El secreto para una vida indulgente tal vez esté en que uno ignore algunas cosas. El espejo enmohecido o dando la espalda, mostrando su azogue desconchado. Los padres obligados a la farsa, una pareja de funámbulos sobre la cuerda del orden, unos encantadores que esconden el truco y guardan el conejo sucio en la chistera. De  eso se trata

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Cuando un libro comienza con una cita de Bernhard, hay que prepararse para lo peor. Para lo peor del ser humano. Para el visionado de los abismos de la mediocridad. Levantar la alfombra de lo cotidiano y ver que clase de bichos se han criado debajo. Por ahí caminan estas orugas. Las orugas siguen siempre al que tienen delante, hasta que el nexo de unión con él se rompe y surge el trauma. ‘El camino de la oruga’ es un libro de rupturas. De la perdida de sentido y la imposibilidad de volver a la individualidad.

‘El camino de la oruga’ es el debut literario de Javier Mije. Es un libro de cuentos cortos, doce cuentos y apenas 120 paginas. De estilo concreto, frases cortas y muy directas. Los cuentos de Mije no buscan el giro sorpresivo final, el poner al lector en una situación para después darle la vuelta. Aquí la idea es un golpe total, de la primera linea a la ultima, ir trazando una situación que se intuye desde el inicio y que acaba con un hipotético ‘ya puedes imaginarte como sigue la historia’. Como todo libro de cuentos, cada uno tendrá sus preferidos. Los mios son ‘Toda la vida’, ‘Un camino de espejos’ y ‘Palabras raras’. No obstante, ya les digo que no sobra ninguno. Todos están entre el notable y el brillante, y esta coherencia, unida a la estilistica y a la carga filosófica, desembocan en un gran libro.

Hablo de carga filosófica porque la tiene, y mucha. Por debajo de la metáfora de la oruga y de la crudeza bernhardiana respecto al hombre y su rutina postindustrial, hay una linea teórica que enfoca directamente al existencialismo. La caída o ruptura de la que antes hablaba se concreta en los cuentos de Mije primero en una cosificación del sujeto. La existencia de dichos personajes se torna objetivada, cosificada. La felicidad perdida se vuelve un sofá, o los años que quedan por vivir se cuentan por maquinillas de afeitar. La perdida del ser amado se recupera (falsamente) en los objetos compartidos por él. Ante la carencia de vida, se recurre al objeto, consecuencia de interpretarse a si mismo como un objeto entre objetos.

Esta perdida de uno mismo, de lo suyo más propio, surge también en forma de desdoblamiento del sujeto. En muchos cuentos hay un cambio de narrador, de un personaje a otro, con la intención de descentralizar el sujeto narrativo, de descolgarlo de sí mismo volviéndolo frágil. El narrador se ve a sí mismo en una pantalla de video, en un espejo, en la ventana de enfrente o en su interlocutor ( en la mirada del otro sartriana) y, evidentemente, no se reconoce, admitiendo que ya no es él quien conduce su vida sino un reflejo, torcido, extraño, de sí mismo. La conclusión será el destino. La certeza de que esto tenia que acabar así, de que es inevitable y de que, finalmente, serán las mareas las que arrastraran a las personas mar adentro, hasta el fondo en calma.

‘El camino de la oruga’ ,  Javier Mije, Acantilado, Barcelona, 2003