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Un soldado siempre es un soldado, siempre es la misma carne de cañón. Con una única diferencia: el desayuno americano incluía dos variedades de helado y nosotros siempre nos zampábamos el mismo alforfón

 

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Emir Kusturica decía que llamó a su mejor película ‘Underground’ porque para él, el comunismo yugoslavo había sido eso, un sótano. La gente, el pueblo, vivía en un subterráneo,  alimentados por un discurso oficial ficticio que les blindaba el acceso a la realidad. Un lector poco avezado en la historia del estalinismo puede tener una sensación similar al leer los testimonios de ‘Los muchachos de zinc’. ¿Cómo podían esos personajes creerse que iban a Afganistán a luchar por el internacionalismo proletario (el ejemplo de las Brigadas Internacionales en la guerra civil española sale un par de veces) en la URSS de  principios de los ochenta? Pues algunos aún se lo creían. Otros, la mayoría, fueron obligados o engañados. Cincuenta mil volvieron en los herméticos ataúdes de zinc del título.

‘Los muchachos de zinc’ es el tercer libro que publicó Svetlana Alexiévich, en 1990. Autora bielorrusa, prácticamente desconocida a nivel internacional. Una apacible señora mayor, la hermana rusa de Brigitte Mira. El año 2015 le dan el Nobel de literatura y  como en casos anteriores, explosión de fama y ventas. Traducción de casi todas sus obras al castellano, (hasta entonces solo se había publicado ‘Voces de Chernóbil’) con unos resultados considerables, y giras, interminables giras promocionales. La propia Alexiévich decía en una entrevista reciente que ‘estaba cansada de sí misma’.

¿Es merecido ese éxito? Si, ¿por qué no? Autores mucho peores, estética y éticamente, tienen un éxito mayor e inmerecido. Pero como en otras ocasiones, estos grandes premios se centran más en la persona y su vida que en su obra, lo cual no es necesariamente peor. Pero quizás sería más adecuado darle el premio Nobel de la paz o de los derechos humanos, si lo hay, que el de literatura.

Los libros de Alexiévich no son novelas ni ensayos. Se aproximan  a la historia oral, y lo serían si citara las fuentes de sus monólogos-entrevista. De un tiempo hacia aquí el género de la historia oral se ha difundido y perfeccionado, y hay excelentes obras como   ‘La guerra de Vietnam. Una historia oral’ (1). Los libros de Alexiévich tienen una estructura idéntica. Son monólogos en primera persona redactados por la autora a partir de entrevistas. La diferencia estriba en que la bielorrusa no entrevista actores principales o medios, solo casos corrientes; soldados, familiares, enfermeras,… El rostro humano de la guerra. El resultado es un conjunto testimonial desgarrador. Una serie de personas a las que la guerra, un capricho geopolítico de la gerontocracia soviética, arruino la vida.

Pero no basta. Primero, por reiterativo. En los libros de Alexiévich uno tiene la sensación de estar en un bucle en el que siempre está hablando el mismo personaje. Esta insistencia acentúa el factor humano pero desvirtúa el hecho de que el desastre de turno, en este caso la guerra de Afganistán fue mucho más que unos inocentes enviados a matar y morir. Aquí esta lo peor de los libros de Alexiévich, que después de leer ‘Los muchachos de zinc’, acabas con la sensación de no saber nada del porqué de dicha guerra. Sólo que fue terrible. Como todas las guerras.

Al final del libro hay un capítulo con diferentes escenas de los problemas que tuvo la autora tras su publicación. Demandas, gente ofendida, arrepentidos de haber aceptado ser entrevistados… En una de ellas, la autora le dice al entrevistado  que mantuvo su testimonio en el anonimato para protegerle a él, y que eso ahora la protegía a ella. Legitimo e inteligente, en un país corrupto y dictatorial como la Rusia contemporánea. Pero precisamente el valor histórico como documento del desastre que fue esa guerra depende de la firma de esos monólogos. Al convertirlos en una única voz anónima, como dice la autora, les borra el derecho de pasar a la Historia.

1: Christian Appy ‘La guerra de Vietnam. Una historia oral’ Barcelona, 2008, Crítica

Svetlana Alexiévich Los muchachos de zinc Barcelona 2016 Debate