Los suicidas

… me llama y pregunta si hay algo que no conseguí hacer aunque lo deseara mucho. Pregunto cuándo y dice: ‘En cualquier momento de tu vida’. Digo: Dirigir películas, como las de Bergman.

-Te gustaría ser Ingmar Bergman?… Le digo: ‘Bueno’. (L.S.)

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En los años setenta hubo un programa de televisión llamado ‘A fondo’ presentado por Joaquín Soler Serrano en el que a modo del ‘Apostrophes’ francés, entrevistaban durante una hora a un prohombre de la cultura. Coincidió con la onda expansiva del Boom, y la nómina de invitados literarios que pasaron por allí tira de espaldas: Borges, Cortázar, Rulfo, Octavio Paz, Sabato, Manuel Puig, Cela,… y entre tanta estrella, hay un capitulo con un escritor argentino semidesconocido que acababa de exiliarse a España: Antonio Di Benedetto.

La entrevista es horrible. Como documento histórico – literario no tiene precio, es de las poquísimas ocasiones que podemos oír hablar a Di Benedetto, pero el entrevistador hoy suspendería primero de periodismo. Dedica la mayor parte de la entrevista a preguntarle sobre su familia y sobre Buenos Aires. Empieza a hablar de sus obras en el minuto 47, y los minutos finales los dedica a leer a toda prisa una especie de curriculum vitae del autor ante el silencio de este. En cuanto a las preguntas literarias, Soler Serrano se empeña en destacar el humor en sus libros, ante lo cual Di Benedetto, en tono lento y apesadumbrado (pese a mantener la sonrisa y la compostura, quizás consciente de que aquello era algo excepcional) le contesta cosas tipo ‘¿Si? ¿Dónde lo vio, el humor?…No sé, es todo tan triste…’

No tenía muchos motivos para el optimismo. Hasta ese momento había publicado cuatro novelas, tres de ellas integradas en lo que después se ha dado a llamar la ‘trilogía del silencio’: ‘Zama’, ‘El silenciero’ y ‘Los suicidas’. ‘Zama’ es la novela por la que Di Benedetto ha ingresado en el Olimpo de la literatura castellana. La crónica del funcionario real Diego de Zama esperando el traslado que nunca llega es una obra maestra que ocupa un espacio entre ‘El extranjero’ de Camus y ‘Esperando a los barbaros’ de Coetzee. Di Benedetto publica ‘Zama’ en el 56, con poco más de treinta años. En la década siguiente desarrollará su temática, haciéndose aún más caustico en las obras que cierran la trilogía.

En 1976, tras el golpe militar, Di Benedetto es detenido y torturado durante más de un año. Sin que él, como muchos otros, tenga idea del motivo de su detención. Cuesta imaginarlo militando en cualquier movimiento izquierdista de la época. Carecía del necesario optimismo histórico para ello. Lo sueltan a finales del 77 y pide una entrevista con la dirección de la policía militar para que le den una explicación. Reclama su informe y lo único que traen es un montón de cartas pidiendo su liberación. Aquí no ha pasado nada. Si su confianza en el ser humano era poca, después de algo así se debió reducir a cero.

Llega el exilio a España, la entrevista en ‘A fondo’ y mientras aguarda la caída de la dictadura argentina sucede el famoso episodio narrado por Bolaño en el cuento ‘Sensini’; Bolaño descubre que el ganador de un concurso de cuentos donde el propio Bolaño ha quedado tercero es Di Benedetto, autor al que admira profundamente. Establecen contacto por carta y se intercambian direcciones de concursos literarios en los que ven posibilidades de sacar algún premio que les mantenga a flote una temporada. Como Diego de Zama, que escribe las cartas al rey que nunca tienen respuesta, su autor acaba enviando cuentos o novelas a premios locales de la geografía ibérica para sobrevivir.

Di Benedetto acaba volviendo a Argentina, donde morirá en 1986. Con ‘Zama’ ya con el estatus de clásico, una relectura de la obra de Di Benedetto merece parada en ‘Los suicidas’. La novela (casi una nouvelle, poco más de 100 páginas) es la historia de un periodista al que encargan un reportaje sobre el suicidio a partir de unas fotos que reciben en la redacción. De un reportaje de investigación pasa a hacer un estudio sobre el suicidio, inventariando casos, maneras y géneros, con una frialdad enumerativa, mientras recopila datos. El asunto es una quimera, y rápidamente se nos transforma en una investigación del protagonista sobre sí mismo y su actitud frente a la muerte, voluntaria en este caso. Narrada en una estricta primera persona y con la mínima estructura verbal posible, el narrador va desfilando entre el trabajo, sus amantes y el recuerdo de los sueños, en los que recurrentemente aparece corriendo desnudo. Di Benedetto refuerza la frialdad narrativa con el recurso constante a los diálogos descriptivos: Digo…ella dice…yo le contesto…ella contesta. Por momentos, hay la impresión de estar leyendo un informe judicial más que una novela.

