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‘Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer  la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles a amarla.’ JJ Arreola.

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A ver, usted mismo. Defina brevemente; libro de cuentos, escritor latinoamericano de la segunda mitad del siglo xx, en dichos cuentos a los personajes les salen cornamenta, ratones del sobaco o hablan con el diablo. Fácil, ¿no? Todos a coro: ¡Realismo mágico!

Bueno, no exactamente. O no solamente. Arreola fue un escritor de obra breve y fragmentaria, Sus cuentos ‘de madurez’ los reunió en un ‘Confabulario’, publicado por primera vez en 1952 y que fue reeditado y ampliado sucesivamente.  Son una treintena de cuentos muy cortos, pueden ir de las dos a las diez páginas, de un nivel altísimo la práctica totalidad. Como el mismo Arreola decía, son textos que han procesado podas sistemáticas hasta la versión final. Lo que hubieran podido tener de naturalista se queda por el camino, y devienen una suerte de historias alegórico – metafóricas, en las que  Arreola busca una síntesis del lenguaje que combine el fondo poético con la forma del cuento. En un poema, la metáfora no se explica. Se lee de una forma u otra, como el lector quiera. Aquí pasa algo parecido, no es necesario explicar por qué el protagonista de ‘Pueblerina’, como Gregor Samsa, un día se despierta con astas. Lo importante es lo que pasa después.

El inicio de los cuentos de ‘Confabulario’ es muy potente, al estilo de entradilla periodística. Con la primera frase crea la ambientación y la tensión necesaria para todo el desarrollo posterior. Ejemplos:

‘Creo que esto no se acostumbra: dejar cartas abiertas encima de la mesa para que Dios las lea’ (‘El silencio de Dios’)

‘Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus’ (‘En verdad os digo’)

‘La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye’ (‘La migala’)

‘Una mañana igual a todas, en las que las cosas tenían el aspecto de siempre, y mientras el rumor de  las oficinas del Banco Central se esparcía como un aguacero monótono, el corazón de Pablo fue visitado por la gracia’ (‘Pablo’)

Después de esto, a ver quién se atreve a dejar de leer el resto del cuento.

El propio Arreola, como hacía Borges, cita algunas de sus influencias en la introducción autobiográfica (Schnobb y Pappini). Añadiremos Kafka en, entre otros, ‘El guardagujas’ o ‘Pueblerina’ y el propio Borges en ‘Sinésio de Rodas’ o ‘In memoriam’.  Por mi parte,  ‘En verdad os digo’ y ‘Parábola del trueque’ me han impresionado muchísimo. Del resto, no sobra ninguno.

El lector atento que no conozca el libro habrá notado un elemento común en tres de los cuatro inicios de cuento antes transcritos. Hay dos temas que sobrevuelan el conjunto de ‘Confabulario’,  la religión y el amor. El dios bíblico aparece a menudo por sus páginas, pero sin intenciones proselitistas. Arreola se sirve de símbolos y temáticas religiosas porque le son útiles para ofrecer referentes que el lector pueda entender con facilidad y a la vez le permitan plantear diálogos o reflexiones sobre conceptos absolutos.

En cambio, el amor aparece de una forma mucho más prosaica, casi siempre como relación de pareja o matrimonio. En muchos cuentos el protagonista oscila entre una, otra o ambas relaciones, la del sujeto con un dios demiurgo o una mujer dominadora, aunque para nada lleve esto el autor al terreno de la misoginia, ni del ateísmo. Más bien parece que a los protagonistas ambos contrapesos, el divino y el humano, le den una razón de ser, una cierta estabilidad, frente a lo distorsionador, lo azaroso, surgido de la realidad cotidiana.

Juan José Arreola  ‘Confabulario’ Barcelona, 2012, RBA