viento y joyas

Pregúntate lo que yo me preguntaba cuando era joven, lo que hay que preguntarse siempre. “Si existo para ellos, ¿quién soy?”.

 

 

 

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La historia fue más o menos así: había una vez un país peninsular donde gobernó cuarenta años un dictador porque era el jefe de los que habían ganado una guerra civil por la gracia de Dios. El dictador murió en la cama y de viejo. Puso de heredero a un joven rey muy campechano. El rey y los que mandaban querían cambiar las cosas, pero no mucho. Más bien casi nada, modernizar, pero sin soltar las riendas. Pero los cambios son complicados. Sabemos cómo empiezan, pero no como acaban. Hacía falta la mezcla justa de audacia y tacto. Nombró presidente a un joven de Ávila por el que nadie daba un duro. El abulense, contra todo pronóstico, lo hizo bastante bien. Gustaba al público. El acuerdo era que gestionaba los cambios y se apartaba a recoger los premios y dejar gobernar a los que realmente estaban detrás esperando su turno. Pero empezó a pensar. ¿Y si…? ¿Por qué no…? ¡Todo el mundo se lo pedía! Resumiendo, que se presentó a las elecciones del nuevo sistema que él mismo había reformado. Pero para eso necesitaba un partido. Y aquí es donde empieza la película.

En las ciudades de la península las fuerzas vivas locales se pusieron manos a la obra. Si quería un partido, tendría un partido. Ya se encargarían ellos de ser los diputados. En una de esas ciudades que llamaremos, para despistar, Barcelona, se reunieron unos empresarios y crearon el Partido Liberal Ciudadano. No, perdón, era Concordia Catalana. Al frente pusieron a un empresario franquista que se había hecho millonario construyendo barrios dormitorio en las afueras y ahora tiene un museo con su nombre. ¿O era un banquero paralítico? Bueno, da igual. Llamaron a los amigos, juntaron esfuerzo y chequeras. Convocaron a los medios y a los contactos. Crearon una imagen, decidieron los colores corporativos. Estaba todo listo para ser los elegidos. Pero no coló. El presidente le encargó la faena a otro, un conocido monárquico, que hizo SU lista y SUS contactos. En dos meses, de abril a junio del 77, se organizó la federación catalana del partido del presidente, que como era previsible, arrasó en las elecciones. En Barcelona no ganó, pero sacó un resultado muy digno. Cinco diputados, nueve en toda Cataluña. Entre ellos un abogado ex alcalde franquista de l’Hospitalet, un diplomático que acabaría de presidente del Tribunal Constitucional, un filósofo orientalista que dimitió enseguida porque ni se imaginaba salir elegido, el presidente de la Unión Romaní Española ( y primer diputado gitano de España), un abogado del Opus que murió de infarto a los cuatro meses y un ex alto cargo franquista, originariamente periodista catalanista moderado que había colaborado con el espionaje franquista en el sur de Francia y que lucía en las fotos un bigote gaviota.

Veinte años después, Casavella lo cogió todo, le dio unas vueltas y metió a Fernando Atienza para escribir la segunda parte de ‘El día del Watusi’, a la que tituló ‘Viento y joyas’. El nombre viene de una canción de Leo Ferre, ‘Avec le temps’, que habla de los días de vino y rosas que ya no volverán y que le canta Guillermo Ballesta, el Sr. Lobo de la historia, a su chofer-criado, nuestro Fernando. Aquí tiene ya diecinueve años, ha dejado las chabolas y empieza a recorrer la Barcelona de finales de los setenta en coche, cochazo. Probará el lujo, las mujeres y los vicios caros. Le prometerán mucho y cumplirán nada. Pero por el camino, pasara de ser un tonto a uno que se hace el tonto. Y esto acabara salvándolo.

La referencia novelesca es ‘Los siete locos’ de Roberto Arlt. La madre de todas las novelas conspiranoicas, donde a Erdosain, el protagonista,  le mienten, manipulan y engañan todos y constantemente. Además, todos los personajes de la novela de Arlt, como aquí, están convencidos que son ellos los únicos listos y que los engañados son los demás. Claro que sí.

