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Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior.

 

 

 

 

 

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Cuando a Primo Levi le pedían que comparase los campos de exterminio nazis con el gulag estalinista, él contestaba que, dentro del horror, en el estalinista uno tenía más posibilidades de sobrevivir. Los narradores del paso por el gulag explican que el factor más importante para acabar siendo uno de los supervivientes era el oficio. El oficio aprendido en el continente (el mundo pre-condena) determinaba la utilidad en el sistema de trabajo de la isla (el campo de trabajo), y en base a esa utilidad las autoridades ponían más o menos interés en la continuidad vital del ingresado. Shalamov habla de esa escala laboral en varias ocasiones. El oficio más valorado en el extremo norte eran los carpinteros. Y el que menos, y por tanto, los primeros en morir, eran los filólogos.

En la escala de complejidad del desarrollo del trabajo en una sociedad avanzada, y las que crearon los gulags se las daban de muy avanzadas, el carpintero se mantiene en un nivel muy inicial, casi arcaico, mientras que el filólogo, escritor, periodista (como era el caso de Shalamov) está en un nivel muy avanzado. El nivel de la reflexión sobre el porqué y el cómo de la estructuras, visibles o invisibles, de ese mismo sistema. Cuando este provoca una regresión brutal a un estadio primerizo, esa pregunta sobra. El código legal bajo el que se ejerce el castigo ya tiene las respuestas a todas las preguntas posibles. El resto, no existe.  Afortunadamente, algunos de ellos sobrevivieron para escribirlo y desmentirlo.

Yo no hubiera sobrevivido. Ni soy un tipo de hierro colado, ni tengo las múltiples habilidades, fuerza de voluntad y capacidad de adaptación a un medio hostil que tenían tanto los supervivientes como el personaje de ‘el hombre’, el padre protagonista de ‘La carretera’, la última y genial novela publicada a fecha de hoy de Cormac McCarthy.

La novela nos sitúa en un presente post apocalíptico. El autor elude dar demasiadas pistas sobre ello, solo hay una escena del momento de desastre, que se intuye una deflagración que ha arrasado las zonas habitables del país de los protagonistas. El lugar antes conocido como mundo civilizado se ha convertido en un cementerio devastado. Ríos secos, bosques quemados, toda forma de vida animal desaparecida. Solo sobrevive el cemento y el asfalto. La única guía que conserva el sentido organizativo pre desastre es la red de carreteras.

‘La carretera’ es básicamente un road-trip. Un libro de viaje. Pero este viaje no tiene nada de lo que contiene el resto de libros de viaje. La casa que se deja atrás no es un hogar, es una muerte segura. El destino no es la aventura, es la incertidumbre más completa. Los protagonistas, genéricamente denominados por McCarthy ‘el hombre’ (padre, mediana edad) y ‘el chico’ (hijo, menos de diez años), huyen hacia el sur con la esperanza de encontrar un entorno natural que les ofrezca posibilidades de supervivencia. Solo disponen de esa información; hacia la costa y al sur, por la carretera.

El colapso productivo del mundo en el que vivían los protagonistas los ha convertido, a ellos y al resto de humanos supervivientes en individuos de una nueva sociedad de cazadores-recolectores, que se alimentan de lo único que queda, los restos. La basura. Visten capas de harapos sucios, duermen bajo toldos de plástico y arrastran un carrito de supermercado con todo aquello que les puede ser útil más adelante. Se han convertido en homeless. Todos.

Por la novela desfilan otros personajes, con los que la relación no existe o es violenta en competitividad por la poquísima comida que queda. Algunos de los supervivientes se han organizado en tribus esclavistas que sobreviven comiéndose a los humanos más débiles.  Más terrible incluso que el desastre natural se expone la forma en que los humanos han reaccionado a ello, y aquí está una de las claves de la novela.

El gran argumento de las novelas de McCarthy es el mal. Tras haber escrito cuatro novelas iniciáticas un tanto irregulares, la primera obra maestra de McCarthy es ‘Meridiano de sangre’, obra canónica de lo que ha venido a denominarse country noir. Después escribe la ‘Trilogía de la frontera’, y otra excelente novela negra, ‘No es país para viejos’. Tanto esta como ‘Meridiano de sangre’ se basan en la personalización del mal. En un entorno más o menos normal, donde pasan cosas buenas y no tan buenas, aparece un demonio, el juez Holden en ‘Meridiano de sangre’ y Anton Chigurh (solo el nombre ya da miedo) en ‘No es país para viejos’. El mal psicopatológico, individual y plenipotenciario, que arrastra todo lo que toca. Hasta aquí, la teoría de fondo de McCarthy es que estamos acostumbrados a un mundo de grises, de alternancia entre bien y mal. Hay un fondo moral, llámenle como quieran, que nos sostiene ante la adversidad. Pero qué pasaría si la adversidad ha venido para quedarse. Si el mal aparece en su forma más absoluta. ¿Podemos enfrentarnos a él? ¿Aceptamos el destino? ¿Sabemos cómo enfrentarnos a él?  ¿Queremos reconocerlo?

