Vázquez Montalbán, M.


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Los detectives privados somos los termómetros de la moral establecida, Biscuter. Yo te digo que esta sociedad está podrida. No cree en nada.

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Poco antes de entrar en Barcelona por la Diagonal, sobre un montículo a la izquierda de la autopista hay tres molinos de viento. Imitación, por supuesto. Aquellas hélices no han girado nunca para moler un solo grano de trigo. Son parte de un restaurante, ‘Los tres molinos’, que décadas atrás se consideraba de postín y en el que recuerdo haber acudido a la primera comunión de una amiga cuando tenía nueve años. Fue la única vez en mi vida que he llevado corbata. El sitio era un laberinto de salones con nombres quijotescos, y recuerdo ir abriendo puertas, encontrándome otras bodas, comuniones o lo que fueran que no eran la mía.

Pues era aquí, a ‘Los tres molinos’, donde el fundador y editor de Planeta, José Manuel Lara (padre) invitaba a toda la prensa que había venido a cubrir la entrega del premio Planeta. Los banquetes eran de órdago, y después salían unas críticas buenísimas. Normal. En el 79, el premio se lo dan a Manuel Vázquez Montalbán por su nueva novela, ‘Los mares del Sur’. Ocho millones de pesetas. Para la época, mucho dinero. En el discurso de entrega, Lara, franquista de pro, comenta que tras premiar a escritores comunistas tres años seguidos, (Semprún en el 77, Marsé en el 78 y ahora Vázquez Montalbán, en aquel momento miembro del Comité Central del PSUC) es evidente su intención de sabotear el comunismo español. Vázquez Montalbán le contesta que a ese precio, van a acabar saboteando ellos al capitalismo español.

‘Los mares del Sur’ es de los pocos premios Planeta que vale la pena leer. Es también de los mejores Carvalho que escribió el autor barcelonés. Explicaba Vázquez Montalbán que la serie del genial detective surgió como reacción contra las tendencias formalistas de principios de los setenta; ‘Hubo un momento en la literatura española que si no escribías como Benet, no eras nadie. Así que escribí una novela ‘de lladres i serenos’, en quince días. ‘Tatuaje’’. El segundo Carvalho. ‘Los mares del Sur’ es el cuarto.

Aquí el personaje ya está definido. El envoltorio sigue siendo el de novela negra clásica (Hammet, Chandler, Simenon). Un detective privado, le encargan un caso, descubre algo que molesta a todos. En este concretamente, la muerte de un empresario de la construcción vinculado con la edificación de uno de los barrios dormitorio que surgieron en Barcelona en el franquismo y con los cuales unos pocos (como el olímpico Samaranch) se enriquecieron. El de la novela, San Magí es fácilmente identificable como el Bellvitge de Hospitalet de Llobregat.

El muerto quería huir como Gaughin, de la civilización a los mares del Sur de la Polinesia. Pero descubre que a los contemporáneos mares del Sur se llega en metro. Son todas esas zonas que la ciudad ha creado y después olvidado, tras vender los pisos y recoger dividendos. Son finales de los setenta, y en esos barrios el paro y la heroína destrozará una generación entera.

No sólo eso. Como buen marxista, Vázquez Montalbán lleva el análisis de las condiciones objetivas a la sociedad en su conjunto. Utilizando la ronda de entrevistas y viajes en la que Carvalho investiga el caso, van saliendo todos los estereotipos sociales de la Barcelona de la época, desde el obrero (el politizado y el que no, el posibilista y el maximalista) a las diferentes burguesías que preparan su adaptación o su entrada en las nuevas formas de poder político.

Todo ello con un impresionante (para la época) repertorio gastronómico. Vázquez Montalbán era un gourmet, de los que no sólo no pedían perdón por comer y beber bien, sino que tenía muy claro que cada plato, cada botella de vino descorchada, es una decisión ética.

