Historia de un idiota contada por él mismo

Hay que sonreír y estar sano, aún a costa de la salud

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El otro día cayó en mis manos una mini revista, tamaño bolsillo, tipo ‘La butxaca’, pero en versión infantil. Una agenda mensual de actividades para dicho público en la ciudad de Barcelona. No soy el perfil del lector de este tipo de revistas, ni pretendo serlo, pero por vicio tiendo a leer cualquier cosa, me interese a priori o no. En las últimas páginas llevaba una entrevista con un conocido mío que ha publicado un libro de poemas para niños. Cuando la entrevistadora le preguntaba cómo definía su poesía contestó ‘Como un bosque que tapa el árbol’. Efectivamente, él también sabe que su historia, nuestra historia, es la historia de un idiota contada por él mismo.

La definición perfecta de autobiografía. Félix de Azúa es de aquellos personajes de la escena pública barcelonesa del que publican entrevistas sólo para que opine sobre la actualidad, como antes se requería a los intelectuales, para que arrojen luz sobre el resto de sus conciudadanos. Pero la luz que arroja, que por el prestigio e inteligencia podría ser mucha y diversa, lleva años concentrada en su fobia principal, el catalanismo. Así que del Pepito Grillo nietzscheano que fue tiempo atrás ha acabado convirtiéndose en un teniente más (elegante, eso sí) de la Brunete mediática.

Artículos aparte, Azúa tiene una amplia producción bibliográfica en prosa, poesía (fue uno de los novísimos) y ensayo. Las más conocidas son el díptico pseudo autobiográfico formado por esta ‘Historia de un idiota contada por el mismo’ y su continuación, el ‘Diario de un hombre humillado’ publicada dos años después y reeditadas, también en Anagrama, en un único volumen hace poco. La ‘Historia…’ es especialmente brillante. Poco más de cien páginas, no sobra ni una coma. La coartada intelectual es la búsqueda de la felicidad a cargo de un protagonista que alterna el alter ego del autor con la función de interlocutor de otro personaje también con rasgos autobiográficos (el poeta de los ‘doce de la fama’) que resulta tan o más idiota que el protagonista.

Lo de la idiotez más que un insulto es una postura vital, un descubrimiento. La novela es de un nihilismo tan devastador, divertido y bien escrito que hasta resulta gratificante darte cuenta, como explicaba Casavella que ‘Si este es un idiota, los demás ¿qué somos?’. Pues idiotas también, cada cual a su manera y en la medida de sus posibilidades. El viejo lema marxista de ‘cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad’ se adapta perfectamente a la visión desmoralizadora del mundo del narrador, por el que va pasando la España de los setenta y a través de la cual se desmontan los mitos conceptuales que justifican la existencia; infancia, religión, política, sexo, amor y al final de todo, el arte.

Todo es mentira, nos dice el idiota. Y nosotros aplaudimos, como buenos idiotas. Mientras alguien siga escribiendo novelas así ¿qué más nos hace falta, para continuar en nuestra placida idiotez?. Lean y déjense llevar. Total, son cuatro días. No hay necesidad de preocuparse pensando que, como decía el propio autor unos pocos años antes de publicar la novela, más que Barcelona fuera el Titánic, el mundo entero es una metáfora del funesto trasatlántico.

Félix de Azúa Historia de un idiota contada por él mismo Barcelona 1986 Anagrama

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Acid House

And dance, drink and screw, because there’s nothing else to do (‘Common people’, Pulp)

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Años atrás, ‘El País’ tenía un suplemento de música-tendencias-moderneo, de obligada lectura , llamado ‘El País de las Tentaciones’. Lo publicaban los viernes. En una edición, a finales de los noventa, abría con un reportaje sobre cómo se vivía la fiesta nocturna en diferentes ciudades europeas. Recuerdo que el chico de Barcelona cenaba en una pizzería de Gracia que todavía existe y luego iba al Nitsa a bailar. Nada especial. En cambio, la de Manchester era una dependienta de una panadería que se pasaba el finde puesta hasta el ojete (‘un menú muy surtidito’) y tirándose todo lo que se movía. Más o menos, como los personajes de Irvine Welsh.

