JESÚS FERNÁNDEZ SANTOS EXTRAMUROS

 

Quiero ser carbonizada, azotada, flagelada, levitar por las mañanas y en el cuerpo tener llagas. Quiero estar acongojada, alucinada y extasiada, tener estigmas en las manos, en los pies y en el costado. Quiero ser santa, quiero ser beata. (Parálisis Permanente)

 

 

 

 

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En 2010 trabajé de guía en, entre otros sitios, el Monasterio de Pedralbes, en la zona altísima de Barcelona. De camino para allí pasaba por delante de la embajada de los USA, un chalet imponente siempre con una patrulla de la policía aparcada delante. El sueldo era de miseria, pero el trabajo me encantaba. El convento era de monjas de clausura clarisas, fundado en el siglo XIV por una reina viuda, la Reina Elisenda. Los grupos de adultos eran muy agradecidos. Los de adolescentes se aburrían mucho. Les costaba entender, sobre todo a ellas, porqué alguien decidía encerrarse voluntariamente a pasar el resto de su vida rezando entre cuatro muros y un claustro. Si hubieran leído ‘Extramuros’ lo entenderían mejor.

Hoy cuesta entender un convento de clausura como un espacio de libertad. Los votos y la regla imponen una disciplina muy severa destinada a renunciar al mundo y crear un espacio intermedio entre este y el cielo católico. Ese espacio y ese hábito creaban un perímetro de protección a unas mujeres que históricamente eran posesiones del hombre (padre, marido o hijo) con el que compartieran familia. Fuera de ahí, no había prácticamente nada. Por eso había mujeres, como los personajes de la novela, que eran más libres dentro del convento que fuera de él.

‘Extramuros’ es una de las novelas más conocidas y logradas de un narrador poco conocido, Jesús Fernández Santos. Incluido en las lista de la Generación del 50, fue cineasta documentalista, además de escritor. Murió bastante joven, en 1988. El elemento religioso e histórico (la España de la época moderna) está presente en varios de sus libros y documentales. Este, ‘Extramuros’ es una muy buena novela histórica. En la España de los Austrias menores, en plena crisis de subsistencia, en un convento de monjas castellanas una de las internas simula unas llagas en la palma de las manos de intención milagrosa para recuperar público y donaciones. Muchos son los llamados, y pocos los elegidos. La cosa funciona, y ella y la narradora, amadísimas hermanas, se van metiendo en una lucha por el poder en el que acaban implicados, además de las monjas del convento, el Duque mecenas y la Inquisición.

A este nivel, la novela funciona perfectamente. La ambientación es buena, la trama es interesante y está bien construida. El ritmo es fluido y mantiene la tensión sin necesidad de fuegos artificiales. El lenguaje, un hibrido entre el castellano moderno y el actual, tiene el punto medio para no caer en la pedantería; no hay ningún ¡pardiez! ni ¡voto a bríos! Ni hay una voluntad, muy tópica en mucha novela histórica, de pretender enseñar Historia. Aquí no hay descripciones de las guerras en Flandes, ni de la política cortesana. De hecho, ni sabemos qué rey es ‘el Rey’ que se nombra, aunque se supone que es Felipe III o Felipe IV.

No importa. Lo interesante de la novela es su carga política. A partir del éxito de la Santa y sus llagas, empieza una disputa por el poder del convento en la figura del cargo de priora. Hay un juego a tres bandas entre la Santa, la vieja priora y la hija del Duque, una paracaidista que quiere imponer su poder aristocrático para conseguir el cargo. Todas utilizan técnicas de manipulación democrática, pues, y aquí está la gracia, en este tipo de comunidades muy cerradas era de las poquísimas que mantenía un sistema de elección por voto secreto. El rol de la Santa, a partir de alguien del pueblo llano que ha sido señalado por Dios (las llagas) se convierte en la izquierda monacal

‘-¿Qué es el alma sin tormento? –pregunta- Es barro como el cuerpo. Bien poco vale una vida sin riesgo. Para alzarnos de la tierra es preciso sufrir en ella toda suerte de mortificaciones. ¿Qué importa el fuego si otro amor abrasa y quema el alma?’ (p.184)

Paralela a esta subversión está la creencia, cada vez más confirmada, de la narradora que la Santa la ha manipulado para sus intereses políticos y que el amor entre ambas no era tal. Porque además de una novela histórica y política, ‘Extramuros’ es también una historia de amor lésbico muy lograda, entre la Santa y la hermana narradora sin nombre. No es delirante, en el sentido que pese a que en el catolicismo el lesbianismo no existe, puesto que la sexualidad de la mujer está al servicio de la reproducción, en la literatura mística del Siglo de Oro, la relación entre la religiosa y Dios/Jesucristo, es una relación de amor pasional, como lo sería una relación trovadoresca en el mundo exterior, y tiene una carga erótica considerable. De ahí a canalizar ese erotismo a la hermana de al lado hay un paso. Muy significativo es el momento en que la narradora sorprende a otra hermana retozando con un fraile y le asquea, en contra de la sensibilidad con que describe  las caricias que se dedican ella y la Santa. Así, cuando la hermana, que lo hace todo por amor, constata que no, que es una pieza más del engranaje, se muere de celos.

“Mi gozo está en unirme al señor”, aseguraba, y yo, pobre de mí, sentía la desazón de los celos unida a una cruel soledad que a ratos me aconsejaba huir, abandonarla, en aquel cruel laberinto’ (p. 185)

Por ponerle algún pero a la novela, en la parte final cambia la narración a otros personajes para dar continuidad a la historia del convento. Si hubiera mantenido, con algún otro recurso, la narración sólo en manos de la hermana protagonista hubiera sido aún mejor. Pecata minuta.

Por supuesto, hubo película de ‘Extramuros’ en 1985, dirigida por un tal Miguel Picazo y producida por Garci. Mercedes Sampietro en el papel de Santa y Carmen Maura en el de hermana narradora. Sin desmerecer, el papel de Santa tenía que haber sido para Victoria Abril, y el de hermana narradora para Ana Belén, y Anabel Alonso de motilona. ¡Que escenas de celda hubieran salido!

