionaria ha pedido la palabra’

La primera frase de la ‘Autobiografía de Federico Sánchez’, de Jorge Semprún, está cargada de una mitología comprensible solo para los curtidos en la historia del PCE y del marxismo español en general, que, en 1977, cuando se publicó, eran bastantes. Dolores Ibárruri, Pasionaria, era el símbolo vivo e indiscutido del PCE y de los perdedores de la guerra civil española. Carrillo, la diana del libro de Semprún, seguía liderando con mano de hierro el PCE, mientras que Dolores había pasado, ya en los lejanos cincuenta, a un discreto segundo plano simbólico. Cuando empieza la acción del libro, Federico Sánchez – Jorge Semprún está batallando en el pleno del Comité Central que decidirá su expulsión y la de Claudín por desviacionismo al oponerse a la línea del camarada secretario. Veinte años después de ese pleno, Semprún se la devuelve con un libro donde deja a Carrillo de vuelta y media en el año de las primeras elecciones generales de la democracia. En ellas, el PCE fue barrido por el PSOE del jovencísimo Felipe González, que sextuplicó diputados a Carrillo.

No hay ningún comentario en ‘El tazón de hierro’ sobre la ‘Autobiografía de Federico Sánchez’, ni en general sobre lecturas. Alguna cita a Mao y poco más. En esas fechas, al camarada Eneko la acción política le dejaba poco tiempo para la teoría. Tendrán que llegar los años de la cárcel para ello.

‘El tazón de hierro’ es la autobiografía de Félix Novales (el camarada Eneko), un joven vasco que con diecisiete años entra en el PCE-reconstituido, en la clandestinidad, un año después forma parte de un comando de los GRAPO y a finales de 1978 es detenido y condenado por varios atentados, con seis muertes a sus espaldas. Diez años después Novales escribe su autobiografía. Aún sigue en la cárcel, pero ha roto con el partido e inicia el proceso de reinserción que en 1989 le lleva al segundo grado penitenciario. A partir de ahí, se pierde la pista. Supongo que consiguió la condicional en algún momento de los noventa. Si sigue vivo, hoy rondaría los sesenta años.

El libro es un documento histórico excepcional para entender la violencia política de esos años, desde la perspectiva de la izquierda marxista, y literariamente es una autobiografía más que aceptable. Clásica, al uso, pero correctamente escrita y suficientemente distanciada consigo mismo y con su historia. El autor halla un punto intermedio entre el peso histórico, su reconfiguración de la experiencia personal, y la revisión de unas acciones tremendamente dolorosas que arruinaron varias vidas. Su evolución personal le distancia tanto del ‘ya os lo decía yo’ de un Garcia Oliver en sus memorias como de la venganza política del antes mencionado Empran.

La pregunta de este y otros casos similares es cómo un adolescente ‘con cara de niño bueno’, como dice Rosa Montero, que lo entrevistó a principios de los ochenta, pasa del instituto a un comando terrorista en apenas dos años. Toda militancia política, hasta la más radical posible, es siempre la conjunción de una experiencia histórica y una personal. La histórica tiene que ver con un momento de profunda inestabilidad y conflictividad como era 1977, con un país saliendo de una dictadura de cuarenta años. Al revés que muchos otros militantes comunistas, Novales no llega al PCE-r desde una escisión, sino directamente, en su primera militancia. En el libro lo ventila en apenas unas frases. Al acabar el instituto, conoce a alguien, este le hace ver la necesidad de organizarse, le nombra un responsable político, y días después ya están enganchando pegatinas pidiendo la abstención en el referéndum de reforma política de enero del 77 en nombre del PCE-r.

