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Entre Cinco Casas y Tomelloso otra vez el silencio de Dios

 

 

 

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Literatura y actualidad siempre han tenido una relación compleja, demasiado condicionada por factores ajenos a la obra o más propios de lo que la crítica llama ‘el campo literario’. El buen autor escribe a largo plazo. Cuando a Casavella le preguntaban por qué maquillaba los referentes del Watusi (Carlos del Pistacho por Javier de la Rosa) contestaba que él aspiraba a ser leído dentro de muchos años. Pero los balances editoriales se cierran cada año, no cada cien, y cada temporada tiene sus grandes éxitos, que en muchos casos acabaran relegados en el cajón de los saldos y el olvido.

También al revés. Nietzsche no vendió antes del ataque que lo convertiría en un semi vegetal más de quinientas copias de ninguno de sus libros. Shalamov se pasó toda la vida amargado por no poder publicar ninguno de sus volúmenes de relatos mientras que  su albacea se dedica todavía hoy a recoger el maná de sus traducciones y royalties. Por no hablar del cheque que le debe caer a la viuda de Bolaño por las ventas anuales del genial escritor chileno.

Otros disfrutaron del éxito en alguna época de su vida y después languidecieron en el olvido. José María Gironella, autor de algunas de la novelas más vendidas de la historia de la literatura española, se quejaba en los ochenta que ya nadie le hacía caso. Seguía escribiendo y publicando contra la indiferencia general. ‘Los cipreses creen en Dios’, ‘Ha estallado la paz’ o ‘100 españoles y Dios’ fueron best sellers en su momento, pero ¿ahora? ¿Quién los leería ahora?

Como decían aquellos, de entrada, no. Parecido le pasó a Francisco García Pavón. Escritor muy leído y de bastante éxito en España entre finales de los sesenta y principios de los setenta gracias a uno de los primeros Marlowe hispánicos, el pre-Carvalho Manuel González ‘Plinio’, jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso y detective local. El autor, que ya tenía experiencia en relato corto y la crítica teatral, publico una serie de novelas y cuentos protagonizados por dicho personaje, a partir de los cuales hicieron una serie de televisión en 1972. A finales de los setenta deja prácticamente de publicar y fallece en 1989. Distinciones, una calle, un instituto, pero ¿quién lee las novelas de García Pavón? Prácticamente nadie.

Pues deberíamos. García Pavón es un buen escritor y ‘El rapto de las sabinas’ es una novela que merece ser recuperada y leída. García Pavón escribía sus Plinios en verano, en el tiempo libre que le dejaban sus cursos. Utilizaba, según comentaba, las historias que había oído explicar a un familiar suyo policía local de principios de siglo; casos menores a ojos de lo que se puede ver a diario hoy en día, pero que a él le daban una base para desarrollar sus historias. En ‘El rapto de las sabinas’, es el secuestro de dos mozas locales de buen ver, al que se añade el hallazgo de una muerta foránea y algún otro delito menor. Todo ello da pie a que, como en el resto de sus novelas, Plinio ejercite sus dotes policiacas y sus ‘pálpitos’ para resolver el caso.

La novela es entretenida, resultona y está bien escrita. Con todo lo bueno que tiene y con lo no tan bueno. Si nos limitamos al canon ‘negro’ la novela flojea. Es cierto que el autor plantea y consigue mantener la tensión del caso, pero la resolución es absolutamente corriente, casi lógica. Es como si Dostoievski hubiera intentado montar una novela negra con ‘Crimen y castigo’. La mató el que tenía que matarla. Pues vaya. Abre vías secundarias que cierra abruptamente. Tampoco hay giros, ni dobleces. Todo tiende a ser una alteración irracional de la convivencia que se resuelve con la ley y el sentido común.

Hay que leer más a García Pavón como un autor realista que como uno de género. Lo más brillante de ‘El rapto de las sabinas’ es precisamente cuando deja de lado la trama y simplemente explica lo que pasa en el pueblo. Incluso en las contadas digresiones, normalmente ligadas a reflexiones sobre el tiempo y el entorno,  da la impresión de querer decir que si quisiera, también podría hacer una novela donde no pasara nada:

Otra vez los surcos y el cielo mano a mano. De vez en cuando un tractor solitario entre la berra. El tractorero (sic)  escucha un transistor y en vez de seguidillas aprende las canciones del festival de Eurovisión… Los últimos nacionalistas del mundo se mueren añorando un pintoresquismo miserable. Los orgullos de raza y pueblo han pasado como una broma funesta… Se vaciaron los campos para irse a dar la mano a los que viven y sienten a este lado del mapa. Entre Cinco Casas y Tomelloso otra vez el silencio de Dios.

Aprende, Kierkegaard.

Pero sí que pasa, y lo que en principio tiende al costumbrismo se convierte en una caracterización muy peculiar. La gracia, lo realmente diferente de estas y las otras novelas es que son Sherlock Holmes en Tomelloso. Y funciona. Corre el riesgo de convertirse en un gag de Muchachada Nui, pero lo autóctono se vuelve entrañable y cercano, sobre todo por sus apabullantes recursos lingüísticos. Ya lo decía Umbral en una entrevista al propio García Pavón, lo mejor de sus novelas es su castellano, muy rico y nada pedante. No recuerdo otra novela que me haya llevado tantas veces al diccionario de la RAE. Unos pocos ejemplos: zaragüelles, ringlas, sedeño, feroche, tarabillas, asura, crenchas, rabiche, enjalbeganta… Sólo en las veinte primeras páginas.

También hay una raigambre costumbrista, casi pastoril. Los personajes, Plinio sobretodo,  lamentan el progreso del mundo moderno que arrincona el sano y noble mundo rural castellano de toda la vida, donde la gente se ganaba honradamente el pan con el sudor de su frente y las personas eran cristianas de una pieza. No como ahora (año 1969) donde ya no había qué y en quien creer. El pueblo de las novelas es un limbo autárquico, donde no falta de nada y la gran mayoría de sus gentes son amigos y se llevan bien. El malvado acostumbra a ser ese tipo raro que vive solo y no se relaciona o viene de fuera.

Entre esos tipos raros aparece ‘el maricón’, y aquí el narrador despliega toda su incomprensible homofobia. En las novelas de García Pavón, los homosexuales, que los hay, son unos tipos intrincadamente torcidos y malvados. Este compendio de clichés es desconcertante, más aun cuando la relación entre Plinio y Don Lotario, el veterinario (’el albéitar’) y Watson local, es una relación de amor muy obvia. Plinio acostumbra a usar la expresión ‘¡Ay don Lotario de mi vida!’ mientras que Lotario pasa más tiempo, mucho más, con Plinio que con su propia mujer, que apenas aparece en la novela sino para reprocharle que solo piense en Plinio.

Evidentemente, no hay nada carnal entre Plinio y Lotario. ¡Faltaría!. Pero aquí radica la paradoja de este y otros autores de su generación en los que los prejuicios de un catolicismo rancio y parroquial chocaban con en la práctica con una concepción mucho más digna de la vida y del amor. Como lo paradójico de querer ser un cronista del fin de un mundo y salirle una reivindicación, quizás la mejor, que se ha escrito de dicho mundo.   La misma paradoja del que acaba ‘El rapto de las sabinas’ criticando a ‘los que suelen poseer y enseñoreara lo mejor del mundo’, como si estos no tuvieran nombres y apellidos, afirmando que no era Plinio el que hablaba sino ‘este modesto relator’. Bendito sea.

 

Francisco Garcia Pavón,  El rapto de las Sabinas, Barcelona, 1969, Destino

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