McCarthy es una especie de Clint Eastwood en novelista. Más americano que la Coca-Cola. Con una actitud similar a la que tiene Eastwood cuando en películas como ‘Grand Torino’ o ‘Million dollar baby’ critica que su país, sublimado como una tierra de colonos hechos a sí mismos, se ha convertido en una masa amorfa de consumistas sin valores. McCarthy les saca el mal más radical para comprobar cómo son capaces de enfrentarse a él. En cambio, en ‘La carretera’ la hipótesis está invertida. Aquí, el mal ha triunfado. No hay un demonio, sino que el bien ha abandonado a los seres humanos. No hay nada donde acogerse, ni a quien llamar para pedir ayuda. Lo dice la madre, la tercera de la familia, antes de suicidarse: ‘somos muertos vivientes andando por un cementerio’, y lo repite el hombre al chico cada vez que ignoran a otro humano en peores condiciones que ellos: ‘no podemos ayudarle’

Aquí la pregunta es ¿aún existe el bien?, ¿hay esperanza? Y lo que se responden padre e hijo, es ‘hay que intentarlo’. Este es el motor de la novela y de su huida hacia no se sabe dónde. Por los variados desastres humanos con los que se cruzaran sobrevive un bien que conservan y que el chico llama ‘portar el fuego’. La fuerza que le da al padre, y este es el otro gran tema de la novela, el amor paterno-filial.

Desde su publicación en 2006, y Premio Pulitzer, ‘La carretera’ se ha convertido en un clásico de la literatura contemporánea. Posteriormente McCarthy solo ha publicado una obra de teatro y un guion. Desde hace tiempo se espera una nueva novela, ‘The passenger’, aún sin fecha de publicación.

 

Cormac McCarthy  La carretera, Barcelona, 2007, Mondadori

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Entre Cinco Casas y Tomelloso otra vez el silencio de Dios

 

 

 

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Literatura y actualidad siempre han tenido una relación compleja, demasiado condicionada por factores ajenos a la obra o más propios de lo que la crítica llama ‘el campo literario’. El buen autor escribe a largo plazo. Cuando a Casavella le preguntaban por qué maquillaba los referentes del Watusi (Carlos del Pistacho por Javier de la Rosa) contestaba que él aspiraba a ser leído dentro de muchos años. Pero los balances editoriales se cierran cada año, no cada cien, y cada temporada tiene sus grandes éxitos, que en muchos casos acabaran relegados en el cajón de los saldos y el olvido.

También al revés. Nietzsche no vendió antes del ataque que lo convertiría en un semi vegetal más de quinientas copias de ninguno de sus libros. Shalamov se pasó toda la vida amargado por no poder publicar ninguno de sus volúmenes de relatos mientras que  su albacea se dedica todavía hoy a recoger el maná de sus traducciones y royalties. Por no hablar del cheque que le debe caer a la viuda de Bolaño por las ventas anuales del genial escritor chileno.

Otros disfrutaron del éxito en alguna época de su vida y después languidecieron en el olvido. José María Gironella, autor de algunas de la novelas más vendidas de la historia de la literatura española, se quejaba en los ochenta que ya nadie le hacía caso. Seguía escribiendo y publicando contra la indiferencia general. ‘Los cipreses creen en Dios’, ‘Ha estallado la paz’ o ‘100 españoles y Dios’ fueron best sellers en su momento, pero ¿ahora? ¿Quién los leería ahora?

Como decían aquellos, de entrada, no. Parecido le pasó a Francisco García Pavón. Escritor muy leído y de bastante éxito en España entre finales de los sesenta y principios de los setenta gracias a uno de los primeros Marlowe hispánicos, el pre-Carvalho Manuel González ‘Plinio’, jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso y detective local. El autor, que ya tenía experiencia en relato corto y la crítica teatral, publico una serie de novelas y cuentos protagonizados por dicho personaje, a partir de los cuales hicieron una serie de televisión en 1972. A finales de los setenta deja prácticamente de publicar y fallece en 1989. Distinciones, una calle, un instituto, pero ¿quién lee las novelas de García Pavón? Prácticamente nadie.

Pues deberíamos. García Pavón es un buen escritor y ‘El rapto de las sabinas’ es una novela que merece ser recuperada y leída. García Pavón escribía sus Plinios en verano, en el tiempo libre que le dejaban sus cursos. Utilizaba, según comentaba, las historias que había oído explicar a un familiar suyo policía local de principios de siglo; casos menores a ojos de lo que se puede ver a diario hoy en día, pero que a él le daban una base para desarrollar sus historias. En ‘El rapto de las sabinas’, es el secuestro de dos mozas locales de buen ver, al que se añade el hallazgo de una muerta foránea y algún otro delito menor. Todo ello da pie a que, como en el resto de sus novelas, Plinio ejercite sus dotes policiacas y sus ‘pálpitos’ para resolver el caso.

La novela es entretenida, resultona y está bien escrita. Con todo lo bueno que tiene y con lo no tan bueno. Si nos limitamos al canon ‘negro’ la novela flojea. Es cierto que el autor plantea y consigue mantener la tensión del caso, pero la resolución es absolutamente corriente, casi lógica. Es como si Dostoievski hubiera intentado montar una novela negra con ‘Crimen y castigo’. La mató el que tenía que matarla. Pues vaya. Abre vías secundarias que cierra abruptamente. Tampoco hay giros, ni dobleces. Todo tiende a ser una alteración irracional de la convivencia que se resuelve con la ley y el sentido común.