 

Jesús Fernández Santos,  Extramuros  Barcelona, 1978, Aros Vergara

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moronga

 

En lo único que me he convertido es en un viejo. Soy un sobreviviente que mira al mundo con asombro y espanto. Siempre me llamará la atención la belleza del mundo, que es impresionante, pero también me sorprende la capacidad de destrucción del mundo. Con las noticias tan malas que hay en todo lado, lo único que me relaja es ver documentales de la naturaleza. – H.C.M.-

 

 

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  • Lo han convertido en un arma terrible.

Stop. Auriculares al bolsillo. Eso fue lo primero que entendí, que habían convertido algo en un arma terrible. Justo en ese momento pasaban unas japonesas medio vestidas de novia, y lo primero que pensé es que se refería a las despedidas de soltero  en Barcelona. Pero no.

Sin concretar que era esa arma terrible, se lanzó a un monologo sobre una mafia corrupta que lo alcanzaba todo y todos. Él había tardado cuarenta años en descubrirla, pero gracias a eso había sobrevivido. Lo sabían y le vigilaban. Manipulaban y controlaban a la población a través de un programa de televisión, los viernes de 11 a 1 de la madrugada. También había aprendido a fabricar una bomba con 100 litros de agua usada que podría volar por los aires Barcelona entera. Hace poco le vinieron a buscar a su casa, imitando una voz de niño, pero él, que vigila la entrada por los dos lados, se dio cuenta que…

La historia, que escuché en silencio, duró hasta que llegó el metro. No era la primera vez que uno de mis personajes preferidos de la ciudad, porque son varios, me paraba para explicarme que habían descubierto una conspiración mundial para dominar y esclavizar a la raza humana. Son los conspiranoicos.

También los hay, pero en otro nivel, en la nueva y genial novela de Castellanos Moya, ‘Moronga’. La mayoría de novelas de Castellanos Moya forman parte de una gran trama o puzle de historias que tiene como centro una familia salvadoreña de clase alta, los Aragón, cuya saga se van repartiendo el protagonismo de novela en novela. En esta se reparte entre uno de ellos, Erasmo Aragón, que ya protagonizaba la anterior ‘El sueño del retorno’ y un personaje de ‘La sirvienta y el luchador’, José Zeldon, el nieto de la sirvienta, que en ese momento entraba en la lucha armada guerrillera en El Salvador del año 79 y aquí es ya un  cincuentón que intenta recomponer una vida estable en los USA.

La primera parte de ‘Moronga’ es la cotidianeidad de un exiliado, Zeldon, en una ciudad menor de la América profunda. Su integración y relaciones en un intento de sepultar un pasado de militancia política, siempre con la sombra amenazante del pasado. El miedo de Zeldón es que ese poder intangible, mezcla de Big Data y Estado, le meta el dedo en la herida, descubra quien había sido y lo expulse a las tinieblas. Un miedo muy contemporáneo y reconocible hasta cierto punto, sin necesidad de un pasado complicado.

La paranoia de Zeldon es fría y racional. No atarse, no implicarse emocionalmente, hablar de sí mismo lo menos posible y pasar desapercibido. Lo hace tan bien que hasta el propio sistema le recluta para una tarea de vigilancia menor, lo que obviamente le vuelve aún más suspicaz. En cambio, la paranoia de Erasmo Aragón en la segunda parte del libro, es de manual. Complicada por el alcohol y la calentura, Erasmo acaba coincidiendo con una galería de locas que en su mente pasan de amantes a agentes secretos en apenas un instante.

La novela engancha. Castellanos Moya tiene un talento para la narratividad ampliamente demostrado en el conjunto de sus novelas. Ni una de ellas es floja.  Pero además de esto, tiene otras virtudes como escritor. Una es una gran habilidad para transmitir un pulso histórico. Puede ser la Centroamérica de los sesenta, de los ochenta o los USA contemporáneos, donde reside desde hace tiempo. No necesariamente a través de grandes acontecimientos. Con lo cotidiano le basta para mostrar como los miedos y el poder, la relación básica entre el individuo político y la superestructura que lo acoge, han mutado. Antes el enemigo era identificable: el dictador, la burguesía, su ejército. Ahora vigilan, pero no sabes quién ni para qué. El miedo está interiorizado en uno mismo, y el enemigo puede ser cualquiera.

Otra es que es un gran escritor de personajes. Él dice que personajes tiene muchos, pero muy pocos de ellos le hablan. Esos acaban en las novelas, varios de ellos en más de una. Gracias a esa trama histórica consigue sacar una galería que da mucho juego a nivel literario. Neuróticos y racionales, de buen corazón y miserables. De entre los muchos que circulan por ‘Moronga’, mi preferida es la adolescente guatemalteca adoptada por la familia de caseros donde se aloja en Washington Erasmo Aragón. La adoptada, además de una estafa, es una menor que usa su sexualidad para manipular a su entorno. Una Lolita perversa criada en una mafia y que usa la protección que tiene una menor para atacar. Una bomba andante.

Decía Nabokov en un prólogo a la reedición a ’Lolita’ que había tres temas en los USA que eran innombrables; un ateo que vive y muere en paz, un matrimonio entre mujer blanca y hombre negro feliz y con hijos, y el de su novela. Aun siendo puntos de vista muy diferentes, ojalá leamos en próximas novelas  cómo se desarrolla la vida de Amanda-Elvira en los años que siguen a lo acontecido en ‘Moronga’.

A Castellanos Moya se le tiende a implicar en un tipo de novela centrado en lo violento. Sangre y fuego. Muchos muertos. Explicaba Casavella que antes de ‘El triunfo’ escribió una novela, pero que no se la publicaban. Una editorial le decía: ‘Es que no sale ni un muerto…’, así que escribió ‘El triunfo’, que están a tiros cada diez páginas. Aquí es más una influencia del entorno. Los escenarios de estas novelas son, entre otras cosas, violentos. Hay una violencia institucionalizada, fría, y otra neurótica, personal. Los personajes, aunque pretendan no implicarse, como Maria Elena o Haydee, acaban en el ajo. Porque no hay otra.

