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Quien no haya desfasado alguna vez no es de fiar (Chimo Bayo)

 

 

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Salí a tomar algo y me lié. La última y me voy para casa. Que tire la primera piedra el que no haya dicho nunca algo así y acabó a las tantas intentando acertar la llave en la cerradura, o directamente despertando postrado en la cama con una resaca asesina intentando recordar que ha pasado la noche anterior.

Si en vez de una noche, hablamos de varios días, es otro nivel, no apto para hígados convencionales como el de un servidor. En un cuento de Chejov, el tendero cierra el garito y pone un cartel avisando que no volverá en varios días porque sale a beber vodka. En ruso la borrachera de varios días se llama davoi. En gallego, esmorga.

Eduardo Blanco Amor fue un escritor y periodista gallego, nacido en Orense en 1897 que emigró de muy joven a Argentina. Allí fue desarrollando una obra intermitente entre viajes de ida y vuelta a la península que le permitieron esquivar las dificultades históricas de la España del siglo XX. Porque ‘A esmorga’ no hubiera pasado ni la primera página de la censura franquista.

La novela de Blanco Amor es una rareza en la literatura gallega y castellana moderna. Dirty realism veinte años antes de que se inventara y en una Galicia diecinuevesca, rural y caciquil.  Hoy no escandalizaría a nadie, estamos acostumbrados a variantes de ‘Última salida para Brooklyn’ o su versión española, ‘Historias del Kronen’; un grupo de amigos hasta los topes de todo liándola lo máximo posible hasta el desastre. Pero el escenario y la voz en la que Blanco Amor sitúa ‘A esmorga’ la convierten en un libro original e inclasificable.

Los fiesteros son tres, el Bocas, el Milhombres y el Castizo. La novela está narrada por este último en forma de monologo en flashback al juez de instrucción del caso por el que ha sido detenido. La historia es el último día de una borrachera compartida entre los tres por las calles y bares de Auria, el remedo ficcional del Orense natal del autor. A través del alcohol bien y mal digerido, el trio se enzarza en una espiral de violencia y sexo reprimido. Los protagonistas van incendiando por donde pasan, pero también sacan la represión del mundo rural católico desinhibido por las toneladas de aguardiente ingeridas. Junto a la prostitución, normal para la época, hay en ‘A esmorga’ una relación homosexual soterrada pero evidente entre el Milhombres y el Bocas, no aceptada por este último y canalizada hacia la violencia. Esta aumenta en crescendo desde el encuentro inicial, que ya acaba a tortas hasta el final de la borrachera y del monologo del Castizo en la cárcel. Este último, el Castizo, expone un perfil de patología depresiva que también le lleva a recurrir al alcohol y que pese a los personajes (femeninos) que van apareciendo  a lo largo de la novela avisándole del desastre, sigue con los otros dos por una mezcla de compañerismo y miedo a su propia enfermedad.

La novela se publicó en Buenos Aires en gallego, con el titulo original de ‘A esmorga’ en 1959. En 1962, el propio Blanco Amor la tradujo al castellano y la publicó como ‘La parranda’. Se ha reeditado en varias ocasiones y se han hecho dos películas basadas en el libro, ‘Parranda’ de Gonzalo Suarez y con guion del propio Blanco Amor en 1977 y  ‘La esmorga’ de Ignacio Vilar en 2014. Aunque la versión aquí reseñada es la castellana, he preferido utilizar el título gallego.

Eduardo Blanco Amor,  ‘A esmorga’,  Mar Maior, 2015, Vigo

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‘Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer  la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles a amarla.’ JJ Arreola.

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A ver, usted mismo. Defina brevemente; libro de cuentos, escritor latinoamericano de la segunda mitad del siglo xx, en dichos cuentos a los personajes les salen cornamenta, ratones del sobaco o hablan con el diablo. Fácil, ¿no? Todos a coro: ¡Realismo mágico!