Hay que leer más a García Pavón como un autor realista que como uno de género. Lo más brillante de ‘El rapto de las sabinas’ es precisamente cuando deja de lado la trama y simplemente explica lo que pasa en el pueblo. Incluso en las contadas digresiones, normalmente ligadas a reflexiones sobre el tiempo y el entorno,  da la impresión de querer decir que si quisiera, también podría hacer una novela donde no pasara nada:

Otra vez los surcos y el cielo mano a mano. De vez en cuando un tractor solitario entre la berra. El tractorero (sic)  escucha un transistor y en vez de seguidillas aprende las canciones del festival de Eurovisión… Los últimos nacionalistas del mundo se mueren añorando un pintoresquismo miserable. Los orgullos de raza y pueblo han pasado como una broma funesta… Se vaciaron los campos para irse a dar la mano a los que viven y sienten a este lado del mapa. Entre Cinco Casas y Tomelloso otra vez el silencio de Dios.

Aprende, Kierkegaard.

Pero sí que pasa, y lo que en principio tiende al costumbrismo se convierte en una caracterización muy peculiar. La gracia, lo realmente diferente de estas y las otras novelas es que son Sherlock Holmes en Tomelloso. Y funciona. Corre el riesgo de convertirse en un gag de Muchachada Nui, pero lo autóctono se vuelve entrañable y cercano, sobre todo por sus apabullantes recursos lingüísticos. Ya lo decía Umbral en una entrevista al propio García Pavón, lo mejor de sus novelas es su castellano, muy rico y nada pedante. No recuerdo otra novela que me haya llevado tantas veces al diccionario de la RAE. Unos pocos ejemplos: zaragüelles, ringlas, sedeño, feroche, tarabillas, asura, crenchas, rabiche, enjalbeganta… Sólo en las veinte primeras páginas.

También hay una raigambre costumbrista, casi pastoril. Los personajes, Plinio sobretodo,  lamentan el progreso del mundo moderno que arrincona el sano y noble mundo rural castellano de toda la vida, donde la gente se ganaba honradamente el pan con el sudor de su frente y las personas eran cristianas de una pieza. No como ahora (año 1969) donde ya no había qué y en quien creer. El pueblo de las novelas es un limbo autárquico, donde no falta de nada y la gran mayoría de sus gentes son amigos y se llevan bien. El malvado acostumbra a ser ese tipo raro que vive solo y no se relaciona o viene de fuera.

Entre esos tipos raros aparece ‘el maricón’, y aquí el narrador despliega toda su incomprensible homofobia. En las novelas de García Pavón, los homosexuales, que los hay, son unos tipos intrincadamente torcidos y malvados. Este compendio de clichés es desconcertante, más aun cuando la relación entre Plinio y Don Lotario, el veterinario (’el albéitar’) y Watson local, es una relación de amor muy obvia. Plinio acostumbra a usar la expresión ‘¡Ay don Lotario de mi vida!’ mientras que Lotario pasa más tiempo, mucho más, con Plinio que con su propia mujer, que apenas aparece en la novela sino para reprocharle que solo piense en Plinio.

Evidentemente, no hay nada carnal entre Plinio y Lotario. ¡Faltaría!. Pero aquí radica la paradoja de este y otros autores de su generación en los que los prejuicios de un catolicismo rancio y parroquial chocaban con en la práctica con una concepción mucho más digna de la vida y del amor. Como lo paradójico de querer ser un cronista del fin de un mundo y salirle una reivindicación, quizás la mejor, que se ha escrito de dicho mundo.   La misma paradoja del que acaba ‘El rapto de las sabinas’ criticando a ‘los que suelen poseer y enseñoreara lo mejor del mundo’, como si estos no tuvieran nombres y apellidos, afirmando que no era Plinio el que hablaba sino ‘este modesto relator’. Bendito sea.

 

Francisco Garcia Pavón,  El rapto de las Sabinas, Barcelona, 1969, Destino

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Van sortir sis toros / Tots van ser dolents / Això fou la causa / De cremar els convents

 

 

 

 

 

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L’any 1994 el crític i professor nord-americà Harold Bloom va aixecar una enorme polèmica amb la publicació del seu llibre ‘El cànon occidental’ on intentava la desbordant tasca de definir i escollir les obres que conformen segons el seu parer el cànon literari occidental des de l’inici de la escriptura fins al segle XX. Bloom és un classicista, dels que entenen la literatura com una variant de l’art on l’eix és l’experiència subjectiva de caire moral i estètic. El seu pal de paller absolut és Shakespeare, d’on surt i a on torna tota literatura posterior. Al final de llibre hi incloïa una llista amb les obres del cànon, llista de la qual se n’ha penedit en múltiples ocasions, però que resulta tant o més interessant que el detallat estudi sobre ‘Hamlet’ de les pàgines centrals. L’apartat corresponent al segle XX, que ell denomina ‘L’edat caòtica’ resulta revelador, tant per les presències (un munt de poetes americans contemporanis) com absències, aquestes ja a títol personal; a mi em resulta especialment sagnant que redueixi la literatura llatinoamericana del segle XX a una dotzena d’autors, dividits entre els més coneguts (Neruda, Borges, Paz, Garcia Márquez) i els cubans ( Lezama, Arenas, Carpentier, Cabrera Infante).

