masonLa historia ni puede aspirar a la veracidad de la cronología ni detentar el poder del recuerdo. A fin de sobrevivir, los que se dedican a ella pronto deben aprender el arte del correveidile, del espía y del gracioso de taberna, para que siempre pueda haber más de una línea de comunicación que enlace con un pasado en el que a diario corremos el riesgo de perder para siempre a nuestros antepasados. Reverendo Wicks Cherrycoke. ‘Cristo y la historia’

Al premio Nobel de literatura le pasa como a los Oscars. La influencia de criterios ajenos lo han devaluado hasta el punto de que Nabokov o Borges no lo tuvieron y Shojolov y Cela sí. Cada año salen quinielas en las fechas anteriores a su entrega. En la mía, sólo hay dos nombres fijos. Don DeLillo y Thomas Pynchon. A Don DeLillo se lo darán un año de estos, porque a Pynchon, que le quitaría la cuota de escritor americano contemporáneo, no se lo darán nunca. Porque no iría a recogerlo.

No por objeciones ético-políticas, a lo Sartre, sino por rechazo a los focos. Pynchon es un caso similar al de Salinger, se ha ocultado de la maquinaria comercial editorial, creando un personaje que rechaza promoción y fotografías. Solo hay media docena de su época de estudiante y militar. Cuando gana el National en el 74 por ‘El arco iris de gravedad’ envía a un cómico a recoger el premio. En ‘Los Simpsons’, aparece con una bolsa de papel en la cabeza. Los guionistas de la serie hacen un chiste con la relectura de Lisa de la monumental novela.

Pynchon es un personaje. Pero, antes que nada, es un gran escritor. ‘La subasta del lote 49’ bautiza la literatura postmoderna. Luego vendrán miles de novelas fragmentarias y con sujetos descentrados. Pynchon fue el primero, aunque en su momento pareciera otro viaje de ácido literado. Después viene la complicada ‘El arco iris de gravedad’ con la que ya firma su paso a la historia de la literatura. La muy apreciable y mejor digerible ‘Vineland’, certificando el fin de la era hippy, y ya en los noventa, ‘Mason y Dixon’. El triunfo definitivo. Hasta Harold Bloom la pone como una de las mejores novelas del siglo XX.

‘Mason y Dixon’ es el equivalente a ‘Submundo’ de DeLillo, que también se publica en los noventa, pero si este último se queda en la segunda mitad del siglo XX americano, Pynchon se va a la década anterior a la revolución americana del XVIII. Los protagonistas son personajes históricos, dos topógrafos ingleses que, entre otras cosas, marcaron la frontera entre los estados de Pennsylvania y Maryland, la misma que un siglo más tarde marcara la frontera entre el Norte yanqui y el Sur rebelde. Pero dista mucho de ser una novela histórica al uso. La historia aquí es un punto de partida para un relato más ambicioso que la búsqueda de lo documental; la novela es un tour de forcé narrativo, donde conviven decenas de personajes en multitud de planos, tiempos y lugares. Grandes hechos políticos (la próxima independencia de los USA sobrevuela toda la novela) conviven con historias como la de la anguila Felipe. Los protagonistas aparecen y desaparecen, avanzan hacia el Oeste sin otro objetivo que el de avanzar en su propia libertad, y quien busque un desarrollo narrativo clásico en esta novela ya le avanzo que quedara decepcionado.

Esto es literatura por literatura. La novela no va hacia ningún sitio, simplemente es receptáculo de temáticas y personajes. La gracia, o la diferencia con otras, es que está muy bien escrita. Algunas de las temáticas: la ciencia, integrada como parte del propio discurso narrativo, no como nota explicativa o pedagógica, el elemento fantástico, con perros que hablan y fantasmas que aparecen y desaparecen, el sexo, siempre irónico y elíptico, como una especie de trámite burocrático. Un sentido del humor bastante negro y muy clásico, con unos diálogos entre Mason y Dixon que parecen Laurel y Hardy.

Flaubert escribió la primera novela contemporánea, ‘Madame Bovary’ y la primera novela postmoderna, ‘Bouvard y Pecuchet’, mucho antes de que se inventaran dichas categorías. ‘Mason y Dixon’ es el ‘Bouvard y Pecuchet’ de los noventa. Si los dos franceses burgueses del diecinueve hacían un repaso exhaustivo a la ciencia y el conocimiento de su época en búsqueda de la felicidad para acabar encontrando únicamente el ridículo, los dos geógrafos americanos recorren medio mundo del siglo XVIII durante casi mil páginas para que el lector acabe descubriendo que aquello no era tan diferente a lo de ahora. O, que, en otras palabras, para Pynchon la Historia no existe.

Thomas Pynchon Mason y Dixon Barcelona 1997 Tusquets