La novela funciona como un tiro y posiblemente en ella estén las mejores páginas del Watusi. Fernando Atienza no es ni el niño ingenuo de la primera parte ni el adulto desengañado de la tercera. Está aprendiendo. Y a caballo de esto, las partes en que Casavella acostumbraba a ponerse estupendo con profundas reflexiones que no venían demasiado a cuento quedan reducidas a lo correcto. Como decía Pàmies en su reseña, a veces un solo de guitarra puede salvarte de una situación comprometida. Pero sólo a veces, y sólo uno.

Decía Casavella en las entrevistas que lo complicado de escribir sobre ese tema, la política de la Transición, es que la realidad fue más increíble que la ficción.  Que escribía y pensaba ‘me estoy pasando, esto no se lo va a creer nadie’. Pues créetelo, chaval, que diría Pepito el Yeyé.

‘Viento y joyas’ la publicó originalmente Mondadori en 2002, como la segunda parte de la trilogía ‘El día del Watusi’. En 2009 hubo una reedición de Destino en un solo libro, corregida por Casavella. El año pasado Anagrama reeditó también esa última versión.

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“La tarea consiste en demostrar que este mundo puede ser doloroso, hasta infernal, pero no es serio” (El día del Watusi, página 36)

 

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 Solo los buenos mueren jóvenes. La ristra de topicazos oídos y repetidos en Bolaño sirven igualmente para Casavella. Que si estaba en su mejor momento, que si su obra magna aun estaba por llegar… En ambos casos se trata de escritores excepcionales dentro del panorama narrativo castellano y que, independientemente del martirologio, la relectura de sus obras les pone muy por encima de la mayoría de sus (vivos) contemporáneos.

‘El día del Watusi’ es la obra referencial de Casavella. Se publicó en tres partes entre el 2002 y el 2003 (‘Los juegos feroces’, ‘Viento y joyas’ y ‘El idioma imposible’) y se ha reeditado en un único volumen, añadiendo los retoques (anecdóticos) que el autor apuntó en los años siguientes sobre el manuscrito original. Decisión lógica y que otorga coherencia a la obra, aunque parece que, como en el caso de ‘2666’, el autor tenga que estar muerto para que la editorial se atreva a algo así.

La novela es la autobiografía del protagonista, Fernando Atienza, reescrita por encargo de un desconocido, que repasa dos décadas de vida barcelonesa, del 1971 a 1995, del tardo franquismo a la resaca postolímpica, en medio de turbios manejos y recuerdos que escuecen. Un niño testigo involuntario de un asesinato irá cargando con el peso de este y otros fantasmas por una ciudad que olvida los suyos para modernizarse. Una novela negra de las de toda la vida, de base, un trasfondo  de novela histórica, y un poso existencial – biográfico amargo, tragicómico, de borracheras, bailes y amigos muertos.

La novela se mueve alrededor de tres ejes. Primero, por la comentada novela negra. El narrador y protagonista es un  peón dentro de un enmarañado juego de poder. Siempre movido o huyendo de las manos de alguien desconocido, sabe parte de la verdad, sabe que le engañan en otra parte, y sabe que hay algo, lo definitivo, que siempre quedará fuera de su alcance. A remolque de ello, como segundo eje, la novela no deja de ser los ascensos y caídas del héroe romántico, versión local, más cercano a Marsé que a Stendhal. Por lo sórdido de los escenarios y sus personajes, todos un ‘alguien’ venido a menos, entronca mejor con la novela picaresca castellana que con la romántica europea.

El tercer eje es el aura mistificadora del antiprotagonista, el Watusi. Como en las novelas de Philip K Dick, el lector se pasará toda la novela preguntándose quien demonios es el tal Watusi, y si va a aparecer o no de una maldita vez. El Watusi, ya se lo adelanto ahora, es la parte mas mítica, y por tanto más romántica, de la novela. Es el hombre que siempre baila, el que tiene el ritmo. Esta en todas partes  y en ninguna a la vez.

‘El día del Watusi’ es una novela total. Uno no imagina que podría faltarle, pero si que creo que no le sobra nada. Tiene merito, tratándose de casi mil doscientas paginas. Tanto que no pierde tensión en ningún momento, y sigue sabiendo igual de bien en la relectura. Como los clásicos.