Dins l’extensa llista també hi ha un petit apartat per a la literatura catalana. Almenys fins que no la declarin inconstitucional i prohibeixin la reimpressió per decret. Quatre poetes (Riba, Foix, Gimferrer i Espriu) i dos novel·les: ‘La plaça del diamant’, de Mercè Rodoreda, i ‘Les històries naturals’, de Joan Perucho.

La presència de Perucho en aquesta obra d’intenció universal contrasta amb la seva absència en les compilacions locals. Només en casos puntuals (Javier Calvo, Marcos Ordóñez) se’l reivindica com un escriptor de primer nivell. Perucho és una figura literària atípica. Per començar, va ser enormement prolífic. Té més de setanta llibre publicats. Novel·les, contes, poesia, assaig,… tant en català com en castellà. La seva obra, a més de inabastable és força irregular. Comprensible, publicant gairebé llibre per any des de finals dels 50 fins els 90. Segon, Perucho era jutge i com a tal va exercir durant el franquisme. Si bé mai s’hi va adscriure a una literatura nacional-catolicista, tampoc s’hi apropà als cercles literaris antifranquistes. Anava per lliure. I tercer, literàriament també va anar sempre a contracorrent. Tant com quan lluïa el realisme social com quan li arribà el torn al formalisme benetià, Perucho seguia escrivint novel·les històriques i literatura fantàstica. Ben segur que molts crítics de l’època es deurien pensar que s’havia quedat ancorat en Julio Verne o una mena de literatura històrica de consum de viatge en tren, en un temps on aquesta mena de literatura eren les novel·les de lladres i serenos.

La seva novel·la de 1960, ‘Les històries naturals’ és la que més destaca i la més recuperada d’entre la seva obra narrativa. És una història de vampirs en la Catalunya de 1840. L’heroi, el naturalista barceloní Antoni de Montpalau, rep l’encàrrec de perseguir un pretès vampir (‘el dip’) que està devastant els pobles del Priorat. Tot això en mig del final de la primera guerra carlina, amb dos exercits, els isabelins i els carlins, perseguint-se per tot el principat.

El títol de ‘Les històries naturals’ és tant la història de les ciències naturals que practica el protagonista i el seu cercle de progressistes científics com la història dels naturals catalans, és a dir, la historia local, però en plural, per assenyalar que al costat de la història oficial, de les batalles entre Espartero i Cabrera, hi ha un revers ocult  on s’esdevé un relat alternatiu.

La novel·la de Perucho segueix sent tremendament original i divertida avui, en un marc on la literatura fantàstica està plenament acceptada. Imagineu com deuria ser rebuda el 1960. És novel·la històrica i fantàstica de primer nivell, amb una influència notable de la tradició gòtica anglesa però amb un estil narratiu absolutament clàssic, gairebé de cronista de novel·la cavalleresca. Aquesta distància perjudica els personatges, sobretot als secundaris; els companys de viatge d’en Montpalau  gairebé no existeixen, en favor d’un marc general descrit amb profusió.  Bàsicament, ‘Les històries naturals’ és una novel·la que busca situar-se fora dels llocs comuns del moment. Ni realisme, ni costumisme, ni formalisme, ni psicologisme.  Un heroi que viatja a enfrontar-se a un enemic sobrenatural i que trobarà l’amor de la dama. Però amb vampirs, puces gegants i d’altres misteris de la natura. A més, aquest vampir pot, oportunament, transmutar-se en qualsevol animal, el que li permet fugir volant dels seus perseguidors empastifats en all i traslladar l’acció de la novel·la de Barcelona a Montroig, a Gandesa i a Berga. Tot això en poc més de dues-centes pàgines.

El més interessant de ‘Les histories naturals’ és com l’autor, partint d’un argument tant boig com barrejar vampirs i carlistes (de fet, el dip es passa mitja novel·la demanant un càrrec a l’oficialitat carlina) combina la seva innegable erudició amb un estil fluït i accessible, intentant anar més enllà d’una novel·la de gènere quan pràcticament n’inventava un. Diu la llegenda que Perucho la va presentar al Premi Creixells d’aquell mateix any i que en perdre’l va entendre que les glòries literàries sempre li serien negades. Un clàssic avançat al seu temps.

Joan Perucho,  Les històries naturals,  Barcelona, 1983, Edicions 62

noticiasdelimperio

‘Pero en un país donde podía pasar todo, como en México, no se podía hacer nada (…) En México, además del caos, se veneraba la nada, una nada de piedra, inamovible, tan antigua como las pirámides’

 

 

 

 

 

 

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Lo conocía por un cuadro de Manet, ‘La ejecución de Maximiliano’, en el que un pelotón de soldados acribillan a unos pocos palmos de distancia, menos aún que en ‘Los fusilamientos del dos de mayo’ de Goya, a tres personajes. El del medio es Maximiliano, el breve emperador de México (1864-1867), país al que había llegado para reinar y en el que acaba sentenciado a muerte por el gobierno republicano al que pretendía derrocar.

