Nabokov, V.


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Probablemente mi querido poeta no hubiera suscrito esta afirmación, pero, para bien o para mal, es el comentador el que tiene la última palabra.

 

 

 

 

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Ni Faulkner, ni Joyce, ni Bellow, ni cualquier otro. El gran novelista del siglo XX es Vladimir Nabokov. De las veinte novelas que publicó, la mitad son obras maestras. El resto se quedan en excelentes. Ningún otro escritor contemporáneo consiguió una combinación tan lograda de inteligencia y sarcasmo con una prosa tan pulida. No en una novela, en todas. Que la crítica acostumbre a tenerlo en menor consideración que, por ejemplo, los antes citados se debe a que Nabokov, más que abrir caminos, los cierra. Décadas después de su muerte, aún no ha salido nadie que se acerque a su nivel, como tampoco saldrá otro Proust por mucho que se empeñen en copiarlo.

‘Pálido fuego’ es una de sus cimas narrativas. Un artefacto cuya originalidad no se presenta bajo algún tecnicismo narrativo, sino en la idea misma de la novela. De hecho, ‘Pálido fuego’ es un poema. Un libro de poesía ficticio. La primera de las muchas jugadas maestras de Nabokov a lo largo del libro. Nabokov, como la inmensa mayoría de escritores, había sido poeta en sus inicios. Un poeta mediocre, según él.  No hay nada publicado de ese Nabokov poeta, menos el poema central de este ‘Pálido fuego’, que firma uno de sus personajes, John Shade, y que camuflado bajo el argumento de la novela acaba siendo uno de los textos más leídos de Nabokov.

El narrador, Charles Kinbote, es un oscuro profesor de filología en una universidad americana. Tanto el país de origen de Kinbote y su materia filológica, Zembla, como la localidad universitaria, New Wye, son inventos pseudoparódicos de Nabokov. El tal Kinbote se engancha como una lapa a otro profesor, el poeta John Shade. Casualmente, la única copia de su obra póstuma, el poema ‘Pálido fuego’, cae en sus manos y Kinbote huye con él exigiendo para su publicación que esta sea bajo su propia edición, que presenta en tres partes. Un prólogo de unas cincuenta páginas, un poema de 999 versos decasílabos, y las notas. Trescientas páginas de notas.

Ahí está la novela. El comentario que hace Kinbote al poema de Shade es puro delirio. Kinbote está convencido que el autor intelectual del poema es él. Que Shade básicamente lo que ha hecho ha sido traducir a poesía las ideas e imágenes que el otro le iba dando en sus conversaciones. Está tan convencido que se lleva una decepción enorme cuando comprueba que no, que el poema es autobiográfico y naturalista (‘un relato autobiográfico, eminentemente appalachiano, más bien pasado de moda’). Pero le da igual, encuentra las referencias que le meten dentro del poema debajo o fuera de él (en unas primeras versiones del poema). Y lo que no, se lo inventa. Convierte partes de un verso en una nota de treinta páginas en las que explica su historia como un pretendido príncipe heredero destronado por una revolución que huye al exilio y que es perseguido para asesinarlo. Todo ello combinado con la historia del poema y de la relación de Kinbote con Shade.

Charle Kinbote es uno de los ejemplos más brillantes de un personaje central en la bibliografía de Nabokov, el cretino nabokoviano. Como Humbert Humbert en ‘Lolita’ o Herbert Herbert en ‘Desesperación’. Son hombres europeos de mediana edad, diletantes relacionados de alguna forma con la literatura (aunque nunca escritores profesionales) que cultivan ciertas obsesiones. Tienen un gran concepto de sí mismos y un pésimo concepto del resto del mundo, lo que les convierte en unos pedantes excéntricos a los que nadie soporta. La diferencia de Kinbote con el resto es su homosexualidad. Su gusto por los muchachos, que él cree discreto, convierte a ‘Pálido fuego’ en la novela homoerótica de Nabokov. Al contrario que en ‘Lolita’, nadie concluyó que Nabokov era un gay reprimido.