A Welsh se le conoce como el autor de ‘Trainspotting’. El éxito de la novela, rematado por la versión cinematográfica de Danny Boyle, le ha marcado la carrera posterior. En general para bien, pues le ha generado un público fiel, aunque le ha colgado la etiqueta típica en estos casos de ‘la mejor fue la primera’. Es posible, y seguramente Welsh escribirá toda la vida con la sombra de ‘Trainspotting’ y la pandilla de yonquis lumpen escoceses a sus espaldas. De hecho, ya ha publicado una secuela, la regular ‘Porno’ y una precuela, ‘Skagboys’.

Pero debajo de la mística de la aguja hay un retratista de los noventa bastante más interesante, el que aparece en los libros de relatos como ‘Éxtasis’ o ‘Acid House’. Esta última fue su segunda publicación, un año después del boom ‘Trainspotting’ y recopila relatos ya publicados anteriormente en revistas y compilaciones, otros inéditos y una novela corta, ‘Un listillo’, cuyo Brian protagonista es un ensayo del Renton que vendrá después. El 90% de los cuentos tienen un nivel muy alto y como conjunto tienen la coherencia necesaria para figurar en lo mejor que ha escrito Welsh. Además, son Welsh en estado puro.

La base son unos personajes jóvenes, blancos, working class, en un país en plena resaca ochentera. Quedan los destrozos del thatcherismo y la explosión del mismo acid house y la cultura de clubs. Los protagonistas de Welsh no son víctimas, optan por la autodestrucción como su forma de vida. Como dice Brian en ‘Un listillo’ cuando vive en Londres una temporada, allí también toman las mismas drogas que en su Glasgow natal ‘pero sin tanta ansiedad’.

En ‘Acid House’ desfilan la cuadrilla habitual de yonquis, ex yonquis, delincuentes menores y vividores que intentan trabajar lo menos posible y ponerse lo máximo posible. Son historias de violencia, humor, traición, humillación y redención. No hay una mitificación del fiestero ni del adicto. Todo se da de una forma natural, como si para esos personajes fuera la evolución lógica en sus vidas. Como en muchas otras novelas de los noventa, se cruza la teoría de Casavella que emparentaba estas novelas con la picaresca clásica a partiendo de que en los setenta y ochenta las adicciones se convierten en la nueva hambre. Los personajes de Welsh nunca tienen problemas para encontrar una casa o un plato de comida. Los problemas se los crean ellos a partir de sus vicios, pero dentro de una sociedad que en el fondo tolera sus pecadillos de juventud. Aunque cuando salgan de ellos, ya estarán quemados definitivamente.

‘Acid House’ también tuvo su película, del mismo título. Recogía tres de los mejores cuentos del libro; ‘La causa del Granton Star’, ‘Un blandengue’ y la titular ‘Acid House’, en este caso con el final cambiado y los protagonistas volviendo a sus cuerpos originales. Recomendable también. Mención especial al meritorio trabajo de traducción de Federico Corriente, sin el cual el slang escocés de Welsh seria ilegible para la práctica totalidad de sus lectores foráneos.

Irvine Welsh Acid house Barcelona 1997 Anagrama

Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero

Quise dejar esta salvedad, que no ha de librarme, de seguro, del severo juicio de mis improbables lectores. La crítica ya se encargará, como es su costumbre, de cumplir con el resto y regresar al olvido estas líneas tan distantes del gusto que prima en nuestros días (p 328)

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Muchos grandes escritores fueron poetas vocacionales. Intentaron dedicarse a la poesía exclusivamente durante un periodo de tiempo, hasta que, por motivos más pragmáticos que creativos, se pasaron a la novela y su volumen de lectores creció exponencialmente. Fue el caso de Roberto Bolaño, que se vio a si mismo siempre como un poeta, pero cuando tuvo un hijo que mantener, se puso manos a la obra y escribió las enormes novelas que publicó en sus diez últimos años de vida. Fue el caso también de Álvaro Mutis. El colombiano escribe y publica la poesía recogida en la ‘Summa de Maqroll el gaviero’, a lo largo de toda su vida. A mediados de los ochenta, salta a la prosa y en siete años publica toda la saga de novelas compiladas en estas ‘Empresas y tribulaciones de Maqroll el gaviero’. El resultado, como en el caso de Bolaño, es espectacular.