Inciso histórico. El PCE-reconstituido (PCE-r) era una de las diversas escisiones del PCE que surgieron en los años sesenta y setenta. El PCE, sin sufijos, había pasado del estalinismo al eurocomunismo, en un intento por mutar a un partido democrático que aspirara a ganar unas elecciones libres. Por el camino han ido surgiendo grupos que se alejan del partido a partir de la crítica del revisionismo que coge como nuevo modelo el maoísmo de la revolución cultural china, que ha arrasado en el mayo del 68 francés. Una de esas mutaciones es el PCE-r, un partido minúsculo, que nunca pasó de unos centenares de militantes, dirigido por Manuel Pérez, ‘el camarada Arenas’, ampliamente nombrado y no para bien, en la parte del libro que pasa en la cárcel. La diferencia del PCE-r con el resto de micro partidos comunistas era que estos tenían un brazo armado, los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO), unos Baader-Meinhof a la española. Agravados por coincidir en un mismo periodo con el terrorismo de extrema derecha y un aparato estatal que salía de una dictadura. En su momento, por el evidente juego que le hacía a los que propugnaban una vuelta al militarismo fascista, mucha gente pensó que el PCE-r y los GRAPO estaban manipulados por una mano negra que no tenía nada que ver con la izquierda. En el libro de Novales no hay ningún dato en ese sentido, ni prueba ni insinuación a ningún nivel. Por muy crítico que es con el personaje del camarada Arenas, en ningún momento se sugiere dicha vinculación.

Más bien lo que queda meridianamente claro es que el PCE-r funcionaba al modo de una secta. El ideario era un marxismo desfigurado, basado en el centralismo democrático estalinista, donde la línea política la dicta el camarada secretario y esta siempre tiene razón. En base a esa línea política, se obedece lo que haga falta. Así llega el segundo momento clave del libro, en el que Novales entra en los GRAPO y empieza a matar porque le dicen que tiene que entrar. Un día, le envían a una cita en Barcelona

Era ya de noche prieta cuando nos pasó a otro camarada: ‘Bueno, supongo que ya sabéis…’ empezó diciendo y nos miramos perplejos. Pues no, no sabíamos nada. El también pareció confuso, pero empezó a explicarnos. Era un camarada de los grapo y deseaba que trabajásemos en la organización.

-Si no sabíais. Bueno… Hay compañeros que trabajan en información, otros en la sección técnica…

– ¿Y en cual crees que haremos falta?

– Pues veréis, seríais más importantes en los comandos de choque’ (p.87)

Tres meses después, están todos muertos o en la cárcel.

Un militante acepta coger las armas y disparar a quien le dice el partido por fe ciega en el papel histórico que se le ha encargado. Un profesor que tuve nos explicaba en clases de filosofía de la historia que cuando entró en la Joven Guardia Roja por esas fechas, le preguntaban a su responsable político cuanto faltaba para la dictadura del proletariado en España. ¿Seis meses? ¿Un año? Novales está convencido que en ese momento hay una guerra revolucionaria entre el Estado y la clase obrera, que lidera su partido, y que en esa guerra hay que responder al fuego con fuego. Por eso les parece incomprensible que cuando los GRAPO secuestran a Oriol y Villaescusa para exigir la amnistía, la izquierda se desmarque y condene la acción. Porque lo que Novales ve, y eso en el libro queda profusamente explicado, es un estado que ejerce la violencia fuera de los márgenes de la ley. En esos años hay varios muertos de civiles en manifestaciones que han quedado impunes.

Esa cotidianeidad, el acostumbrarse a convivir en una dinámica de acción-reacción, sumada a un entorno extremadamente cerrado en sí mismo como es la militancia clandestina y todo lo que ello puede provocar en alguien de apenas 18 años, desemboca en el desastre. Ya en la cárcel, una de las doctoras que le trata las consecuencias de las palizas, le pregunta

‘¿Porqué matáis?’. ‘Si los que matásemos fuésemos nosotros, mejor andarían las cosas’. Esa fue la respuesta. La solté de forma automática. Sin pensar. Después sí; después he vuelto a pensar en la pregunta. Y ahora, quisiera darle a aquella doctora la respuesta que han madurado los años: matábamos porque estábamos llenos de odio. Lo siento, señora.’ (p 107)

‘El tazón de hierro’ es un documento imprescindible para entender la historia de esos años y una vacuna contra el sectarismo. El título es una metáfora maoísta que los GRAPO utilizaban en la cárcel. Un tazón de hierro, del que beben todos los camaradas y nada puede romper. Pues se rompe. Vaya si se rompe. La comuna carcelaria liderada por el camarada secretario se acaba y este pasa a ser ‘el gran demente’. Incluso el maoísmo inicial, en el que todo iba a la caja común, acaba transformado en socialdemocracia, cuando tras la enésima pelea por quien gasta qué, deciden tener los servicios mínimos en común, y después que cada uno haga con lo suyo lo que venga en gana. Y se acaban las peleas.

Félix Novales ‘El Tazón de hierro’ Barcelona, Crítica, 1989

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