El discurso de Kinbote es un monumento a dicha pedantería. De lo encantado que esta de conocerse (‘mi actitud libre y sencilla puso a todo el mundo cómodo’) y de su trascendencia literaria. De hecho, en el prólogo Kinbote señala que la manera más adecuada de leer el poema es con las notas al lado; o bien arrancándolas del lomo, o directamente comprando dos ejemplares. Mas claro aún, el poema no sería nada sin sus notas.

‘Permítaseme afirmar que, sin mis notas, el texto de Shade no tiene realidad humana alguna’

Un monumento a la ironía. Nabokov señala en negativo todo lo que más desprecia de la literatura. Y para la época en que escribe ‘Pálido fuego’, sus objetivos son la legión de críticos y comentaristas que tras el boom ‘Lolita’ se muestran como los que verdaderamente saben de qué va la novela. ‘Lolita’ ha generado y seguirá generando miles de páginas escritas por gente que ni de lejos podrían escribir una novela la mitad de buena. Y ‘Lolita’, pese al canon, no está entre las cinco mejores novelas de Nabokov. Aun así, es inevitable que siempre exista gente, tan pagada de sí misma como Kinbote, que pretendan saber más de Nabokov que el propio Nabokov.

‘Pálido fuego’ es otro de los tours de force filológicos de las novelas americanas de Nabokov, (aunque sin llegar al extremo de ‘Ada o el ardor’) en el que mezcla referencias etimológicas de todo nivel. Tanto ahí como a nivel de argumento, Nabokov escondía decenas de trampas (‘ciruelas’) para el lector. Una sencilla, casi una broma, es una referencia del poema de Shade a ‘Lolita’: ‘Fue un año de tormentas: el ciclón ‘Lolita’ sopló de Florida a Maine’ que Kinbote ignora: ‘No se ve claro porque el maestro poeta eligió dar a su huracán de 1958 un nombre español poco usado (que se pone a veces a los loros) en lugar de Linda o Lois’. Otra ciruela no tan obvia es la identidad del narrador. Aunque este se identifica como Charles Kinbote, su evidente patología psicológica abre interpretaciones a una identidad falsa. De hecho, la historia de la huida del reino no pasa de ser un Dumas de serie B filtrada por la mente de Kinbote. A partir de ahí, se ha especulado con que podría ser el propio Shade auto parodiándose o Nabokov apuntaba en una entrevista de 1962 a otro profesor colega de ambos usurpando la identidad de Kinbote.

La contra ironía de ‘Pálido fuego’ es que el propio Nabokov ha acabado participando del mercadeo literario postmortem, por ejemplo, con la publicación del esbozo de lo que tenía que ser su siguiente novela. Si alguien piensa que no hay para tanto o que la cita inicial es exagerada, otro día hablamos de Bolaño. Como decía aquel mafioso ‘es el mercado, amigo’.

Vladimir Nabokov, ‘Pálido fuego’, Barcelona, 1986, Anagrama

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‘… pues pertenecía a ese curioso tipo de escritor que sólo concede validez a la realización perfecta, el libro impreso, y para quien la existencia real de este nada tiene que ver con la de su espectro, el intrincado manuscrito que revela sus imperfecciones como un fantasma vindicador que lleva bajo el brazo su propia cabeza. Por tal motivo, el desorden de su taller nunca debe exhibirse, sea cual fuere su valor comercial o sentimental’ p 36

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Hace unos días, un amigo me comentaba lo frustrante que le resultaba el aprendizaje de idiomas. No por incapacidad, al contrario. Su metodicidad le ha llevado a conocer en profundidad cinco idiomas. Pero, me decía, resulta decepcionante que después de tantos años y esfuerzos, siempre hay algo que se escapa, siempre hay nuevos errores. Bueno, le conteste, no hace falta ir tan lejos. Esas lagunas aparecen hasta en el idioma materno. Realmente, no somos capaces de hablar bien ni un único idioma. El lenguaje no deja de ser como el agua que intentamos beber con las manos, que pese a llevarnos algo a la boca, una parte se nos escurre, irremediablemente, entre los dedos.