Explica Mutis que quería un personaje central para toda su obra, que funcionase en parte como alter ego (Mutis era hijo de diplomático y recorrió el mundo entero varias veces) pero que a la vez fuera lo suficientemente ambiguo para liberarle de correspondencias y raíces. Escogió Maqroll, un marinero (gaviero) sin patria ni casa ni familia, solo unos amigos indestructibles (Abdul e Illona) y el amor por las mujeres, la bebida y los viajes. Después se dio cuenta que ese ‘Maqroll’ que no significaba nada remite fonéticamente al catalán y que podía ser fácilmente asociado a un escocés ‘Mc Roll’. Es lo que tiene el lenguaje, está todo inventado…

Las ‘Empresas…’ son un total de siete novelas cortas, ninguna llega a las doscientas páginas. Mutis las publica todas entre 1986 y 1993. Pueden leerse como capítulos de una única obra o independientemente. El eje son las aventuras que va narrando el propio Maqroll (él mismo o en boca de terceros) de sus viajes y negocios (limpios o sucios) alrededor del mundo. Las siete novelas le dan a Mutis el espacio suficiente para probar todo tipo de técnicas y variaciones. A modo de muy breve resumen:

1.La nieve del almirante (1986). Escrita en primera persona, narrada en formato diario por el propio Maqroll. 2. Ilona llega con la lluvia (1988). Tambien en primera persona y narrada por Maqroll, sin pantallas formales, aunque aquí ya aparece una voz introductoria de ‘el autor’. 3. Un bel morir (1989). Escrita en tercera persona, ya es el autor el que explica las aventuras de Maqroll. 4. La última escala del Tramp Steamer (1988). Publicada antes pero situada después de Un bel morir. El autor conoce al protagonista narrador de la novela, en la que Maqroll es un personaje secundario. 5. Amirbar (1991). Escrita y narrada en tercera persona, Maqroll vuelve a ser el protagonista. 6. Abdul Bashur, soñador de navios. (1991). Como en ‘La última escala…’, aquí el autor narra en tercera persona las aventuras de Abdul, el amigo de Maqroll. 7. Triptico de fuego y tierra (1993). El epílogo. Tres historias cortas independientes, último depósito de aventuras y personajes.

Todas son muy buenas. ‘La última escala del Tramp Steamer’ y ‘Abdul Bashur’ son gloriosas. Tienen esa combinación perfecta del lirismo y belleza del que piensa y escribe poéticamente, junto con la voluntad de entretener y disfrutar aventuras y batallitas, las que hay en Melville, Conrad, Salgari o Verne. El mar y su medio, el barco, son el símbolo de un espacio de libertad por el que los protagonistas recorren las novelas. A ellos les unen la amistad, el amor y la búsqueda de la aventura y la diversión como un fin de vida en si mismo.

Álvaro Mutis Empresas y tribulaciones de Maqroll el gaviero Madrid 1997 Ed. Siruela

Mason y Dixon

La historia ni puede aspirar a la veracidad de la cronología ni detentar el poder del recuerdo. A fin de sobrevivir, los que se dedican a ella pronto deben aprender el arte del correveidile, del espía y del gracioso de taberna, para que siempre pueda haber más de una línea de comunicación que enlace con un pasado en el que a diario corremos el riesgo de perder para siempre a nuestros antepasados. Reverendo Wicks Cherrycoke. ‘Cristo y la historia’

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Al premio Nobel de literatura le pasa como a los Oscars. La influencia de criterios ajenos lo han devaluado hasta el punto de que Nabokov o Borges no lo tuvieron y Shojolov y Cela sí. Cada año salen quinielas en las fechas anteriores a su entrega. En la mía, sólo hay dos nombres fijos. Don DeLillo y Thomas Pynchon. A Don DeLillo se lo darán un año de estos, porque a Pynchon, que le quitaría la cuota de escritor americano contemporáneo, no se lo darán nunca. Porque no iría a recogerlo.

No por objeciones ético-políticas, a lo Sartre, sino por rechazo a los focos. Pynchon es un caso similar al de Salinger, se ha ocultado de la maquinaria comercial editorial, creando un personaje que rechaza promoción y fotografías. Solo hay media docena de su época de estudiante y militar. Cuando gana el National en el 74 por ‘El arco iris de gravedad’ envía a un cómico a recoger el premio. En ‘Los Simpsons’, aparece con una bolsa de papel en la cabeza. Los guionistas de la serie hacen un chiste con la relectura de Lisa de la monumental novela.

