dzhan

Solamente la luz tardía llega hasta allí e ilumina con una tiniebla triste la hierba escasa en la tierra salada, como si se le hubiese secado las lágrimas, pero la pena no hubiera pasado

 

 

 

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Imaginemos que la ciencia hubiera adelantado unas cuantas décadas el desarrollo de los antibióticos necesarios para el tratamiento y cura de la tuberculosis y que este le hubiera llegado en condiciones a Chejov cuando empezaba a desarrollar la enfermedad que lo llevaría a la tumba. Antón Pavlovich hubiera entrado el siglo XX convertido en un reconocido escritor y dramaturgo. ¿Cómo habría reaccionado a la revolución de 1917? Quizás con esperanza, sobre todo a la de febrero, pero seguro con escepticismo. No se pasa del jardín de los cerezos al paraíso terrenal  por decreto. Pero si  se hubiera quedado en la URSS para vivir en primera persona la evolución de su país seguramente hubiera acabado escribiendo como escribió Platonov.

No hay en Platonov una voluntad de reconocerse heredero de Chejov, ni de ningún otro gran escritor del siglo de oro. Él se siente parte de algo nuevo, la literatura después de la revolución. Cuando le preguntan en una encuesta a que corriente literaria se adscribe, contesta: ‘A ninguna. Tengo la mía propia’. El problema será que semejantes individualismos no eran tolerados, y la voluntad de Platonov de escribir algo más allá del realismo social de manual le costará, como a todos los que lo intentaron, muy cara.

Desde la distancia sí que cabe ver a Platonov como un segundo Chejov. Ambos no pueden partir desde nada que no sea el realismo. Lo que tienen alrededor les resulta demasiado vinculante como para ignorarlo. Pero a la vez, el realismo les viene pequeño. Para que los personajes cojan profundidad y salgan de sus estereotipos iniciales necesitan crear un espacio nuevo. Que el lector ruso, al que se dirigen, entienda como algo propio y cercano pero que a la vez le consiga crear una imagen ficcional que cuestione los límites de ese espacio. En ambos la cotidianeidad resulta asfixiante. La diferencia es que Chejov es el narrador de un mundo, el del siglo XIX, que se extingue, y Platonov se cree el narrador de otro mundo, el del socialismo, que esta empezando.

Los primeros cuentos de Platonov, los de los años veinte, recopilados en ‘La patria de la electricidad y otros relatos’, son textos donde escribe lo que se suponía que un escritor bolchevique tenía que escribir. Fundamentalmente, historias de abnegados héroes sacrificados por la liberación de la clase obrera. Ostrovskis de final feliz. Pero ya en esa época Platonov da muestras de ir más allá de la literatura de partido. Una de ellas será la extraordinaria novela ‘Chevengur’, que requiere otra reseña propia, y otra serán un dos cuentos que le estigmatizaran. Uno es ‘Las dudas de Makar’, una historia sarcástica sobre un campesino que llega a Moscú a conocer la verdad científica y acaba topando con Piotr, un personaje con alguno de los rasgos físicos de Stalin, que le convence de ingresar por voluntad propia en un manicomio. Esto, en el momento en que Stalin ya se había convertido en el heredero ungido de Lenin, como entenderán, no cayó demasiado bien. También existe la historia-mito de otro cuento, ‘En provecho’, publicado en una revista de literatura que pasó por la lectura de Stalin  y este escribió encima con el lápiz rojo de anotar informes, ‘Basura’.

Platonov sobrevivió a los años del terror pero su literatura más brillante quedó en la clandestinidad hasta los setenta, cuando empezaron a aparecer los cuentos de madurez (años 30 y 40) y las novelas, ‘Chevengur’ y esta novela corta o cuento largo, ‘Dzhan’. En el volumen que nos ocupa la preceden cuatro de esos cuentos de madurez, brillantes todos; ‘Fro’, ‘El regreso’, ‘El tercer hijo’ y ‘El rio Potudan’.

‘Dzhan’ es la historia de  Nazar Chagatayek, un joven turcomano (no el ruso blanco al uso) al que la revolución ha rescatado de la práctica indigencia y formado en el Instituto de Economía de Moscú. Una primera parte de la novela de manual cambia radicalmente cuando Nazar llega al Turkmenistán y le encargan la misión de llevar el progreso, y con el bienestar económico, a la tribu de desposeídos absolutos de la que él es originario, los Dzhan.

-Muy bien, iré allí – dijo Chagatayev- ¿Y qué voy a hacer? ¿El socialismo?

-¿Te parece poco? –contestó el secretario- Tu pueblo ya ha estado en el infierno, que viva ahora en el paraíso, le ayudaremos como sea….

El tema de la novela, inicialmente planteada como un viaje heroico más, se transforma en una novela sobre la supervivencia y sobre el planteamiento de la relación entre el hombre y el mundo al nivel más elemental posible. Nazar tiene que convencer a los integrantes de un mundo que se reconoce como destinado a la extinción de la posibilidad que el circulo natural de vida, sufrimiento y muerte puede alterarse.

El pueblo Dzhan vive y piensa muy lejos de los esquemas de la lucha de clases. Son parte de un mundo que bajo esa teoría, están condenados a la extinción. Pero  Nazar entiende que, más allá de la misión que le han encargado, también es su mundo y que dicha extinción lo implica también a él. De ahí que aunque guarda las formas de novela socialista con final esperanzado, en la que la revolución consigue otro éxito, en el fondo, la supervivencia de Dzhan y el cambio de Nazar, plantea una relación entre el sujeto y el mundo muy poco progresista. Poética, mística, atávica, instintiva o como se le quiera denominar.

Platonov es un Kafka a la inversa. Donde Kafka plantea laberintos sociales en los que el hombre empequeñece, Platonov expone desiertos con grupos caminando hacia la nada, en los que el ser humano se agranda en esa nada. Solo esta él. En ‘Los dos reyes y los dos laberintos’, de Borges, uno de ellos castiga a su par con el peor de los laberintos; el desierto. En ‘Dzhan’, es también la constatación de ese laberinto lo que asombra y la vez otorga lucidez al protagonista.

 ‘…todo le parecía extraño en ese mundo existente, hecho como para un juego breve y burlón. Pero ese juego intencionado duraba ya mucho tiempo, una eternidad, y nadie quería reírse ni podía hacerlo

Las páginas más perfectas de Dzhan están en esa percepción del tiempo y el espacio muy lejanos a lo que el protagonista ha aprendido en Moscú y en su vida allí. Por eso Platonov resultaba tan ajeno a lo que se esperaba del como escritor. Por eso, cuando Hemingway llegó a Moscú en los años cincuenta para una conferencia y dijo que uno de sus escritores rusos preferidos era Platonov, el público que le escuchaba no sabía de quien estaban hablando.

Andrei  Platonov,  Dzhan,  Madrid,  1983,  Alianza

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