Castellanos Moya, H.


moronga

 

En lo único que me he convertido es en un viejo. Soy un sobreviviente que mira al mundo con asombro y espanto. Siempre me llamará la atención la belleza del mundo, que es impresionante, pero también me sorprende la capacidad de destrucción del mundo. Con las noticias tan malas que hay en todo lado, lo único que me relaja es ver documentales de la naturaleza. – H.C.M.-

 

 

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  • Lo han convertido en un arma terrible.

Stop. Auriculares al bolsillo. Eso fue lo primero que entendí, que habían convertido algo en un arma terrible. Justo en ese momento pasaban unas japonesas medio vestidas de novia, y lo primero que pensé es que se refería a las despedidas de soltero  en Barcelona. Pero no.

Sin concretar que era esa arma terrible, se lanzó a un monologo sobre una mafia corrupta que lo alcanzaba todo y todos. Él había tardado cuarenta años en descubrirla, pero gracias a eso había sobrevivido. Lo sabían y le vigilaban. Manipulaban y controlaban a la población a través de un programa de televisión, los viernes de 11 a 1 de la madrugada. También había aprendido a fabricar una bomba con 100 litros de agua usada que podría volar por los aires Barcelona entera. Hace poco le vinieron a buscar a su casa, imitando una voz de niño, pero él, que vigila la entrada por los dos lados, se dio cuenta que…

La historia, que escuché en silencio, duró hasta que llegó el metro. No era la primera vez que uno de mis personajes preferidos de la ciudad, porque son varios, me paraba para explicarme que habían descubierto una conspiración mundial para dominar y esclavizar a la raza humana. Son los conspiranoicos.

También los hay, pero en otro nivel, en la nueva y genial novela de Castellanos Moya, ‘Moronga’. La mayoría de novelas de Castellanos Moya forman parte de una gran trama o puzle de historias que tiene como centro una familia salvadoreña de clase alta, los Aragón, cuya saga se van repartiendo el protagonismo de novela en novela. En esta se reparte entre uno de ellos, Erasmo Aragón, que ya protagonizaba la anterior ‘El sueño del retorno’ y un personaje de ‘La sirvienta y el luchador’, José Zeldon, el nieto de la sirvienta, que en ese momento entraba en la lucha armada guerrillera en El Salvador del año 79 y aquí es ya un  cincuentón que intenta recomponer una vida estable en los USA.

La primera parte de ‘Moronga’ es la cotidianeidad de un exiliado, Zeldon, en una ciudad menor de la América profunda. Su integración y relaciones en un intento de sepultar un pasado de militancia política, siempre con la sombra amenazante del pasado. El miedo de Zeldón es que ese poder intangible, mezcla de Big Data y Estado, le meta el dedo en la herida, descubra quien había sido y lo expulse a las tinieblas. Un miedo muy contemporáneo y reconocible hasta cierto punto, sin necesidad de un pasado complicado.

La paranoia de Zeldon es fría y racional. No atarse, no implicarse emocionalmente, hablar de sí mismo lo menos posible y pasar desapercibido. Lo hace tan bien que hasta el propio sistema le recluta para una tarea de vigilancia menor, lo que obviamente le vuelve aún más suspicaz. En cambio, la paranoia de Erasmo Aragón en la segunda parte del libro, es de manual. Complicada por el alcohol y la calentura, Erasmo acaba coincidiendo con una galería de locas que en su mente pasan de amantes a agentes secretos en apenas un instante.

La novela engancha. Castellanos Moya tiene un talento para la narratividad ampliamente demostrado en el conjunto de sus novelas. Ni una de ellas es floja.  Pero además de esto, tiene otras virtudes como escritor. Una es una gran habilidad para transmitir un pulso histórico. Puede ser la Centroamérica de los sesenta, de los ochenta o los USA contemporáneos, donde reside desde hace tiempo. No necesariamente a través de grandes acontecimientos. Con lo cotidiano le basta para mostrar como los miedos y el poder, la relación básica entre el individuo político y la superestructura que lo acoge, han mutado. Antes el enemigo era identificable: el dictador, la burguesía, su ejército. Ahora vigilan, pero no sabes quién ni para qué. El miedo está interiorizado en uno mismo, y el enemigo puede ser cualquiera.

Otra es que es un gran escritor de personajes. Él dice que personajes tiene muchos, pero muy pocos de ellos le hablan. Esos acaban en las novelas, varios de ellos en más de una. Gracias a esa trama histórica consigue sacar una galería que da mucho juego a nivel literario. Neuróticos y racionales, de buen corazón y miserables. De entre los muchos que circulan por ‘Moronga’, mi preferida es la adolescente guatemalteca adoptada por la familia de caseros donde se aloja en Washington Erasmo Aragón. La adoptada, además de una estafa, es una menor que usa su sexualidad para manipular a su entorno. Una Lolita perversa criada en una mafia y que usa la protección que tiene una menor para atacar. Una bomba andante.

