viento y joyas

Pregúntate lo que yo me preguntaba cuando era joven, lo que hay que preguntarse siempre. “Si existo para ellos, ¿quién soy?”.

 

 

 

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La historia fue más o menos así: había una vez un país peninsular donde gobernó cuarenta años un dictador porque era el jefe de los que habían ganado una guerra civil por la gracia de Dios. El dictador murió en la cama y de viejo. Puso de heredero a un joven rey muy campechano. El rey y los que mandaban querían cambiar las cosas, pero no mucho. Más bien casi nada, modernizar, pero sin soltar las riendas. Pero los cambios son complicados. Sabemos cómo empiezan, pero no como acaban. Hacía falta la mezcla justa de audacia y tacto. Nombró presidente a un joven de Ávila por el que nadie daba un duro. El abulense, contra todo pronóstico, lo hizo bastante bien. Gustaba al público. El acuerdo era que gestionaba los cambios y se apartaba a recoger los premios y dejar gobernar a los que realmente estaban detrás esperando su turno. Pero empezó a pensar. ¿Y si…? ¿Por qué no…? ¡Todo el mundo se lo pedía! Resumiendo, que se presentó a las elecciones del nuevo sistema que él mismo había reformado. Pero para eso necesitaba un partido. Y aquí es donde empieza la película.

En las ciudades de la península las fuerzas vivas locales se pusieron manos a la obra. Si quería un partido, tendría un partido. Ya se encargarían ellos de ser los diputados. En una de esas ciudades que llamaremos, para despistar, Barcelona, se reunieron unos empresarios y crearon el Partido Liberal Ciudadano. No, perdón, era Concordia Catalana. Al frente pusieron a un empresario franquista que se había hecho millonario construyendo barrios dormitorio en las afueras y ahora tiene un museo con su nombre. ¿O era un banquero paralítico? Bueno, da igual. Llamaron a los amigos, juntaron esfuerzo y chequeras. Convocaron a los medios y a los contactos. Crearon una imagen, decidieron los colores corporativos. Estaba todo listo para ser los elegidos. Pero no coló. El presidente le encargó la faena a otro, un conocido monárquico, que hizo SU lista y SUS contactos. En dos meses, de abril a junio del 77, se organizó la federación catalana del partido del presidente, que como era previsible, arrasó en las elecciones. En Barcelona no ganó, pero sacó un resultado muy digno. Cinco diputados, nueve en toda Cataluña. Entre ellos un abogado ex alcalde franquista de l’Hospitalet, un diplomático que acabaría de presidente del Tribunal Constitucional, un filósofo orientalista que dimitió enseguida porque ni se imaginaba salir elegido, el presidente de la Unión Romaní Española ( y primer diputado gitano de España), un abogado del Opus que murió de infarto a los cuatro meses y un ex alto cargo franquista, originariamente periodista catalanista moderado que había colaborado con el espionaje franquista en el sur de Francia y que lucía en las fotos un bigote gaviota.

Veinte años después, Casavella lo cogió todo, le dio unas vueltas y metió a Fernando Atienza para escribir la segunda parte de ‘El día del Watusi’, a la que tituló ‘Viento y joyas’. El nombre viene de una canción de Leo Ferre, ‘Avec le temps’, que habla de los días de vino y rosas que ya no volverán y que le canta Guillermo Ballesta, el Sr. Lobo de la historia, a su chofer-criado, nuestro Fernando. Aquí tiene ya diecinueve años, ha dejado las chabolas y empieza a recorrer la Barcelona de finales de los setenta en coche, cochazo. Probará el lujo, las mujeres y los vicios caros. Le prometerán mucho y cumplirán nada. Pero por el camino, pasara de ser un tonto a uno que se hace el tonto. Y esto acabara salvándolo.

La referencia novelesca es ‘Los siete locos’ de Roberto Arlt. La madre de todas las novelas conspiranoicas, donde a Erdosain, el protagonista,  le mienten, manipulan y engañan todos y constantemente. Además, todos los personajes de la novela de Arlt, como aquí, están convencidos que son ellos los únicos listos y que los engañados son los demás. Claro que sí.

