augie

 

 

Nadie se evita ciertos dolores como peregrino; quienes permanecen en el terruño reciben toda la fuerza del embate

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Hay un fantasma que recorre la literatura. El autofelador. Dicho fantasma adopta  identidades masculinas de mediana edad y tiende a descubrirse por escribir novelas en las que expone una continuada práctica del sexo oral consigo mismo. Su reclamo puede ser el de presentar autofelaciones muy salvajes o extremadamente largas. El público aplaude entusiasmado.

Un autor barcelonés declaraba en una entrevista que ya no escribía novelas. ¿Para que esforzarse durante años para escribir algo que leerían cuatro gatos? Se iba a dedicar a lo que mejor se le daba; escribir sobre él y sobre las cosas que le gustan. En una reseña de la reciente traducción de un conocido  autofelador, la periodista  señalaba que no se puede valorar con los mismos parámetros literarios una página de este autor que una de una novela de trescientas páginas. Así nos luce. Pero si esto es lo que quieren, novelas eternas sobre tipos hablando de ellos y de su vida hasta el último detalle, tengo una oferta mejor. Lean a Proust. Ese sí que es un escritor. Después, asuman que ha muerto y que será extremadamente difícil que vuelva a salir alguien como él.

También pueden abrir ‘Las aventuras de Augie March’, de Saúl Bellow. Son setecientas páginas de auténtica literatura, no un egotrip pseudoliterario. No inventa nada. Se aplica en narrar una historia, la de un tipo que nace y crece en el Chicago de la depresión. Pero lo que hace Bellow, lo hace muy bien. ‘Las aventuras…’ tiene una  lectura como novela de formación. Augie March es un chaval judío creciendo en la América de entreguerras. Tiene que buscarse la vida y sobrevivir a la historia, la de su país, la de su familia y al de su raza. Como toda novela formativa, irá perdiendo la inocencia a base de ostias en los tres grandes temas de la novela: familia, trabajo y mujeres. La diferencia con las novelas francesas  del diecinueve es que Augie no renunciará a su manera de ver el mundo por muchos fracasos que sufra. La insatisfacción vital, una incomodidad que le hará rechazar por ejemplo, el dejarse adoptar (ya crecidito) por un matrimonio rico sin hijos que le tienen de asistente. Tampoco nunca perderá una parte de ingenuidad sobre lo muy cabrones que pueden llegar a ser los humanos, aunque estos se empeñen en demostrárselo. Tienden a calificar ‘Las aventuras…’ como novela picaresca, pero me parece forzado. El pícaro se mueve en el límite de la legalidad o la moralidad de la época y Agie no sirve para ello. Es demasiado recto.

Otra lectura es que Augie es una parte, quizás ni la mayor, del mosaico tejido por Bellow. Es la excusa para mostrar una época en un lugar, Chicago y la América de la primera mitad del siglo veinte, con una galería de personajes tan o más interesantes que el protagonista. En cada aventura o etapa de su vida, Augie se engancha (porque lo llevan) a un personaje más carismático que él. Augie es entrañable, pero es un entrañable perdedor. El eterno segundo. En cambio, Ernhorn, Thea o Simon, el hermano mayor, son purasangres. A su lado, Augie empequeñece pero gana el conjunto: la novela.

Casavella  nombraba  a Bellow como su escritor preferido. Hay mucho de  ‘Las aventuras…’ en  ‘El día del Watusi’. Esto dice aún más si cabe de la grandeza de esta última novela. Fernando Atienza, como Augie, es conducido por alguien o algo de un sitio a otro. Todo el mundo le trata de imbécil, pero llega entero hasta el final. A través de él, leemos un sitio en un tiempo. Hasta ambos pecan de tendencia a ponerse estupendos. Pero sobretodo, ambas son novelas, no autofelaciones. El criterio era y sigue siendo la distinción entre buena y mala literatura. Bellow y Casavella son buenísima. Los otros…

Saúl Bellow ‘Las aventuras de Augie March’ Barcelona, 2014, DeBolsillo