Pero dentro del conjunto de la novela tiene una importancia relativa. En ‘Moronga’ la crítica le tiende a relacionar con las series americanas clásicas porque uno de los protagonistas las va visionando; Breaking Bad, Sopranos, etc… La última parte de la novela podría ser una escena de Breaking Bad, pero el lenguaje narrativo es literario, no hay una intención de hacer una novela a la manera de una serie negra clásica. El elemento negro siempre ha estado presente en las novelas de Castellanos Moya. Aquí pesa la concesión de no dejar en el aire la trama mutua, el punto en que sin saberlo coinciden los dos protagonistas de la novela. Y dejar nuevos cabos sueltos, como la breve aparición de Robocop.

A todo esto, cuando busquen que significa ‘Moronga’, la primera acepción, nuestra ‘morcilla’, les dejara más bien fríos. Después verán que también es una de las muchísimas formas coloquiales de llamar al sexo masculino. Además de ser el apodo de otro personaje de la novela. Aquí Castellanos Moya ha estado listo. Porque si le hubiese puesto ‘Polla’, seguramente su editor le hubiera dicho lo que le dijo Herralde a Bolaño cuando este le trajo ‘Nocturno de Chile’ con su título original (y última frase del libro), ‘Tormenta de mierda’. Esto, Roberto/Horacio, hay que cambiarlo. Así, como moronga solo lo entienden en Centroamérica y eso no influye en las ventas, pues adelante.

 

Horacio Castellanos Moya, Moronga, Barcelona, 2018, Random House.

dzhan

Solamente la luz tardía llega hasta allí e ilumina con una tiniebla triste la hierba escasa en la tierra salada, como si se le hubiese secado las lágrimas, pero la pena no hubiera pasado

 

 

 

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Imaginemos que la ciencia hubiera adelantado unas cuantas décadas el desarrollo de los antibióticos necesarios para el tratamiento y cura de la tuberculosis y que este le hubiera llegado en condiciones a Chejov cuando empezaba a desarrollar la enfermedad que lo llevaría a la tumba. Antón Pavlovich hubiera entrado el siglo XX convertido en un reconocido escritor y dramaturgo. ¿Cómo habría reaccionado a la revolución de 1917? Quizás con esperanza, sobre todo a la de febrero, pero seguro con escepticismo. No se pasa del jardín de los cerezos al paraíso terrenal  por decreto. Pero si  se hubiera quedado en la URSS para vivir en primera persona la evolución de su país seguramente hubiera acabado escribiendo como escribió Platonov.

No hay en Platonov una voluntad de reconocerse heredero de Chejov, ni de ningún otro gran escritor del siglo de oro. Él se siente parte de algo nuevo, la literatura después de la revolución. Cuando le preguntan en una encuesta a que corriente literaria se adscribe, contesta: ‘A ninguna. Tengo la mía propia’. El problema será que semejantes individualismos no eran tolerados, y la voluntad de Platonov de escribir algo más allá del realismo social de manual le costará, como a todos los que lo intentaron, muy cara.

Desde la distancia sí que cabe ver a Platonov como un segundo Chejov. Ambos no pueden partir desde nada que no sea el realismo. Lo que tienen alrededor les resulta demasiado vinculante como para ignorarlo. Pero a la vez, el realismo les viene pequeño. Para que los personajes cojan profundidad y salgan de sus estereotipos iniciales necesitan crear un espacio nuevo. Que el lector ruso, al que se dirigen, entienda como algo propio y cercano pero que a la vez le consiga crear una imagen ficcional que cuestione los límites de ese espacio. En ambos la cotidianeidad resulta asfixiante. La diferencia es que Chejov es el narrador de un mundo, el del siglo XIX, que se extingue, y Platonov se cree el narrador de otro mundo, el del socialismo, que esta empezando.

Los primeros cuentos de Platonov, los de los años veinte, recopilados en ‘La patria de la electricidad y otros relatos’, son textos donde escribe lo que se suponía que un escritor bolchevique tenía que escribir. Fundamentalmente, historias de abnegados héroes sacrificados por la liberación de la clase obrera. Ostrovskis de final feliz. Pero ya en esa época Platonov da muestras de ir más allá de la literatura de partido. Una de ellas será la extraordinaria novela ‘Chevengur’, que requiere otra reseña propia, y otra serán un dos cuentos que le estigmatizaran. Uno es ‘Las dudas de Makar’, una historia sarcástica sobre un campesino que llega a Moscú a conocer la verdad científica y acaba topando con Piotr, un personaje con alguno de los rasgos físicos de Stalin, que le convence de ingresar por voluntad propia en un manicomio. Esto, en el momento en que Stalin ya se había convertido en el heredero ungido de Lenin, como entenderán, no cayó demasiado bien. También existe la historia-mito de otro cuento, ‘En provecho’, publicado en una revista de literatura que pasó por la lectura de Stalin  y este escribió encima con el lápiz rojo de anotar informes, ‘Basura’.

Platonov sobrevivió a los años del terror pero su literatura más brillante quedó en la clandestinidad hasta los setenta, cuando empezaron a aparecer los cuentos de madurez (años 30 y 40) y las novelas, ‘Chevengur’ y esta novela corta o cuento largo, ‘Dzhan’. En el volumen que nos ocupa la preceden cuatro de esos cuentos de madurez, brillantes todos; ‘Fro’, ‘El regreso’, ‘El tercer hijo’ y ‘El rio Potudan’.

‘Dzhan’ es la historia de  Nazar Chagatayek, un joven turcomano (no el ruso blanco al uso) al que la revolución ha rescatado de la práctica indigencia y formado en el Instituto de Economía de Moscú. Una primera parte de la novela de manual cambia radicalmente cuando Nazar llega al Turkmenistán y le encargan la misión de llevar el progreso, y con el bienestar económico, a la tribu de desposeídos absolutos de la que él es originario, los Dzhan.

-Muy bien, iré allí – dijo Chagatayev- ¿Y qué voy a hacer? ¿El socialismo?

-¿Te parece poco? –contestó el secretario- Tu pueblo ya ha estado en el infierno, que viva ahora en el paraíso, le ayudaremos como sea….

