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‘He escrito un libro contra la indignidad amorosa,  orientado por la observación de que cada vez que surge un conflicto entre amantes desiguales, el amor se retira de la escena’ (L. Magrinyà)

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‘Es el último benetiano’ (J. Calvo). ‘Es un dinamitero’ (J. Herralde). ‘En España, nadie escribe como él’. (I. Echevarría). ¿Es un pájaro? ¿Es un avión?.

Magrinyà tiene cinco libros publicados. ‘Los aéreos’ (1993) y ‘Belinda y el monstruo’ (1995), publicados originalmente en Debate y recopilados en ‘Cuentos de los 90’, (Caballo de Troya, 2011), y  ‘Los dos Luises’ (2000), ‘Intrusos y huéspedes’ (2005) y ‘Habitación doble’ (2010), en Anagrama. Lo más reciente que tiene es un libro de sintaxis, ‘Estilo rico, estilo pobre’ (Debate, 2015), donde reúne y amplia los artículos que publicaba en ‘El País’ bajo el epíteto L&L (lengua y literatura).

Hace algún tiempo escribí que ‘Los dos Luises’ era el que más me gustaba. Después de la última relectura general, el pódium de honor estaría ocupado ex aequo por ‘Belinda y el monstruo’  e  ‘Intrusos y huéspedes’, una locura maravillosa. ‘Belinda…’ es Magrinyà en estado puro.  Son seis cuentos largos, o novelas cortas, que giran alrededor de un tema concéntrico. Una persona que se enamora de quien no debía. Alguien que, a priori disponiendo de una gama de posibilidades sentimentales lo suficientemente amplia para intentar ser feliz, escoge lo erróneo, lo complicado, lo tortuoso, y, pese a ello, se mantiene en ese error, aceptando sus consecuencias.  Como aquello que decía Hitchcock, una idea genial: chico conoce a chica. O al revés. Pero, claro, lo importante, lo que hace interesante esta y otras literaturas, es lo profundo y lo bien que caves el terreno, y aquí se cava muy bien.

Fassbinder tenía la teoría, ampliamente expuesta en su filmografía, que toda relación sentimental es una relación de dominación en la que el que más ama es el que más sufre. En las historias de ‘Belinda…’ más que una relación amo-esclavo hay una relación de fascinación entre el protagonista y su par en la que el primero combina la determinación con la irracionalidad. Lo que fascina al narrador no es la crueldad de la relación amorosa desigual, sino el asombro por los retorcidos caminos que pueden llegar a tomarse partiendo del amor.

A Magrinyà le dirías ¡escribe!, de lo que sea, pero escribe. Por el simple placer de leer un artefacto  tan bien compuesto, tan redondo. ‘Belinda…’ tendría que ser estudiado en los talleres de escritura como ejemplo de adjetivación. Es el rey del adjetivo. Una especia peligrosa, pues puede potenciar el sustantivo o empachar la frase entera. Él encuentra la dosis justa, la pareja perfecta, y se luce una y otra vez.

A esto se une la facilidad del autor para la sentencia definitiva, que convierte el libro en un festival de puntería, donde cada dos por tres hay un dardo-frase en la diana-lector. Por ejemplo:

‘Sus Altezas se comportaron por una vez como verdaderos padres: vieron sólo lo que quisieron ver’

‘Allí el barro era barro, y no materia moldeable para una condecoración’.

‘Los inteligentes…; su estupidez se justificaba como timidez, aunque no escondía otra cosa que soberbia, y en sus nombres, más vulgares, solía repetirse la p; todos decían trabajar mucho y de manera desquiciada y a la menor oportunidad esgrimían sin cambiar de color algo en forma de artículo, premio o doctorado, para que nadie sospechase, como sospechaba, que más bien no hacían nada.’

Y así todo el rato. Normalmente, un Escritor, tiene libros muy buenos y otros no tanto. Casavella publicó seis novelas, cuatro magnificas y dos que no lo eran. Podemos seleccionar. Con Magrinyà tengo la sensación de que no. Hay que leerlo entero. Si es del tirón, mejor. Aunque él mismo recomiende Almax. Empezar por el primer cuento de ‘Los aéreos’ y  acabar por el último capítulo de ‘Habitación doble’. No porque se trate de una saga, al contrario. Lo único que tienen en común todas las historias es la mano que hilvana la aguja de tejer. Pero en conjunto se entiende mejor el aire de familia común a todas ellas. Como las piezas de un puzle, o las etapas de un pintor vanguardista, la visión comprensiva resulta más fácil desde el conjunto que desde el individuo.

No es un tema de complicación narrativa. Magrinyà no es un autor críptico o retorcido, que exija complicadas investigaciones exegéticas a los lectores, una minoría de exclusivos adeptos. Lo complejo, y lo interesante, de Magrinyà es que las posibilidades, y el vacío, se abren no en la propia lectura, sino cuando tras la última línea, uno se pregunta, ‘bueno, y todo esto, ¿por qué?’. Así, volviendo sobre lo escrito, uno entiende algo que escribió  algún teórico del arte contemporáneo, no recuerdo cual, en un momento de lucidez. El arte sólo sabe hablar de sí mismo, una y otra vez.

Luis Magrinyà, ‘Belinda y el monstruo’, Barcelona, 2006, Random House Mondadori