La historia en la que se enmarca la extensa, más de mil páginas, novela de Fernando del Paso es un episodio clave de la historia contemporánea de México, su país, y un capítulo de los más delirantes de la historia del colonialismo y del siglo XIX. Como pasa en absolutamente todos los casos, el país colonizado sufre los caprichos geoestratégicos de unos gobiernos europeos que lo contemplan como un territorio del Risk, por el que pueden pasar siempre que les apetezca y tengan los ejércitos suficientes.

En 1862 gobierna en Francia el sobrino de Napoleón Bonaparte, Napoleón III o Luis Napoleón, que se ha propuesto recuperar el esplendor del Imperio de su tío con un genio militar mucho más limitado. Las antiguas colonias americanas españolas llevan treinta o cuarenta años de independencia convulsa, y al norte hay un país que empieza a apuntar maneras de gran potencia, creciendo a un ritmo muy superior al de la vieja Europa. Pero esta expansión se ve frenada por una división interna que desemboca en guerra civil, y ahí ven en Europa la oportunidad de frenarlos, creando un estado satélite que actué de contrapeso en la zona y les obligue a pactar. Una monarquía mexicana, con un rey de casa europea al frente, que cierre la frontera sur a los Estados Unidos. Luis Napoleón convence al hermano menor de Francisco José de Habsburgo, Emperador de Austrohungría, el archiduque Maximiliano, lo nombran Emperador de México y lo envían a reinar. Hay un pequeño inconveniente, que México ya tiene gobierno, una república presidida por Juárez, de origen plebeyo e indio. Nada que no se pueda arreglar con una entrada a sangre y fuego del ejército europeo de turno. Como se había hecho siempre.

El plan demostró desde el minuto uno lo erróneo de todos esos cálculos que ignoraban la realidad del terreno, de la época y de la voluntad de sus habitantes, que ya no eran unas simples tribus neolíticas. Tres años después de su desembarco en Veracruz y su proclama, Maximiliano es derrotado, capturado, juzgado y ejecutado por el mismo gobierno del país que venía a gobernar, con la misma intención y maneras que en cualquier ducado de su extenso y decadente imperio familiar.

‘Noticias del Imperio’ es la mejor de las cuatro novelas que ha publicado Fernando del Paso. Visto el esfuerzo que le llevaba cada una de ellas, una por década y más de mil páginas por novela, y que el autor pasa de los ochenta años, seguramente permanezca así. Es una novela histórica que recrea y explica con detalle el marco que he expuesto hasta ahora. Del Paso  explora y profundiza en el tema de una forma muy completa, pero a la vez abre mucho juego literario y acaba poniendo bajo el mismo título lo que podrían ser varias novelas confluyentes. El eje narrativo que articula la novela es el monólogo de la emperatriz Carlota, la mujer de Maximiliano, que sobrevive a su marido y enloquece. Sesenta años después, en 1927, ajusta cuentas en un discurso desbocado con él y con todos los miembros de las casa reales europeas, muertos y barridos por el siglo XX. El personaje de Carlota es el que dota de más altura literaria a la novela y donde están las páginas más íntimas y brillantes, en contrapeso a una narratividad en tercera persona más ajustada a la trama histórica. En Carlota se junta la locura y la sensatez derivada de la derrota, del abandonamiento de un mundo que le ha hecho creer que un país la deseaba como reina y que su familia le daría el poder necesario para imponerse contra aquellos que no la deseaban. Maximiliano ni siquiera llega a esa locura decepcionante, muere aun pensando que es un hombre de estado, cuando, como todos sus congéneres, era un incompetente que no tenía la más mínima idea de la realidad ni la intención de ayudar a quien pretendía gobernar; la escena de la llegada a una Veracruz desierta y epidémica, mientras él dicta protocolos y uniformes de los distintos rangos de sus futuros cuadros imperiales muestra perfectamente lo alejados que estaban ambos mundos.

Carlota le sigue y es la única que cree en él, aun sesenta años después. Pese a un matrimonio real extraño, sin hijos y sin sexo, la corona y la traición ejercen un dominio sobre ella que la destroza en el fracaso, en la realidad y que el autor simboliza con la sed eterna que le acompaña en su locura.

‘Pero yo, Maximiliano, yo Maria Carlota de Bélgica, la loca de la casa, la Emperatriz de México y de América, no he de beber jamás de las fuentes en las que beben los mendigos y en donde chapotean los niños y se lavan las llagas los mendigos. Mi sed es de otra estirpe. (…) Y he de beber, sí, pero de las mismas fuentes que bebieron Heine y Rilke. De las que bebió Mozart. De ellas he de beber, si Dios me lo permite un día. Si Dios, si la imaginación, me bañan con su gracia, para recuperar mi transparencia’  

Además del monologo de Carlota, el listado de voces y estilos es extenso: epistolar, narrativa histórica en tercera persona, diálogos y voces mexicanas, francesas, canciones y poemas populares, capítulos eróticos como la memorable confesión de la amante-espía a su cura vasco, y multitud de personajes más. Todo ello muy medido, combinando variedad y riqueza con el rigor y la tensión necesaria para disfrutar de la lectura en todo momento. La grandeza  de ‘Noticias del Imperio’ está en el logro de componer un fresco histórico tan ambicioso y complejo sin perder de vista que es una novela y no un desahogo del autor. Por eso vale tanto la pena leerla y releerla.

