2666


‘Que triste paradoja, pensó Amalfitano. Ya ni los farmacéuticos ilustrados se atreven con las grandes obras, imperfectas, torrenciales, las que abren camino a lo desconocido’

‘2666’ es una catedral. También es un mito. Fue la primera novela póstuma de Bolaño y arrastra la historia de su muerte. Esto le ha conferido una aureola que tiende a identificarla con su mejor novela. No lo es. Es su obra más ambiciosa, la más compleja seria discutible. La mejor, la más redonda, es ‘Los detectives salvajes’. Aun así, ‘2666’ es una excelente novela y Bolaño uno de los grandes.

‘2666’ es una novela inacabada. Bolaño le dedica como mínimo los tres últimos años de su vida, y eso, al ritmo frenético de escritura que llevaba, era muchísimo tiempo. En el epilogo, Ignacio Echevarria señala que Bolaño la daba por casi concluida, que habría trabajado en ella quizás unos meses, pero no más. Hasta para alguien tan cercano a Bolaño como el propio Echevarría, no deja de ser historia ficción. Pero puestos a imaginar retoques,  es obvio que la quinta parte, la de Archimboldi, estaba cociéndose y que la versión definitiva es en bruto. También el final de la parte de Fate resulta confuso, y puede que algunas de las decenas de microhistorias de los personajes secundarios no habrían pasado el corte de una lectura definitiva del propio Bolaño.  Pero  no dejan de ser detalles menores que no suponen un hándicap ni desmerecen la lectura de la obra en su conjunto. El proyecto general va más allá de unas páginas de más o de menos, y este funciona mejor que bien.

El título de libro es el futuro en el que las historias que se narran en él y sus protagonistas habrán quedado sepultadas (‘un cementerio olvidado’) en un pasado lejano e intrascendente. La novela se estructura en cinco partes. La parte de los críticos (páginas 15 a 207) la parte de Amalfitano (páginas 211 a 291) la parte de Fate (páginas 295 a 440), la parte de los crímenes (páginas 443 a 791) y la parte de Archimboldi (páginas 795 a 1119). Es una novela de caminos. Borges diría que su tema es el laberinto. Son caminos que se extienden, se cortan, se cruzan entre ellos, algunos finalizan en nada y otros desembocan en nuevos caminos aún por recorrer.

Horacio Castellanos Moya explicaba que por el tiempo en que Bolaño escribía ‘2666’, él dirigía un diario en el DF y que el chileno, aprovechando una amistad por correspondencia iniciada poco antes, le avasallaba con peticiones de documentación sobre los casos de las muertas de Ciudad Juárez; ‘Era muy pesado. Pero mucho. Al final tuve que decirle a una chica que andaba por allí ‘oye, éntrale al tipo este…’ y la tuvo monopolizada muchos días’. Todo esto se refleja en el fondo de armario de la versión final de la novela. Aun así, a riesgo de dispersarse, la tensión narrativa no se resiente y Bolaño consigue crear una atmosfera casi de terror solo con enumerar unos breves rasgos físicos del personaje oculto (‘alto, albino, alemán’).

De entre esa combinación de trama y subtramas, quedan dos temas centrales. La historia de Benno von Archimboldi, un escritor alemán oculto (a lo Sálinger o Pynchon) del que sólo se conocen sus libros, y la historia de los asesinatos de mujeres en Santa Teresa, trasunto del feminicidio de Ciudad Juárez desde principios de los noventa, la inmensa mayoría casos sin resolver. Ambas historias son los polos opuestos a través de los que Bolaño mueve la novela. Por un lado, el cielo, la literatura. Si en ‘Los detectives salvajes’ se buscaba a la poesía latinoamericana, aquí se busca a la novela europea, personalizada en Archimboldi, el escritor que inventa Bolaño y que le da pie al juego borgiano de  creación de una bibliografía, un aparato crítico y un repaso a la historia de la literatura alemana. El polo opuesto, el infierno, será la muerte impune y sádica de las mujeres de Santa Teresa. Hay un elemento clave en la reescritura que hace Bolaño de dichos crímenes. En una escena, el personaje periodista del DF, Sergio González, esta encamado con una prostituta y tras el polvo le explica la historia de los crímenes. La prostituta reacciona con indiferencia y este se indigna, reclamándole cierta identificación con las muertas. Esta le contesta que no, que ella es una puta y las muertas son obreras. Obreras o algunas de ellas estudiantes, incluso de primaria. Son la base de un futuro, de la esperanza de México, que está siendo asesinado impunemente.

Esta idea, la analogía con una casa en la que en el hall se discute de literatura mientras en el sótano se tortura y asesina, está también en ‘Estrella distante’ y sobrevuela por entero la obra de Bolaño. El legado de ‘2666’ es poner nombres y caras a esas muertas, para evitar que caigan en el olvido. Esta lectura ética, o incluso política, es indisociable de la obra de Bolaño aunque se acostumbre a poner en cuarto o quinto plano. Para Bolaño, que había pasado por toda la militancia izquierdista revolucionaria posible, la literatura era una opción de vida ética y transformadora, como lo era para un francés de 1924 hacerse surrealista. No era una pose ni una adscripción a un gremio, por eso toleraba tan mal la literatura sistémica. Bolaño fue un infrarrealista toda su vida, y lo que no consiguió con la poesía lo intentó con la novela. Estas, y ‘2666’ entre ellas, tenían que ser mucho más que el sustento de su familia.

Esto no significa reducir la obra a la denuncia social. Dentro de los dos planos en los que se mueve la novela, el plano político corresponde a los crímenes y el asesinato de esas mujeres obreras o estudiantes mexicanas  y el plano ético es el personaje de Archimboldi. Es significativo que Bolaño empiece la novela con la parte de los críticos, cuando nada es tan alejado de la praxis bolañista como un profesor universitario de literatura, y  acabe con el escritor que huye de todo lo que rodea a la escritura y decide desaparecer para que solo quede su obra, sin posibilidad de interferencia. No hace falta demasiada perspicacia para imaginar el deseo de Bolaño de llegar a ser un Archimboldi.

La tragedia acaba repitiéndose como farsa, y todo aquello que Bolaño debía odiar en lo más profundo de su ser ha ido sucediendo sin que él, fallecido en 2003, haya podido negarse. Como decía un ex comisario de la Tate, siempre es más fácil trabajar con artistas muertos. No solo se ha convertido en un hype editorial y académico sino que se ha explotado con fruición y cada vez menos sentido literario su amplio disco duro con todo el material previo a su primera novela, y por si fuera poco su entorno personal ha acabado en los juzgados discutiendo por su vida privada y el uso de su nombre. La realidad siempre puede ser más cruel que una novela. Incluso una de Cormac McCarthy.

Roberto Bolaño, ‘2666’, Anagrama,  Barcelona,  2004