Bueno, no exactamente. O no solamente. Arreola fue un escritor de obra breve y fragmentaria, Sus cuentos ‘de madurez’ los reunió en un ‘Confabulario’, publicado por primera vez en 1952 y que fue reeditado y ampliado sucesivamente.  Son una treintena de cuentos muy cortos, pueden ir de las dos a las diez páginas, de un nivel altísimo la práctica totalidad. Como el mismo Arreola decía, son textos que han procesado podas sistemáticas hasta la versión final. Lo que hubieran podido tener de naturalista se queda por el camino, y devienen una suerte de historias alegórico – metafóricas, en las que  Arreola busca una síntesis del lenguaje que combine el fondo poético con la forma del cuento. En un poema, la metáfora no se explica. Se lee de una forma u otra, como el lector quiera. Aquí pasa algo parecido, no es necesario explicar por qué el protagonista de ‘Pueblerina’, como Gregor Samsa, un día se despierta con astas. Lo importante es lo que pasa después.

El inicio de los cuentos de ‘Confabulario’ es muy potente, al estilo de entradilla periodística. Con la primera frase crea la ambientación y la tensión necesaria para todo el desarrollo posterior. Ejemplos:

‘Creo que esto no se acostumbra: dejar cartas abiertas encima de la mesa para que Dios las lea’ (‘El silencio de Dios’)

‘Todas las personas interesadas en que el camello pase por el ojo de la aguja, deben inscribir su nombre en la lista de patrocinadores del experimento Niklaus’ (‘En verdad os digo’)

‘La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye’ (‘La migala’)

‘Una mañana igual a todas, en las que las cosas tenían el aspecto de siempre, y mientras el rumor de  las oficinas del Banco Central se esparcía como un aguacero monótono, el corazón de Pablo fue visitado por la gracia’ (‘Pablo’)

Después de esto, a ver quién se atreve a dejar de leer el resto del cuento.

El propio Arreola, como hacía Borges, cita algunas de sus influencias en la introducción autobiográfica (Schnobb y Pappini). Añadiremos Kafka en, entre otros, ‘El guardagujas’ o ‘Pueblerina’ y el propio Borges en ‘Sinésio de Rodas’ o ‘In memoriam’.  Por mi parte,  ‘En verdad os digo’ y ‘Parábola del trueque’ me han impresionado muchísimo. Del resto, no sobra ninguno.

El lector atento que no conozca el libro habrá notado un elemento común en tres de los cuatro inicios de cuento antes transcritos. Hay dos temas que sobrevuelan el conjunto de ‘Confabulario’,  la religión y el amor. El dios bíblico aparece a menudo por sus páginas, pero sin intenciones proselitistas. Arreola se sirve de símbolos y temáticas religiosas porque le son útiles para ofrecer referentes que el lector pueda entender con facilidad y a la vez le permitan plantear diálogos o reflexiones sobre conceptos absolutos.

En cambio, el amor aparece de una forma mucho más prosaica, casi siempre como relación de pareja o matrimonio. En muchos cuentos el protagonista oscila entre una, otra o ambas relaciones, la del sujeto con un dios demiurgo o una mujer dominadora, aunque para nada lleve esto el autor al terreno de la misoginia, ni del ateísmo. Más bien parece que a los protagonistas ambos contrapesos, el divino y el humano, le den una razón de ser, una cierta estabilidad, frente a lo distorsionador, lo azaroso, surgido de la realidad cotidiana.

Juan José Arreola  ‘Confabulario’ Barcelona, 2012, RBA

 

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‘He escrito un libro contra la indignidad amorosa,  orientado por la observación de que cada vez que surge un conflicto entre amantes desiguales, el amor se retira de la escena’ (L. Magrinyà)

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‘Es el último benetiano’ (J. Calvo). ‘Es un dinamitero’ (J. Herralde). ‘En España, nadie escribe como él’. (I. Echevarría). ¿Es un pájaro? ¿Es un avión?.

