Vázquez Montalbán, M.


 

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Un corresponsal extranjero le preguntó a usted ya vencedor del referéndum del 47: ¿Es muy difícil gobernar a los españoles? Usted sonrió benévolamente, puso su mano sobre nuestras cabezas rapadas por dentro o por fuera, o por dentro y por fuera, y dijo: “No, ¡qué va! Para mí ha resultado muy fácil”

 

 

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Esta  novela le costó mucho. Muchísimo. Me decíano consiguió derrotarme en vida y me va a derrotar ahora muerto’’ (1). Pero la escribió. Porque Vázquez Montalbán podía quejarse del posibilismo socialdemócrata o de la última intervención militarista del imperio, pero  nunca del esfuerzo que le podía costar escribir una novela. Más aún si el protagonista y narrador le miraba desde el retrato que le hizo Zuloaga. Como un Austria contemporáneo, Franco aparece con botas y pantalones militares, camisa azul falangista, boina roja carlista y aguantando una bandera española kilométrica, como una cola de vestido de novia de la realeza. Pese a la pretendida épica, Franco no deja de tener el aire a bedel que tuvo toda su vida.  En la novela, cuando reciben el cuadro Franco y señora están encantados con él. Serrano Suñer, el cuñadísimo, comenta: ‘Es un mal sueño’.

Vázquez Montalbán escribe y publica ‘Autobiografía del general Franco’ en 1992. Nace de un encargo editorial para una biografía que tenía que llamarse ‘Yo, Franco’. El formato tradicional no le convence y la cambia a una falsa autobiografía a dos voces. No es un secreto que uno de los sueños húmedos del fundador de Planeta, Lara padre, fue la autobiografía de Franco en vida, que obviamente le habría escrito el mejor y el más fiel de los negros posibles. Casi veinte años después de su muerte, es uno de los más notables opositores, catalán y comunista, el que la escribe. No creo que al gusto de Lara, pero demostrando que por encima de las filiaciones están las cuentas de resultados.

La idea de la novela es desbordante. Escribir la vida de Franco, que es como decir el siglo XX español, en primera persona, intentando buscar el tono de alguien que personalizaba una dictadura victoriosa en una guerra civil y que por tanto, creó miles de documentos legitimadores en boca del dictador, pero que a la vez ocultaba la posible voz sincera o personal. La novela se desarrolla desde ese discurso del propio Franco que habla desde la Historia y va recordando toda su vida. El transcriptor, un escritor de segunda  ex muchas cosas, Marcial Pombo, no puede reprimirse ante los auto favoritismos que el general se adjudica y va metiendo baza, a veces cortas, ‘No mienta, general…’, a veces largas, con testimonios cercanos al propio Franco que corrigen al dictador.

Condicionantes morales aparte, la bibliografía de los que lo trataron de cerca revela al Franco histórico como un personaje realmente soso. Aburrido, frio y desconfiado hasta de su propia sombra. Lo menos agradecido posible para escribirle una novela en primera persona. Por eso,  al principio la voz de Franco puede resultar cargante,  pero una vez entra en materia histórica  y el personaje se desarrolla, el dialogo se convierte en el ajuste de cuentas definitivo de Vazquez Montalbán con el franquismo sociológico. Aunque el mismo desmintiera ese ajuste con el argumento de que a Franco no le venció nada ni nadie, la memoria y la literatura ofrecen esas bazas a quien sabe jugarlas.

La ‘Autobiografía del general Franco’ ocupa un lugar estratégico dentro de la bibliografía de Vázquez Montalbán. Es una de sus novelas mayúsculas. Vazquez Montalbán es uno de los grandes escritores españoles del siglo XX, pero como dice Marcos Ordóñez, hizo mucho, y este país penaliza a quien hace mucho. Su lista de obras publicadas es inabarcable. Como muchos otros de su generación, escribía a destajo y no siempre con fines estrictamente literarios. Carmen Balcells explica que había años que cuando recibía la declaración de la renta con un saldo positivo importante, la llamaba asustado. Ella lo tranquilizaba y le proponía generar un ingreso que le permitiera saldar su cuenta con hacienda de la mejor manera que sabía: escribiendo un libro. Podía ser un Carvalho (los hay buenos, regulares y horribles) o un ensayo sobre historia, gastronomía, comunicación o lo que se pusiera a tiro.