El tema de la novela, inicialmente planteada como un viaje heroico más, se transforma en una novela sobre la supervivencia y sobre el planteamiento de la relación entre el hombre y el mundo al nivel más elemental posible. Nazar tiene que convencer a los integrantes de un mundo que se reconoce como destinado a la extinción de la posibilidad que el circulo natural de vida, sufrimiento y muerte puede alterarse.

El pueblo Dzhan vive y piensa muy lejos de los esquemas de la lucha de clases. Son parte de un mundo que bajo esa teoría, están condenados a la extinción. Pero  Nazar entiende que, más allá de la misión que le han encargado, también es su mundo y que dicha extinción lo implica también a él. De ahí que aunque guarda las formas de novela socialista con final esperanzado, en la que la revolución consigue otro éxito, en el fondo, la supervivencia de Dzhan y el cambio de Nazar, plantea una relación entre el sujeto y el mundo muy poco progresista. Poética, mística, atávica, instintiva o como se le quiera denominar.

Platonov es un Kafka a la inversa. Donde Kafka plantea laberintos sociales en los que el hombre empequeñece, Platonov expone desiertos con grupos caminando hacia la nada, en los que el ser humano se agranda en esa nada. Solo esta él. En ‘Los dos reyes y los dos laberintos’, de Borges, uno de ellos castiga a su par con el peor de los laberintos; el desierto. En ‘Dzhan’, es también la constatación de ese laberinto lo que asombra y la vez otorga lucidez al protagonista.

 ‘…todo le parecía extraño en ese mundo existente, hecho como para un juego breve y burlón. Pero ese juego intencionado duraba ya mucho tiempo, una eternidad, y nadie quería reírse ni podía hacerlo

Las páginas más perfectas de Dzhan están en esa percepción del tiempo y el espacio muy lejanos a lo que el protagonista ha aprendido en Moscú y en su vida allí. Por eso Platonov resultaba tan ajeno a lo que se esperaba del como escritor. Por eso, cuando Hemingway llegó a Moscú en los años cincuenta para una conferencia y dijo que uno de sus escritores rusos preferidos era Platonov, el público que le escuchaba no sabía de quien estaban hablando.

Andrei  Platonov,  Dzhan,  Madrid,  1983,  Alianza

bernhard_correccion

 

…ese pueblo arruinado como ningún otro en el que además de las deficiencias mentales en él innatas, decía, no quedaba más que hipocresía

 

 

 

 

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En 1996, el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya publicó una novela corta titulada ‘El asco. Thomas Bernhard en San Salvador’. El texto era un monólogo enfebrecido en el que el narrador, un salvadoreño profesor de arte en una universidad canadiense y homosexual, descargaba sobre un oyente silencioso su enojo por el país donde le había tocado nacer. Muy bernhardianamente, sí, pero en parte intencionadamente paródico, cosa que nadie, o muy pocos, supieron ver en la obra, que casi convirtió a su autor en enemigo nacional.

Para alguien nada susceptible a una crítica devastadora de las pupusas, el libro de Castellanos Moya  certifica que ya existe un estilo Bernhard, asociado a un monologo torrencial, exaltado pero sólidamente argumentado, sobre lo terrible y mediocre que es el mundo y sus habitantes y las pocas artes realmente elevadas que hacen que merezca la pena desestimar, por ahora, el suicidio.

Este argumento lo encontraran, en mayor o menor medida, en todos y cada uno de los libros de Thomas Bernhard. También en ‘Corrección’, su novela de 1976. Pero sería injusto reducir uno de los mejores escritores alemanes del siglo XX a un señor gruñón, irascible y misántropo. Bernhard era mucho más que ese cliché.

Bernhard fue un escritor muy prolífico. Tuvo serios problemas de salud desde muy joven, y seguramente en ese impulso creativo se une la idea, también central en ‘Corrección’, que sólo la dedicación absoluta a la gran obra de arte da sentido a la vida humana, junto con algo parecido a lo que le pasó a Bolaño. El horizonte de una posible muerte le urge a escribir todo lo que pueda lo antes posible. Como el genial escritor chileno, Bernhard murió joven, con apenas 57 años. A diferencia de este, tuvo éxito mucho antes, primero como dramaturgo y después como novelista, lo que le permitió vivir en el Ritz de Madrid y dedicarse exclusivamente  a escribir.

El lector habitual de Bernhard hallará una recurrente familiaridad en sus novelas. Una sensación de estar leyendo el mismo libro desde un punto de vista un poco distinto. Bernhard es  autor de una única gran obra, publicada en diferentes capítulos o versiones a lo largo de toda su bibliografía. Más que en Proust, estoy pensando en cineastas como Wong Kar Wai o Hanecke. El director chino lleva toda la vida perfeccionado una misma película a nivel estético. Muchos pensamos que ya lo consiguió con ‘In the mood for love’, pero él ahí sigue. El austriaco, como Bernhard, tiene una idea central, en su caso la violencia latente en las relaciones humanas que acaba emergiendo,  y la retrata desde diferentes situaciones y personajes.

Ambas maneras de hacer están en Bernhard y en ‘Corrección’. La trama de la novela es simple. Un amigo del narrador llamado Roithamer ha dedicado su vida y capital a construirle una casa cónica en medio de un bosque a su hermana. Una vez acabada, se ha suicidado. El narrador llega a la casa donde Roithamer pasó sus últimos años para investigar en los escritos que ha dejado el muerto la causa del suicidio. La novela está dividida en dos capítulos, separados por el único punto y aparte de todo el texto. El primero es la llegada del narrador y el segundo la lectura de los textos.

El pisotón que Bernhard le da al lector, y se lo da y mantiene con toda la intención, es esa ausencia de pausa en el texto. Lo hace por interés propio en parte para dotar al texto de una mayor unidad, pero también para obligar al lector a entrar en su laberinto y orientarse en él. La trama y el final están explicados en la página diez; lo importante es el personaje. La investigación sobre el tema del genio, la obra de arte y su relación con el mundo.