Magrinyà tiene cinco libros publicados. ‘Los aéreos’ (1993) y ‘Belinda y el monstruo’ (1995), publicados originalmente en Debate y recopilados en ‘Cuentos de los 90’, (Caballo de Troya, 2011), y  ‘Los dos Luises’ (2000), ‘Intrusos y huéspedes’ (2005) y ‘Habitación doble’ (2010), en Anagrama. Lo más reciente que tiene es un libro de sintaxis, ‘Estilo rico, estilo pobre’ (Debate, 2015), donde reúne y amplia los artículos que publicaba en ‘El País’ bajo el epíteto L&L (lengua y literatura).

Hace algún tiempo escribí que ‘Los dos Luises’ era el que más me gustaba. Después de la última relectura general, el pódium de honor estaría ocupado ex aequo por ‘Belinda y el monstruo’  e  ‘Intrusos y huéspedes’, una locura maravillosa. ‘Belinda…’ es Magrinyà en estado puro.  Son seis cuentos largos, o novelas cortas, que giran alrededor de un tema concéntrico. Una persona que se enamora de quien no debía. Alguien que, a priori disponiendo de una gama de posibilidades sentimentales lo suficientemente amplia para intentar ser feliz, escoge lo erróneo, lo complicado, lo tortuoso, y, pese a ello, se mantiene en ese error, aceptando sus consecuencias.  Como aquello que decía Hitchcock, una idea genial: chico conoce a chica. O al revés. Pero, claro, lo importante, lo que hace interesante esta y otras literaturas, es lo profundo y lo bien que caves el terreno, y aquí se cava muy bien.

Fassbinder tenía la teoría, ampliamente expuesta en su filmografía, que toda relación sentimental es una relación de dominación en la que el que más ama es el que más sufre. En las historias de ‘Belinda…’ más que una relación amo-esclavo hay una relación de fascinación entre el protagonista y su par en la que el primero combina la determinación con la irracionalidad. Lo que fascina al narrador no es la crueldad de la relación amorosa desigual, sino el asombro por los retorcidos caminos que pueden llegar a tomarse partiendo del amor.

A Magrinyà le dirías ¡escribe!, de lo que sea, pero escribe. Por el simple placer de leer un artefacto  tan bien compuesto, tan redondo. ‘Belinda…’ tendría que ser estudiado en los talleres de escritura como ejemplo de adjetivación. Es el rey del adjetivo. Una especia peligrosa, pues puede potenciar el sustantivo o empachar la frase entera. Él encuentra la dosis justa, la pareja perfecta, y se luce una y otra vez.

A esto se une la facilidad del autor para la sentencia definitiva, que convierte el libro en un festival de puntería, donde cada dos por tres hay un dardo-frase en la diana-lector. Por ejemplo:

‘Sus Altezas se comportaron por una vez como verdaderos padres: vieron sólo lo que quisieron ver’

‘Allí el barro era barro, y no materia moldeable para una condecoración’.

‘Los inteligentes…; su estupidez se justificaba como timidez, aunque no escondía otra cosa que soberbia, y en sus nombres, más vulgares, solía repetirse la p; todos decían trabajar mucho y de manera desquiciada y a la menor oportunidad esgrimían sin cambiar de color algo en forma de artículo, premio o doctorado, para que nadie sospechase, como sospechaba, que más bien no hacían nada.’

Y así todo el rato. Normalmente, un Escritor, tiene libros muy buenos y otros no tanto. Casavella publicó seis novelas, cuatro magnificas y dos que no lo eran. Podemos seleccionar. Con Magrinyà tengo la sensación de que no. Hay que leerlo entero. Si es del tirón, mejor. Aunque él mismo recomiende Almax. Empezar por el primer cuento de ‘Los aéreos’ y  acabar por el último capítulo de ‘Habitación doble’. No porque se trate de una saga, al contrario. Lo único que tienen en común todas las historias es la mano que hilvana la aguja de tejer. Pero en conjunto se entiende mejor el aire de familia común a todas ellas. Como las piezas de un puzle, o las etapas de un pintor vanguardista, la visión comprensiva resulta más fácil desde el conjunto que desde el individuo.

