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And dance, drink and screw, because there’s nothing else to do (‘Common people’, Pulp)

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Años atrás, ‘El País’ tenía un suplemento de música-tendencias-moderneo, de obligada lectura , llamado ‘El País de las Tentaciones’. Lo publicaban los viernes. En una edición, a finales de los noventa, abría con un reportaje sobre cómo se vivía la fiesta nocturna en diferentes ciudades europeas. Recuerdo que el chico de Barcelona cenaba en una pizzería de Gracia que todavía existe y luego iba al Nitsa a bailar. Nada especial. En cambio, la de Manchester era una dependienta de una panadería que se pasaba el finde puesta hasta el ojete (‘un menú muy surtidito’) y tirándose todo lo que se movía. Más o menos, como los personajes de Irvine Welsh.

A Welsh se le conoce como el autor de ‘Trainspotting’. El éxito de la novela, rematado por la versión cinematográfica de Danny Boyle, le ha marcado la carrera posterior. En general para bien, pues le ha generado un público fiel, aunque le ha colgado la etiqueta típica en estos casos de ‘la mejor fue la primera’. Es posible, y seguramente Welsh escribirá toda la vida con la sombra de ‘Trainspotting’ y la pandilla de yonquis lumpen escoceses a sus espaldas. De hecho, ya ha publicado una secuela, la regular ‘Porno’ y una precuela, ‘Skagboys’.

Pero debajo de la mística de la aguja hay un retratista de los noventa bastante más interesante, el que aparece en los libros de relatos como ‘Éxtasis’ o ‘Acid House’. Esta última fue su segunda publicación, un año después del boom ‘Trainspotting’ y recopila relatos ya publicados anteriormente en revistas y compilaciones, otros inéditos y una novela corta, ‘Un listillo’, cuyo Brian protagonista es un ensayo del Renton que vendrá después. El 90% de los cuentos tienen un nivel muy alto y como conjunto tienen la coherencia necesaria para figurar en lo mejor que ha escrito Welsh. Además, son Welsh en estado puro.

La base son unos personajes jóvenes, blancos, working class, en un país en plena resaca ochentera. Quedan los destrozos del thatcherismo y la explosión del mismo acid house y la cultura de clubs. Los protagonistas de Welsh no son víctimas, optan por la autodestrucción como su forma de vida. Como dice Brian en ‘Un listillo’ cuando vive en Londres una temporada, allí también toman las mismas drogas que en su Glasgow natal ‘pero sin tanta ansiedad’.

En ‘Acid House’ desfilan la cuadrilla habitual de yonquis, ex yonquis, delincuentes menores y vividores que intentan trabajar lo menos posible y ponerse lo máximo posible. Son historias de violencia, humor, traición, humillación y redención. No hay una mitificación del fiestero ni del adicto. Todo se da de una forma natural, como si para esos personajes fuera la evolución lógica en sus vidas. Como en muchas otras novelas de los noventa, se cruza la teoría de Casavella que emparentaba estas novelas con la picaresca clásica a partiendo de que en los setenta y ochenta las adicciones se convierten en la nueva hambre. Los personajes de Welsh nunca tienen problemas para encontrar una casa o un plato de comida. Los problemas se los crean ellos a partir de sus vicios, pero dentro de una sociedad que en el fondo tolera sus pecadillos de juventud. Aunque cuando salgan de ellos, ya estarán quemados definitivamente.

‘Acid House’ también tuvo su película, del mismo título. Recogía tres de los mejores cuentos del libro; ‘La causa del Granton Star’, ‘Un blandengue’ y la titular ‘Acid House’, en este caso con el final cambiado y los protagonistas volviendo a sus cuerpos originales. Recomendable también. Mención especial al meritorio trabajo de traducción de Federico Corriente, sin el cual el slang escocés de Welsh seria ilegible para la práctica totalidad de sus lectores foráneos.

Irvine Welsh Acid house Barcelona 1997 Anagrama