De todo podía escribir Vazquez Montalbán. Pero es ya en los ochenta cuando escribe lo mejor de su obra. El éxito de ‘Los mares del sur’, con los ocho millones de la época del Premio Planeta y  la traducción francesa, que le abriría la puerta internacional, le permite disponer del tiempo necesario para planificar grandes novelas. El hundimiento del comunismo español  en 1982 y la desbandada hacia la socialdemocracia institucional le convence también que no va a haber revolución. Así, a partir del 85, y en la década que le sigue, van cayendo lo mejor del corpus montalbaniano: ‘El Pianista’, ‘Los alegres muchachos de Atzavara’, ‘Galíndez’, ‘Autobiografía del general Franco’, y ‘El estrangulador’. Todas ellas obras maestras.

En ‘Autobiografía del general Franco’ se juntan la vocación histórico política que hay en todas las obras de Vazquez Montalbán con una resolución, si no de ajuste, si de punto final a una temática muy interiorizada, la España franquista. Se trata de enterrar definitivamente unos demonios, personalizados en Franco, para dejar paso a otros que han ocupado su lugar en las condiciones históricas objetivas. Globalización, postmodernidad, etc… Aun así, el argumento de fondo que subyace a esta y otras novelas del periodo es lo que el autor llamaba la búsqueda de un sentido ético frente a la realidad. Frente a la derrota histórica, ¿cabe alguna manera de preservar la ética individual? En ‘Galíndez’, al personaje histórico le cuesta la vida escribir una tesis sobre Trujillo, que está dispuesto a sobornarlo para que no la escriba, y que decide publicar igualmente porque es la verdad que nadie quiere oír, pero que pasó. Aquí, el editor decide que hay demasiado ‘ruido’ y que total, ¿a quien le importa ya los miles y miles de muertos en manos de una dictadura?

No hay una respuesta generalizable a la pregunta de un sentido ético individual frente a la historia. Siempre habrá quien considera que ha hecho demasiado para lo poco que se lo han agradecido y quien pensara que nunca se hace lo suficiente. En todo caso, las experiencias históricas individuales ofrecen ejemplos éticos que ayudan a recordar que no todo vale, ni todo vale igual. También en la literatura, como en la cocina, no es lo mismo el que cuida el producto, le dedica el tiempo que sea necesario y lo acompaña de la mejor forma posible como el que se traga lo primero que tiene a mano. Vazquez Montalbán era un gourmet convencido y reconocido. ¿Y Franco, que comía? Los que compartían mesa con la familia Franco se quejaban de lo dietéticamente aburridas que podían llegar a ser sus comidas. Pero el plato preferido del dictador lo explica su nieto político, Jimmy Giménez Arnau: ‘No le hablaba –al yerno, el marqués de Villaverde-. Íbamos a comer y el abuelo –Franco- ni se fijaba en él. El abuelo se ponía a comer lo que más le gustaba, yogur con nescafé; nos sonreía a todos y pasaba del marqués.’ (Página 572)’. Si, Manolo. Yogur con nescafé.

1, Anna Sallès, en ‘Caleidoscopio Montalbán’  https://www.youtube.com/watch?v=9dOFXrmIDf

 

Manuel Vázquez Montalbán,  Autobiografía del general Franco ,Barcelona, 1992, Planeta

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Manuel-Vazquez-Montalban-Los-mares-del-Sur

Los detectives privados somos los termómetros de la moral establecida, Biscuter. Yo te digo que esta sociedad está podrida. No cree en nada.