La idea sigue siendo implicar emocionalmente al lector lo mínimo posible. El narrador no genera empatía, ni la busca. Así, consigue un efecto distanciado en el que no sabemos dónde ubicarlo ni ubicarnos. En el ‘Informe sobre ciegos’ de Sabato, nos consta que el tipo está loco. Aquí no sabemos si está loco o es demasiado lúcido. O si le da igual ambas cosas.

Con este material, a Di Benedetto lo etiquetaron como objetivista y experimental. Ciertamente, la frialdad descriptiva lo asocia al noveau roman, e incluso ‘Los suicidas’ tiene cierto paralelismo con ‘Un hombre que duerme’ de Perec. Aun así, Di Benedetto juega otra liga. Más cercana al existencialismo que a la OULIPO. ‘El mito de Sísifo’ de Camus es una referencia obvia, incluso citada en ocasiones. Pero Di Benedetto se guarda de pretender desarrollar un discurso propio sobre el tema, lo suyo es constatar unos personajes. Nada de luces al final del túnel.

Si que hay un trabajo de análisis, incluso de terapia, que un escritor extremadamente inteligente transforma en novela, sin plegarse al canon habitual de lo que tiene que ser una novela. Y en la que acaba trascendiendo un motivo o tema central de la novela que va más allá del estudio sobre el suicidio: la pasividad, la imposibilidad de actuar contra o por algo, aun sabiendo y queriendo. El limitarse a observar y anotar.

‘Fuego sin bomberos puede ser (…) Pero un hombre sin fuego que apagar debe sentirse en una condición absurda. Si es un hombre normal tiene que angustiarse. Como yo, me oprime lo que no hago. Pero no lo hago. ‘

Antonio Di Benedetto, ‘Los suicidas’, Buenos Aires, 2004, Adriana Hidalgo

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Zama

Era temprano y yo holgaba.  (p 153)

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Uno de los cuentos más conocidos de Roberto Bolaño es ‘Sensini’, el que abre su libro ‘Llamadas telefónicas’. En él, el narrador encuentra un escritor argentino al que admira, Sensini, que se busca la vida en los premios literarios de provincias en la España de principios de los ochenta. Esto le descubre una inesperada  forma de ganarse la vida con la literatura, a la vez que le deprime  el observar como alguien con tanto talento tiene que vivir y publicar de esta forma.

El Sensini del cuento era el escritor argentino Antonio di Benedetto, y la novela que está escribiendo en el cuento sobre un tal Ugarte es ‘Zama’, una novela que había publicado casi treinta años antes.  La historia tendrá un final digna del mismo cuento, pues ‘Sensini’ (el cuento) quedara segundo en uno de esos  premios provinciales  y Bolaño tendrá que pedirle a Herralde que negocie sus derechos para su publicación en Anagrama

‘Zama’ es una novela inmerecidamente oculta. Es la historia, explicada en primera persona y en tres años de la última década del siglo XVII, de  Diego de Zama, un funcionario de la corte española varado en una ciudad de provincias del Paraguay colonial, esperando un ascenso y un traslado que no llegara nunca.

Tiende a asociarse ‘Zama’ y Di Benedetto al epíteto ‘Kafka argentino’. Usar el adjetivo kafkiano  en cualquier novela en que se interrumpe  el orden lógico de los acontecimientos se ha convertido en algo tan recurrente que ha dejado de tener un significado específico. Aquí casaría, igual que con Beckett, con la idea de fisicalizar un espacio, esa ciudad colonial, donde el tiempo y la lógica se han detenido y el personaje espera, sentado, a que algo o alguien restablezca  el curso normal de los acontecimientos. Pero aquí el absurdo ahistórico se torna en ridículo histórico, el del  funcionario que se sigue pensando como parte fundamental de un imperio pese a que la realidad le demuestra que su tiempo se ha acabado. Ese desencaje le acerca más al extranjero de un Camus menos trágico y más grotesco.

Diego de Zama es el vestigio de un viejo mundo que se agota. Su tiempo y su gloria son algo pasado, y en la novela dedica sus días a ejercer de don Juan de tercera y esperar en vano. Las dos primeras partes de la novela son eso, la historia de un hidalgo fracasado. Es la historia de un imbécil contada por el mismo, algo parecido al Herbert Herbert de ‘Desesperación’, de Nabokov. El personaje inflado de ego que  en la práctica resulta alguien mediocre y mezquino.

Más aun, Zama es un  traidor. Se dedica a traicionar a todo aquel que le confía algo importante, y lo hace sin ningún tipo de remordimiento. Quizás  Di Benedetto anticipe las traiciones que sufrirían sus compatriotas en los siglos posteriores a  manos de los muchos Zamas americanos descendientes de aquel.  En el último tercio, la novela  gira  a un realismo mágico u onírico que se va adueñando de la narración  hasta  el viaje- huida final. Zama el traidor será traicionado a su vez y morirá en manos de aquellos que cree mandar. Vivirá y morirá solo, esperando

Di Benedetto, Antonio    Zama   Madrid;  1985,  Alianza Editorial