La novela funciona como un tiro y posiblemente en ella estén las mejores páginas del Watusi. Fernando Atienza no es ni el niño ingenuo de la primera parte ni el adulto desengañado de la tercera. Está aprendiendo. Y a caballo de esto, las partes en que Casavella acostumbraba a ponerse estupendo con profundas reflexiones que no venían demasiado a cuento quedan reducidas a lo correcto. Como decía Pàmies en su reseña, a veces un solo de guitarra puede salvarte de una situación comprometida. Pero sólo a veces, y sólo uno.

Decía Casavella en las entrevistas que lo complicado de escribir sobre ese tema, la política de la Transición, es que la realidad fue más increíble que la ficción.  Que escribía y pensaba ‘me estoy pasando, esto no se lo va a creer nadie’. Pues créetelo, chaval, que diría Pepito el Yeyé.

‘Viento y joyas’ la publicó originalmente Mondadori en 2002, como la segunda parte de la trilogía ‘El día del Watusi’. En 2009 hubo una reedición de Destino en un solo libro, corregida por Casavella. El año pasado Anagrama reeditó también esa última versión.

batallas amor

 

A un escritor le conviene tener dos oidos, uno para la vida y otro para la literatura (Grace Paley)

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De pocas cosas hay tantas listas como de libros y literatura. Desde las absolutas, como el canon de Bloom, hasta las que los suplementos literarios piden a sus colaboradores para elegir los libros del año. Algunas me han sido muy útiles, como la de Echevarría y sus cien libros en castellano de la segunda mitad del siglo XX. Una lista de Bernardo Atxaga empezaba con ‘Harri eta herri’, de Aresti que encontré en la edición bilingüe de Catedra y me impresionó muchísimo, y seguía con ‘Huesos de sepia’, de Montale, que pensaba que también, pero resultó que no. Yo tengo dos, a las que periódicamente añado  referencias. Una se llama ‘el club de los cincuenta’ y otra ‘una novela ¡pero qué novela!’. Esta última trata obviamente de escritores que solo publicaron una novela en vida. Varios de ellos son poetas que sólo una vez hicieron el salto a la novela, con muy buenos resultados; Rilke, Brodsky, Ferrer Lerín.

¿Por qué no escribieron más novelas? Ellos sabrán. Pero como personajes resultan fascinantes, no dependen tanto de factores externos como en la música (el grupo, la discográfica, los vicios…) y el grupo de culto que se separa tras el primer gran disco. Ellos podrían haber seguido escribiendo, pero no.

Grace Paley no llegó ni a esa primera y genial novela. Ella misma confiesa en la introducción a su compilación de cuentos que lo intentó durante dos años, pero fracasó. No importa, ya tenía la llave de acceso al Olimpo de la literatura contemporánea con sus tres libros de cuentos, sobre todo con el primero de ellos, ‘Batallas de amor’.

Paley escribe y publica ‘Batallas de amor’ en 1959, un poco por casualidad. Tarda 15 años en publicar el segundo, ‘Enormes cambios en el último momento’ y cierra con un tercero en los años ochenta, ‘Mas tarde, el mismo día’. No es mucho, pero como ella misma contestaba, el arte es largo y la vida es corta.

‘Batallas de amor’ son diez historias conmovedoras y muy bien escritas. El mundo de Paley es el de las relaciones de pareja en la América de postguerra. La tradición emigrante judía, que aún conserva el dogmatismo europeo y el caos sentimental y moral de la América liberal. Todos los cuentos parten de un conflicto, el de uno de los miembros de una pareja rota o por romperse.  Paley escribe desde y para las mujeres. También en los cuentos donde el narrador es un hombre. Hay sinceridad, trasparencia en una manera de narrar, de crear historias a partir de material cercano. Familia, tradición, amor, país. Las ideas de Paley son lugares comunes. Es su voz lo que la hace especial.

Son historias pesimistas, pero con un punto de esperanza menos ingenua de lo que podría parecer.  Con humildad surgida del tremendo respeto con el que escribe sobre sus personajes femeninos. A los hombres de dedica más acidez y distancia. Estos son superficiales, interesados y fríos. Las mujeres de Paley son sentimentales y contradictorias, culpables pero indulgentes consigo mismas; ‘Tengo cuatro hijos y veintiséis años y me ha abandonado mi marido y soy pobre. Todo esto se lo debo a mi estupidez. Los hombres no pueden hacer nada para evitarlo, pero yo hubiera podido intentar ponerle remedio’ – Un motivo para vivir -.

