‘Esta es una obra sobre el lenguaje. Sobre cómo se forma y cómo enferma el lenguaje’ (p 57)

 

 

 

Esta reseña iba a ser otra. Iba a escribir sobre un libro de cuentos publicado en una editorial española de renombre y que, merecidamente, tiene una docena de reediciones. Iba a decir que era un libro bien escrito, que especialmente los dos últimos cuentos tenían muy buenas ideas. Iba a empezar hablando de la guerra civil y la literatura española.

 Ayer leí ‘Hamelin’. No se trata de que esté mejor escrito. Pero lo que me ha golpeado un libro como ‘Hamelín’ no podrá hacerlo un libro como el anterior. Por eficiente que sea. Y aquí está la diferencia. Lo que empuja a escribir siempre es algo que te remueve por dentro. Algo inevitable.

 Hay una gran diferencia entre una novela o un libro de cuentos y una obra de teatro. Los primeros son factibles de venderse, de llegar a ser un éxito. El segundo, puede tener éxito representándose, pero prácticamente nunca en su edición escrita. Esto abre puertas al dramaturgo en un primer sentido, pues no tiene que adaptarse, consciente o inconscientemente, a un canon editorial de mercado. Pero le impone otro canon, el de la representación escénica. El de la posibilidad de que su obra sea llevada a escena. A esto se refiere Mayorga en la introducción a ‘Hamelin’. La idea original le resultaba imposible, por la multitud de personajes y de escenarios. Lo resuelve de forma magistral. Como quizás haría Brecht. Rompiendo la coherencia visual, anulando referentes y descargando la responsabilidad en la imaginación del espectador. Les exige superar las barreras de la escenografía y llegar hasta el fondo de la historia con el único andamiaje del texto y los actores. Teatro en estado puro.

 También esto exige, de vuelta, un gran texto. Es el pacto que la obra ofrece al lector/espectador. El nexo entre ambos viene figurado por el personaje del acotador, personaje que podría ser un actor, una voz en off o unos subtitulos. Un narrador en tercera persona que acentúa el efecto distanciamiento, fundamental para una historia basada en una fábula, la del flautista de Hamelin. Aquel personaje que es contratado para salvar a una ciudad de una plaga de ratas y que acaba llevándose a los niños. El tema de los niños es un tema durísimo. Tiene una carga emocional muy fuerte y escribir según qué puede resultar complicado. Pero estamos hablando de literatura, no de leyes. La ficción ha de ser capaz de cuestionarlo todo, por muy repugnante que nos parezca. Y Mayorga, en una obra que empieza siendo la historia de un juez que investiga un caso de abusos sexuales a menores, la lleva a la historia de un fracaso. Del fracaso de una sociedad en educar a las generaciones que vendrán a substituirlas.

 La historia de un fracaso que no señala a un culpable concreto. En un momento de la obra, el juez dice ‘Yo busco la verdad. El origen del mal’. Más adelante, el presunto pedófilo le responde ‘El origen del mal está en su cabeza’. Es posible que no haya una encarnación del origen del mal, y que todo esté en nuestras cabezas. Pero eso no significa que no quepa distinción entre el bien y el mal. El tema es que ni lo uno ni lo otro nos exime de responsabilidad, que es lo que quisiéramos en ultima instancia. Dormir tranquilos, que venga alguien y que se ocupe del problema. Pero el problema es nuestro. Es consustancial, porque un fracaso generacional, social, siempre parte de una infinitud de fracasos personales. Pequeños fracasos.

 No he visto representada ‘Hamelin’, que fue producida por Animalario. Pero imagino las escenas poniendo imágenes a estos brillantes diálogos. Y imagino una gran obra. Ojalá algún día pueda verla representada. Como espero también que algún día un director de talento (pienso en, por ejemplo, Hanecke) la convierta en una gran película.

Juan Mayorga, Hamelin,  Ciudad Real, 2005, Ñaque

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