El tema del genio es también central en la otra gran novela de Bernhard, ‘El malogrado’, que publicará en 1983. Glenn Gould en esta última y el genio oculto pero referencial que es Roithamer en ‘Corrección’. Porque la novela es un juego constante de referentes culturales, o pistas que el autor va dejando para el lector.

Por ejemplo: la buhardilla en la que Roithamer vive sus últimos años encerrado escribiendo sobres sí mismo es un guiño a los últimos años de vida de Hölderlin. Wittgenstein aprendió arquitectura para construirle una casa a su hermana, casa que todavía existe hoy en día. También Wittgenstein estuvo trabajando en una obra que nunca dio por acabada, en parte por el propio sentido filosófico de la misma, que se publicó póstumamente como las ‘Investigaciones filosóficas’. De aquí también la idea, recurrente en Bernhard, que la obra de arte no tiene un final, nunca acaba de cerrarse, siempre se le ha de dar una vuelta más, otra corrección.

Realmente estoy asustado de todo lo que he escrito ahora, porque todo fue muy distinto, pienso, pero corregiré lo que he escrito, no ahora, lo corregiré cuando llegue el momento de esa corrección, entonces lo corregiré y entonces corregiré lo corregido y lo corregido lo corregiré otra vez y así sucesivamente, así Roithamer. (p.290)

En la segunda parte del libro el ‘así Roithamer’ que aparece constantemente hay que leerlo como ‘así habló Roithamer’ o ‘así lo escribe Roithamer’.

Todo gira alrededor de la idea de Roithamer de construir una casa cónica en medio del bosque. Una idea sin sentido (nadie se la ha pedido) pero que sirve, como podría servir otra, para que el autor muestre su visión del mundo y del ser humano. Básicamente, estamos rodeados de mediocridad y basura, la cotidianeidad y los congéneres son insufribles. Esto empuja a las personas especiales a una vida en soledad e incomprensión, pero hay la oportunidad de redimirse y encontrar un sentido: la dedicación exclusiva a una gran obra de arte.  Bernhard, que como los personajes de ‘El malogrado’, también estudió en el Mozarteum de Viena, tiene en su pódium a la música y a la arquitectura.

Posiblemente el propio Bernhard viera en este misticismo artístico filosófico lo realmente importante de su obra. Pero quedó los exabruptos que siempre son más fáciles de entender. Bueno, pensaría, una prueba más de que la opinión sobre sus congéneres no iba tan desencaminada.

Thomas Bernhard, Corrección, Madrid, 1986, Alianza

 

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Un corresponsal extranjero le preguntó a usted ya vencedor del referéndum del 47: ¿Es muy difícil gobernar a los españoles? Usted sonrió benévolamente, puso su mano sobre nuestras cabezas rapadas por dentro o por fuera, o por dentro y por fuera, y dijo: “No, ¡qué va! Para mí ha resultado muy fácil”

 

 

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Esta  novela le costó mucho. Muchísimo. Me decíano consiguió derrotarme en vida y me va a derrotar ahora muerto’’ (1). Pero la escribió. Porque Vázquez Montalbán podía quejarse del posibilismo socialdemócrata o de la última intervención militarista del imperio, pero  nunca del esfuerzo que le podía costar escribir una novela. Más aún si el protagonista y narrador le miraba desde el retrato que le hizo Zuloaga. Como un Austria contemporáneo, Franco aparece con botas y pantalones militares, camisa azul falangista, boina roja carlista y aguantando una bandera española kilométrica, como una cola de vestido de novia de la realeza. Pese a la pretendida épica, Franco no deja de tener el aire a bedel que tuvo toda su vida.  En la novela, cuando reciben el cuadro Franco y señora están encantados con él. Serrano Suñer, el cuñadísimo, comenta: ‘Es un mal sueño’.

Vázquez Montalbán escribe y publica ‘Autobiografía del general Franco’ en 1992. Nace de un encargo editorial para una biografía que tenía que llamarse ‘Yo, Franco’. El formato tradicional no le convence y la cambia a una falsa autobiografía a dos voces. No es un secreto que uno de los sueños húmedos del fundador de Planeta, Lara padre, fue la autobiografía de Franco en vida, que obviamente le habría escrito el mejor y el más fiel de los negros posibles. Casi veinte años después de su muerte, es uno de los más notables opositores, catalán y comunista, el que la escribe. No creo que al gusto de Lara, pero demostrando que por encima de las filiaciones están las cuentas de resultados.

La idea de la novela es desbordante. Escribir la vida de Franco, que es como decir el siglo XX español, en primera persona, intentando buscar el tono de alguien que personalizaba una dictadura victoriosa en una guerra civil y que por tanto, creó miles de documentos legitimadores en boca del dictador, pero que a la vez ocultaba la posible voz sincera o personal. La novela se desarrolla desde ese discurso del propio Franco que habla desde la Historia y va recordando toda su vida. El transcriptor, un escritor de segunda  ex muchas cosas, Marcial Pombo, no puede reprimirse ante los auto favoritismos que el general se adjudica y va metiendo baza, a veces cortas, ‘No mienta, general…’, a veces largas, con testimonios cercanos al propio Franco que corrigen al dictador.

Condicionantes morales aparte, la bibliografía de los que lo trataron de cerca revela al Franco histórico como un personaje realmente soso. Aburrido, frio y desconfiado hasta de su propia sombra. Lo menos agradecido posible para escribirle una novela en primera persona. Por eso,  al principio la voz de Franco puede resultar cargante,  pero una vez entra en materia histórica  y el personaje se desarrolla, el dialogo se convierte en el ajuste de cuentas definitivo de Vazquez Montalbán con el franquismo sociológico. Aunque el mismo desmintiera ese ajuste con el argumento de que a Franco no le venció nada ni nadie, la memoria y la literatura ofrecen esas bazas a quien sabe jugarlas.