La disección de las relaciones de los cuentos de Paley la lleva al pódium de maestros del melodrama. Pero a diferencia de otros notables lacrimógenos, el inteligente uso que hace del sarcasmo actúa como contrapunto de la amargura y convierte una historia triste en una historia genial.

En ‘Batallas del amor’ está lo mejor de Paley y algunos de los mejores cuentos del siglo XX. En su segundo libro, ‘Enormes cambios…’ Paley intenta alejarse del cuento clásico experimentando diferentes registros y agarrándose a un alter ego que ella llamaba ‘una amiga muy cercana’. En ‘Mas tarde, el mismo día’, prueba una síntesis de ambos, más extenso y más diverso. Son buenos libros también. El punto más alto lo alcanza en un cuento de ‘Batallas de amor,  que titula ‘Un diámetro inalterable’. Es la historia de un instalador de aires acondicionados que por su afición donjuanesca acaba viéndose obligado  a casarse con una adolescente. El entorno, los personajes secundarios tan mezquinos  que no dejan opción de rebelarse al protagonista, que tampoco lo intenta en exceso, pintan un conjunto digno de una tragicomedia fassbinderiana, con el final demoledor del protagonista hablando de su mujer, a la que dobla la edad: ‘En mi opinión, dentro de seis o siete años se habrá convertido en una mujer maravillosa. Le deseo suerte: para entonces, seremos unos extraños’.

Grace Paley,  Batallas de amor,  Barcelona, 1989,  Anagrama

 

 

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Quien no haya desfasado alguna vez no es de fiar (Chimo Bayo)

 

 

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Salí a tomar algo y me lié. La última y me voy para casa. Que tire la primera piedra el que no haya dicho nunca algo así y acabó a las tantas intentando acertar la llave en la cerradura, o directamente despertando postrado en la cama con una resaca asesina intentando recordar que ha pasado la noche anterior.

Si en vez de una noche, hablamos de varios días, es otro nivel, no apto para hígados convencionales como el de un servidor. En un cuento de Chejov, el tendero cierra el garito y pone un cartel avisando que no volverá en varios días porque sale a beber vodka. En ruso la borrachera de varios días se llama davoi. En gallego, esmorga.

Eduardo Blanco Amor fue un escritor y periodista gallego, nacido en Orense en 1897 que emigró de muy joven a Argentina. Allí fue desarrollando una obra intermitente entre viajes de ida y vuelta a la península que le permitieron esquivar las dificultades históricas de la España del siglo XX. Porque ‘A esmorga’ no hubiera pasado ni la primera página de la censura franquista.

La novela de Blanco Amor es una rareza en la literatura gallega y castellana moderna. Dirty realism veinte años antes de que se inventara y en una Galicia diecinuevesca, rural y caciquil.  Hoy no escandalizaría a nadie, estamos acostumbrados a variantes de ‘Última salida para Brooklyn’ o su versión española, ‘Historias del Kronen’; un grupo de amigos hasta los topes de todo liándola lo máximo posible hasta el desastre. Pero el escenario y la voz en la que Blanco Amor sitúa ‘A esmorga’ la convierten en un libro original e inclasificable.

Los fiesteros son tres, el Bocas, el Milhombres y el Castizo. La novela está narrada por este último en forma de monologo en flashback al juez de instrucción del caso por el que ha sido detenido. La historia es el último día de una borrachera compartida entre los tres por las calles y bares de Auria, el remedo ficcional del Orense natal del autor. A través del alcohol bien y mal digerido, el trio se enzarza en una espiral de violencia y sexo reprimido. Los protagonistas van incendiando por donde pasan, pero también sacan la represión del mundo rural católico desinhibido por las toneladas de aguardiente ingeridas. Junto a la prostitución, normal para la época, hay en ‘A esmorga’ una relación homosexual soterrada pero evidente entre el Milhombres y el Bocas, no aceptada por este último y canalizada hacia la violencia. Esta aumenta en crescendo desde el encuentro inicial, que ya acaba a tortas hasta el final de la borrachera y del monologo del Castizo en la cárcel. Este último, el Castizo, expone un perfil de patología depresiva que también le lleva a recurrir al alcohol y que pese a los personajes (femeninos) que van apareciendo  a lo largo de la novela avisándole del desastre, sigue con los otros dos por una mezcla de compañerismo y miedo a su propia enfermedad.

