-Esto…esto…’Señor marqués…’ – Conde – rectificó ella, implacable  – Si, eso, ‘Señor conde…marcho para…marcho para…’ Bueno –resumió- era uno que se iba para Portugal (pagina 108)

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Por mal que nos pese, la historia está formada de instantes y no de continuidades. Un sujeto puede tener un objetivo en la vida (eso que llaman vocación) y dedicarse a él con notable pericia y creatividad. Escribir novelas, obras de teatro, guiones, dirigir y actuar un gran número de películas. Un mal día te pillan borracho, con los pantalones por los tobillos, hurgando en la nariz, o enviando a la mierda a un pesado, y todo lo que habías hecho hasta entonces se desvanece y pasas a los anales de la historia como el tío que un día chillo ‘¡¡A la mierda!! ¡Váyase usted a la mierda!’. Pues si, señores, confiemos en que dentro de cien años sea diferente, pero a día de hoy, Francisco Umbral es el de ‘¡Yo he venido a hablar de mi libro!’, y Fernando Fernán Gómez, aquel vejete con mala leche del ‘¡A la mierdaa!’. Pero el vejete era uno de los actores españoles con más películas (de calidad) a sus espaldas y había pasado por todos los directores españoles de nivel. Mi mejor recuerdo suyo es como el hermano cura de ‘Ana y los lobos’, de Saura. También había dirigido y escrito sus propias películas, y era autor de cerca de una decena de novelas.

‘El viaje a ninguna parte’ es posiblemente (no las he leído todas) la más lograda de ellas. Se publico en 1985, cuando el autor tenia ya 64 años, y él mismo la adapto a la dirigió para el cine el año siguiente. La novela trata un tema muy cercano al autor, el mundo de las compañías de teatro cómico ambulante en la postguerra española y su extinción en manos del nuevo ocio de masas, el futbol, el cine, y, primero la radio y después la televisión. Un país de autocracia, dictadura y miseria combinado con un oficio pretérito. El autor pasó de joven por todo ello, y la carga autobiográfica de la novela es enorme, aunque el resultado final se parezca más a un guión de cine que a una autobiografía al uso. Probablemente, el embrión de la novela ya se pensó como una futura película, aunque como novela funciona más que bien. Dinámica, ágil, bien narrada y divertida, ‘El viaje…’ es un homenaje, tanto a la casta de la familia del protagonista como al genero de obras que representaban. He de confesar que a un servidor autores como Jardiel Poncela y Mihura me dejan más bien fríos. Su sentido del humor no es el mío, no conecto con ellos. Aquí, aunque estén el el trasfondo formal, el lenguaje es otro. Si que se conserva el sentido de lo tragicómico, la mezcla entre lo terrible de una existencia cotidiana de carencia absoluta, combinada con un alto sentido de lo artístico, que, lamentablemente, por sí mismo no llena el estomago, y el elemento cómico, en este caso sobretodo a partir del personaje del hijo natural del protagonista, recién llegado a la compañía.

Del divertimento inicial, el tema ira girando hacia la nostalgia, hacia la inevitable derrota de alguien que se empeña en vivir a mediados del siglo XX como si estuviera en el siglo XIX. De alguien que de tanto interpretar a otros se acaba recreando su propia existencia, a su gusto, para que la imaginación subsane lo mediocre de la existencia y que la vida del eterno secundario, del que ha de procurar que no le vean la cara cuando trabaja de extra para que le contraten para la siguiente escena, una vida destinada a pasar desapercibido, finalmente se transforme en comedia. De éxito, y con final feliz.

Fernando Fernan-Gómez ‘El viaje a ninguna parte’    Madrid  2003 Cátedra

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