No es un tema de complicación narrativa. Magrinyà no es un autor críptico o retorcido, que exija complicadas investigaciones exegéticas a los lectores, una minoría de exclusivos adeptos. Lo complejo, y lo interesante, de Magrinyà es que las posibilidades, y el vacío, se abren no en la propia lectura, sino cuando tras la última línea, uno se pregunta, ‘bueno, y todo esto, ¿por qué?’. Así, volviendo sobre lo escrito, uno entiende algo que escribió  algún teórico del arte contemporáneo, no recuerdo cual, en un momento de lucidez. El arte sólo sabe hablar de sí mismo, una y otra vez.

Luis Magrinyà, ‘Belinda y el monstruo’, Barcelona, 2006, Random House Mondadori

9788420667249

 

¿No sabe? Los manuscritos no arden…

 

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Vasili Grossman fue un comunista ejemplar. Como periodista y escritor, estuvo siempre en la línea del Partido. En la guerra, narró desde el frente hacia la retaguardia el heroísmo del soldado soviético y la brutalidad del alemán. Fue premio Stalin. En los años 50, cuando pidió publicar ‘Vida y destino’, le contestaron que no era el momento. Quizás dentro de cien, o doscientos, años el Estado podría asumirlo. Imaginen que hubiera pasado si en vez de un fresco histórico-naturalista hubiera llevado una metáfora místico-religiosa que empieza con la aparición del Diablo en el Moscú de los años treinta.

Bulgakov sabía que nunca iba publicar su obra en la URSS. Al menos en vida de Stalin. Ya acumulaba problemas por obras satíricas menores, pero recomendables también, como ‘Corazón de perro’ o ‘Huevos fatales’. El éxito de ‘Guardia blanca’ quedaba muy lejos, y oficialmente Bulgakov no era un escritor ‘del Partido’, y eso en el Moscú de los años treinta significaba  no ser escritor, además de jugarte peligrosamente la nuca.

Aun así, Bulgakov escribió ‘El maestro y Margarita’. La escribió y reescribió durante una década, desde el 31 hasta su muerte el 1940. Su viuda la ocultó hasta los años del deshielo, y finalmente una versión censurada fue publicada en 1967.

Ahora, editada ya la versión original,  ‘El maestro y Margarita’ es una de las mejores, por no decir la mejor, novela rusa del siglo XX. Es una novela con al menos tres novelas dentro de ella, la del diablo, la de Poncio Pilatos y la del maestro. Es trágica, pues el paralelismo entre el maestro y el propio Bulgakov es evidente, pero sobretodo es una gran novela satírica. No hace falta ser Beria para ver en ese Voland que aparece en Moscú de la nada y que todo lo sabe y todo lo puede a otro diablo, de carne y hueso,  que vivía en el Kremlin.

‘El maestro y Margarita’ es en parte una reescritura del ‘Fausto’ de Goethe. También hay una influencia obvia del Tolstoi de ‘Los evangelios’ y del Dostoyevsky de ‘Los hermanos Karamazov’. Todo esto unido al realismo sarcástico que ya había practicado en novelas y relatos anteriores. Además, ‘El maestro y Margarita’ no deja de ser una novela de literatura fantástica. Desde el argumento inicial, la llegada a Moscú de los años treinta del Diablo y su sequito, entre los que hay una vampiresa y un gato que habla, pasa todo lo que el realismo socialista consideraría impropio en una novela; cabezas que hablan, brujas voladoras, teletransporte, …

Pero no es simple ni básicamente una novela anti-estalinista. Claro que hay una crítica, devastadora, pero Bulgakov iba más allá de señalar a Stalin como el causante de todos sus males. Los que quedan en evidencia, y esto hacía la novela aún más peligrosa, son los conciudadanos moscovitas del protagonista de la novela. En un lugar donde como constructores del hombre nuevo socialista los vicios del extinto capitalismo habían quedado teóricamente atrás, resulta que todos los personajes secundarios de la novela se vuelven locos por un piso con más habitaciones, un traje nuevo o un fajo de billetes. Como siempre, vamos. Para muestra la mítica escena del teatro, donde Voland-Lucifer se presenta como un mago y empieza a regalar dinero y artículos de lujo al público, que no se acuerdan ni por asomo de las virtudes del socialismo. Esos, dice Bulgakov bajo mano, son los que escribían artículos contra su literatura burguesa y le reprochaban su pobre vocación socialista. Una pandilla de trepas e hipócritas.

