Los siete locos

Era comunista: se entusiasmó con la idea de organizar una gran cadena nacional de prostíbulos, que costearían la revolución social. Era un malevo desagradable, extraordinariamente inculto. Hablábamos una noche con Ricardo Güiraldes y con Evar Méndez de un posible título para una revista. Arlt, con su voz tosca y extranjera, preguntó: “¿Por qué no le ponen El Cocodrilo? Ja, ja”. Era un imbécil.  (J.L. Borges)

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Cuando Borges se convirtió en un mito viviente de la literatura cualquier persona con una grabadora se le acercaba para que opinara sobre todo y todos. Así salieron publicadas unas opiniones políticas que, dicen, le costaron el nobel. También eran habituales los requerimientos sobre sus literatos contemporáneos, de su agrado o no. Entre los últimos, Borges nunca manifestó nada bueno por uno de los poquísimos que puede hacerle sombra en el Olimpo de las letras argentinas, el porteño Roberto Arlt.

El caso es que Arlt y Borges no compiten, juegan en ligas muy diferentes y compatibles. Arlt era un periodista que escribía novelas y Borges un aristócrata de la literatura que escribía poemas y cuentos. Arlt murió joven, con apenas cuarenta años, y Borges vivió casi todo el siglo XX. Borges escribió en el prólogo a ‘El sueño de los héroes’ – la mejor novela de Bioy –  que si hubiera escrito una novela, le gustaría que hubiera sido esa. Pero no podría haber escrito ‘Los siete locos’. No porque no le alcanzara, claro. Porque esa no era su literatura. Aunque Arlt no fue un lugar común para prácticamente nadie de los grandes nombres del Boom, sus libros contaron siempre con el respaldo de las bases. Y de estas salieron, ya en los ochenta, Piglia o Bolaño entre otros  revindicando algo que en lo popular no había desaparecido nunca.

En ‘El traductor’, de Benesdra,  el narrador se imagina como el Rufián Melancólico en una escena de dominación sexual. En un documental sobre los años del gobierno de Isabelita Perón, un ex diputado comparaba al infame Lopez Rega con el Astrólogo. Los símiles son múltiples, porque los personajes de ‘Los siete locos’ han calado en la cultura popular argentina como no podrán nunca hacerlo los de Borges; no están escritos para ello. ¿O es que alguien puede creerse Irineo Funes, o encontrarse con su propio yo cuarenta años más joven sin la ayuda de algún psicotrópico de gran calidad?. Tampoco Arlt podría competir con la perfección formal y el calado filosófico de los cuentos de Borges, pero la persistencia de ‘Los siete locos’ le agriaba la leche a él y el resto de los representantes de la alta cultura que en todas las literatura nacionales llevan muy mal que alguien menos cultivado se lleve las preferencias del pueblo llano.

Ese calado de la obra de Arlt está más que merecido. ‘Los siete locos’ es una de las grandes novelas de siglo XX en castellano, y su relativo desconocimiento al otro lado del Atlántico es inmerecido. La novela es la historia de Augusto Remo Erdosian, un pobre tipo porteño de finales de los años veinte que sufre una cadena de humillaciones de las que intentará vengarse alistándose en un delirante grupúsculo conspirativo (los siete locos) que planean dominar el país a través de una farsa revolucionaria delictiva.

En la novela conviven dos planos, el conspirativo de los siete locos y el individual de Erdosain, la historia de un idiota contada por él mismo. Se acostumbra a poner el foco en el primero, pero toda la primera parte de Erdosain es un retrato brillante sobre la humillación. La novela empieza con el despido de Erdosain porque le han pillado sisando. Su expulsión de la empresa, además por delincuente de bajísima monta, es la primera piedra de su fracaso social. La posterior búsqueda de un préstamo que le evite la denuncia de los jefes concluye con la mítica frase de rechazo de Ergeta cuando Erdosain le pide los 600 pesos: ‘¡¡Raja, turrito, raja!!

Las humillaciones en cadena (‘estamos tan aburridos que necesitamos que nos humillen’) preparan el terreno moral para el alistamiento de Erdosain en el proyecto del Astrólogo, que incluye alquimia, proxenetismo y ataques con gas venenoso, entre otras cosas. La segunda parte del libro oscila entre el monólogo delirante de dichos proyectos basados en un nihilismo milenarista que en el fondo no es nada más que ambición junto con partes más intimistas de Erdosain que parecen sacadas del Dostoyevski más afectado.

Leído hoy, la ingeniería social pseudo revolucionaria del Astrologo y compañía suena a humor negro, pero en 1929 no era tan descabellado. Lo explicaba el propio Arlt

La organización de la sociedad secreta, aunque parezca un absurdo, no lo es. Hace quince días, telegramas publicados en distintos diarios, dieron noticias de la detención en Estados Unidos de los miembros de una sociedad secreta que se llamaba «La orden del gran sello». Los propósitos de los sujetos afiliados a esta sociedad, eran idénticos a los que se atribuyen a los personajes de mi novela. Es decir, que no he hecho nada más que reproducir un estado de anarquismo misterioso latente en el seno de todo desorientado y locoide. (1)

Arlt, y sus compatriotas, leían también que un ex periodista socialista italiano había inventado un movimiento político de la nada y había tomado el poder, y no lo soltaba. O que en Rusia el imposible estado socialista se consolidaba y cuestionaba cada día el diagnostico de los que seguían pensando que ‘aquello’ no podía ser. Pero los efluvios de la política europea de entreguerras no conforman la novela. Aunque están, y Mussolini y Lenin son ampliamente citados, Arlt utiliza la geopolítica como un discurso más de los múltiples que aparecen dentro y fuera de Erdosain para poner en juego la desesperación como motor de cambio, o de desastre, a nivel social.

‘Los siete locos’ es una novela brillante, porque además de ser un clásico de la conspiranoia, sabe entroncar la literatura de calidad con la cultura popular  y también porque  tiene un especial instinto para captar y sacar momentos históricos de escisión que mal curados, o simplemente empeorados, llevan a un país al desastre. En la Argentina de 1929 se están cociendo la mayoría de los problemas que el país sufrirá a lo largo del siglo XX, especialmente en su último cuarto.

En un momento del libro, Ergeta, el farmacéutico que dice casarse con una prostituta porque así lo pide la Biblia, exclama ‘Vienen tiempos terribles’. Treinta años después, otro escritor argentino, Ernesto Sabato, pondrá en boca del Loco Barragan ‘Se acerca un dragón de sangre y fuego que no dejará piedra sobre piedra’. En ‘Sobre héroes y tumbas’, sus contertulios de bar se ríen de su profecía alcoholica. En ‘Abbadon el exterminador’, de 1973, ya no se ríe nadie.  

1: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/comentario-a-los-siete-locos/html/12565301-3d6b-4ac9-944c-73e464084331_2.html 1:

Roberto Arlt, Los siete locos, Madrid, 2003, Cátedra

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