 

Fernando del Paso, Noticias del Imperio, Madrid, 2012, FCE

 

direccio unica

Publicado en 1928, Einbahnstrasse – Calle de sentido único- es una colección de microensayos que llevan por título letreros encontrados en la vía pública de diversas ciudades europeas.

 

 

 

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Las opiniones son al gigantesco aparato de la vida social lo que el aceite es a las máquinas. Nadie se coloca frente a frente a una turbina y la inunda de lubricante. Se echan unas cuantas gotas en roblones y junturas ocultas que son preciso conocer – Gasolina-

Con la ciudad ocurre lo mismo que con todas las cosas sometidas a un proceso irresistible de mezcla y contaminación; pierden su expresión esencial y lo ambiguo pasa a ocupar en ellas el lugar de lo auténtico – Panorama imperial –

La cervecería es la llave de cualquier ciudad; saber dónde se puede beber cerveza alemana es, como conocimiento de geografía y etnología, más que suficiente – Cervecería –

El más europeo de todos los bienes, esa ironía mas o menos conspicua con que la vida del individuo pretende seguir un curso distinto al de la comunidad en que le ha tocado recalar, es algo que los alemanes han perdido totalmente – Panorama imperial –

El despacho del jefe rebosa de armas. Lo que bajo una apariencia de confort seduce al que entra es, en realidad, un arsenal camuflado. – Artículos de oficina –

Hemos olvidado hace tiempo el ritual según el cual fue edificada la casa de nuestra vida. Pero cuando hay que tomarla al asalto y empiezan a caer las bomba enemigas, ¡que de antigüedades descarnadas y extrañas no dejan estas entre sus fundamentos! (…) ¡Que siniestro gabinete de curiosidades aparece allí abajo, donde las zanjas más profundas se hallan reservadas a lo cotidiano! – NR. 113 –

Solo en el delirio de la procreación supera el ser vivo el vértigo del aniquilamiento – Hacia el planetario –

Y así como los pájaros buscan refugio en los frondosos escondites del árbol, las sensaciones huyen hacia las arrugas umbrosas, los gestos sin gracia y las manchas insignificantes del cuerpo amado, donde se acurrucan, seguras como en un escondrijo. Y ningún paseante ocasional adivinará que, precisamente ahí, en aquellos rasgos imperfectos, criticables, anida, veloz como una flecha, el ímpetu amoroso del adorador.  – Estas plantaciones se encomiendan a la protección del público –

Porque los grandes poetas, sin excepción, ejercen su arte combinatoria en un mundo que vendrá después de ellos; así, las calles parisinas de los poemas de Baudelaire, al igual que los personajes de Dostoievski, no empezaron a existir antes de 1900. – Piso de lujo, amueblado, de diez habitaciones –

Que tu pluma sea reacia a la inspiración; así la atraerá hacia ella con la fuerza del imán. (…). La palabra conquista al pensamiento, pero la escritura lo domina. – ¡Prohibido fijar carteles! –

Para los grandes hombres, las obras concluidas tienen menos peso que aquellos fragmentos en los cuales trabajan a lo largo de su vida. Pues la conclusión sólo colma de una incomparable alegría al más débil y disperso, que se siente así devuelto nuevamente a su vida. – Reloj regulador –

Insensatos quienes lamentan la decadencia de la crítica. Porque su hora sonó ya hace tiempo. La crítica es una cuestión de justa distancia. Se halla en casa en un mundo donde lo importante son las perspectivas y visiones de conjunto y en el que antes aún era posible adoptar un punto de vista. Entretanto, las cosas han arremetido con excesiva virulencia contra la sociedad humana. La “imparcialidad”, la “mirada objetiva” se han convertido en mentiras, cuando no en la expresión, totalmente ingenua, de la pura y simple incompetencia – Se alquilan estas superficies –

Cuanto más hostil a la tradición sea un hombre, más inexorablemente someterá su vida privada a las normas que desea convertir en legisladoras en un orden social futuro – Ministerio del Interior –

La mirada es el poso del hombre – Óptico –

 

Walter Benjamin, Dirección única, Madrid, 1987, Alfaguara

 

En-busca-de-la-armonia-y-otros-relatos

‘Nacer y morir. Y entre ambos puntos, como un arcoíris, el objetivo a alcanzar, los plazos previstos y el responsable  ‘

 

 

 

 

 

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Si hay un rasgo común a los escritores rusos del siglo XX, es el peso de la Historia. De las consecuencias de estar formando parte mayoritariamente contra su voluntad, de algo que en el futuro se estudiará en los libros de Historia. Al mismo tiempo, la realidad les proporciona un excelente material para sus historias, que leemos con los ojos como platos los que no nos hemos movido de nuestro confortable y racional occidente, pero uno tiene la sensación que dicho peso  les inunda las rendijas de la creatividad y que, como en el caso de Dovlatov, cuando algún editor extranjero les conmine a escribir algo diferente, algo sin colas, sin alcohol, con tiendas llenas y electrodomésticos que funcionan, el resultado quede algo aséptico.