Si en la Historia lo que se escribe como tragedia se repite como farsa, el siglo XX ruso puede leerse a través de tres autores de generaciones continuas, Bulgakov, Shalamov y Dovlatov. En todos hay tragedia y farsa, aunque a Shalamov el sarcasmo se le perdió en la tundra de Kolimà. Bulgakov y ‘El maestro y Margarita’ fue un precursor preclaro de lo que estaba llegando, con algo que se repite a lo largo de la novela en diferentes personajes y momentos: ‘Solo el diablo lo sabe’.

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He had never met anybody who played music for a living who wasn’t fucked up in some sad or depraved way, the same as those who painted pictures or wrote books’ p.98

 

 

 

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1917 es uno de los años más recordados del siglo XX. Matanzas en las trincheras del norte de Francia, Lenin y los bolcheviques haciendo la primera revolución socialista de la historia, una guerra que se extiende por todo el planeta… pero nada de todo eso pasa en Meade, Ohio, donde la principal preocupación de la mayoría de sus habitantes es no morir de hambre, que no te linchen o disparen unos cafres borrachos (sobre todo si eres negro) o aliviar todo eso con una pinta más de whisky. Solo una más.

Pero el mundo llega también a Ohio, en forma del ejército del tío Sam entrenando para la Gran Guerra. Unos cuantos lugareños se hartaran de llevar una vida miserable y empezarán a tomarse la justicia por su mano. Todo ello juntará a un buen número de personajes  con ganas de jarana en un sitio demasiado pequeño para que pasen inadvertidos y le dará suficiente argumentos a Donald Ray Pollock para escribir ‘The heavenly table’.

Es la tercera novela de Pollock. Las dos primeras, ‘Knockemstiff’ y ‘El diablo a todas horas’ las editó en España Libros del Silencio, editorial que ha cerrado recientemente. ‘The hevenly table’ ha sido traducida en varios países europeos, Alemania y Francia entre ellos, pero por ahora aun no puede leerse en castellano o catalán.

Merece la pena recurrir al original. Pollock es de lo mejor que escribe en los USA. ‘The heavenly table’ es una novela de género, lo que allí llaman country noir. Novela negra situada en el mundo rural americano entre el final de la guerra civil y el New Deal. Por ejemplo, ‘Meridiano de sangre’, de Cormac McCarthy. Pollock, como ya hizo en ‘El diablo a todas horas’,  rebaja la cantidad de casquería humana a lo razonable para la situación y añade una dosis de sarcasmo y humor del que McCarthy carece.

Los protagonistas son tres hermanos, los Jewett,  que se convierten en una banda de atracadores y asesinos casi por necesidad. En vez de ir describiendo golpe a golpe, Pollock se dedica a sacar una galería de secundarios que de una manera u otra se irán cruzando con ellos y acabaran arrastrados por la posibilidad de sacar el dinero de la recompensa que ofrecen por sus cabezas.

De las opciones que tenía Pollock para seguir escribiendo después de sus dos primeras novelas, con esta sigue el camino de ‘El diablo a todas horas’. ‘The heavenly table’ es una novela coral, que abarca mucho terreno desde una trama principal y varias subtramas. Llevarla un siglo atrás le permite jugar más con las mentalidades de la América profunda y a la vez ser compasivo con sus compatriotas. La redención que en Pollock va asociada al lenguaje pseudoreligioso de los personajes se equilibra con el fatalismo de perdedores, en el que es un maestro.

Pero para aquellos a los la primera lectura de ‘Knockemstiff’ dejo así, tiesos de la impresión, ‘The hevenly table’ es un paso que se aleja de esa dirección. La crudeza y la devastación humana de los personajes de las historias de la hondonada estaban lejos de esta bondad o maldad moral que circulan por la novelas del género que nos ocupa. No pasa nada, también nos gusta este Donald Ray Pollock, aunque se parezca más a otros y aquel era único. Pero como aquellos grupos que publicaron un primer disco genial y después hicieron discos buenos o regulares, pero nunca como el debut, siempre miraremos el pasado con nostalgia y el futuro con la esperanza de un ‘Knockemstiff, segunda parte’.

