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Kafka … sobre todo, me enseñó que no es necesario escribir bien (p 519)

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Como no ha de ser una novela.

El narrador no ha de explicar reiteradamente, hasta la pesadez, que está escribiendo una novela. Que la empiezo. Que  sigo. Que estoy en ello. Que dentro de poco explicaré de donde viene el titulo. Ya lo he explicado…. ahora tendré que acabarla. Sí, acábala, por favor. En la aceptación tácita del pacto de ficción que el lector hace al abrir y empezar una novela va incluido el hecho de que está leyendo una novela. Nos damos por enterados.

Como bien remarca Stewart Home en ‘Memphis underground’, no hay nada más antiliterario que la descripción de la dieta de los personajes. Cada vez que leo la insistencia con la que algunos narradores se empeñan en recitar los hábitos alimenticios cotidianos del  personaje me acuerdo del inicio de ‘Sebastian Knight’ de Nabokov. De aquella institutriz inglesa que tenia una vida tan aburrida que la única entrada de su diario íntimo era la meteorología del día.

Un  trotskista me dijo una vez ‘De Marcuse, no abuse’. Lo mismo vale para los sueños y la literatura. Que te cuelen uno o dos…pase. Cuando eso aumenta a uno cada veinte páginas, te dan ganas de tirar el libro por la ventana. El psicoanálisis ha hecho mucho daño, y no hay recurso más barato para ocultar la incapacidad de articular un relato original verosímil que empezar a meter sueños delirantes en medio de la nada para que parezca que el personaje realmente tiene una gran vida interior o un subconsciente muy efervescente.

‘La novela luminosa’ es el libro póstumo de Mario Levrero. Tiene dos partes. Una es un diario anual de un neurótico depresivo encerrado en su casa jugando con el ordenador. Cuatrocientas páginas. La segunda parte, la pretendida novela luminosa, son una  serie de reflexiones filosófico- religiosas apedazadas con unos cuantos polvos exitosos y otros tantos fracasados. Doscientas páginas. El resultado final, no hay por donde cogerlo; no es un inteligente experimento narrativo, no es un juego con el lector desde la literatura del absurdo (‘¡no has entendido nada! ¡ se esta riendo de lo que nosotros, los lectores, esperamos de una novela!’) ni es una muestra de la exquisita sensibilidad de alguien que abre su corazón. Sobretodo, no es una pretendida dilatación del tiempo narrativo en un algo mas allá de la novela. Kafka, que sabe escribir muy bien, y Beckett lo consiguen, Levrero no.

Es exactamente lo contrario a una novela que justifica y agradece el tiempo dedicado a ella Que cada cual le ponga la palabra con la que se sienta más comodo.

Mario Levrero  La novela luminosa  Barcelona; 2005, Mondadori

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