La novela se publicó en Buenos Aires en gallego, con el titulo original de ‘A esmorga’ en 1959. En 1962, el propio Blanco Amor la tradujo al castellano y la publicó como ‘La parranda’. Se ha reeditado en varias ocasiones y se han hecho dos películas basadas en el libro, ‘Parranda’ de Gonzalo Suarez y con guion del propio Blanco Amor en 1977 y  ‘La esmorga’ de Ignacio Vilar en 2014. Aunque la versión aquí reseñada es la castellana, he preferido utilizar el título gallego.

Eduardo Blanco Amor,  ‘A esmorga’,  Mar Maior, 2015, Vigo

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‘Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer  la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles a amarla.’ JJ Arreola.

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A ver, usted mismo. Defina brevemente; libro de cuentos, escritor latinoamericano de la segunda mitad del siglo xx, en dichos cuentos a los personajes les salen cornamenta, ratones del sobaco o hablan con el diablo. Fácil, ¿no? Todos a coro: ¡Realismo mágico!

Bueno, no exactamente. O no solamente. Arreola fue un escritor de obra breve y fragmentaria, Sus cuentos ‘de madurez’ los reunió en un ‘Confabulario’, publicado por primera vez en 1952 y que fue reeditado y ampliado sucesivamente.  Son una treintena de cuentos muy cortos, pueden ir de las dos a las diez páginas, de un nivel altísimo la práctica totalidad. Como el mismo Arreola decía, son textos que han procesado podas sistemáticas hasta la versión final. Lo que hubieran podido tener de naturalista se queda por el camino, y devienen una suerte de historias alegórico – metafóricas, en las que  Arreola busca una síntesis del lenguaje que combine el fondo poético con la forma del cuento. En un poema, la metáfora no se explica. Se lee de una forma u otra, como el lector quiera. Aquí pasa algo parecido, no es necesario explicar por qué el protagonista de ‘Pueblerina’, como Gregor Samsa, un día se despierta con astas. Lo importante es lo que pasa después.

El inicio de los cuentos de ‘Confabulario’ es muy potente, al estilo de entradilla periodística. Con la primera frase crea la ambientación y la tensión necesaria para todo el desarrollo posterior. Ejemplos:

‘Creo que esto no se acostumbra: dejar cartas abiertas encima de la mesa para que Dios las lea’ (‘El silencio de Dios’)

‘Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus’ (‘En verdad os digo’)

‘La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye’ (‘La migala’)

‘Una mañana igual a todas, en las que las cosas tenían el aspecto de siempre, y mientras el rumor de  las oficinas del Banco Central se esparcía como un aguacero monótono, el corazón de Pablo fue visitado por la gracia’ (‘Pablo’)

Después de esto, a ver quién se atreve a dejar de leer el resto del cuento.

El propio Arreola, como hacía Borges, cita algunas de sus influencias en la introducción autobiográfica (Schnobb y Pappini). Añadiremos Kafka en, entre otros, ‘El guardagujas’ o ‘Pueblerina’ y el propio Borges en ‘Sinésio de Rodas’ o ‘In memoriam’.  Por mi parte,  ‘En verdad os digo’ y ‘Parábola del trueque’ me han impresionado muchísimo. Del resto, no sobra ninguno.

El lector atento que no conozca el libro habrá notado un elemento común en tres de los cuatro inicios de cuento antes transcritos. Hay dos temas que sobrevuelan el conjunto de ‘Confabulario’,  la religión y el amor. El dios bíblico aparece a menudo por sus páginas, pero sin intenciones proselitistas. Arreola se sirve de símbolos y temáticas religiosas porque le son útiles para ofrecer referentes que el lector pueda entender con facilidad y a la vez le permitan plantear diálogos o reflexiones sobre conceptos absolutos.

En cambio, el amor aparece de una forma mucho más prosaica, casi siempre como relación de pareja o matrimonio. En muchos cuentos el protagonista oscila entre una, otra o ambas relaciones, la del sujeto con un dios demiurgo o una mujer dominadora, aunque para nada lleve esto el autor al terreno de la misoginia, ni del ateísmo. Más bien parece que a los protagonistas ambos contrapesos, el divino y el humano, le den una razón de ser, una cierta estabilidad, frente a lo distorsionador, lo azaroso, surgido de la realidad cotidiana.