La ‘Autobiografía del general Franco’ ocupa un lugar estratégico dentro de la bibliografía de Vázquez Montalbán. Es una de sus novelas mayúsculas. Vazquez Montalbán es uno de los grandes escritores españoles del siglo XX, pero como dice Marcos Ordóñez, hizo mucho, y este país penaliza a quien hace mucho. Su lista de obras publicadas es inabarcable. Como muchos otros de su generación, escribía a destajo y no siempre con fines estrictamente literarios. Carmen Balcells explica que había años que cuando recibía la declaración de la renta con un saldo positivo importante, la llamaba asustado. Ella lo tranquilizaba y le proponía generar un ingreso que le permitiera saldar su cuenta con hacienda de la mejor manera que sabía: escribiendo un libro. Podía ser un Carvalho (los hay buenos, regulares y horribles) o un ensayo sobre historia, gastronomía, comunicación o lo que se pusiera a tiro.

De todo podía escribir Vazquez Montalbán. Pero es ya en los ochenta cuando escribe lo mejor de su obra. El éxito de ‘Los mares del sur’, con los ocho millones de la época del Premio Planeta y  la traducción francesa, que le abriría la puerta internacional, le permite disponer del tiempo necesario para planificar grandes novelas. El hundimiento del comunismo español  en 1982 y la desbandada hacia la socialdemocracia institucional le convence también que no va a haber revolución. Así, a partir del 85, y en la década que le sigue, van cayendo lo mejor del corpus montalbaniano: ‘El Pianista’, ‘Los alegres muchachos de Atzavara’, ‘Galíndez’, ‘Autobiografía del general Franco’, y ‘El estrangulador’. Todas ellas obras maestras.

En ‘Autobiografía del general Franco’ se juntan la vocación histórico política que hay en todas las obras de Vazquez Montalbán con una resolución, si no de ajuste, si de punto final a una temática muy interiorizada, la España franquista. Se trata de enterrar definitivamente unos demonios, personalizados en Franco, para dejar paso a otros que han ocupado su lugar en las condiciones históricas objetivas. Globalización, postmodernidad, etc… Aun así, el argumento de fondo que subyace a esta y otras novelas del periodo es lo que el autor llamaba la búsqueda de un sentido ético frente a la realidad. Frente a la derrota histórica, ¿cabe alguna manera de preservar la ética individual? En ‘Galíndez’, al personaje histórico le cuesta la vida escribir una tesis sobre Trujillo, que está dispuesto a sobornarlo para que no la escriba, y que decide publicar igualmente porque es la verdad que nadie quiere oír, pero que pasó. Aquí, el editor decide que hay demasiado ‘ruido’ y que total, ¿a quien le importa ya los miles y miles de muertos en manos de una dictadura?

No hay una respuesta generalizable a la pregunta de un sentido ético individual frente a la historia. Siempre habrá quien considera que ha hecho demasiado para lo poco que se lo han agradecido y quien pensara que nunca se hace lo suficiente. En todo caso, las experiencias históricas individuales ofrecen ejemplos éticos que ayudan a recordar que no todo vale, ni todo vale igual. También en la literatura, como en la cocina, no es lo mismo el que cuida el producto, le dedica el tiempo que sea necesario y lo acompaña de la mejor forma posible como el que se traga lo primero que tiene a mano. Vazquez Montalbán era un gourmet convencido y reconocido. ¿Y Franco, que comía? Los que compartían mesa con la familia Franco se quejaban de lo dietéticamente aburridas que podían llegar a ser sus comidas. Pero el plato preferido del dictador lo explica su nieto político, Jimmy Giménez Arnau: ‘No le hablaba –al yerno, el marqués de Villaverde-. Íbamos a comer y el abuelo –Franco- ni se fijaba en él. El abuelo se ponía a comer lo que más le gustaba, yogur con nescafé; nos sonreía a todos y pasaba del marqués.’ (Página 572)’. Si, Manolo. Yogur con nescafé.

1, Anna Sallès, en ‘Caleidoscopio Montalbán’  https://www.youtube.com/watch?v=9dOFXrmIDf

 

Manuel Vázquez Montalbán,  Autobiografía del general Franco ,Barcelona, 1992, Planeta

9780307391902-es-300

Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior.

 

 

 

 

 

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Cuando a Primo Levi le pedían que comparase los campos de exterminio nazis con el gulag estalinista, él contestaba que, dentro del horror, en el estalinista uno tenía más posibilidades de sobrevivir. Los narradores del paso por el gulag explican que el factor más importante para acabar siendo uno de los supervivientes era el oficio. El oficio aprendido en el continente (el mundo pre-condena) determinaba la utilidad en el sistema de trabajo de la isla (el campo de trabajo), y en base a esa utilidad las autoridades ponían más o menos interés en la continuidad vital del ingresado. Shalamov habla de esa escala laboral en varias ocasiones. El oficio más valorado en el extremo norte eran los carpinteros. Y el que menos, y por tanto, los primeros en morir, eran los filólogos.

En la escala de complejidad del desarrollo del trabajo en una sociedad avanzada, y las que crearon los gulags se las daban de muy avanzadas, el carpintero se mantiene en un nivel muy inicial, casi arcaico, mientras que el filólogo, escritor, periodista (como era el caso de Shalamov) está en un nivel muy avanzado. El nivel de la reflexión sobre el porqué y el cómo de la estructuras, visibles o invisibles, de ese mismo sistema. Cuando este provoca una regresión brutal a un estadio primerizo, esa pregunta sobra. El código legal bajo el que se ejerce el castigo ya tiene las respuestas a todas las preguntas posibles. El resto, no existe.  Afortunadamente, algunos de ellos sobrevivieron para escribirlo y desmentirlo.

Yo no hubiera sobrevivido. Ni soy un tipo de hierro colado, ni tengo las múltiples habilidades, fuerza de voluntad y capacidad de adaptación a un medio hostil que tenían tanto los supervivientes como el personaje de ‘el hombre’, el padre protagonista de ‘La carretera’, la última y genial novela publicada a fecha de hoy de Cormac McCarthy.

La novela nos sitúa en un presente post apocalíptico. El autor elude dar demasiadas pistas sobre ello, solo hay una escena del momento de desastre, que se intuye una deflagración que ha arrasado las zonas habitables del país de los protagonistas. El lugar antes conocido como mundo civilizado se ha convertido en un cementerio devastado. Ríos secos, bosques quemados, toda forma de vida animal desaparecida. Solo sobrevive el cemento y el asfalto. La única guía que conserva el sentido organizativo pre desastre es la red de carreteras.

