Sabia que dentro de tres copas el trabajo habría terminado. Es reconfortante empezar a beber a primera hora de la mañana sabiendo que, una vez borracho, uno tiene el día entero libre  (p 94)

 

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En la historia de la URSS, al periodo del mandato de Brézhnev (desde finales de los sesenta a principios de los ochenta) se le llama ‘el empantanamiento’. Más gráfico, imposible. Mientras el occidente capitalista y decadente hervía de glam, punk y coletazos post sesentayocho, el otro lado del telón de acero se consumía en una cotidianidad gris, oficialista y mediocre. Ahogada en propaganda oficial del sistema y montones de vodka. De ese sótano que tan bien retrató Kusturica en ‘Underground’ emergió una gran generación de escritores. Los más conocidos son Brodsky y Dovlátov. Ambos fueron invitados a emigrar. Ambos murieron demasiado jóvenes, cuando el alcohol les pasó factura. Brodsky fue premio Nobel. Dovlátov sobrevivió como pudo.

Dovlátov es un escritor brillante. Mucho más de lo que aparenta en una primera lectura. Sus novelas son colecciones de cuentos cortos estructurados alrededor de un eje temático. En ‘Los nuestros’, dedica un cuento-capitulo a cada miembro de su familia. En ‘La maleta’, otro por cada objeto que contenía la única maleta que le permitieron sacar de la URSS. En ‘El compromiso’, la historia de su experiencia como periodista en un diario estonio. Cada cuento tiene que ver con un articulo que publicó en dicha prensa. El titulo, el compromiso, es el pacto entre lo publicado oficialmente y lo que realmente pasó, el material del cuento. Explicaba Ricardo San Vicente, traductor entre otros del mismo Dovlátov, que la palabra rusa que traducimos por ‘compromiso’ se movería entre la literalidad y otro tipo de compromiso, que aquí entenderíamos como una bajada de pantalones. Se trata del orgullo que se tiene que tragar el Dovlátov periodista cada vez que escribe la noticia al gusto del oficialismo soviético.

‘El compromiso’ son doce noticias-cuento, agrupadas en menos de doscientas páginas. Dovlátov no tiene ninguna novela floja, todas son excelentes, pero esta es mi preferida. Es el Dovlátov más pulido y más sarcástico. Si leyendo a Shalamov, otro grandisimo escritor ruso del XX, el peso de lo terrible, la violencia del sistema sobre el sujeto, apenas permite la sonrisa, en Dovlátov lo trágico se vuelve tragicómico. Como él mismo dice en el prologo a ‘La zona’, la diferencia entre Shalamov y él es que en sus libros no hay odio. Hay resignación, hay cinismo, hay incluso indignación, pero todo es vivido desde la indiferencia moral. A Dovlátov se la suda todo. Quizás por eso tardará tanto en emigrar a los USA, que acogerá con similar indiferencia. Al menos eso se desprende de sus novelas.

A Dovlatov se le disfruta leyéndolo. Hay una voluntad expresa por su parte de entroncar con la literatura oral, con la batallita que te explica el amigote, que a algunos les puede parecer que le resta bouquet literario y que a mi me encanta. En los cuentos del ‘El compromiso’ hay un juego literario a tres bandas. La noticia oficial, narrada en pomposo oficialismo soviético, la historia que dio origen a la noticia, fragmento de lo cotidiano concluido habitualmente en una monumental borrachera, y las historias secundarias dentro del cuento, que narra el mismo Dovlatov en flashback o explica el camarada de turno, Ahí están las perlas, como la historia del tipo que se ahorca de la lampara para darle un susto a su mujer o la del locutor de radio que proclama su resaca por antena. Si para una manera de entender la literatura, esta abre las puertas de la realidad, que se revela como la mejor novela, para Dovlátov, la realidad es algo gris, aburrido, que solo adquiere sentido a través de la ficción y, en su caso, de la botella de vodka.

‘El compromiso’, Serguey Dovlátov,  Ikusager,  Vitoria-Gasteiz,  2005

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