El día del Watusi (2019)

‘El Idioma Imposible era la negación del vulgar dialecto de la vida, añadir más música a la música: invención, una sombra más verdadera que la luz’

‘¿Has leído a Nietzsche? ¿No? Bueno, ahora ya no hay tiempo. Ya lo leerás…’. (Guillermo Ballesta)

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En la escena final de ‘La ciudad de los prodigios’, el protagonista, Onofre Bouvila, el hijo de un fracasado que ha ido ascendiendo en la escala social barcelonesa de finales del XIX y principios del XX gracias a su intuición, desaparece de la ciudad en un primerizo helicóptero, mar adentro, mientras sus conciudadanos miran embobados desde tierra. Es la Barcelona de la Feria Internacional de 1929, la ciudad de provincias europea que aspira a ser una cuarta o quinta Paris. El sueño se hunde en 1936, cuando llega la guerra y acaba como acaba.

Sesenta y seis años después de la salida hacia el horizonte del trepa Bouvila, otro helicóptero aparece desde el mar y vuelve a aterrizar en Collserola. Dentro, otro trepa, Javier del Pistacho. Abajo lo esperan una nueva corte de los milagros. Niños huérfanos, teóricos amigos empresarios, azafatas, matones, figurantes de parque de atracciones y un convocado no se sabe bien a qué, Fernando Atienza. La diferencia con la escena de 1929 es que el paripé es mucho mayor. El del helicóptero no es el empresario trepa, que está en la cárcel, ni los niños son huérfanos de verdad, ni los regalos que trae son más que cajas envueltas vacías. La historia es la misma, pero la farsa ha ganado en detalles y complejidad. ¿Has leído a Nietzsche?   

Lo que sigue a esa escena son las mil cien páginas de ‘El día del Watusi’ (a partir de aquí, el Watusi), la gran novela de Francisco Casavella. Publicada inicialmente como tres volúmenes independientes (‘Los juegos feroces’, ‘Viento y joyas’ y ‘El idioma imposible’) por Mondadori entre 2002 – 2003, se reeditó ya como un único volumen en Destino en 2008, poco antes de la muerte de su autor y fue reeditada por Anagrama hace unos años. Casavella publicó seis novelas. Cuatro excelentes y dos flojas. De las cuatro, quizás alguna sea más redonda que el Watusi. Cada cual tendrá su preferida por este o aquel motivo. Pero la literatura de Casavella es el Watusi. No puede entenderse el conjunto sin esta novela. El Watusi es la catedral, las otras son iglesias.

El Watusi está escrita en flashback y en primera persona. El día del no-encuentro con el empresario encarcelado, al protagonista le encargan un informe sobre otro personaje del que todo el mundo habla, pero nadie sabe quién es y donde está, un tal José Felipe Neyra. En la escritura de dicho informe, Fernando Atienza empieza por explicar su vida a partir de ‘El día del Watusi’, el 15 de agosto de 1971. La primera novela, ‘Los juegos feroces’, es la historia de ese día. Fernando tiene 13 años y se ve implicado en un asesinato y en la búsqueda desbocada del fantasma del Watusi, el presunto asesino, por toda Barcelona. Fue la novela que más vendió y la que tuvo mejores críticas. Tenía que funcionar como gancho de lo que vendría después; rápida, limítrofe, marginal e iniciática.  Una novela de aventuras a lo Mark Twain, con otros Tom Sawyer y Huckelberry Finn corriendo de lio en lio.

‘Los juegos feroces’ es la cara A del disco. Pero lo realmente interesante siempre viene en la cara B. La segunda parte, ‘Viento y joyas’, pasa cuatro años después del día del Watusi. Un Fernando adolescente entra de botones en un banco (oficio que desempeñó Casavella en la vida real) y acaba metido en la creación de un partido político cuyo único fin es el reciclaje político de sus jefes. Ya he escrito sobre la que, para mí, es la parte más interesante del Watusi y una novela espectacular de historia y política ficción muy poco ficcional. Como dice otro personaje en la tercera parte, ‘Política y ficción son sinónimos, Fernando’.