‘La carretera’ es básicamente un road-trip. Un libro de viaje. Pero este viaje no tiene nada de lo que contiene el resto de libros de viaje. La casa que se deja atrás no es un hogar, es una muerte segura. El destino no es la aventura, es la incertidumbre más completa. Los protagonistas, genéricamente denominados por McCarthy ‘el hombre’ (padre, mediana edad) y ‘el chico’ (hijo, menos de diez años), huyen hacia el sur con la esperanza de encontrar un entorno natural que les ofrezca posibilidades de supervivencia. Solo disponen de esa información; hacia la costa y al sur, por la carretera.

El colapso productivo del mundo en el que vivían los protagonistas los ha convertido, a ellos y al resto de humanos supervivientes en individuos de una nueva sociedad de cazadores-recolectores, que se alimentan de lo único que queda, los restos. La basura. Visten capas de harapos sucios, duermen bajo toldos de plástico y arrastran un carrito de supermercado con todo aquello que les puede ser útil más adelante. Se han convertido en homeless. Todos.

Por la novela desfilan otros personajes, con los que la relación no existe o es violenta en competitividad por la poquísima comida que queda. Algunos de los supervivientes se han organizado en tribus esclavistas que sobreviven comiéndose a los humanos más débiles.  Más terrible incluso que el desastre natural se expone la forma en que los humanos han reaccionado a ello, y aquí está una de las claves de la novela.

El gran argumento de las novelas de McCarthy es el mal. Tras haber escrito cuatro novelas iniciáticas un tanto irregulares, la primera obra maestra de McCarthy es ‘Meridiano de sangre’, obra canónica de lo que ha venido a denominarse country noir. Después escribe la ‘Trilogía de la frontera’, y otra excelente novela negra, ‘No es país para viejos’. Tanto esta como ‘Meridiano de sangre’ se basan en la personalización del mal. En un entorno más o menos normal, donde pasan cosas buenas y no tan buenas, aparece un demonio, el juez Holden en ‘Meridiano de sangre’ y Anton Chigurh (solo el nombre ya da miedo) en ‘No es país para viejos’. El mal psicopatológico, individual y plenipotenciario, que arrastra todo lo que toca. Hasta aquí, la teoría de fondo de McCarthy es que estamos acostumbrados a un mundo de grises, de alternancia entre bien y mal. Hay un fondo moral, llámenle como quieran, que nos sostiene ante la adversidad. Pero qué pasaría si la adversidad ha venido para quedarse. Si el mal aparece en su forma más absoluta. ¿Podemos enfrentarnos a él? ¿Aceptamos el destino? ¿Sabemos cómo enfrentarnos a él?  ¿Queremos reconocerlo?

McCarthy es una especie de Clint Eastwood en novelista. Más americano que la Coca-Cola. Con una actitud similar a la que tiene Eastwood cuando en películas como ‘Grand Torino’ o ‘Million dollar baby’ critica que su país, sublimado como una tierra de colonos hechos a sí mismos, se ha convertido en una masa amorfa de consumistas sin valores. McCarthy les saca el mal más radical para comprobar cómo son capaces de enfrentarse a él. En cambio, en ‘La carretera’ la hipótesis está invertida. Aquí, el mal ha triunfado. No hay un demonio, sino que el bien ha abandonado a los seres humanos. No hay nada donde acogerse, ni a quien llamar para pedir ayuda. Lo dice la madre, la tercera de la familia, antes de suicidarse: ‘somos muertos vivientes andando por un cementerio’, y lo repite el hombre al chico cada vez que ignoran a otro humano en peores condiciones que ellos: ‘no podemos ayudarle’

Aquí la pregunta es ¿aún existe el bien?, ¿hay esperanza? Y lo que se responden padre e hijo, es ‘hay que intentarlo’. Este es el motor de la novela y de su huida hacia no se sabe dónde. Por los variados desastres humanos con los que se cruzaran sobrevive un bien que conservan y que el chico llama ‘portar el fuego’. La fuerza que le da al padre, y este es el otro gran tema de la novela, el amor paterno-filial.

Desde su publicación en 2006, y Premio Pulitzer, ‘La carretera’ se ha convertido en un clásico de la literatura contemporánea. Posteriormente McCarthy solo ha publicado una obra de teatro y un guion. Desde hace tiempo se espera una nueva novela, ‘The passenger’, aún sin fecha de publicación.

 

Cormac McCarthy  La carretera, Barcelona, 2007, Mondadori

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Entre Cinco Casas y Tomelloso otra vez el silencio de Dios

 

 

 

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Literatura y actualidad siempre han tenido una relación compleja, demasiado condicionada por factores ajenos a la obra o más propios de lo que la crítica llama ‘el campo literario’. El buen autor escribe a largo plazo. Cuando a Casavella le preguntaban por qué maquillaba los referentes del Watusi (Carlos del Pistacho por Javier de la Rosa) contestaba que él aspiraba a ser leído dentro de muchos años. Pero los balances editoriales se cierran cada año, no cada cien, y cada temporada tiene sus grandes éxitos, que en muchos casos acabaran relegados en el cajón de los saldos y el olvido.

También al revés. Nietzsche no vendió antes del ataque que lo convertiría en un semi vegetal más de quinientas copias de ninguno de sus libros. Shalamov se pasó toda la vida amargado por no poder publicar ninguno de sus volúmenes de relatos mientras que  su albacea se dedica todavía hoy a recoger el maná de sus traducciones y royalties. Por no hablar del cheque que le debe caer a la viuda de Bolaño por las ventas anuales del genial escritor chileno.

Otros disfrutaron del éxito en alguna época de su vida y después languidecieron en el olvido. José María Gironella, autor de algunas de la novelas más vendidas de la historia de la literatura española, se quejaba en los ochenta que ya nadie le hacía caso. Seguía escribiendo y publicando contra la indiferencia general. ‘Los cipreses creen en Dios’, ‘Ha estallado la paz’ o ‘100 españoles y Dios’ fueron best sellers en su momento, pero ¿ahora? ¿Quién los leería ahora?