Decía Nabokov en un prólogo a la reedición a ’Lolita’ que había tres temas en los USA que eran innombrables; un ateo que vive y muere en paz, un matrimonio entre mujer blanca y hombre negro feliz y con hijos, y el de su novela. Aun siendo puntos de vista muy diferentes, ojalá leamos en próximas novelas  cómo se desarrolla la vida de Amanda-Elvira en los años que siguen a lo acontecido en ‘Moronga’.

A Castellanos Moya se le tiende a implicar en un tipo de novela centrado en lo violento. Sangre y fuego. Muchos muertos. Explicaba Casavella que antes de ‘El triunfo’ escribió una novela, pero que no se la publicaban. Una editorial le decía: ‘Es que no sale ni un muerto…’, así que escribió ‘El triunfo’, que están a tiros cada diez páginas. Aquí es más una influencia del entorno. Los escenarios de estas novelas son, entre otras cosas, violentos. Hay una violencia institucionalizada, fría, y otra neurótica, personal. Los personajes, aunque pretendan no implicarse, como Maria Elena o Haydee, acaban en el ajo. Porque no hay otra.

Pero dentro del conjunto de la novela tiene una importancia relativa. En ‘Moronga’ la crítica le tiende a relacionar con las series americanas clásicas porque uno de los protagonistas las va visionando; Breaking Bad, Sopranos, etc… La última parte de la novela podría ser una escena de Breaking Bad, pero el lenguaje narrativo es literario, no hay una intención de hacer una novela a la manera de una serie negra clásica. El elemento negro siempre ha estado presente en las novelas de Castellanos Moya. Aquí pesa la concesión de no dejar en el aire la trama mutua, el punto en que sin saberlo coinciden los dos protagonistas de la novela. Y dejar nuevos cabos sueltos, como la breve aparición de Robocop.

A todo esto, cuando busquen que significa ‘Moronga’, la primera acepción, nuestra ‘morcilla’, les dejara más bien fríos. Después verán que también es una de las muchísimas formas coloquiales de llamar al sexo masculino. Además de ser el apodo de otro personaje de la novela. Aquí Castellanos Moya ha estado listo. Porque si le hubiese puesto ‘Polla’, seguramente su editor le hubiera dicho lo que le dijo Herralde a Bolaño cuando este le trajo ‘Nocturno de Chile’ con su título original (y última frase del libro), ‘Tormenta de mierda’. Esto, Roberto/Horacio, hay que cambiarlo. Así, como moronga solo lo entienden en Centroamérica y eso no influye en las ventas, pues adelante.

 

Horacio Castellanos Moya, Moronga, Barcelona, 2018, Random House.

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arma hombre

 

No contare mis aventuras en combate, nada más quiero dejar claro que no soy un desmovilizado cualquiera

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El efecto Rambo. Para los que no vivieron los ochenta: John Rambo, personaje interpretado por Sylvester Stallone en las tres películas de la saga. La primera, ‘Acorralado’ (‘First blood’, 1982), excelente. Las secuelas, ‘Rambo 2’ y ‘Rambo 3’, propaganda americanófila. Curiosamente, la tercera pasa en Afganistán y el intrépido Rambo lucha contra los ocupantes soviéticos ayudando a unos barbudos locales que años después se convertirían en enemigos del Imperio.

En la primera, el personaje John Rambo es un ex boina verde que no se readapta a la vida de civil y se enfrenta él solo a medio estado. Hay una frase suya que resume perfectamente esa situación post bélica; ‘En Vietnam manejaba equipo que valía millones de dólares, y aquí no me quieren ni para fregar platos’. El estado en guerra crea máquinas de matar y un buen día decide que ya no las necesita y las suelta en una sociedad civil en la que ya no funcionan. Entonces ocurre el desastre.

Si quieren una versión más literaria, lean ‘Tempestades de acero’, de Ernst Jünger. Es la misma idea sesenta años antes. Su protagonista, el alemán Jünger se pasa cuatro años en el frente occidental, lo hieren catorce veces. Sobrevive. Acaba la guerra, y que tiene que hacer, ¿volver a estudiar bachillerato? ¿después de cuatro años matando y viendo como mueren todos?. Como decía Ferrán Gallego, el soldado alemán que vuelve del frente en el 18, tiene dos opciones, o se hace pacifista como Erich María Remarque, o se apunta a un Freikorps como los futuros nazis.

‘El arma en el hombre’ es la versión de Rambo y Jünger que escribe Castellanos Moya. Aquí se llama Robocop, y es un ex soldado de elite salvadoreño al que desmovilizan con el final de la lucha entre guerrilla y estado. Como en los casos anteriores, el personaje solo ha hecho dos cosas hasta entonces, obedecer órdenes y matar. Ambas las hace muy bien. Seguirá haciéndolas, con o sin guerra. La diferencia que plantea Castellanos Moya en la novela es el cambio de matiz en el concepto guerra. Se acaban las guerras clásicas, siglo XX, y empiezan las contemporáneas, siglo XXI. También estas necesitan máquinas de matar, y por ellas irá pasando Robocop, de mano en mano y de jefe en jefe, hasta acabar con el más poderoso de todos.

