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Es un tanto ingenuo creer que si uno escribe un texto sobre uno mismo, ese texto va a ser privilegiado por un conocimiento especial. Pensemos: cuando la gente habla sobre sí misma, habitualmente es cuando más se equivoca. Esa es una experiencia que todos hemos vivido alguna vez, y que sabotea la idea básica de la autobiografía. (J.B.B.)

 

 

 

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Poquísimas novelas me han impresionado tanto en una primera lectura como ‘El desierto y su semilla’. El cierre del libro me dejó seco, con la necesidad de coger aire y dejar pasar un tiempo (no demasiado) antes de una relectura en frio que me ordenara las muchas ideas y razones  que aparecían en la novela. Nada novedoso en ese sentido, pues leer es releer. La diferencia con este es que no me atrevía, ya no a escribir, sino casi a pensar nada sobre él antes de volverlo a coger. La novela se convirtió durante unas semanas en algo necesario pero complejo, que fui postergando hasta que otros libros después, fue el momento de volver a ella.

El sentido de esta parrafada confesional no es advertir sobre la dificultad de la novela, ni darme importancia, sino intentar explicar que ‘El desierto y su semilla’ no es una novela normal. Es técnicamente normal, pero de su lectura no se sale indemne.

La novela, la única novela publicada en vida de su autor, empieza el instante después de la tragedia autobiográfica que marca el paso del resto del libro. El argentino Jorge Barón Biza era hijo de Raúl Barón Biza, un playboy millonario escritor de novelas eróticas y de Rosa Sabattini, hija de un prohombre de la UCR, y  algo parecido a Ministra de Educación en un gobierno post peronista de finales de los cincuenta. Matrimonio tumultuoso, tras múltiples intentos de divorcio finalmente se reúnen para firmar la separación definitiva. Cuando ya está todo decidido, el padre le arroja a la madre un vaso lleno de ácido que le destroza la cara. Horas después, con la madre ya en el hospital, se vuela la cabeza.

La primera parte de la novela es la estancia de la madre en el hospital de Buenos Aires para un primer periodo de curas. Mario, el hijo-narrador, alter ego del propio Barón Biza, dedica las  primeras páginas no a una explosión sentimental, ni a racionalizar el desastre, sino a una exposición detallada de los efectos del ácido en la cara de la madre como lo vería un artista plástico, lo que convierte la experiencia en una geografía del horror.

‘Fue una época agitada y colorida de la carne, tiempo de licencias en el que los colores desligados de las formas evocaban las manchas difusas que los cineastas emplean para representar el inconsciente, en el peor y más candoroso sentido de la palabra. Esos colores iban dejando atrás toda cultura, se burlaban de toda técnica médica que lo quisiese referir a algún principio ordenador’

No es una banalización. No le da igual lo que le está pasando a su madre. Es la impotencia de un humano ante la destrucción y su incapacidad de parar y revertirla. El narrador utiliza las metáforas como lenguaje de esa impotencia, de ahí que vea esa destrucción como un desierto al que le desaparecen las dunas que le daban forma, para quedar solo la roca que lo sostiene. La semilla es la posibilidad de recuperación.

Cuando se acabe esa primera fase de recuperación y madre e hijo marchen a Italia, a una segunda y larga fase que ocupara casi todo lo que resta de novela, se acaban  las metáforas, pero resta esa imagen, el desierto de roca, como analogía del mal.

‘… la idea de que el mal no era un tema al alcance de la voluntad, que si alguna vez afectaba al hombre (con menos frecuencia de lo que su orgullo suponía) era bajo la misma condición que tiene en la naturaleza: involuntario, total y ausente, como en los desiertos de rocas’

Mario explora el mal como fatalismo, no como un científico. No le preocupa entender a su padre sino cómo reconducir ese mal familiar, convencido que tarde o temprano aparecerá en él. Opta por una vida cínica, indiferente y alcoholizada. También nihilista pero opuesta a la violencia militante del padre muerto. De ahí esa frase que repite en todos los cuentos intermedios en los que parodia estereotipos sociales ‘-¡Estoy en contra de toda violencia!’.

Esa sombra del mal, que de una forma u otra amenaza al narrador, es la locura. Y fundamentalmente, ‘El desierto y su semilla’ es una novela sobre la locura. Una locura nada psiquiátrica, catalogada, ni tratable. Pero está en su origen y sigue latente, mostrándose puntualmente como en la escena que comparte Mario con Dina y su chulo.  Es más una íntima convicción del narrador, que viendo de donde viene y como ocurren las cosas, tiene la lucidez, o el temor, de saber dónde acabará.

La familia Barón Biza se suicidó al completo. Padre, madre, hermana e hijo, cada uno en su momento. Jorge Barón Biza se tiró de un doceavo piso antes de cumplir los sesenta, con la novela ya publicada. Mario, el narrador, es inteligente, cínico, alcohólico y carente de sentido del humor. Tiene 22 años y mezcla inocencia y tragedia a partes iguales. El perfecto suicida. En la parte italiana de la novela, mientras la madre recupera el cuerpo, se dedica a deambular por Milán, beber todo lo que pueda,  hacerse amigo de una prostituta que acabará enamorado de él, y algunas aventuras más. Con la madre en segundo plano, es la historia de alguien que va comprando números para el desastre. Una versión negra y turbia de Holden Caulfield. Con la sonrisa del lector cada vez más torcida.

Barón Biza fue inquirido en numerosas ocasiones acerca del límite de lo autobiográfico en su novela. Como si se tratara de un Knausgard cualquiera. Esa pregunta, aunque legítima, es intrascendente más allá del hecho histórico que la abre. Lo literariamente devastador no es el vaso de ácido, sino cómo ve y expresa su vida el narrador. Su experiencia como narrador no sería la misma sin la agresión que sufre su madre, pero la nuestra, como lectores, no corresponde para nada con que eso, o el resto, ocurriera históricamente o no. Esa transgresión, se consigue sólo en las grandes novelas. Como esta. Las otras necesitan trucos estéticos o debates estériles.

Jorge Barón Biza presentó ‘El desierto y su semilla’ al Premio Planeta de 1995. No recibió respuesta de la editorial.

 

Jorge Barón Biza  El desierto y su semilla, Madrid, 2007, 451Editores

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