Pynchon es un personaje. Pero, antes que nada, es un gran escritor. ‘La subasta del lote 49’ bautiza la literatura postmoderna. Luego vendrán miles de novelas fragmentarias y con sujetos descentrados. Pynchon fue el primero, aunque en su momento pareciera otro viaje de ácido literado. Después viene la complicada ‘El arco iris de gravedad’ con la que ya firma su paso a la historia de la literatura. La muy apreciable y mejor digerible ‘Vineland’, certificando el fin de la era hippy, y ya en los noventa, ‘Mason y Dixon’. El triunfo definitivo. Hasta Harold Bloom la pone como una de las mejores novelas del siglo XX.

‘Mason y Dixon’ es el equivalente a ‘Submundo’ de DeLillo, que también se publica en los noventa, pero si este último se queda en la segunda mitad del siglo XX americano, Pynchon se va a la década anterior a la revolución americana del XVIII. Los protagonistas son personajes históricos, dos topógrafos ingleses que, entre otras cosas, marcaron la frontera entre los estados de Pennsylvania y Maryland, la misma que un siglo más tarde marcara la frontera entre el Norte yanqui y el Sur rebelde. Pero dista mucho de ser una novela histórica al uso. La historia aquí es un punto de partida para un relato más ambicioso que la búsqueda de lo documental; la novela es un tour de forcé narrativo, donde conviven decenas de personajes en multitud de planos, tiempos y lugares. Grandes hechos políticos (la próxima independencia de los USA sobrevuela toda la novela) conviven con historias como la de la anguila Felipe. Los protagonistas aparecen y desaparecen, avanzan hacia el Oeste sin otro objetivo que el de avanzar en su propia libertad, y quien busque un desarrollo narrativo clásico en esta novela ya le avanzo que quedara decepcionado.

Esto es literatura por literatura. La novela no va hacia ningún sitio, simplemente es receptáculo de temáticas y personajes. La gracia, o la diferencia con otras, es que está muy bien escrita. Algunas de las temáticas: la ciencia, integrada como parte del propio discurso narrativo, no como nota explicativa o pedagógica, el elemento fantástico, con perros que hablan y fantasmas que aparecen y desaparecen, el sexo, siempre irónico y elíptico, como una especie de trámite burocrático. Un sentido del humor bastante negro y muy clásico, con unos diálogos entre Mason y Dixon que parecen Laurel y Hardy.

Flaubert escribió la primera novela contemporánea, ‘Madame Bovary’ y la primera novela postmoderna, ‘Bouvard y Pecuchet’, mucho antes de que se inventaran dichas categorías. ‘Mason y Dixon’ es el ‘Bouvard y Pecuchet’ de los noventa. Si los dos franceses burgueses del diecinueve hacían un repaso exhaustivo a la ciencia y el conocimiento de su época en búsqueda de la felicidad para acabar encontrando únicamente el ridículo, los dos geógrafos americanos recorren medio mundo del siglo XVIII durante casi mil páginas para que el lector acabe descubriendo que aquello no era tan diferente a lo de ahora. O, que, en otras palabras, para Pynchon la Historia no existe.

Thomas Pynchon Mason y Dixon Barcelona 1997 Tusquets

Un día volveré

A Marsé lo leí muy joven y me gustó mucho. Hablaba de cosas que me eran muy próximas. En Un día volveré está el tío que vuelve y al final es todo lo contrario de lo que todo el mundo se espera, que es un poco lo mismo que pasa en el Watusi (F. Casavella)

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Marsé convence desde el título. Sólo con esa frase inicial, antes incluso de abrir la novela ya te gana para la causa. Afortunadamente, empezó a escribir en los cincuenta. Si hubiera nacido veinte años después le hubieran convertido en publicista. Como el personaje de ‘Melancolia’, al que el director de la agencia persigue desesperadamente para que le dé un último slogan infalible. Me gustan todos sus títulos menos ‘La muchacha de las bragas de oro’. Hasta en eso un premio Planeta puede ser corruptor. El resto son brillantes; ‘Si te dicen que caí’, ‘La oscura historia de la prima Montse’, ‘Ronda del Guinardó’, ‘Rabos de lagartija’, ‘Últimas tardes con Teresa’. Esta, sin articulo; ‘las últimas’ lo hubiera cambiado todo, el libro no hubiera empezado con una u. Como ‘Un día volveré’, que además de un gran título es una gran novela.