Como decían aquellos, de entrada, no. Parecido le pasó a Francisco García Pavón. Escritor muy leído y de bastante éxito en España entre finales de los sesenta y principios de los setenta gracias a uno de los primeros Marlowe hispánicos, el pre-Carvalho Manuel González ‘Plinio’, jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso y detective local. El autor, que ya tenía experiencia en relato corto y la crítica teatral, publico una serie de novelas y cuentos protagonizados por dicho personaje, a partir de los cuales hicieron una serie de televisión en 1972. A finales de los setenta deja prácticamente de publicar y fallece en 1989. Distinciones, una calle, un instituto, pero ¿quién lee las novelas de García Pavón? Prácticamente nadie.

Pues deberíamos. García Pavón es un buen escritor y ‘El rapto de las sabinas’ es una novela que merece ser recuperada y leída. García Pavón escribía sus Plinios en verano, en el tiempo libre que le dejaban sus cursos. Utilizaba, según comentaba, las historias que había oído explicar a un familiar suyo policía local de principios de siglo; casos menores a ojos de lo que se puede ver a diario hoy en día, pero que a él le daban una base para desarrollar sus historias. En ‘El rapto de las sabinas’, es el secuestro de dos mozas locales de buen ver, al que se añade el hallazgo de una muerta foránea y algún otro delito menor. Todo ello da pie a que, como en el resto de sus novelas, Plinio ejercite sus dotes policiacas y sus ‘pálpitos’ para resolver el caso.

La novela es entretenida, resultona y está bien escrita. Con todo lo bueno que tiene y con lo no tan bueno. Si nos limitamos al canon ‘negro’ la novela flojea. Es cierto que el autor plantea y consigue mantener la tensión del caso, pero la resolución es absolutamente corriente, casi lógica. Es como si Dostoievski hubiera intentado montar una novela negra con ‘Crimen y castigo’. La mató el que tenía que matarla. Pues vaya. Abre vías secundarias que cierra abruptamente. Tampoco hay giros, ni dobleces. Todo tiende a ser una alteración irracional de la convivencia que se resuelve con la ley y el sentido común.

Hay que leer más a García Pavón como un autor realista que como uno de género. Lo más brillante de ‘El rapto de las sabinas’ es precisamente cuando deja de lado la trama y simplemente explica lo que pasa en el pueblo. Incluso en las contadas digresiones, normalmente ligadas a reflexiones sobre el tiempo y el entorno,  da la impresión de querer decir que si quisiera, también podría hacer una novela donde no pasara nada:

Otra vez los surcos y el cielo mano a mano. De vez en cuando un tractor solitario entre la berra. El tractorero (sic)  escucha un transistor y en vez de seguidillas aprende las canciones del festival de Eurovisión… Los últimos nacionalistas del mundo se mueren añorando un pintoresquismo miserable. Los orgullos de raza y pueblo han pasado como una broma funesta… Se vaciaron los campos para irse a dar la mano a los que viven y sienten a este lado del mapa. Entre Cinco Casas y Tomelloso otra vez el silencio de Dios.

Aprende, Kierkegaard.

Pero sí que pasa, y lo que en principio tiende al costumbrismo se convierte en una caracterización muy peculiar. La gracia, lo realmente diferente de estas y las otras novelas es que son Sherlock Holmes en Tomelloso. Y funciona. Corre el riesgo de convertirse en un gag de Muchachada Nui, pero lo autóctono se vuelve entrañable y cercano, sobre todo por sus apabullantes recursos lingüísticos. Ya lo decía Umbral en una entrevista al propio García Pavón, lo mejor de sus novelas es su castellano, muy rico y nada pedante. No recuerdo otra novela que me haya llevado tantas veces al diccionario de la RAE. Unos pocos ejemplos: zaragüelles, ringlas, sedeño, feroche, tarabillas, asura, crenchas, rabiche, enjalbeganta… Sólo en las veinte primeras páginas.

También hay una raigambre costumbrista, casi pastoril. Los personajes, Plinio sobretodo,  lamentan el progreso del mundo moderno que arrincona el sano y noble mundo rural castellano de toda la vida, donde la gente se ganaba honradamente el pan con el sudor de su frente y las personas eran cristianas de una pieza. No como ahora (año 1969) donde ya no había qué y en quien creer. El pueblo de las novelas es un limbo autárquico, donde no falta de nada y la gran mayoría de sus gentes son amigos y se llevan bien. El malvado acostumbra a ser ese tipo raro que vive solo y no se relaciona o viene de fuera.

Entre esos tipos raros aparece ‘el maricón’, y aquí el narrador despliega toda su incomprensible homofobia. En las novelas de García Pavón, los homosexuales, que los hay, son unos tipos intrincadamente torcidos y malvados. Este compendio de clichés es desconcertante, más aun cuando la relación entre Plinio y Don Lotario, el veterinario (’el albéitar’) y Watson local, es una relación de amor muy obvia. Plinio acostumbra a usar la expresión ‘¡Ay don Lotario de mi vida!’ mientras que Lotario pasa más tiempo, mucho más, con Plinio que con su propia mujer, que apenas aparece en la novela sino para reprocharle que solo piense en Plinio.

Evidentemente, no hay nada carnal entre Plinio y Lotario. ¡Faltaría!. Pero aquí radica la paradoja de este y otros autores de su generación en los que los prejuicios de un catolicismo rancio y parroquial chocaban con en la práctica con una concepción mucho más digna de la vida y del amor. Como lo paradójico de querer ser un cronista del fin de un mundo y salirle una reivindicación, quizás la mejor, que se ha escrito de dicho mundo.   La misma paradoja del que acaba ‘El rapto de las sabinas’ criticando a ‘los que suelen poseer y enseñoreara lo mejor del mundo’, como si estos no tuvieran nombres y apellidos, afirmando que no era Plinio el que hablaba sino ‘este modesto relator’. Bendito sea.

 

Francisco Garcia Pavón,  El rapto de las Sabinas, Barcelona, 1969, Destino