catedral

 

La bebida es algo extraño. Cuando miro hacia atrás y pienso en ello, veo que todas las decisiones importantes las hemos tomado mientras bebíamos. Hasta cuando hablábamos de la necesidad de beber menos. (De qué hablamos cuando hablamos de amor, p 22)

 

 

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Carver publicó su primer libro de cuentos, ‘Will you please be quiet, please?’ en 1976. Era una selección de cuentos ya publicados en revistas y antologías. El primer cuento del libro se titula ‘Gordo’. Una camarera de mediana edad explica la visita a su restaurante de un cliente obeso mórbido. El cliente, muy educado, le va pidiendo a la camarera tandas y tandas de platos. Hace sus pedidos en primera persona del plural; ‘Nosotros tomaremos…’. Más que un plural mayestático, da la impresión que se considera a sí mismo varias personas. Como si eso justificase las cantidades de comida que pide. El tono de la narradora es una mezcla de compasión y simpatía, hasta el punto que su compañera le insinúa si ‘el gordo’ le gustaba, cosa que rechaza indignada. La historia parece que acaba ahí. Por la noche, la camarera llega a su casa y se deja follar por su marido sin ganas, esperando que acabe lo más rápido posible.

‘Gordo’ es un ejemplo perfecto de cómo es un cuento de Carver. A un personaje corriente le sucede algo que rompe la monotonía. Ese algo tiene algún detalle o anécdota extraordinario. Como Chejov, carga todo el peso en esa circunstancia para llevar al lector a una conclusión. Al final, con un golpe seco en primera persona, gira el cuento y muestra el verdadero desastre.

Carver es uno de los grandes narradores de la working class americana de la segunda mitad del siglo XX. Sus personajes están más cerca socialmente del white trash que de la clase media establecida en los suburbia. El aura de perdedores que acarrean le valió a Carver liderar el dirty realism. Como todas las etiquetas, opinable y discutible. El protagonista de Carver acostumbra a ser americano, hombre, de mediana edad, blanco, separado o con amante y problemas serios con el alcohol. Ni héroes ni antihéroes a lo Bukowsky. Perdedores que básicamente aspiran a restablecer su vida y  mantenerse sobrios.

Muerto prematuramente con cincuenta años, Carver, dejó publicados en vida tres libros de cuentos; ‘Will you please be quiet, please?’ (1976), ‘What we talk about when we talk about love’ (1981) y ‘Cathedral’ (1983).  El éxito como narrador le permitió publicar poesía, que era su objetivo inicial. Postmortem se han publicado inéditos y reediciones de todo tipo. ‘Will you…’ adolece de la irregularidad propia de un escritor en formación y una selección de más de diez años. ‘What we talk…’ es ya una gran obra, pero la cumbre es ‘Cathedral’, donde desarrolla y culmina un estilo propio de escribir cuentos. Las páginas de ‘Cathedral’ son tan dramáticas que no es de extrañar que el autor se tomara una pausa en su narrativa después de escribir una obra así.

Los hectolitros que inundan las vidas de los personajes de Carver pueden llevar al error de simplificarlos en ‘historias de alcohólicos’. Es la lectura que lo reduciría a ese dirty realism de manual; borrachos, peleas, infidelidades, soledad.  Hay elementos que empujan más adentro de la subjetividad de los personajes de Carver. Uno, la diferencia entre las rupturas externas e internas. Hay las externas, donde el hundimiento le viene provocado al protagonista por circunstancias ajenas a su voluntad terribles, como la muerte de un hijo en ‘Parece una tontería’. Hay otro tipo de ruptura, la interna, en la que el personaje, normalmente en flashback, explica una circunstancia aparentemente trivial a la que señala como momento de inflexión en su vida y principio del hundimiento. Un buen ejemplo es ‘Plumas’ el cuento que abre ‘Catedral’, la historia de una cena en casa de una pareja de amigos del trabajo que tienen un pavo llamado Scotty de mascota.

Lo grotesco que lleva al absurdo y de ahí a la depresión y/o alcoholismo es una constante en las vidas de los personajes de Carver. En ‘Catedral’, los cuentos son más extensos y los fotogramas a lo Hopper de ‘De que hablamos…’ son ya historias de hundimiento en plena regla, como en ‘Cuidado’ o ‘Desde donde llamo’. Sin embargo, esos protagonistas no muestran ni un mínimo de autocompasión consigo mismo y sus vidas. La entereza con la que aceptan su propio derrumbamiento ha sido confundida tradicionalmente en Carver con un una frialdad que acostumbra a desembocar en violencia emocional, traducido formalmente en una escritura lacónica y seca.

Respecto a esa frialdad, es obvio que Carver no busca la empatía con el lector. Pero también es de lo poquísimo que proporciona alguna esperanza a sus personajes. La ausencia de desesperación les ofrece una entereza, lo único a lo cual podrán agarrarse para intentar salir del infierno. El laconismo tiene más que ver con el tono narrativo y la voluntad de todo buen escritor de hacer creíbles a sus personajes. Los protagonistas de Carver no pueden hablar como los licenciados de las novelas de Frazen. Sus vidas, sus problemas y la forma de asumirlos no tienen nada que ver.

Carver es un maestro en la gestión del silencio y, como Kafka, de la incomunicación. Puede administrarlos de forma simple pero efectiva con un ‘Yo no dije nada’ o una elipsis. También puede centrar todo un cuento en un efecto secundario pero análogo a la materia del cuento, como en ‘El compartimento’, la historia de un padre que va al reencuentro con un hijo al que en el fondo odia en un vagón de tren francés en el que no puede hablar con nadie. Pero siempre tiene que haber un pequeño resquicio para la esperanza. En Carver, pequeñísimo, pero lo hay. Este llega en el último cuento de ‘catedral’, el que da título al libro. El protagonista intenta explicarle a un ciego que es una catedral. No lo consigue. (‘Soy incapaz. No puedo hacer más de lo que he hecho’). El ciego le enseña una nueva manera. Cerrando los ojos. Imaginando.

Raymond Carver,  Catedral , Barcelona, 1983, Anagrama