La narrativa de Marsé también me toca muy de cerca. Es como vivir al lado de Macondo. Su universo mítico es la zona limítrofe entre los barrios de Gracia y El Carmelo en la Barcelona del franquismo, entre la postguerra y los años sesenta. Es un narrador imprescindible para reconstruir la memoria histórica y ficcional de la Barcelona de esa época. En el caso de ‘Un día volveré’, el centro espacial de la novela, el cruce de las calles San Salvador y Escorial, me cae a cinco calles de donde vivo. Ese y el resto de escenarios son también mi historia.

El hijo pródigo del título es Jan Julivert Mon. Ex boxeador, ex anarquista. Recién salido de la cárcel llega de vuelta a su barrio de perdedores de la guerra civil, y todos esperan que lidere sus venganzas personales y colectivas. La historia de una gente que le toco vivir bajo una dictadura que se encargaba de recordar a diario que unos habían ganado la guerra y otros la habían perdido. El año de la novela es 1959, en una España franquista que está empezando la época del desarrollismo. Jan Julivert es la última esperanza de una generación que en breve quedará sepultada bajo la historia. El caso es que él, como el resto de personajes, también tiene sus propios fantasmas, que no coinciden con los que la gente supone. Cuando su antiguo comando intenta recuperarlo para la lucha:

‘-Pero hombre … tarde o temprano, estoy seguro, pasaremos factura por estos años de brega… y a ti te deben mucho
-No digas tonterías. Aquí no paga ni Dios. Y si hay facturas, las pasaran a cobrar los de siempre y pagaran los de siempre. Vosotros los primeros.
-Coño, antes no eras tan fatalista’ (p 276)

El narrador es un personaje camuflado entre los adolescentes de la pandilla del barrio. Se sienta en el bar, juega al billar y observa todo lo que sucede a su alrededor. A través de ellos, de esa pandilla, van saliendo los lugares comunes de Marsé y su tiempo; la primeriza sexualidad con las pajilleras del cine Roxy , los kabileños del Carmelo, aquí mezclados con los hijos de los obreros de Gracia, y las aventis, las narraciones de partida histórica y final mitico que inventan los pandilleros para pasar el rato.

Cada novela de Marsé es un repertorio de aventis. En ‘Un día volveré’ hay dos mayúsculas. Una historia negra muy clásica, desde un Jan Julivert frio y duro como Marlowe o Spade, hasta el elenco de maquis urbanos, chorizos, especuladores y verdugos diversos que le rodean de podredumbre. Como en el cine o la novela negra clásica, es un yo contra el mundo. Pero no está solo del todo. La segunda es la del intento imposible de reconstruir una familia entre una prostituta de buen ver, su hijo noble pero violento y el cuñado protagonista, inmune a las propuestas de madre e hijo. Pero el pasado está demasiado roto para que baste con el valor y las buenas intenciones. La última frase del libro es sarcástica y definitiva. El narrador, ya adulto, le dice a su hijo pequeño que está acabando de mear en uno de los descampados de su infancia: ‘Esconde la pistolita, y vámonos’.

Juan Marsé Un día volveré Barcelona 1982 Plaza y Janés

El entenado

No se sabe nunca cuándo se nace: el parto es una simple convención. Muchos mueren sin haber nacido; otros nacen apenas, otros mal, como abortados. Algunos, por nacimientos sucesivos, van pasando de vida en vida (p. 43)

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Carlos Menem, el funesto presidente argentino de los noventa, decía que había leido todas las novelas de Jorge Luis Borges. No mentía, Borges no escribió ninguna. El argumento del maestro contra la inevitable pregunta era porqué escribir quinientas páginas si podía decir lo mismo en cinco o diez. Inapelable. Muchos escritores contemporáneos deberían hacerse la misma pregunta. Pero una vez, en el prólogo a la gran novela de su amigo Bioy Casares ‘El sueño de los héroes’, Borges escribió que de haber hecho algún día una novela, le hubiera gustado escribir esta que prologaba. Habría dicho lo mismo de ‘El entenado’.

Juan José Saer fue un escritor argentino, exiliado en Francia desde finales de los sesenta, que desarrolló una carrera literaria larga y brillante durante tres décadas. En vida tuvo pocas ventas y muy buenas críticas. Todas las novelas que he leído de él tienen un nivel muy alto; ‘El entenado’ es la que condensa todo lo mejor de la literatura de Saer.

