Zama

…y le dije con una sonrisa de padre: ‘No has crecido…’ A su vez, con una irreductible tristeza, él me dijo: ‘Tu tampoco’

Una de las ventajas que tiene la literatura sobre la historia es que necesita menos motivos para dar voz a los olvidados. En el caso americano, la literatura indigenista dio obras tan notables como ‘Los ríos profundos’, de Arguedas o ‘Redoble por Rancas’, de Scorza. Ese reverso de la literatura colonial, blanca y de raíz europea o criolla, tiene otra sombra, un nuevo reverso al que no se le ha otorgado categoría propia pero que es tan o más revelador. Una (pequeña) serie de novelas excepcionales en las que la voz sigue siendo blanca y colonial, pero perdedora y perdida frente a una realidad americana que no pueden asimilar ni mucho menos dominar. Ahí estarían ‘El entenado’, de Saer, ‘La vorágine’, de Rivera y ‘Zama’, de Di Benedetto.

Antonio Di Benedetto publica ‘Zama’ en 1956. La novela pasó en su momento tan desapercibida como el resto de su obra, pero va calando en una minoría de fieles que a su vez citarán a Di Benedetto como influencia (Saer, Bolaño) y que poco a poco lo irán convirtiendo a él en un clásico, y a ‘Zama’ en la mejor de sus novelas.

Lo es, sin duda. El resto de su obra es excelente, no desmerece, pero esta es especial. Novela histórica, ubicada en la última década del siglo XVIII en algún punto de la costa del cono sur americano alejado de los centros urbanos de la época. Allí, el funcionario de la corona española Diego de Zama espera respuesta a su petición de traslado a la urbe, donde pueda estar o llevar a su familia. Mientras espera, ocupa su tiempo persiguiendo mujeres, peleándose y sobreviviendo a las estrecheces de funcionario en un rincón de un estado anacrónico, distante, al que la modernidad está a punto de hundir y convertir en una reliquia del pasado.

La novela se divide en tres capítulos temporales que abarcan la década entera. Al principio tenemos un Zama gallardo, donjuanesco, orgulloso de su posición social y que se quiere hacer valer y respetar. Poco a poco irá abandonando su pose, al igual que las esperanzas, cada vez más difusas, de recibir el ansiado traslado. La decadencia de Zama toca fondo en la última parte, con su alistamiento a una expedición de búsqueda hacia el interior, en la que va perdiendo lo poco que le queda, tanto de honor como físicamente.

La primera lectura de ‘Zama’ sorprende por lo atípica de su condición de novela histórica. Aquí el protagonista hace poco más que esperar y pasar los días, no hay nada heroico en él. Di Benedetto tensa el lenguaje de la novela para acoplar un cierto deje caballeresco castellano con una economía de medios verbal muy estricta, como en el resto de sus obras. Frases cortas, pocos adjetivos. Estilo conciso, seco y austero hasta lo antipático. En lo que podría parecer un diario, la primera persona de Zama no se deja arrastrar a florituras verbales que desvíen la atención. La tarea es complicada y Di Benedetto la resuelve con nota. De ahí los elogios que le dedica el propio Saer

En un período en el que las largas oraciones supuestamente poéticas y el énfasis, los finales de capítulo impactantes y los desbordes eróticos y existenciales estaban de moda, la sobriedad estilística de Di Benedetto, demasiado enredada en la maraña insidiosa de lo real como para dejarse distraer por artificios retóricos que ni siquiera se acordaban con su temperamento, por haber elegido un camino personal, íntegro y lúcido, fue ignorada durante décadas por sucesivos e intercambiables fabricantes de reputaciones. (1)

Lo particular de ‘Zama’ respecto del resto de obras de Di Benedetto es el uso del espacio. Un espacio de provincias americano olvidado e indefinido, abierto, inmenso y desconocido como el continente que recibe al entenado de su naufragio europeo. También esa hostilidad existencial y ambiental que desarrolla Coetzee en ‘Esperando a los barbaros’. Los Zamas del mundo no entienden ni quieren entender el mundo que les rodea. Les parece extraño, primitivo y falto de interés. Quieren volver a la cuna urbana, moderna, donde el espacio les ofrece una función y un sentido fáciles de entender aunque sus aspiraciones sigan igual de frustradas. En ese espacio abierto, la autoestima hidalga de Zama no vale nada. Él no lo acepta, e insiste primero en que lo saquen de allí (siempre a través de unas mujeres que pretende seducir en posteriores provechos) y después en que lo valoren como un caballero español, como alguien que pinta algo cuando la realidad es que está tan perdido como los demás.

