El triunfo

‘A ti, Tostao, siempre te ha faltado tiempo y te ha sobrado vida, y eso no hace más que criar mala risa y miedo’ (p. 14)

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La historia nos fascina porque la vivimos desde la distancia. Nos adentramos en guerras, conspiraciones y catástrofes de lo más variado, nos interesa y rebuscamos en el sufrimiento de otros porque cuando queremos, cerramos el libro y volvemos a nuestra confortable realidad. Así, el experto en blindados de la segunda guerra mundial o el erudito revolucionario, probablemente saldrían huyendo a la primera aparición del peligro real y físico de esas situaciones sobre las que tanto nos apasiona leer. Hubo un mas acá menos terrible, dentro del marco del siglo XX, que también genera desde hace poco cierta mística a lo, digamos, el salvaje oeste versión suburbio. Me refiero a lo que cae bajo el apelativo de lo ‘quinqui’, termino despectivo creado en su momento para nombrar a un estereotipo de chorizo de bajos vuelos, suburbanita, hijo de emigrantes, no integrado socialmente y que se dedicaba a robo y trapicheo menor, muy vinculado a la aparición de la heroína en España a finales de los setenta y los destrozos que generó en la primera mitad de los ochenta.

‘El triunfo’ fué el debut literario de Casavella. Con apenas 27 años, presenta una novela con aires de crónica negra, pero como sera una constante en sus obras, el muerto se vuelve en algo secundario respecto al elenco de personajes que salen a galería y el retrato de fondo que se dibuja a lo largo de la obra. En este caso, el protagonista es un momento histórico, un barrio suburbial de una gran ciudad española en plena explosión de lo quinqui. A un servidor, dicho momento le pillo de muy pequeño y en un contexto más protector. Pero también he oído historias de boca de protagonistas muy parecidos a los de ‘El triunfo’. Y los dos retratos se parecen mucho. Ciertamente, desde la distancia, atrae, porque comparado con el civismo hoy reinante, aquello era bastante salvaje, y por tanto, divertido. Si no lo vivías a diario. Si era así, podía convertirse en un infierno, dependiendo del rol que te tocase jugar. No creo que nadie eche de menos a los quinquis. Pero como personajes, de novela o de película, resultan entrañables. Aunque por si acaso, mejor no te cruces con un grupito de ellos que estén de mono.

‘El triunfo’ no tiene los defectos habituales y tolerables de una primera novela. Esta ya bien cocida, aunque la edición que he leído es una reedición del 2006, y conociendo el perfeccionismo de Casavella con sus propias obras, no me extrañaría que esta reedición pula las posibles novatadas de la edición de 1990. De hecho, también hay una edición en Anagrama de 1997. Veremos. Igualmente, aquí ya están presentes varias de las constantes que irán apareciendo a lo largo de su obra; la música, la Barcelona de los setenta-ochenta, el personaje semifantástico y la voluntad de enfoque narrativo desde el personaje lateral. En las novelas de Casavella la voz cantante la acostumbra a llevar alguien menos relevante, pero que a la larga resulta más interesante. Aquí se trata de ‘el Palito’, un rumbero de barrio. Una versión quinqui del bardo medieval que viajaba con la corte del rey y acudía a cantarle cuando a este le apetecía escuchar música. Si la rumba fue el genero musical por excelencia del fenómeno quinqui, otro tema con muchísima miga fue el slang generado a su alrededor. Claro, no es lo mismo oír según que cosas en boca de un negro de dos metros en el Bronx, que en boca de un tirillas de algún barrio local, el slang quinqui es algo muy cómico, y ‘El triunfo’ esta lleno de ejemplos. Aun así, resulta creíble su uso, y el recuso no acaba comiéndose a la historia. En conjunto, para algunos resulta la mejor novela de Casavella. Para mi, una de las piedras fundacionales sobre las que se armará la gran catedral casavelliana, el Watusi.

Francisco Casavella ‘El triunfo’,  Barcelona, 2006, Mondadori

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