La RAE define ‘entenado’ como ‘hijastro’ o ‘descendiente’. Un hijo no natural, nacido de parto ajeno. El segundo parto del protagonista, un huérfano español del siglo XVI, que renacerá en su convivencia con una tribu de indígenas centroamericanos. Incluido como grumete en una expedición de conquistadores españoles, los indios les descubren y los matan a todos (menos a él) y se los comen en una parrillada. El protagonista, que no entiende nada de lo que está pasando, se verá en medio de un ciclo vital que nada tiene que ver con el del mundo de donde viene y en el que acabará descubriendo que su misión de entenado (el def-ghi que le llaman los indios) es de transmisor de la memoria del mundo de la tribu a la historia y al exterior. Así lo hará en la redacción de sus memorias narradas en flashback sesenta años después.

‘El entenado’ es la primera de las novelas históricas de Saer y en buena parte es su crónica del exterminio de Indias. La primera batalla la ganan los nativos, pero el peso del progreso está del lado de los europeos y este pasará por encima de los cadáveres de aquellos que no entienden el mundo al estilo europeo. Así, la biografía del entenado protagonista opera como supervivencia en la memoria de un mundo derrotado, el de América Latina, que sufrirá muchas más derrotas en los siglos siguientes. De una forma similar a ‘Zama’ de Di Benedetto, la novela es una pequeña venganza contra todas esas derrotas.

La narración, sobretodo la parte de los indios, mezcla lo biográfico con la antropología. En su hospedaje, el entenado se convierte en un antropólogo moderno que describe la vida en la tribu, y cuando estos le devuelven a su mundo original ya no puede observar a los de su raza con otros ojos. Bajo ese tono neutro, a veces hasta indiferente, del entenado hay el asombro de alguien cuyo mundo ha sido dado, sin la posibilidad de cuestionar la autoridad de lo dado (estamos a principios del siglo XVI) y de repente se encuentra que las normas sociales no tienen sentido o han invertido su sentido original.

Saer tiene una narrativa preciosista, exacta y lirica que recuerda a la perfección descriptiva de Proust, sin caer en el abuso de sus recursos. Uno de sus temas básicos, aquí también, es el lenguaje como vehículo y a la vez como barrera de incomunicación. Simbólicamente lo asocia a la inmensidad de agua presente a lo largo de toda la primera parte de la novela, aislando culturas y personas, y con el cielo infinito que abre y cierra la novela. Esa imposibilidad de comunicarse acompañara al entenado todo el libro; cuando parece que encuentra una salida a ello, su interlocutor desaparece y ha de empezar de nuevo. La paradoja del lenguaje que lleva al autor y al lector a hablar una y otra vez sobre lo mismo teniendo la certeza de que nunca acertaremos a decir exactamente aquello que queremos decir.

Juan José Saer El entenado Barcelona 1988 Ed Destino

Catedral

La bebida es algo extraño. Cuando miro hacia atrás y pienso en ello, veo que todas las decisiones importantes las hemos tomado mientras bebíamos. Hasta cuando hablábamos de la necesidad de beber menos. (De qué hablamos cuando hablamos de amor, p 22)

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Carver publicó su primer libro de cuentos, ‘Will you please be quiet, please?’ en 1976. Era una selección de cuentos ya publicados en revistas y antologías. El primer cuento del libro se titula ‘Gordo’. Una camarera de mediana edad explica la visita a su restaurante de un cliente obeso mórbido. El cliente, muy educado, le va pidiendo a la camarera tandas y tandas de platos. Hace sus pedidos en primera persona del plural; ‘Nosotros tomaremos…’. Más que un plural mayestático, da la impresión que se considera a sí mismo varias personas. Como si eso justificase las cantidades de comida que pide. El tono de la narradora es una mezcla de compasión y simpatía, hasta el punto que su compañera le insinúa si ‘el gordo’ le gustaba, cosa que rechaza indignada. La historia parece que acaba ahí. Por la noche, la camarera llega a su casa y se deja follar por su marido sin ganas, esperando que acabe lo más rápido posible.

‘Gordo’ es un ejemplo perfecto de cómo es un cuento de Carver. A un personaje corriente le sucede algo que rompe la monotonía. Ese algo tiene algún detalle o anécdota extraordinario. Como Chejov, carga todo el peso en esa circunstancia para llevar al lector a una conclusión. Al final, con un golpe seco en primera persona, gira el cuento y muestra el verdadero desastre.