El cierre de la trilogía es ‘El idioma imposible’. Es la más extensa en el tiempo, abarca casi los veinte años que van del final de ‘Viento y joyas’ hasta el presente de la novela, en 1995. Es la más especial de las tres. Es la más autobiográfica, pues aquí sí que se adivina al joven y no tan joven Casavella siguiendo los bares y las fiestas por los que queman las noches Elsa y Fernando. ‘El idioma imposible’ es una novela de curvas, de rincones, lucidos y oscuros. Del amor que aparece y desaparece. De la juventud, de la vida, la música y las múltiples borracheras que se ofrecen. Es también la novela que ha de cerrar el círculo, y solo por eso, por la maestría en cuadrar todas las tramas abiertas en las dos partes anteriores, ya merece un lugar en el Olimpo de las novelas.          

El Watusi es una novela muy mal criticada. No porque las reseñas sean especialmente sangrantes, tampoco brillantes. El análisis que se hace de la novela ha sido muy pobre para todo lo que lleva dentro, lo que me lleva a pensar que se ha leído poco y mal, aunque se haya vendido bastante bien para lo que es una novela de exigencia considerable.

Básicamente, la crítica del Watusi se ha hecho en tres direcciones, dos a favor y una en contra. Una línea experiencial en la que lo resaltable es no ya la experiencia personal de la lectura del Watusi, sino la del contacto con el propio Casavella, experiencia magnificada por el martirologio postmortem. Esto conduce a debates inútiles entre aspirantes a herederos de la calidad literaria del autor, como si dicha calidad pudiera traspasarse de mano en mano. La otra crítica favorable resalta el componente mítico del Watusi, que lo hay y es importante no solo en esta, sino en todas las novelas de Casavella. Pero Casavella no era un autor de ciencia ficción, y el Watusi no es Star Wars. Está muy bien crear un mundo, o más bien anexionar un mundo propio a la novela, en la que el personaje Watusi es un reflejo de los mitos, filias o fobias del lector. Pero limitarla a eso, a una fábula mítica en la que el protagonista persigue una sombra cultural, es quedarse en un nivel muy primerizo de la novela, más concretamente, el primero. El del primer libro, centrado en parte en la búsqueda de dos niños de un matón que parece, pero no es por la Barcelona de principios de los setenta.

La crítica oficiosa le ha achacado normalmente que es una novela demasiado larga e imperfecta. Que se pasa de rosca. Una vez, en un chat promocional, uno le dijo a Casavella que el Watusi se le había hecho corta. Él le contestó ‘¡Como se nota que no la ha escrito usted, amigo!’. Una novela de más de mil páginas siempre será larga e imperfecta. Lo que abarca es tan enorme que es imposible contentar a todos. Como en ‘2666’, cada lector tendrá sus partes mayores y menores. Incluso en el caso del Watusi, la identificación con una de las tres partes tiene un fuerte componente de identidad lectora, y, por ende, literaria. Esto no significa que solo pueda leerse por separado, al contrario. Casavella escribe una novela, sin ninguna duda. Pero dentro de esta novela, hay varios caminos que funcionan con vida propia y que tienen su propio lenguaje. Por el contrario, en la complejidad narrativa que supone una novela de tal calibre está lo mejor de un escritor del nivel de Casavella.

Hay una escena en la que Fernando llega a casa a las seis de la mañana y obvia una notable sucesión de bares en favor ‘de la dichosa tensión narrativa’. La tensión entre lo que a uno le apetece escribir y lo que uno tiene que escribir. Es una novela de este nivel lo que deja espacio para cosas que al autor le pide el cuerpo pero que no pasarían el corte en una novela de trescientas páginas. Aun así, uno de los puntos débiles del Watusi (y en general de Casavella) es cierta tendencia al estupendísimo. ‘Los dejes románticos y preciosistas de una prosa capaz siempre de grandes alardes, pero con tendencia creciente a resultar resabiada y sentenciosa’, Echevarría dixit.  Hay novelistas que tienen alma de poetas y hay otros con alma de ensayistas. Así se entiende ciertos paréntesis que se quedan en florituras verbales. Pero como dijo Pamies en su reseña de ‘Los juegos feroces’, en determinadas circunstancias, un punteo de guitarra vacilón puede sacarte de un apuro. Pero solo uno, y de vez en cuando.

Hay dos textos laterales de Casavella que son básicos para entender el Watusi. Uno es la reseña de ‘El legado de Humboldt’, de Saul Bellow (1). Hay mucho de Charlie Citrine en Fernando Atienza, aunque a priori parezcan dos personajes muy lejanos. Ambos oscilan entre la ingenuidad y la inteligencia extrema, tienden a complicarse la vida y a rodearse de personajes extravagantes que les intentan manipular con más o menos éxito. También el sarcasmo y la ironía de Bellow tiene amplio reconocimiento en los libros de Casavella. Otro texto fundamental es el prólogo a ‘Abbadon el exterminador’ de Ernesto Sabato. Aquí, la novela y los personajes tienen poco o nada que ver con Casavella y el Watusi. Lo importante es la forma en que Sabato pone en juego la psicopatología, en concreto la paranoia.

