‘La lágrima es una reversión, un tributo del futuro al pasado. O es el resultado de sustraer lo mayor a lo menor: la belleza al hombre. Lo mismo vale para el amor, porque nuestro amor, también, es más grande que nosotros’ (p 106)

 

 

‘Porque nuestro es el exilio. No el reino.’ (J.A. Valente)

El exilio es una de las temáticas que más juego ha dado a lo largo de la historia de la literatura. En sus múltiples variantes. La más conocida seria la saudade, nuestra morriña, esa añoranza del que llegado a un país extraño, descorcha papel y tinta para empezar a poner por escrito sus recuerdos. También el exilio interior, el edénico del que habla Valente, ese al que estamos condenados por nacimiento y se manifiesta de forma tan acertada en aquel aforismo de Nietzsche acerca de sentir lo propio como extraño. Como eterna falta de encaje. El exilio de Brodsky es un exilio más físico y forzado, el destierro, también muy literario, y que adquiere tintes tanto de melancolía como de metafísica pero sobretodo de desgarro, de desplazamiento de un mundo del que se ha sido expulsado injustamente. Cuando el exilio adopta formas tan brutales en manos tan hábiles como las de Brodsky, el resultado puede ser un libro tan terriblemente bello como ‘Marca de agua’.

Brodsky fue un poeta ruso, amigo intimo de Dovlatov, que como este, también fue invitado a emigrar por las autoridades soviéticas. Brodsky en 1972, Dovlatov algunos años después. Instalado en los USA, cambió de lengua al inglés, logró acomodo en el mundo universitario y literario americano y en 1987 le dieron el Nobel. Hábitos poco saludables le acarrearon serios problemas y una muerte joven, en 1996 . Brodsky casi no tiene obra en prosa. Hay algunos volúmenes recopilatorios de ensayos, un par de obras de teatro, y este libro, ‘Marca de agua’. Su origen esta en una obsesión del autor por Venecia. Durante diecisiete inviernos, Brodsky viajó de vacaciones a esta ciudad, casi siempre sólo, siempre a observar. A pasear, a leer, a mirar las calles, los canales, los edificios centenarios, el agua, la luz… A ojos de un poeta como él, esto se transforma en una serie de notas o cuentos cortos, de máximo dos paginas, sobre momentos o experiencias vividas en primera persona en dicha ciudad.

Supongo que en su momento, algún periodista le debería preguntar porque prefirió la prosa a la poesia para escribir ‘Marca de agua’. El poso poético es evidente. En contra de la tradición rusa de una escritura sintética, directa, Brodsky se recrea en el lirismo, en la evocación y en el profundizar en un sentimiento, antes que en una historia. Aquí no hay trama, ni personajes. Es la experiencia espacio temporal de un sujeto en una ciudad que es un pedazo de historia puesta en el presente. Esto le remite a su propia historia, y aquí esta una de las claves del libro; las lagrimas derramadas sobre el papel por su autor, no son tanto por la incuestionable belleza veneciana, sino por la ausencia de su Petrogrado natal.

Como el propio Brodsky escribe, lo esencial de su literatura no es la historia, sino qué viene después de qué. Así, su libro ya no es la transmisión de un cierto objeto de conocimiento, que lo hay y seria esta experiencia veneciana, sino la forma de las palabras en un cierto orden discursivo. Brosky (devoto confeso de Kierkegaard) deja que el objeto de deseo se muestre al lector por si mismo bajo la apariencia de un diario de viaje. ‘Marca de agua’ va en esta dirección, y seguramente esto no la aleja de su obra poética. De aquí el uso constante de la metáfora visual. De el ojo como sujeto autónomo y de los elementos como objetos de apropiación. No hay que ser muy deductivo, el mismo lo dice, que usa el agua como símbolo del tiempo y los reflejos de la luz en ella para hablar del amor. Hay mucho más. Hay tristeza, hay momentos de felicidad, y hay, sobretodo, momentos de intensa belleza literaria a lo largo de las paginas de ‘Marca de agua’. Y hay, y aun queda, un deseo en el lector de viajar a esa ciudad y recorrer sus calles con el libro de Brodsky en las manos, intentando alcanzar una pequeña parte de su genio.

Joseph Brodsky ‘Marca de agua. Apuntes venecianos’  Barcelona 1993 Edhasa