Carver es uno de los grandes narradores de la working class americana de la segunda mitad del siglo XX. Sus personajes están más cerca socialmente del white trash que de la clase media establecida en los suburbia. El aura de perdedores que acarrean le valió a Carver liderar el dirty realism. Como todas las etiquetas, opinable y discutible. El protagonista de Carver acostumbra a ser americano, hombre, de mediana edad, blanco, separado o con amante y problemas serios con el alcohol. Ni héroes ni antihéroes a lo Bukowsky. Perdedores que básicamente aspiran a restablecer su vida y  mantenerse sobrios.

Muerto prematuramente con cincuenta años, Carver, dejó publicados en vida tres libros de cuentos; ‘Will you please be quiet, please?’ (1976), ‘What we talk about when we talk about love’ (1981) y ‘Cathedral’ (1983).  El éxito como narrador le permitió publicar poesía, que era su objetivo inicial. Postmortem se han publicado inéditos y reediciones de todo tipo. ‘Will you…’ adolece de la irregularidad propia de un escritor en formación y una selección de más de diez años. ‘What we talk…’ es ya una gran obra, pero la cumbre es ‘Cathedral’, donde desarrolla y culmina un estilo propio de escribir cuentos. Las páginas de ‘Cathedral’ son tan dramáticas que no es de extrañar que el autor se tomara una pausa en su narrativa después de escribir una obra así.

Los hectolitros que inundan las vidas de los personajes de Carver pueden llevar al error de simplificarlos en ‘historias de alcohólicos’. Es la lectura que lo reduciría a ese dirty realism de manual; borrachos, peleas, infidelidades, soledad.  Hay elementos que empujan más adentro de la subjetividad de los personajes de Carver. Uno, la diferencia entre las rupturas externas e internas. Hay las externas, donde el hundimiento le viene provocado al protagonista por circunstancias ajenas a su voluntad terribles, como la muerte de un hijo en ‘Parece una tontería’. Hay otro tipo de ruptura, la interna, en la que el personaje, normalmente en flashback, explica una circunstancia aparentemente trivial a la que señala como momento de inflexión en su vida y principio del hundimiento. Un buen ejemplo es ‘Plumas’ el cuento que abre ‘Catedral’, la historia de una cena en casa de una pareja de amigos del trabajo que tienen un pavo llamado Scotty de mascota.

Lo grotesco que lleva al absurdo y de ahí a la depresión y/o alcoholismo es una constante en las vidas de los personajes de Carver. En ‘Catedral’, los cuentos son más extensos y los fotogramas a lo Hopper de ‘De que hablamos…’ son ya historias de hundimiento en plena regla, como en ‘Cuidado’ o ‘Desde donde llamo’. Sin embargo, esos protagonistas no muestran ni un mínimo de autocompasión consigo mismo y sus vidas. La entereza con la que aceptan su propio derrumbamiento ha sido confundida tradicionalmente en Carver con un una frialdad que acostumbra a desembocar en violencia emocional, traducido formalmente en una escritura lacónica y seca.

Respecto a esa frialdad, es obvio que Carver no busca la empatía con el lector. Pero también es de lo poquísimo que proporciona alguna esperanza a sus personajes. La ausencia de desesperación les ofrece una entereza, lo único a lo cual podrán agarrarse para intentar salir del infierno. El laconismo tiene más que ver con el tono narrativo y la voluntad de todo buen escritor de hacer creíbles a sus personajes. Los protagonistas de Carver no pueden hablar como los licenciados de las novelas de Frazen. Sus vidas, sus problemas y la forma de asumirlos no tienen nada que ver.

Carver es un maestro en la gestión del silencio y, como Kafka, de la incomunicación. Puede administrarlos de forma simple pero efectiva con un ‘Yo no dije nada’ o una elipsis. También puede centrar todo un cuento en un efecto secundario pero análogo a la materia del cuento, como en ‘El compartimento’, la historia de un padre que va al reencuentro con un hijo al que en el fondo odia en un vagón de tren francés en el que no puede hablar con nadie. Pero siempre tiene que haber un pequeño resquicio para la esperanza. En Carver, pequeñísimo, pero lo hay. Este llega en el último cuento de ‘catedral’, el que da título al libro. El protagonista intenta explicarle a un ciego que es una catedral. No lo consigue. (‘Soy incapaz. No puedo hacer más de lo que he hecho’). El ciego le enseña una nueva manera. Cerrando los ojos. Imaginando.

Raymond Carver,  Catedral , Barcelona, 1983, Anagrama