Natalia Tolstaya carga con un segundo peso a sus espaldas, el de familiar de gran escritor. Y hasta un tercero,  el de ser mujer en una sociedad en la que los hombres han bajado los brazos para solo realzarlos hacia el vodka:

‘En todas partes las mujeres se mostraban activas. Su energía se mostraba o bien de forma desapacible, o bien benéfica, pero se manifestaba. En cambio los maridos… daban pena’ – La cuestión femenina-

La nieta de Alexsei Tolstoi, el Tolstoi del siglo de plata, nieto a su vez de Lev Tolstoi,  entra dentro de esta categoría de escritores, en la tradición Chejov – Dovlatov, de relato breve y realista. Tiene una prosa aparentemente simple por muy trabajada que resulta tremendamente efectiva. La desesperanza de los personajes de Chejov coincide con el sarcasmo de Dovlatov, en el que el narrador hace de espejo reflectante de lo ridículo de los personajes y las situaciones que le rodean.

‘En busca de la armonía y otros relatos’  es su única obra traducida al castellano, una recopilación de cuentos que la autora publicó entre 1993 y 2004.  Su variedad cronológica difumina un poco el factor realista a favor de una unidad más personal, casi autobiográfica. Hay relatos que directamente son autobiográficos, como ella misma admite en la entrevista del epilogo, como ‘La comunista’ o ‘La suegra’.  En la práctica totalidad la protagonista es alguien muy cercano a la escritora. Las narradoras de Tolstaya son mujeres de mediana edad, filólogas, con problemas de pareja y que intentan escapar, al menos por unos días, de su vida cotidiana en la Rusia del último cuarto del siglo XX. En la URSS del ‘empantanamiento’, el anhelo de su oficiosa clase media es unas vacaciones en occidente. Dejar atrás el gris cotidiano. No se trata simplemente de ocio, la huida temporal  se convierte en una aspiración vital, a la que se consagra la vida entera. En un Estado que había proclamado el fin de la sociedad burguesa, el anhelo de la inmensa mayoría era un consumismo de nivel básico; viajar, comprar, conservar (‘todos coleccionaban algo’)

Tolstaya no puede, o no quiere, emborracharse como Dovlatov para olvidarse de donde está, ni le pasan o cuentan historias divertidas. Sus historias son dramáticas, y el sarcasmo con el que retrata a sus personajes es una tímida forma de protesta contra la podredumbre que le rodea. De un modo parecido como lo utiliza Grace Paley en el otro bando de la guerra fría. Pero Paley conserva la capacidad de soñar, de crear historias y personajes que trascienden sus límites, que cambian y fracasan, que buscan la felicidad y el amor. A Tolstaya y a Dovlatov todo eso les queda muy lejos. El Estado ya lo ha decidido por ellos.

Esta desubicación la reflejan las relaciones personales de la novela. Son relaciones en las que el tiempo ha fracturado su sentido original. La narradora se encuentra con amigas que ya no son quienes eran o con maridos que no resultan ser quienes parecían. Muchos cuentos de Tolstaya empiezan con una historia más o menos breve, en algún caso un simple párrafo. Hay un corte temporal, y la acción se resitúa, empezando otra subhistoria que llevara a la confluencia de ambas. El final de la historia será un simple desvanecimiento; de repente, se apaga la luz.

El mérito de que podamos leer en castellano los cuentos de Tolstaya es de Ricardo San Vicente, compilador y traductor de su obra. Como en el caso de Shalamov y muchos otros autores rusos, gracias a su voluntad y pericia podemos apreciar el enorme nivel de estos escritores.

 

Natalia Tolstaya, En busca de la armonía y otros relatos, Madrid, 2006, Siglo XXI

salinger

 

‘Un poeta, lo que se dice un poeta. Aunque nunca hubiera escrito un verso’

 

 

 

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Hay muy pocas fotos de Jerome David Salinger. Retratos de un tipo alto que medio sonríe a lo Bogart, con un cigarro en la mano. Otra muy explícita de un Salinger ya  mayor aporreando la ventanilla de un coche en la que parece que le hayan robado la cartera justo después de retirar la pensión. Para aquel entonces, Salinger se había convertido en un ermitaño que vivía encerrado en su casa del campo con su familia y sus fobias.

Salinger pudo vivir cómodamente, él y sus torturados descendientes, gracias a los inmensos royalties de su primera novela, ‘El guardián entre el centeno’.  El deambular por Nueva York del adolescente Holden Caulfield fue un éxito inmediato y duradero, convirtiéndose en paradigma de novela adolescente con trasfondo o poso adulto. No seré yo quien le saque hierro literario a ‘El guardián entre el centeno’, pero mi Salinger preferido  viene después. O iba a venir después, porque lo que fue publicando desde 1953 hasta 1965 fueron fragmentos de una gran historia que nunca llegó a cuajar como novela.