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Poco antes de entrar en Barcelona por la Diagonal, sobre un montículo a la izquierda de la autopista hay tres molinos de viento. Imitación, por supuesto. Aquellas hélices no han girado nunca para moler un solo grano de trigo. Son parte de un restaurante, ‘Los tres molinos’, que décadas atrás se consideraba de postín y en el que recuerdo haber acudido a la primera comunión de una amiga cuando tenía nueve años. Fue la única vez en mi vida que he llevado corbata. El sitio era un laberinto de salones con nombres quijotescos, y recuerdo ir abriendo puertas, encontrándome otras bodas, comuniones o lo que fueran que no eran la mía.

Pues era aquí, a ‘Los tres molinos’, donde el fundador y editor de Planeta, José Manuel Lara (padre) invitaba a toda la prensa que había venido a cubrir la entrega del premio Planeta. Los banquetes eran de órdago, y después salían unas críticas buenísimas. Normal. En el 79, el premio se lo dan a Manuel Vázquez Montalbán por su nueva novela, ‘Los mares del Sur’. Ocho millones de pesetas. Para la época, mucho dinero. En el discurso de entrega, Lara, franquista de pro, comenta que tras premiar a escritores comunistas tres años seguidos, (Semprún en el 77, Marsé en el 78 y ahora Vázquez Montalbán, en aquel momento miembro del Comité Central del PSUC) es evidente su intención de sabotear el comunismo español. Vázquez Montalbán le contesta que a ese precio, van a acabar saboteando ellos al capitalismo español.

‘Los mares del Sur’ es de los pocos premios Planeta que vale la pena leer. Es también de los mejores Carvalho que escribió el autor barcelonés. Explicaba Vázquez Montalbán que la serie del genial detective surgió como reacción contra las tendencias formalistas de principios de los setenta; ‘Hubo un momento en la literatura española que si no escribías como Benet, no eras nadie. Así que escribí una novela ‘de lladres i serenos’, en quince días. ‘Tatuaje’’. El segundo Carvalho. ‘Los mares del Sur’ es el cuarto.

Aquí el personaje ya está definido. El envoltorio sigue siendo el de novela negra clásica (Hammet, Chandler, Simenon). Un detective privado, le encargan un caso, descubre algo que molesta a todos. En este concretamente, la muerte de un empresario de la construcción vinculado con la edificación de uno de los barrios dormitorio que surgieron en Barcelona en el franquismo y con los cuales unos pocos (como el olímpico Samaranch) se enriquecieron. El de la novela, San Magí es fácilmente identificable como el Bellvitge de Hospitalet de Llobregat.

El muerto quería huir como Gaughin, de la civilización a los mares del Sur de la Polinesia. Pero descubre que a los contemporáneos mares del Sur se llega en metro. Son todas esas zonas que la ciudad ha creado y después olvidado, tras vender los pisos y recoger dividendos. Son finales de los setenta, y en esos barrios el paro y la heroína destrozará una generación entera.

No sólo eso. Como buen marxista, Vázquez Montalbán lleva el análisis de las condiciones objetivas a la sociedad en su conjunto. Utilizando la ronda de entrevistas y viajes en la que Carvalho investiga el caso, van saliendo todos los estereotipos sociales de la Barcelona de la época, desde el obrero (el politizado y el que no, el posibilista y el maximalista) a las diferentes burguesías que preparan su adaptación o su entrada en las nuevas formas de poder político.

Todo ello con un impresionante (para la época) repertorio gastronómico. Vázquez Montalbán era un gourmet, de los que no sólo no pedían perdón por comer y beber bien, sino que tenía muy claro que cada plato, cada botella de vino descorchada, es una decisión ética.