 

Donald Ray Pollock, ‘The heavenly table’, New York, 2016, Doubleday

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‘Vida privada’ es obligada selección a la hora, siempre un poco ridícula, de elegir la marca de whisky, la marca de ser humano y las novelas que uno se llevaría a una isla desierta’ Manuel Vázquez Montalbán.

 

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Es poco común que en literatura un grupo de escritores, generacional pero heterogéneo, se reconozca colectivamente en una novela. Ahora está pasando con ‘El día del Watusi’ de Casavella, y décadas atrás pasó con ‘Vida privada’ de Sagarra. Esta ya fue una referencia para el propio Casavella, así que de una forma u otra, el círculo se acaba cerrando. Tan distintos y tan iguales.

Sagarra escribe y publica ‘Vida privada’ en catalán en 1932. La novela es un éxito de ventas modesto pero sólido para los números de la época. Es, además, un escándalo mayúsculo por las identificaciones de los personajes de la obra con sus modelos reales. Ha acabado siendo con el tiempo una de las novelas clave de la literatura catalana.

Cuando Sagarra publica ‘Vida privada’ ya es un autor y un personaje muy famoso en la Barcelona de entreguerras. Poeta premiado, dramaturgo de éxito y periodista muy leído. Todo ello desembocara en la novela. Es, también, un bon vivant. Nocturno, pudiente, relacionado con la elite barcelonesa, vive tan inmerso en el fluido sanguíneo de la ciudad, sus lujos y miserias, que dispone de un material de primera mano perfecto para escribirla.

‘Vida privada’ es su tercera (y última) novela. La preceden una juvenil ‘Paulina Buixareu’ y una no tan conseguida ‘All i salobre’. Es en la tercera donde condensa todo lo que estaba buscando. La brillantez lírica, la tensión dramática, la crónica barcelonesa, todo cohesionado con una acidez y una mala leche que la convierten en un clásico atemporal. Sagarra era consciente que la novela iba a despertar odios vitalicios y retiradas de saludo, como así fue. No se autocensuró pensando en ello y así aún se puede leer hoy en día y disfrutarla, pensando en los LLoberola contemporáneos.

El argumento es sencillo. Está dividida en dos partes, y la primera gira, como dice Marcos Ordóñez, en círculos concéntricos alrededor de una deuda de juego del primogénito LLoberola, Federico. Este y el resto de su familia son  una familia de deshechos aristócratas barceloneses a punto de ser borrados por la Historia. A partir de aquí, Sagarra retrata ese estrato social, la Barcelona bien de la época, verdurinamente, pero con el sarcasmo de la certeza de su decadencia. La segunda parte, más elegíaca y menos dramática, es un epílogo dilatado de los personajes de la primera que cierra el ciclo histórico.

Pasado el escandalo inicial, la novela se olvidó,  y tras la guerra y la derrota, el autor, como toda la literatura catalana, desapareció. A finales de los cuarenta tuvo un resurgimiento en los círculos madrileños, que completó con su otra gran obra en prosa, las ‘Memorias’. Poco después de su publicación, moría en el año 1954. Una década después, una nueva generación de escritores españoles, buena parte de ellos barceloneses, revindicó su obra, y en especial ‘Vida privada’. De ahí surge su traducción al castellano, en manos de dos primera espadas; Jose Agustín Goytisolo y Manuel Vázquez Montalbán.

Esta traducción es fundacional, en tanto que proyecta a Sagarra como un gran autor catalán pero a la vez  genera un modelo de novela castellana distinto a todo lo escrito hasta entonces. ‘Vida privada’ en su versión de 1964, que se reeditará completa, sin los recortes de la censura franquista, en  1984, es un modelo para la literatura barcelonesa que vendrá después. La de antes y la de ahora.