‘Yo, en medio de toda la tierra de un continente, que me resultaba invisible, aunque lo sentía entorno como un paraíso desolado y excesivamente inmenso para mis piernas. Para nadie existía América sino para mí; pero no existía sino en mis necesidades, en mis deseos y en mis temores’ (p. 37)

Y es que Zama, aunque le pese, es americano. El pretende ser europeo, ser español. Es un funcionario de su majestad. Pero su majestad, en el rincón de mundo donde Zama vive, es poco más que un barco que llega de vez en cuando con cartas y sueldos atrasados. La desubicación de Zama es mental y existencial. Una desubicación del personaje en su entorno que se repetirá de diversas formas en toda la bibliografía de su autor y que conduce invariablemente a la desconfianza y a un pesimismo vital que tradicionalmente la crítica ha emparentado con el existencialismo francés, seguramente por falta de referentes comunes más cercanos a él. La decadencia de Zama le lleva a la cobardía y a la traición. Desconfía de todos y nadie confía en él. Y la parte final de la novela va cogiendo forma de alegoría histórica con aquel presente político de un país y un continente que estaba en plena ebullición política, exigiendo héroes y consiguiendo de todo un poco.

Puede leerse de cualquier forma. Por encima de todo, ‘Zama’ es una gran novela. Los referentes literarios son poco novelescos, y a cualquiera le sonaran los ecos de Beckett, Kafka, Chejov o por citar algo más cercano, un ‘Pedro Páramo’ sin realismo mágico. Cada relectura de la novela aporta profundidad y nuevos puntos de vista, tanto técnicos como argumentales. Una novela que no deja de crecer.

1: Juan José Saer, en el prólogo a la ‘Trilogía de la espera’ (Zama, El silenciero, Los suicidas) publicada por El Aleph en 2011.

Antonio Di Benedetto,  Zama, Barcelona, 1972, Planeta

Los suicidas

… me llama y pregunta si hay algo que no conseguí hacer aunque lo deseara mucho. Pregunto cuándo y dice: ‘En cualquier momento de tu vida’. Digo: Dirigir películas, como las de Bergman.

-Te gustaría ser Ingmar Bergman?… Le digo: ‘Bueno’. (L.S.)

_______________________________________________________________________________________

En los años setenta hubo un programa de televisión llamado ‘A fondo’ presentado por Joaquín Soler Serrano en el que a modo del ‘Apostrophes’ francés, entrevistaban durante una hora a un prohombre de la cultura. Coincidió con la onda expansiva del Boom, y la nómina de invitados literarios que pasaron por allí tira de espaldas: Borges, Cortázar, Rulfo, Octavio Paz, Sabato, Manuel Puig, Cela,… y entre tanta estrella, hay un capitulo con un escritor argentino semidesconocido que acababa de exiliarse a España: Antonio Di Benedetto.

La entrevista es horrible. Como documento histórico – literario no tiene precio, es de las poquísimas ocasiones que podemos oír hablar a Di Benedetto, pero el entrevistador hoy suspendería primero de periodismo. Dedica la mayor parte de la entrevista a preguntarle sobre su familia y sobre Buenos Aires. Empieza a hablar de sus obras en el minuto 47, y los minutos finales los dedica a leer a toda prisa una especie de curriculum vitae del autor ante el silencio de este. En cuanto a las preguntas literarias, Soler Serrano se empeña en destacar el humor en sus libros, ante lo cual Di Benedetto, en tono lento y apesadumbrado (pese a mantener la sonrisa y la compostura, quizás consciente de que aquello era algo excepcional) le contesta cosas tipo ‘¿Si? ¿Dónde lo vio, el humor?…No sé, es todo tan triste…’

No tenía muchos motivos para el optimismo. Hasta ese momento había publicado cuatro novelas, tres de ellas integradas en lo que después se ha dado a llamar la ‘trilogía del silencio’: ‘Zama’, ‘El silenciero’ y ‘Los suicidas’. ‘Zama’ es la novela por la que Di Benedetto ha ingresado en el Olimpo de la literatura castellana. La crónica del funcionario real Diego de Zama esperando el traslado que nunca llega es una obra maestra que ocupa un espacio entre ‘El extranjero’ de Camus y ‘Esperando a los barbaros’ de Coetzee. Di Benedetto publica ‘Zama’ en el 56, con poco más de treinta años. En la década siguiente desarrollará su temática, haciéndose aún más caustico en las obras que cierran la trilogía.