Juan José Arreola  ‘Confabulario’ Barcelona, 2012, RBA

 

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‘He escrito un libro contra la indignidad amorosa,  orientado por la observación de que cada vez que surge un conflicto entre amantes desiguales, el amor se retira de la escena’ (L. Magrinyà)

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‘Es el último benetiano’ (J. Calvo). ‘Es un dinamitero’ (J. Herralde). ‘En España, nadie escribe como él’. (I. Echevarría). ¿Es un pájaro? ¿Es un avión?.

Magrinyà tiene cinco libros publicados. ‘Los aéreos’ (1993) y ‘Belinda y el monstruo’ (1995), publicados originalmente en Debate y recopilados en ‘Cuentos de los 90’, (Caballo de Troya, 2011), y  ‘Los dos Luises’ (2000), ‘Intrusos y huéspedes’ (2005) y ‘Habitación doble’ (2010), en Anagrama. Lo más reciente que tiene es un libro de sintaxis, ‘Estilo rico, estilo pobre’ (Debate, 2015), donde reúne y amplia los artículos que publicaba en ‘El País’ bajo el epíteto L&L (lengua y literatura).

Hace algún tiempo escribí que ‘Los dos Luises’ era el que más me gustaba. Después de la última relectura general, el pódium de honor estaría ocupado ex aequo por ‘Belinda y el monstruo’  e  ‘Intrusos y huéspedes’, una locura maravillosa. ‘Belinda…’ es Magrinyà en estado puro.  Son seis cuentos largos, o novelas cortas, que giran alrededor de un tema concéntrico. Una persona que se enamora de quien no debía. Alguien que, a priori disponiendo de una gama de posibilidades sentimentales lo suficientemente amplia para intentar ser feliz, escoge lo erróneo, lo complicado, lo tortuoso, y, pese a ello, se mantiene en ese error, aceptando sus consecuencias.  Como aquello que decía Hitchcock, una idea genial: chico conoce a chica. O al revés. Pero, claro, lo importante, lo que hace interesante esta y otras literaturas, es lo profundo y lo bien que caves el terreno, y aquí se cava muy bien.

Fassbinder tenía la teoría, ampliamente expuesta en su filmografía, que toda relación sentimental es una relación de dominación en la que el que más ama es el que más sufre. En las historias de ‘Belinda…’ más que una relación amo-esclavo hay una relación de fascinación entre el protagonista y su par en la que el primero combina la determinación con la irracionalidad. Lo que fascina al narrador no es la crueldad de la relación amorosa desigual, sino el asombro por los retorcidos caminos que pueden llegar a tomarse partiendo del amor.

A Magrinyà le dirías ¡escribe!, de lo que sea, pero escribe. Por el simple placer de leer un artefacto  tan bien compuesto, tan redondo. ‘Belinda…’ tendría que ser estudiado en los talleres de escritura como ejemplo de adjetivación. Es el rey del adjetivo. Una especia peligrosa, pues puede potenciar el sustantivo o empachar la frase entera. Él encuentra la dosis justa, la pareja perfecta, y se luce una y otra vez.

A esto se une la facilidad del autor para la sentencia definitiva, que convierte el libro en un festival de puntería, donde cada dos por tres hay un dardo-frase en la diana-lector. Por ejemplo:

‘Sus Altezas se comportaron por una vez como verdaderos padres: vieron sólo lo que quisieron ver’

‘Allí el barro era barro, y no materia moldeable para una condecoración’.

‘Los inteligentes…; su estupidez se justificaba como timidez, aunque no escondía otra cosa que soberbia, y en sus nombres, más vulgares, solía repetirse la p; todos decían trabajar mucho y de manera desquiciada y a la menor oportunidad esgrimían sin cambiar de color algo en forma de artículo, premio o doctorado, para que nadie sospechase, como sospechaba, que más bien no hacían nada.’

Y así todo el rato. Normalmente, un Escritor, tiene libros muy buenos y otros no tanto. Casavella publicó seis novelas, cuatro magnificas y dos que no lo eran. Podemos seleccionar. Con Magrinyà tengo la sensación de que no. Hay que leerlo entero. Si es del tirón, mejor. Aunque él mismo recomiende Almax. Empezar por el primer cuento de ‘Los aéreos’ y  acabar por el último capítulo de ‘Habitación doble’. No porque se trate de una saga, al contrario. Lo único que tienen en común todas las historias es la mano que hilvana la aguja de tejer. Pero en conjunto se entiende mejor el aire de familia común a todas ellas. Como las piezas de un puzle, o las etapas de un pintor vanguardista, la visión comprensiva resulta más fácil desde el conjunto que desde el individuo.