Manuel Vázquez Montalbán Los mares del Sur Barcelona 1979 Planeta

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Nota del estrangulador: Polisemia lo llaman los críticos cultos, según observo en las revistas literarias que me autoriza el maestro de la cárcel, de las que entresaco los nombres de algunos críticos pedantes y el de una tal Norma Cateli a su cabeza, a la que pienso estrangular en cuanto se me conceda un permiso de salida por buen comportamiento  p 81

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Esta novela es una locura. Una locura muy seria, bien pensada. No una locura caótica o críptica que apenas tiene sentido en la mente del autor y una minoría de descifrantes avanzados, ni una locura intencionalmente desestructurada, cuya principal pretensión sea la de volver loco al lector. ‘El estrangulador’ es una novela de locos, básicamente de un loco, que, como el propio autor no se cansa de repetir, no es más (ni menos) que una metáfora. Hasta que, como en un momento de la novela, las cosas se ponen serias, aparecen los loqueros y se acaban las metáforas.

Vázquez Montalbán es uno de los grandes nombres de la literatura en castellano contemporánea. Siempre lo he visto como una de esas cabezas privilegiadas que han optado por la literatura y han sido escritores, como podrían haber conseguido cualquier otra cosa. En el caso de Montalbán su obra literaria esta condicionada por otras dos de sus facetas, la periodística y la política. Como muchos de la generación tardofranquista, Montalbán militó, y lideró, en el PSUC, a la vez que combinaba estajanovistamente prensa y novela, amén de una temprana inclusión en el grupo de los novísimos que tuvo poca continuidad. Todo ello generó un volumen de producción y una proyección pública que más que ocultar, distraían la realidad de un gran escritor.

‘El estrangulador’ es un monólogo del protagonista (que se cree el estrangulador de Boston) en su encierro psiquiátrico, dividido en dos partes. Una en versión de verdugo y asesino , y otra como victima y enfermo delirante. Entre estas dos y un no menos delirante informe del psicoanalista que lo trata, Montalbán desarrolla una historia poliédrica similar a lo que hace Nabokov en ‘Desesperación’ o ‘Sebastian Knight’. Llegados a cierto punto de la lectura de ‘El estrangulador’, las causas de la presencia del estrangulador en el manicomio pasan a un segundo termino respecto a la relación dialéctica entre el protagonista, sus médicos y victimas, y la magnifica farsa que tejen entre todos ellos.

Ahora bien, ‘El estrangulador’ no es una novela psicológica. Abstenerse dostoyevskianos irredentos. Es una gran purga del autor contra todas sus fobias, publicas y notorias. Todas las víctimas del estrangulador, reales o ficticias, logradas o fracasadas, existen en el imaginario del propio personaje, el último reducto para la victoria (ni que sea literaria) en una realidad histórica de constante derrota. Montalbán aplica toda su inteligencia y su mala leche (y tiene mucha de ambas) para pasar a cuchillo a profesores, médicos, políticos, familiares, críticos… Aquí recibe todo el mundo. Pero por encima de todo, penaliza una forma de escribir y de entender el mundo, que a principios de los noventa arrasaba con las demás cosmovisiones bajo la etiqueta del discurso postestructuralista. En la novela, este queda reflejado básicamente en los psicoanalistas lacanianos que tratan al estrangulador, pero Montalbán, al que el tema no le pilla de nuevo, desmonta un discurso que tenia que argumentar un momento histórico, el de la sociedad post industrial después del final de la guerra fría y del socialismo real, y que cuando han llegado los problemas (hoy) lo único que queda de los imbatibles teóricos de la posmodernidad es una inmensa y desierta nulidad. Esta novela era una purga, quizás la única posible para  Montalbán, pero más allá de su brillantez literaria, era también un aviso de lo que estaba por venir. Por eso esta dedicada ‘a mis victimas’. Sin ellas, esta novela no hubiera sido posible.

Manuel Vázquez Montalbán, ‘El estrangulador’ ,Mondadori, Barcelona, 1994