Toda la parte mítica del Watusi tiende a entenderse como folclore, como quien saca la peluca rubia para la fiesta de disfraces. Por el contrario, al lector realista, le carga tanto rollo con las W y la cancioncita. Como dice Piglia, ‘hasta los paranoicos tienen enemigos’, o en versión popular, que sea un paranoico no significa que no me persigan. Leída desde la clave de la paranoia (y Casavella deja pistas más que evidentes en esa dirección), el Watusi cobra una dimensión completamente nueva. Una dimensión que enlaza con las novelas de Sabato, un maestro de la transformación de lo psicopatológico (en este caso, lo ficcional de la propia ficción) y abre el camino de la salvación del propio protagonista que como todo buen paranoico se ve perdido a si mismo enfrente de un mal enorme al que nunca podrá derrotar.

Pero donde el Watusi coge altura es si se la lee como una novela con doble protagonista. Fernando Atienza, el sujeto, y Barcelona, el objeto. Ambos son parte de una misma experiencia y una misma historia. Ambos crecen en cierto modo en un periodo que significa las décadas de mayor cambio urbano en la ciudad que el protagonista habita. El ir y venir de este y otros protagonistas por la historia contemporánea de la ciudad ofrece una lectura bastante más autobiográfica que los paralelismos que se puedan encontrar entre autor y personaje aquí y allá. Al hablar de ciudad, no hay debate. Lo ficcional y lo biográfico no existen, porque los sujetos pasan, pero el escenario permanece. Lo que sí es variable son las lecturas que admite ese escenario, y ahí hay también un amplio espacio para la literatura. Pero hay que agarrar ese espacio a una novela de nivel, que tenga entidad propia, si no aquello se convierte en otro de los muchos pastiches pseudohsitoricos que inundan las librerias de los aeropuertos. Sirva como muestra esta brillante descripción de la generación de los primeros ochenta:

‘…en los años siguientes, muchos se hicieron yonquis o maricas por idéntico motivo que sus abuelos ingresaron en la masonería, para hacer señas y apartes. Eran los primeros vástagos de separaciones matrimoniales en masa, testigos de una segunda vida del padre o de la madre, o del hundimiento de uno de ellos o de ambos, tan alocados y sin vigilancia como sus hijos. Luego estaba el vértigo provinciano. Todos los chicos y chicas de la zona alta eran en su mayoría una cosa, lechuguinos; fingían ser otra, príncipes y princesas de un vago país de sexo, drogas y rocanrol, y el resultado era en apariencia una tercera, erguirse en los modernos del pueblo, señoritos que esperan su herencia mientras la empeñan con pasatiempos intrincados y banales’

La otra baza ganadora en el Watusi son los personajes secundarios. De la inmensa galería de secundarios que pasean por el Watusi, hay algunos realmente memorables. De la conexión entre Casavella y la novela picaresca ya habló él mismo en su momento. Su reflejo aparece en un tipo de personaje recurrente al largo de la novela, el cantamañanas. Es el Sancho a la inversa. Acompaña al protagonista, pero se pone a sí mismo como líder, cuando nadie se lo ha pedido, y además con motivos visiblemente fantasiosos o directamente manipuladores. En ‘Los juegos feroces’, el cantamañanas es Pepito el yeyé. En ‘El idioma imposible’ es Toni Tortosa, personaje menor, pero uno de los más brillantes de todo el libro, y en ‘Viento y joyas’, es Guillermo Ballesta, personaje clave y en cuya relación con Fernando se articula el eje de toda la novela: ‘Aquella noche tuve un hermano’.

Hay Watusisi y Watusis. Hay el Watusi de cómic, el que buscan Fernando y Pepito, y Watusis de carne y hueso. Ballesta es de estos últimos. De los primeros se puede huir. De este, no.

1: La reseña de ‘El legado de Homboldt’ está recogida en ‘Elevación, elegancia y entusiasmo’, la compilación de artículos de Casavella editada en Galaxia Guttenberg, El prologo a ‘Abbadon el exterminador’ está en la edicion de la novela de Sabato en la Biblioteca El Mundo.

Francisco Casavella, ‘El día del Watusi’, Barcelona, 2008, Destino

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