No es un tema de complicación narrativa. Magrinyà no es un autor críptico o retorcido, que exija complicadas investigaciones exegéticas a los lectores, una minoría de exclusivos adeptos. Lo complejo, y lo interesante, de Magrinyà es que las posibilidades, y el vacío, se abren no en la propia lectura, sino cuando tras la última línea, uno se pregunta, ‘bueno, y todo esto, ¿por qué?’. Así, volviendo sobre lo escrito, uno entiende algo que escribió  algún teórico del arte contemporáneo, no recuerdo cual, en un momento de lucidez. El arte sólo sabe hablar de sí mismo, una y otra vez.

Luis Magrinyà, ‘Belinda y el monstruo’, Barcelona, 2006, Random House Mondadori

9788420667249

 

¿No sabe? Los manuscritos no arden…

 

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Vasili Grossman fue un comunista ejemplar. Como periodista y escritor, estuvo siempre en la línea del Partido. En la guerra, narró desde el frente hacia la retaguardia el heroísmo del soldado soviético y la brutalidad del alemán. Fue premio Stalin. En los años 50, cuando pidió publicar ‘Vida y destino’, le contestaron que no era el momento. Quizás dentro de cien, o doscientos, años el Estado podría asumirlo. Imaginen que hubiera pasado si en vez de un fresco histórico-naturalista hubiera llevado una metáfora místico-religiosa que empieza con la aparición del Diablo en el Moscú de los años treinta.

Bulgakov sabía que nunca iba publicar su obra en la URSS. Al menos en vida de Stalin. Ya acumulaba problemas por obras satíricas menores, pero recomendables también, como ‘Corazón de perro’ o ‘Huevos fatales’. El éxito de ‘Guardia blanca’ quedaba muy lejos, y oficialmente Bulgakov no era un escritor ‘del Partido’, y eso en el Moscú de los años treinta significaba  no ser escritor, además de jugarte peligrosamente la nuca.

Aun así, Bulgakov escribió ‘El maestro y Margarita’. La escribió y reescribió durante una década, desde el 31 hasta su muerte el 1940. Su viuda la ocultó hasta los años del deshielo, y finalmente una versión censurada fue publicada en 1967.

Ahora, editada ya la versión original,  ‘El maestro y Margarita’ es una de las mejores, por no decir la mejor, novela rusa del siglo XX. Es una novela con al menos tres novelas dentro de ella, la del diablo, la de Poncio Pilatos y la del maestro. Es trágica, pues el paralelismo entre el maestro y el propio Bulgakov es evidente, pero sobretodo es una gran novela satírica. No hace falta ser Beria para ver en ese Voland que aparece en Moscú de la nada y que todo lo sabe y todo lo puede a otro diablo, de carne y hueso,  que vivía en el Kremlin.

‘El maestro y Margarita’ es en parte una reescritura del ‘Fausto’ de Goethe. También hay una influencia obvia del Tolstoi de ‘Los evangelios’ y del Dostoyevsky de ‘Los hermanos Karamazov’. Todo esto unido al realismo sarcástico que ya había practicado en novelas y relatos anteriores. Además, ‘El maestro y Margarita’ no deja de ser una novela de literatura fantástica. Desde el argumento inicial, la llegada a Moscú de los años treinta del Diablo y su sequito, entre los que hay una vampiresa y un gato que habla, pasa todo lo que el realismo socialista consideraría impropio en una novela; cabezas que hablan, brujas voladoras, teletransporte, …

Pero no es simple ni básicamente una novela anti-estalinista. Claro que hay una crítica, devastadora, pero Bulgakov iba más allá de señalar a Stalin como el causante de todos sus males. Los que quedan en evidencia, y esto hacía la novela aún más peligrosa, son los conciudadanos moscovitas del protagonista de la novela. En un lugar donde como constructores del hombre nuevo socialista los vicios del extinto capitalismo habían quedado teóricamente atrás, resulta que todos los personajes secundarios de la novela se vuelven locos por un piso con más habitaciones, un traje nuevo o un fajo de billetes. Como siempre, vamos. Para muestra la mítica escena del teatro, donde Voland-Lucifer se presenta como un mago y empieza a regalar dinero y artículos de lujo al público, que no se acuerdan ni por asomo de las virtudes del socialismo. Esos, dice Bulgakov bajo mano, son los que escribían artículos contra su literatura burguesa y le reprochaban su pobre vocación socialista. Una pandilla de trepas e hipócritas.

