entenado2No se sabe nunca cuándo se nace: el parto es una simple convención. Muchos mueren sin haber nacido; otros nacen apenas, otros mal, como abortados. Algunos, por nacimientos sucesivos, van pasando de vida en vida (p. 43)

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Carlos Menem, el funesto presidente argentino de los noventa, decía que había leido todas las novelas de Jorge Luis Borges. No mentía, Borges no escribió ninguna. El argumento del maestro contra la inevitable pregunta era porqué escribir quinientas páginas si podía decir lo mismo en cinco o diez. Inapelable. Muchos escritores contemporáneos deberían hacerse la misma pregunta. Pero una vez, en el prólogo a la gran novela de su amigo Bioy Casares ‘El sueño de los héroes’, Borges escribió que de haber hecho algún día una novela, le hubiera gustado escribir esta que prologaba. Habría dicho lo mismo de ‘El entenado’.

Juan José Saer fue un escritor argentino, exiliado en Francia desde finales de los sesenta, que desarrolló una carrera literaria larga y brillante durante tres décadas. En vida tuvo pocas ventas y muy buenas críticas. Todas las novelas que he leído de él tienen un nivel muy alto; ‘El entenado’ es la que condensa todo lo mejor de la literatura de Saer.

La RAE define ‘entenado’ como ‘hijastro’ o ‘descendiente’. Un hijo no natural, nacido de parto ajeno. El segundo parto del protagonista, un huérfano español del siglo XVI, que renacerá en su convivencia con una tribu de indígenas centroamericanos. Incluido como grumete en una expedición de conquistadores españoles, los indios les descubren y los matan a todos (menos a él) y se los comen en una parrillada. El protagonista, que no entiende nada de lo que está pasando, se verá en medio de un ciclo vital que nada tiene que ver con el del mundo de donde viene y en el que acabará descubriendo que su misión de entenado (el def-ghi que le llaman los indios) es de transmisor de la memoria del mundo de la tribu a la historia y al exterior. Así lo hará en la redacción de sus memorias narradas en flashback sesenta años después.

‘El entenado’ es la primera de las novelas históricas de Saer y en buena parte es su crónica del exterminio de Indias. La primera batalla la ganan los nativos, pero el peso del progreso está del lado de los europeos y este pasará por encima de los cadáveres de aquellos que no entienden el mundo al estilo europeo. Así, la biografía del entenado protagonista opera como supervivencia en la memoria de un mundo derrotado, el de América Latina, que sufrirá muchas más derrotas en los siglos siguientes. De una forma similar a ‘Zama’ de Di Benedetto, la novela es una pequeña venganza contra todas esas derrotas.

La narración, sobretodo la parte de los indios, mezcla lo biográfico con la antropología. En su hospedaje, el entenado se convierte en un antropólogo moderno que describe la vida en la tribu, y cuando estos le devuelven a su mundo original ya no puede observar a los de su raza con otros ojos. Bajo ese tono neutro, a veces hasta indiferente, del entenado hay el asombro de alguien cuyo mundo ha sido dado, sin la posibilidad de cuestionar la autoridad de lo dado (estamos a principios del siglo XVI) y de repente se encuentra que las normas sociales no tienen sentido o han invertido su sentido original.

Saer tiene una narrativa preciosista, exacta y lirica que recuerda a la perfección descriptiva de Proust, sin caer en el abuso de sus recursos. Uno de sus temas básicos, aquí también, es el lenguaje como vehículo y a la vez como barrera de incomunicación. Simbólicamente lo asocia a la inmensidad de agua presente a lo largo de toda la primera parte de la novela, aislando culturas y personas, y con el cielo infinito que abre y cierra la novela. Esa imposibilidad de comunicarse acompañara al entenado todo el libro; cuando parece que encuentra una salida a ello, su interlocutor desaparece y ha de empezar de nuevo. La paradoja del lenguaje que lleva al autor y al lector a hablar una y otra vez sobre lo mismo teniendo la certeza de que nunca acertaremos a decir exactamente aquello que queremos decir.

Juan José Saer El entenado Barcelona 1988 Ed Destino