Esto nos pasa a la mayoría de los mortales con nuestra lengua mas propia. Hay algunos hombres especialmente dotados que consiguen un dominio superlativo del lenguaje, en el que desarrollan una obra literaria y/o filológica de nivel. Y hay una minoría dentro de esa minoría que es capaz de hacerlo con dos o mas idiomas a la vez. Conozco dos casos, seguramente haya algunos mas. Ambos son rusos, y ambos desarrollaron una obra literaria en su lengua natal para, a mediada edad, exiliarse a los USA y cambiar el ruso por el inglés para desarrollar la segunda parte de su obra en es a lengua. Uno es Brodsky, y el otro Nabokov. Nabokov escribió que dicho paso fue como si alguien que ha sido diestro toda su vida ha de aprender a escribir con la izquierda con la mano derecha atada a su espalda.

Nabokov llega a los USA en 1940, huyendo de los nazis (su mujer, Vera, era judia) y salvado in extremis por los judíos, que le facilitan unos billetes transoceanicos gracias a unas leyes antidiscriminatorias que promulgó el padre de Nabokov cuando fue ministro con Kerensky. En los Usa, consuma el paso del ruso al inglés (su carrera hasta el momento había dado unos resultados discretos) y en 1941 publica su primera obra en ese idioma, del que ya no cambiara. ‘La verdadera vida de Sebastian Knight’. El libro, que tuvo unas ventas igual de discretas que sus anteriores referencias, es una obra maestra. Es mi preferido de Nabokov, que es casi tanto como decir de la literatura universal. No es una obra totémica ni referencial, ni un punto de inflexión en la historia de la literatura. Es una novela perfecta. Es un libro absolutamente redondo, donde cada palabra tiene su sitio y el orden en que todas están dispuestas le da una extraordinaria carga de sentido.

No descubriré aquí el talento literario de Nabokov. Una inteligencia mayúscula (no sólo en lo literario, en su otra pasión, las mariposas, hizo avances científicos que se han reafirmado cincuenta años después) unido a una cultura literaria apabullante (baste el ejemplo de la edición y traducción del ‘Eugénio Oneguin’ de Pushkin al inglés, prosificado y en nueve volúmenes), dan razón de una de las obras literarias mas brillantes de la historia de la literatura. Uno de los grandes errores a los que se somete a Nabokov es reducirlo al escritor de ‘Lolita’, una gran novela, pero que no esta entre las mas logradas. Recomiendo acercarse a ‘Ada o el ardor’, ‘Desesperación’ o ‘Pálido fuego’, por citar sólo algunas. De hecho, las recomiendo todas menos ‘Invitado a una decapitación’. Para el caso de ‘The original of Laura’, me remito a la cita inicial.

‘La verdadera vida de Sebastian Knight’ es un buen ejemplo de la esencia nabokoviana. La novela es un juego de espejos entre libros y autores diversos, y entre cómo los lectores ven los libros que no son propios. El personaje del titulo ha sido un autor de culto muerto prematuramente (la descripción del narrador lo acerca a un pseudo Proust) con cinco novelas publicadas. Como hará también Borges, Nabokov aprovecha para desarrollar argumentos de novelas que jamas escribirá con títulos irónicos e imposibles como ‘La montaña cómica’ o ‘El extraño asfodelo’. El narrador es el hermanastro de Sebastian, que trata de remontar narrativamente una relación marcada por separaciones, ausencias y admiración. En su búsqueda, se encuentra con otra biografía de su hermano,’La trágica vida de Sebastian Knight’ escrita por un ex secretario sin escrúpulos y que Nabokov aprovecha para cargar tintas contra todo aquello que considera mala literatura, una obra fraudulenta. Si Bernhard en un caso así sacaría la bilis y el hacha, Nabokov saca el sarcasmo y la ironía para desmontar los tópicos de la literatura y para dibujar, a lo largo de las diversas obras que se escriben dentro de la novela que estamos leyendo, qué es buena literatura y qué es pseudoliteratura.

No se cuantas veces he leído ‘La verdadera vida de Sebastian Knight’. A cada nueva lectura le encuentro nuevas perlas y no deja de sorprenderme. Como dijo una vez uno de los alumnos que asistían a sus clases universitarias de historia de la literatura, es como ver a Miguel Ángel pintando la Capilla Sixtina. Pues eso.

V. Nabokov, ‘La verdadera vida de Sebastian Knight’, Barcelona, 1999, Anagrama