Si en la Historia lo que se escribe como tragedia se repite como farsa, el siglo XX ruso puede leerse a través de tres autores de generaciones continuas, Bulgakov, Shalamov y Dovlatov. En todos hay tragedia y farsa, aunque a Shalamov el sarcasmo se le perdió en la tundra de Kolimà. Bulgakov y ‘El maestro y Margarita’ fue un precursor preclaro de lo que estaba llegando, con algo que se repite a lo largo de la novela en diferentes personajes y momentos: ‘Solo el diablo lo sabe’.

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He had never met anybody who played music for a living who wasn’t fucked up in some sad or depraved way, the same as those who painted pictures or wrote books’ p.98

 

 

 

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1917 es uno de los años más recordados del siglo XX. Matanzas en las trincheras del norte de Francia, Lenin y los bolcheviques haciendo la primera revolución socialista de la historia, una guerra que se extiende por todo el planeta… pero nada de todo eso pasa en Meade, Ohio, donde la principal preocupación de la mayoría de sus habitantes es no morir de hambre, que no te linchen o disparen unos cafres borrachos (sobre todo si eres negro) o aliviar todo eso con una pinta más de whisky. Solo una más.

Pero el mundo llega también a Ohio, en forma del ejército del tío Sam entrenando para la Gran Guerra. Unos cuantos lugareños se hartaran de llevar una vida miserable y empezarán a tomarse la justicia por su mano. Todo ello juntará a un buen número de personajes  con ganas de jarana en un sitio demasiado pequeño para que pasen inadvertidos y le dará suficiente argumentos a Donald Ray Pollock para escribir ‘The heavenly table’.

Es la tercera novela de Pollock. Las dos primeras, ‘Knockemstiff’ y ‘El diablo a todas horas’ las editó en España Libros del Silencio, editorial que ha cerrado recientemente. ‘The hevenly table’ ha sido traducida en varios países europeos, Alemania y Francia entre ellos, pero por ahora aun no puede leerse en castellano o catalán.

Merece la pena recurrir al original. Pollock es de lo mejor que escribe en los USA. ‘The heavenly table’ es una novela de género, lo que allí llaman country noir. Novela negra situada en el mundo rural americano entre el final de la guerra civil y el New Deal. Por ejemplo, ‘Meridiano de sangre’, de Cormac McCarthy. Pollock, como ya hizo en ‘El diablo a todas horas’,  rebaja la cantidad de casquería humana a lo razonable para la situación y añade una dosis de sarcasmo y humor del que McCarthy carece.

Los protagonistas son tres hermanos, los Jewett,  que se convierten en una banda de atracadores y asesinos casi por necesidad. En vez de ir describiendo golpe a golpe, Pollock se dedica a sacar una galería de secundarios que de una manera u otra se irán cruzando con ellos y acabaran arrastrados por la posibilidad de sacar el dinero de la recompensa que ofrecen por sus cabezas.

De las opciones que tenía Pollock para seguir escribiendo después de sus dos primeras novelas, con esta sigue el camino de ‘El diablo a todas horas’. ‘The heavenly table’ es una novela coral, que abarca mucho terreno desde una trama principal y varias subtramas. Llevarla un siglo atrás le permite jugar más con las mentalidades de la América profunda y a la vez ser compasivo con sus compatriotas. La redención que en Pollock va asociada al lenguaje pseudoreligioso de los personajes se equilibra con el fatalismo de perdedores, en el que es un maestro.

Pero para aquellos a los la primera lectura de ‘Knockemstiff’ dejo así, tiesos de la impresión, ‘The hevenly table’ es un paso que se aleja de esa dirección. La crudeza y la devastación humana de los personajes de las historias de la hondonada estaban lejos de esta bondad o maldad moral que circulan por la novelas del género que nos ocupa. No pasa nada, también nos gusta este Donald Ray Pollock, aunque se parezca más a otros y aquel era único. Pero como aquellos grupos que publicaron un primer disco genial y después hicieron discos buenos o regulares, pero nunca como el debut, siempre miraremos el pasado con nostalgia y el futuro con la esperanza de un ‘Knockemstiff, segunda parte’.

 

Donald Ray Pollock, ‘The heavenly table’, New York, 2016, Doubleday