En 1976, tras el golpe militar, Di Benedetto es detenido y torturado durante más de un año. Sin que él, como muchos otros, tenga idea del motivo de su detención. Cuesta imaginarlo militando en cualquier movimiento izquierdista de la época. Carecía del necesario optimismo histórico para ello. Lo sueltan a finales del 77 y pide una entrevista con la dirección de la policía militar para que le den una explicación. Reclama su informe y lo único que traen es un montón de cartas pidiendo su liberación. Aquí no ha pasado nada. Si su confianza en el ser humano era poca, después de algo así se debió reducir a cero.

Llega el exilio a España, la entrevista en ‘A fondo’ y mientras aguarda la caída de la dictadura argentina sucede el famoso episodio narrado por Bolaño en el cuento ‘Sensini’; Bolaño descubre que el ganador de un concurso de cuentos donde el propio Bolaño ha quedado tercero es Di Benedetto, autor al que admira profundamente. Establecen contacto por carta y se intercambian direcciones de concursos literarios en los que ven posibilidades de sacar algún premio que les mantenga a flote una temporada. Como Diego de Zama, que escribe las cartas al rey que nunca tienen respuesta, su autor acaba enviando cuentos o novelas a premios locales de la geografía ibérica para sobrevivir.

Di Benedetto acaba volviendo a Argentina, donde morirá en 1986. Con ‘Zama’ ya con el estatus de clásico, una relectura de la obra de Di Benedetto merece parada en ‘Los suicidas’. La novela (casi una nouvelle, poco más de 100 páginas) es la historia de un periodista al que encargan un reportaje sobre el suicidio a partir de unas fotos que reciben en la redacción. De un reportaje de investigación pasa a hacer un estudio sobre el suicidio, inventariando casos, maneras y géneros, con una frialdad enumerativa, mientras recopila datos. El asunto es una quimera, y rápidamente se nos transforma en una investigación del protagonista sobre sí mismo y su actitud frente a la muerte, voluntaria en este caso. Narrada en una estricta primera persona y con la mínima estructura verbal posible, el narrador va desfilando entre el trabajo, sus amantes y el recuerdo de los sueños, en los que recurrentemente aparece corriendo desnudo. Di Benedetto refuerza la frialdad narrativa con el recurso constante a los diálogos descriptivos: Digo…ella dice…yo le contesto…ella contesta. Por momentos, hay la impresión de estar leyendo un informe judicial más que una novela.

La idea sigue siendo implicar emocionalmente al lector lo mínimo posible. El narrador no genera empatía, ni la busca. Así, consigue un efecto distanciado en el que no sabemos dónde ubicarlo ni ubicarnos. En el ‘Informe sobre ciegos’ de Sabato, nos consta que el tipo está loco. Aquí no sabemos si está loco o es demasiado lúcido. O si le da igual ambas cosas.

Con este material, a Di Benedetto lo etiquetaron como objetivista y experimental. Ciertamente, la frialdad descriptiva lo asocia al noveau roman, e incluso ‘Los suicidas’ tiene cierto paralelismo con ‘Un hombre que duerme’ de Perec. Aun así, Di Benedetto juega otra liga. Más cercana al existencialismo que a la OULIPO. ‘El mito de Sísifo’ de Camus es una referencia obvia, incluso citada en ocasiones. Pero Di Benedetto se guarda de pretender desarrollar un discurso propio sobre el tema, lo suyo es constatar unos personajes. Nada de luces al final del túnel.

Si que hay un trabajo de análisis, incluso de terapia, que un escritor extremadamente inteligente transforma en novela, sin plegarse al canon habitual de lo que tiene que ser una novela. Y en la que acaba trascendiendo un motivo o tema central de la novela que va más allá del estudio sobre el suicidio: la pasividad, la imposibilidad de actuar contra o por algo, aun sabiendo y queriendo. El limitarse a observar y anotar.

‘Fuego sin bomberos puede ser (…) Pero un hombre sin fuego que apagar debe sentirse en una condición absurda. Si es un hombre normal tiene que angustiarse. Como yo, me oprime lo que no hago. Pero no lo hago. ‘

Antonio Di Benedetto, ‘Los suicidas’, Buenos Aires, 2004, Adriana Hidalgo