La carretera

Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior.

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Cuando a Primo Levi le pedían que comparase los campos de exterminio nazis con el gulag estalinista, él contestaba que, dentro del horror, en el estalinista uno tenía más posibilidades de sobrevivir. Los narradores del paso por el gulag explican que el factor más importante para acabar siendo uno de los supervivientes era el oficio. El oficio aprendido en el continente (el mundo pre-condena) determinaba la utilidad en el sistema de trabajo de la isla (el campo de trabajo), y en base a esa utilidad las autoridades ponían más o menos interés en la continuidad vital del ingresado. Shalamov habla de esa escala laboral en varias ocasiones. El oficio más valorado en el extremo norte eran los carpinteros. Y el que menos, y por tanto, los primeros en morir, eran los filólogos.

En la escala de complejidad del desarrollo del trabajo en una sociedad avanzada, y las que crearon los gulags se las daban de muy avanzadas, el carpintero se mantiene en un nivel muy inicial, casi arcaico, mientras que el filólogo, escritor, periodista (como era el caso de Shalamov) está en un nivel muy avanzado. El nivel de la reflexión sobre el porqué y el cómo de la estructuras, visibles o invisibles, de ese mismo sistema. Cuando este provoca una regresión brutal a un estadio primerizo, esa pregunta sobra. El código legal bajo el que se ejerce el castigo ya tiene las respuestas a todas las preguntas posibles. El resto, no existe.  Afortunadamente, algunos de ellos sobrevivieron para escribirlo y desmentirlo.

Yo no hubiera sobrevivido. Ni soy un tipo de hierro colado, ni tengo las múltiples habilidades, fuerza de voluntad y capacidad de adaptación a un medio hostil que tenían tanto los supervivientes como el personaje de ‘el hombre’, el padre protagonista de ‘La carretera’, la última y genial novela publicada a fecha de hoy de Cormac McCarthy.

La novela nos sitúa en un presente post apocalíptico. El autor elude dar demasiadas pistas sobre ello, solo hay una escena del momento de desastre, que se intuye una deflagración que ha arrasado las zonas habitables del país de los protagonistas. El lugar antes conocido como mundo civilizado se ha convertido en un cementerio devastado. Ríos secos, bosques quemados, toda forma de vida animal desaparecida. Solo sobrevive el cemento y el asfalto. La única guía que conserva el sentido organizativo pre desastre es la red de carreteras.

‘La carretera’ es básicamente un road-trip. Un libro de viaje. Pero este viaje no tiene nada de lo que contiene el resto de libros de viaje. La casa que se deja atrás no es un hogar, es una muerte segura. El destino no es la aventura, es la incertidumbre más completa. Los protagonistas, genéricamente denominados por McCarthy ‘el hombre’ (padre, mediana edad) y ‘el chico’ (hijo, menos de diez años), huyen hacia el sur con la esperanza de encontrar un entorno natural que les ofrezca posibilidades de supervivencia. Solo disponen de esa información; hacia la costa y al sur, por la carretera.

El colapso productivo del mundo en el que vivían los protagonistas los ha convertido, a ellos y al resto de humanos supervivientes en individuos de una nueva sociedad de cazadores-recolectores, que se alimentan de lo único que queda, los restos. La basura. Visten capas de harapos sucios, duermen bajo toldos de plástico y arrastran un carrito de supermercado con todo aquello que les puede ser útil más adelante. Se han convertido en homeless. Todos.

Por la novela desfilan otros personajes, con los que la relación no existe o es violenta en competitividad por la poquísima comida que queda. Algunos de los supervivientes se han organizado en tribus esclavistas que sobreviven comiéndose a los humanos más débiles.  Más terrible incluso que el desastre natural se expone la forma en que los humanos han reaccionado a ello, y aquí está una de las claves de la novela.

El gran argumento de las novelas de McCarthy es el mal. Tras haber escrito cuatro novelas iniciáticas un tanto irregulares, la primera obra maestra de McCarthy es ‘Meridiano de sangre’, obra canónica de lo que ha venido a denominarse country noir. Después escribe la ‘Trilogía de la frontera’, y otra excelente novela negra, ‘No es país para viejos’. Tanto esta como ‘Meridiano de sangre’ se basan en la personalización del mal. En un entorno más o menos normal, donde pasan cosas buenas y no tan buenas, aparece un demonio, el juez Holden en ‘Meridiano de sangre’ y Anton Chigurh (solo el nombre ya da miedo) en ‘No es país para viejos’. El mal psicopatológico, individual y plenipotenciario, que arrastra todo lo que toca. Hasta aquí, la teoría de fondo de McCarthy es que estamos acostumbrados a un mundo de grises, de alternancia entre bien y mal. Hay un fondo moral, llámenle como quieran, que nos sostiene ante la adversidad. Pero qué pasaría si la adversidad ha venido para quedarse. Si el mal aparece en su forma más absoluta. ¿Podemos enfrentarnos a él? ¿Aceptamos el destino? ¿Sabemos cómo enfrentarnos a él?  ¿Queremos reconocerlo?

McCarthy es una especie de Clint Eastwood en novelista. Más americano que la Coca-Cola. Con una actitud similar a la que tiene Eastwood cuando en películas como ‘Grand Torino’ o ‘Million dollar baby’ critica que su país, sublimado como una tierra de colonos hechos a sí mismos, se ha convertido en una masa amorfa de consumistas sin valores. McCarthy les saca el mal más radical para comprobar cómo son capaces de enfrentarse a él. En cambio, en ‘La carretera’ la hipótesis está invertida. Aquí, el mal ha triunfado. No hay un demonio, sino que el bien ha abandonado a los seres humanos. No hay nada donde acogerse, ni a quien llamar para pedir ayuda. Lo dice la madre, la tercera de la familia, antes de suicidarse: ‘somos muertos vivientes andando por un cementerio’, y lo repite el hombre al chico cada vez que ignoran a otro humano en peores condiciones que ellos: ‘no podemos ayudarle’

Aquí la pregunta es ¿aún existe el bien?, ¿hay esperanza? Y lo que se responden padre e hijo, es ‘hay que intentarlo’. Este es el motor de la novela y de su huida hacia no se sabe dónde. Por los variados desastres humanos con los que se cruzaran sobrevive un bien que conservan y que el chico llama ‘portar el fuego’. La fuerza que le da al padre, y este es el otro gran tema de la novela, el amor paterno-filial.

Desde su publicación en 2006, y Premio Pulitzer, ‘La carretera’ se ha convertido en un clásico de la literatura contemporánea. Posteriormente McCarthy solo ha publicado una obra de teatro y un guion. Desde hace tiempo se espera una nueva novela, ‘The passenger’, aún sin fecha de publicación.

Cormac McCarthy  La carretera, Barcelona, 2007, Mondadori

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