Manuel Vázquez Montalbán Los mares del Sur Barcelona 1979 Planeta

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Nota del estrangulador: Polisemia lo llaman los críticos cultos, según observo en las revistas literarias que me autoriza el maestro de la cárcel, de las que entresaco los nombres de algunos críticos pedantes y el de una tal Norma Cateli a su cabeza, a la que pienso estrangular en cuanto se me conceda un permiso de salida por buen comportamiento  p 81

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Esta novela es una locura. Una locura muy seria, bien pensada. No una locura caótica o críptica que apenas tiene sentido en la mente del autor y una minoría de descifrantes avanzados, ni una locura intencionalmente desestructurada, cuya principal pretensión sea la de volver loco al lector. ‘El estrangulador’ es una novela de locos, básicamente de un loco, que, como el propio autor no se cansa de repetir, no es más (ni menos) que una metáfora. Hasta que, como en un momento de la novela, las cosas se ponen serias, aparecen los loqueros y se acaban las metáforas.

Vázquez Montalbán es uno de los grandes nombres de la literatura en castellano contemporánea. Siempre lo he visto como una de esas cabezas privilegiadas que han optado por la literatura y han sido escritores, como podrían haber conseguido cualquier otra cosa. En el caso de Montalbán su obra literaria esta condicionada por otras dos de sus facetas, la periodística y la política. Como muchos de la generación tardofranquista, Montalbán militó, y lideró, en el PSUC, a la vez que combinaba estajanovistamente prensa y novela, amén de una temprana inclusión en el grupo de los novísimos que tuvo poca continuidad. Todo ello generó un volumen de producción y una proyección pública que más que ocultar, distraían la realidad de un gran escritor.

‘El estrangulador’ es un monólogo del protagonista (que se cree el estrangulador de Boston) en su encierro psiquiátrico, dividido en dos partes. Una en versión de verdugo y asesino , y otra como victima y enfermo delirante. Entre estas dos y un no menos delirante informe del psicoanalista que lo trata, Montalbán desarrolla una historia poliédrica similar a lo que hace Nabokov en ‘Desesperación’ o ‘Sebastian Knight’. Llegados a cierto punto de la lectura de ‘El estrangulador’, las causas de la presencia del estrangulador en el manicomio pasan a un segundo termino respecto a la relación dialéctica entre el protagonista, sus médicos y victimas, y la magnifica farsa que tejen entre todos ellos.

Ahora bien, ‘El estrangulador’ no es una novela psicológica. Abstenerse dostoyevskianos irredentos. Es una gran purga del autor contra todas sus fobias, publicas y notorias. Todas las víctimas del estrangulador, reales o ficticias, logradas o fracasadas, existen en el imaginario del propio personaje, el último reducto para la victoria (ni que sea literaria) en una realidad histórica de constante derrota. Montalbán aplica toda su inteligencia y su mala leche (y tiene mucha de ambas) para pasar a cuchillo a profesores, médicos, políticos, familiares, críticos… Aquí recibe todo el mundo. Pero por encima de todo, penaliza una forma de escribir y de entender el mundo, que a principios de los noventa arrasaba con las demás cosmovisiones bajo la etiqueta del discurso postestructuralista. En la novela, este queda reflejado básicamente en los psicoanalistas lacanianos que tratan al estrangulador, pero Montalbán, al que el tema no le pilla de nuevo, desmonta un discurso que tenia que argumentar un momento histórico, el de la sociedad post industrial después del final de la guerra fría y del socialismo real, y que cuando han llegado los problemas (hoy) lo único que queda de los imbatibles teóricos de la posmodernidad es una inmensa y desierta nulidad. Esta novela era una purga, quizás la única posible para  Montalbán, pero más allá de su brillantez literaria, era también un aviso de lo que estaba por venir. Por eso esta dedicada ‘a mis victimas’. Sin ellas, esta novela no hubiera sido posible.

Manuel Vázquez Montalbán, ‘El estrangulador’ ,Mondadori, Barcelona, 1994