Corrección

…ese pueblo arruinado como ningún otro en el que además de las deficiencias mentales en él innatas, decía, no quedaba más que hipocresía

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En 1996, el escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya publicó una novela corta titulada ‘El asco. Thomas Bernhard en San Salvador’. El texto era un monólogo enfebrecido en el que el narrador, un salvadoreño profesor de arte en una universidad canadiense y homosexual, descargaba sobre un oyente silencioso su enojo por el país donde le había tocado nacer. Muy bernhardianamente, sí, pero en parte intencionadamente paródico, cosa que nadie, o muy pocos, supieron ver en la obra, que casi convirtió a su autor en enemigo nacional.

Para alguien nada susceptible a una crítica devastadora de las pupusas, el libro de Castellanos Moya  certifica que ya existe un estilo Bernhard, asociado a un monologo torrencial, exaltado pero sólidamente argumentado, sobre lo terrible y mediocre que es el mundo y sus habitantes y las pocas artes realmente elevadas que hacen que merezca la pena desestimar, por ahora, el suicidio.

Este argumento lo encontraran, en mayor o menor medida, en todos y cada uno de los libros de Thomas Bernhard. También en ‘Corrección’, su novela de 1976. Pero sería injusto reducir uno de los mejores escritores alemanes del siglo XX a un señor gruñón, irascible y misántropo. Bernhard era mucho más que ese cliché.

Bernhard fue un escritor muy prolífico. Tuvo serios problemas de salud desde muy joven, y seguramente en ese impulso creativo se une la idea, también central en ‘Corrección’, que sólo la dedicación absoluta a la gran obra de arte da sentido a la vida humana, junto con algo parecido a lo que le pasó a Bolaño. El horizonte de una posible muerte le urge a escribir todo lo que pueda lo antes posible. Como el genial escritor chileno, Bernhard murió joven, con apenas 57 años. A diferencia de este, tuvo éxito mucho antes, primero como dramaturgo y después como novelista, lo que le permitió vivir en el Ritz de Madrid y dedicarse exclusivamente  a escribir.

El lector habitual de Bernhard hallará una recurrente familiaridad en sus novelas. Una sensación de estar leyendo el mismo libro desde un punto de vista un poco distinto. Bernhard es  autor de una única gran obra, publicada en diferentes capítulos o versiones a lo largo de toda su bibliografía. Más que en Proust, estoy pensando en cineastas como Wong Kar Wai o Hanecke. El director chino lleva toda la vida perfeccionado una misma película a nivel estético. Muchos pensamos que ya lo consiguió con ‘In the mood for love’, pero él ahí sigue. El austriaco, como Bernhard, tiene una idea central, en su caso la violencia latente en las relaciones humanas que acaba emergiendo,  y la retrata desde diferentes situaciones y personajes.

Ambas maneras de hacer están en Bernhard y en ‘Corrección’. La trama de la novela es simple. Un amigo del narrador llamado Roithamer ha dedicado su vida y capital a construirle una casa cónica en medio de un bosque a su hermana. Una vez acabada, se ha suicidado. El narrador llega a la casa donde Roithamer pasó sus últimos años para investigar en los escritos que ha dejado el muerto la causa del suicidio. La novela está dividida en dos capítulos, separados por el único punto y aparte de todo el texto. El primero es la llegada del narrador y el segundo la lectura de los textos.

El pisotón que Bernhard le da al lector, y se lo da y mantiene con toda la intención, es esa ausencia de pausa en el texto. Lo hace por interés propio en parte para dotar al texto de una mayor unidad, pero también para obligar al lector a entrar en su laberinto y orientarse en él. La trama y el final están explicados en la página diez; lo importante es el personaje. La investigación sobre el tema del genio, la obra de arte y su relación con el mundo.

El tema del genio es también central en la otra gran novela de Bernhard, ‘El malogrado’, que publicará en 1983. Glenn Gould en esta última y el genio oculto pero referencial que es Roithamer en ‘Corrección’. Porque la novela es un juego constante de referentes culturales, o pistas que el autor va dejando para el lector.

Por ejemplo: la buhardilla en la que Roithamer vive sus últimos años encerrado escribiendo sobres sí mismo es un guiño a los últimos años de vida de Hölderlin. Wittgenstein aprendió arquitectura para construirle una casa a su hermana, casa que todavía existe hoy en día. También Wittgenstein estuvo trabajando en una obra que nunca dio por acabada, en parte por el propio sentido filosófico de la misma, que se publicó póstumamente como las ‘Investigaciones filosóficas’. De aquí también la idea, recurrente en Bernhard, que la obra de arte no tiene un final, nunca acaba de cerrarse, siempre se le ha de dar una vuelta más, otra corrección.

Realmente estoy asustado de todo lo que he escrito ahora, porque todo fue muy distinto, pienso, pero corregiré lo que he escrito, no ahora, lo corregiré cuando llegue el momento de esa corrección, entonces lo corregiré y entonces corregiré lo corregido y lo corregido lo corregiré otra vez y así sucesivamente, así Roithamer. (p.290)

En la segunda parte del libro el ‘así Roithamer’ que aparece constantemente hay que leerlo como ‘así habló Roithamer’ o ‘así lo escribe Roithamer’.

Todo gira alrededor de la idea de Roithamer de construir una casa cónica en medio del bosque. Una idea sin sentido (nadie se la ha pedido) pero que sirve, como podría servir otra, para que el autor muestre su visión del mundo y del ser humano. Básicamente, estamos rodeados de mediocridad y basura, la cotidianeidad y los congéneres son insufribles. Esto empuja a las personas especiales a una vida en soledad e incomprensión, pero hay la oportunidad de redimirse y encontrar un sentido: la dedicación exclusiva a una gran obra de arte.  Bernhard, que como los personajes de ‘El malogrado’, también estudió en el Mozarteum de Viena, tiene en su pódium a la música y a la arquitectura.

Posiblemente el propio Bernhard viera en este misticismo artístico filosófico lo realmente importante de su obra. Pero quedó los exabruptos que siempre son más fáciles de entender. Bueno, pensaría, una prueba más de que la opinión sobre sus congéneres no iba tan desencaminada.

Thomas Bernhard, Corrección, Madrid, 1986, Alianza

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