Todas las novelas que he leído de Castellanos Moya son buenas. Tiene once, diez de ellas  publicadas entre 1996 y 2013. Es loable semejante regularidad, manteniendo un nivel tan alto en su escritura. Aquí he hablado de esta ‘El arma en el hombre’ y anteriormente de ‘Baile con serpientes’, pero podría haber escogido (quizás lo haga más adelante) ‘Tirana memoria’, ‘El luchador y la sirvienta’ o ‘Insensatez’. Todas lo merecen.  Novelas cortas, contundentes y con mucho más fondo de lo que aparentan en su dinámica de acción y violencia. Esta cabe entenderla como el vehículo de la historia salvadoreña del siglo XX, no como simple agresividad. Lo mejor de Castellanos Moya es que tiene cosas que contar, no imposta. Este sí que merece el Nobel, y no las medianías que lo reciben año tras año.

Horacio Castellanos Moya  ‘El arma en el hombre’  Barcelona 2001 Tusquets

 

baile

Ninguno de los inquilinos pudo decir en qué preciso momento el Chevrolet amarillo se había estacionado frente al edificio

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Aquello que comúnmente denominamos ‘cultura’ no es nada más allá de una mezcla entre genética y reacción. Genética o predisposición física heredada, reacción contra todo aquello que el entorno tiende a imponernos y que, contra suposiciones, tendemos a negar para remar en dirección contraria. Así, si uno nace en un país pesimista, autodestructivo y rodeado de gente que insiste en ningunear, posiblemente acabe sintiendo simpatía por él, aunque de salida no vea en las banderas más que un trozo de tela. Por el contrario, si crece en un ambiente enfervorizado, maniqueo y auto afirmativo tenderá a huir de él, vivir en el extranjero y escribir novelas como las que escribe Castellanos Moya.

En la edición española de ‘Baile con serpientes’, dieciséis años después de su publicación en México, hay un epílogo de Roberto Bolaño donde explica que tras leer otra novela de Castellanos Moya, ‘El asco’, inició una correspondencia con su autor que califica de ‘melancólica’. Cuesta imaginar al autor de estas novelas, retratado en la solapa con rostro pétreo, curtido, escribiendo cartas melancólicas al chileno Bolaño. El caso es que después de esa novela (‘Baile con serpientes’ fue la segunda, ‘El asco’ la tercera) , un monólogo exabrupto muy Bernhard, pero contra El Salvador en vez de Austria, a Castellanos Moya le llovieron todas las amenazas posibles, especialmente por su crítica destructiva al plato nacional salvadoreño, las pupusas, que el narrador destroza sin piedad.

Las novelas de Castellanos Moya tienen unas claves comunes, como la denuncia de la historia salvadoreña reciente, tema que conoce bien desde su tarea periodística, especialmente los episodios de guerra sucia y represión política, militar y racial. Son novelas cortas, ágiles y violentas. De las once que tiene publicadas hasta ahora, me quedo con ‘Insensatez’ y esta ‘Baile con serpientes’, quizás por primeriza, por tener una ingenuidad metafórica que la aleja de la influencia periodística de las novelas posteriores a ‘El asco’ y que la convierten en un juguete rabioso pero atemporal. Aunque el tema sigue siendo El Salvador, claro. Pero de otro modo. La novela es una historia alegórica a tres voces. Un narrador cotidiano se transforma en un homeless que vive en un Chevrolet amarillo desballestado (el país) donde habitan cuatro serpientes humanizadas con las que empezará una orgia de venganza por la ciudad, en la que caerán políticos, policías y un amplio repertorio de ciudadanos de a pie.

Es una violencia fría, casi enumerativa, a lo Hanecke pero sin la indiferencia europea; más física, casi sensual. Una de las mejores escenas de la novela es la secuencia sexual entre el narrador y las serpientes. Hay algo de lógico en el desarrollo de la violencia en las novelas de Castellanos Moya, como si no pudiera darse de otra manera el que aquello acabara en matanza. Una fatalidad que se complementa muy bien con el ritmo cinematográfico de esta novela y la combinación entre fantástico (con las alegorías animales y las metáforas políticas) y la trama negra de la novela, en la que juegan a tres voces el protagonista vengador, el poli bueno y la periodista honrada, el primero en primera persona y los otros en tercera.

El conjunto es sencillo y brillante, una buena puerta de entrada para uno de los autores del continente que merece tener en la lista de narradores privilegiados.

Horacio Castellanos Moya Baile con serpientes Barcelona 2012 Tusquets