Es la historia de una familia de siete hermanos, los Glass, que de pequeños fueron estrellas de la radio en un programa de talentos infantiles llamado `Los niños sabios’. Allí eran ‘los hermanos Black’, y fueron participando todos ellos a medida que iban pasando por la franja de edad correspondiente. Los hermanos Glass son, de mayor a menor: Seymour, Buddy (el narrador y alter ego -1-), Boo Boo, Walt y Walker (mellizos),  Zooey y Franny. A Seymour, el primogénito,  Buddy lo describe como un genio comprendido solo por sus hermanos. Será el protagonista de dos novelas cortas publicadas en 1963, ‘Levantad, carpinteros, la viga del tejado’, y  ‘Seymour; una introducción’, y el cuento que abre ‘Nueve cuentos’ (1953), ‘Un día perfecto para el pez banana’. Incluso se auto-apunta a ‘El guardián entre el centeno’:

‘Algunas personas –no muy íntimas-  me preguntaron si no había mucho de Seymour en el joven personaje principal de la única novela que he publicado… El solo hecho de protestar contra eso me produce urticaria, pero debo decir que nadie que haya conocido a mi hermano me ha preguntado o dicho nada por el estilo, cosa que agradezco y que en cierto modo me impresiona bastante…’(‘Seymour: Una introducción’)

Todo ello, junto con ‘Zooey y Franny’ (1961) y su último relato publicado, ‘Hapworth 16th 1924’ de 1965 son los fragmentos de la historia de los Glass. Nunca se ha sabido porqué Salinger decidió este camino y no una vía unitaria que quizás le hubiera llevado a una de las mejores novelas americanas del siglo XX. Entre todas estas piezas, destacan los ‘Nueve cuentos’ a menudo escogidos por encima de ‘El guardián entre el centeno’, y una de las novelas cortas; ‘Levantad, carpinteros, la viga del tejado’.

‘Levantad…’ es un texto de unas sesenta páginas. Una genialidad, que condensa las virtudes narrativas de Salinger. La acción se narra en flashback, desde 1955 al día de los hechos, en el verano de 1942. Son los inicios de la guerra y los hermanos (los adultos) están movilizados. Buddy es un recluta de infantería. Consigue un permiso para asistir a la boda de su hermano Seymour. Arrastra una pleuresía que le provoca violentos accesos de tos. En la boda, Seymour no se presenta y deja plantada a la novia. Los invitados se empaquetan en coches hacia el convite de la no-boda y a Buddy le toca ir con un grupo de amigos y familiares de la novia. La situación es un prodigio de tensión y malestar. Seis desconocidos apiñados en un coche a los que solo une el estar invitados a la boda, especulando sobre los motivos del plantón y clamando venganza mientras el narrador, que tampoco tiene ni idea de lo que ha pasado, se halla sin argumentos para defender a su hermano. Cuando descubren que Buddy es el hermano, aparece el otro reconocimiento, el de los precoces hermanos Black. El hecho de ser famosos cambia la percepción que hasta entonces tenían, y los hermanos se convierten en alguien con una historia, no solo una familia de locos. Todo esto dentro de una atmosfera que Salinger utiliza magistralmente. Calor, atascos, sudor, incomodidad,  la aparición de una banda de música destrozando el himno americano en el clímax de tensión, la pleuresía, y el final a la americana; con unos tragos y prisas.

Los personajes de Salinger, en este caso el dúo Seymour-Buddy, tienen dificultades evidentes para enfrentarse a situaciones sociales. Buddy se deja arrastrar al coche cuando el sentido común nos haría salir corriendo. En cambio, una vez dentro del problema, como Seymour, puede obstinarse en tomar decisiones contra la lógica, que le acarrean graves consecuencias. Cuando el problema toca su núcleo ético, se plantan. Todo esto lo  combinan con una especie de lenguaje secreto compartido por los hermanos (de ahí el título) que les distancia y autoafirma respecto del mundo exterior. ‘Levantad…’ y ‘Seymour: Una introducción’ su continuación más introspectiva, son dos caras de la misma moneda. La imposibilidad de llegar a conocer a alguien o de hacer llegar una imagen definitiva a los demás de ese alguien. La distancia entre como un sujeto se percibe a sí mismo y como lo perciben los demás en cuanto ese sujeto pierde parte de su autonomía en favor de un recién creado personaje público, por los motivos que sean.

Salinger, como Seymour, opta por la versión más radical de reafirmación ante el intento de apropiación de los demás. Otros lo llevan con más sentido del humor. En unos de sus artículos recogidos en ‘Ningú no ens espera’, Manuel Baixauli explica que cuando un lector le asocia las desgracias de sus protagonistas a su vida propia, no les desmiente. ¿Para qué?, piensa. Y al revés; cuando alguien le dice ‘Leyendo sus libros, pensaba que era usted alguien torturado y malvado, pero ahora veo que es usted todo lo contrario’ él calla y piensa: ¡Santa inocencia!

1:La traducción literal de ‘Buddy Glass’ sería algo como ‘el colega vidrio’ o ‘el colega vaso’.

J.D. Salinger,  Levantad, carpinteros, la viga del tejado, Barcelona, 2016, Edhasa