Por ejemplo, la descripción de  la amante de Federico, Rosa Trenor como ‘La gracia natural de Rosa fluía de una especie de barcelonismo negligente y auténtico que ella, hija de un notario y nacida en el barrio viejo, no había podido perder pese a la bastardía de sus contactos y al desbarajuste de su vida’, podría ser perfectamente la de una Teresa o Montse de Marsé.

O en el edificio en que ‘la escalera apestaba a caldo de gallina, a caliqueño y a cubo de basura; ese tufillo especial de las casas del ensanche de Barcelona que todo el mundo tolera y de cuyas causas nadie se preocupa… y al tufillo natural de la escalera se añade ese tufillo de queja, de mal humor, rencor, protesta sin impulso’, ¿es Federico de LLoberola el que sube hacia el piso o Pepe Carvalho, investigando uno de sus casos?

Son los traductores, y toda la generación que les acompañaba, los que redescubren a Sagarra y su novela como un compendio de virtudes literarias, que en su momento se veían como defecto por alejarse del canon novelesco clásico. Si ahora nos sigue gustando es en parte por algo que le criticaban; porque escribía novela sin olvidar lo que había aprendido del periodismo, del teatro y de la poesía. También para ellos, y para generaciones posteriores, la potencia critica de la novela respecto a la Barcelona de finales de los veinte será extrapolable a siguientes  dictaduras o dictablandas.

La edición de Anagrama de 1994 está prologada por un magnifico estudio de Marcos Ordóñez donde explica mucho mejor que yo porqué ‘Vida privada’ es un clásico europeo, no solo catalán. Hay, a modo de epílogo,  comentarios breves de Félix de Azua, Eduardo Mendoza, Juan Marsé, Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán.

Josep Maria de Sagarra,  ‘Vida privada’ , Barcelona, 1995,  Anagrama

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Moltes noies sentien la mateixa veneració per la Baker que anys enrere les seves ties havien sentit per la Verge de Montserrat

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A l’escena inicial de ‘Vida privada’, Frederic de Lloberola, un Casanova de pa sucat amb oli, es desperta a una habitació que no és la seva i el primer que veu és un gos (mal) dissecat amb un lligacames de saldo al coll. En qualsevol situació semblant, hom es faria tres preguntes ràpidament. ¿On sóc?, ¿On són els meus pantalons? i ¿On és la sortida?. Per no tornar-hi més, és clar. Però si Sagarra hagués pensat així, no tindríem llibre, i ens hauríem perdut una de les grans novel·les catalanes del segle XX.

Doncs no, Frederic torna al llit de Rosa Trenor, i fins i tot li acaba mig obligant a que porti el gos dissecat al drapaire. Però al lector la imatge del pobre animal li queda al cap per la resta de la lectura, i més encara. Si Proust tenia la magdalena sucada en té, aquí, a  Barcelona , érem tots plegats una mica més canins.

Quan es publica ‘Vida privada’ a l’any 1932, Josep Maria de Sagarra ja era un autor sòlid, experimentat i molt llegit. Periodista, dramaturg i poeta, amb abundant obra publicada i premiada. Exercia de bon vivant barceloní, ben relacionat amb les elits de la època.  De novel·les, només tres. Dues iniciàtiques (‘Paulina Buixareu’ i ‘All i salobre’) i la gran obra, ‘Vida privada’. Després, gairebé res fins unes ‘Memòries’ publicades ja als cinquanta que també poden llegir-se en clau novel·lesca però que tallen just abans de la seva època daurada, els anys vint. Com en tots els escriptors catalans de la seva generació, la guerra i el franquisme són un punt i a part en la seva literatura. Tot i això, fa la sensació que en Sagarra era conscient de que una altra novel·la seva difícilment estaria a l’alçada de ‘Vida privada’.

Aquesta té tantes lectures i tants temes importants que qualsevol comentari sempre farà curt. Literàriament, és una síntesi de la millor novel·la francesa, del dinou i del vint, que l’autor coneixia bé. El naturalisme burgés de Balzac i la seva comèdia humana barrejat amb la introspecció i el gust pel detall amb el que Proust descriu la França d’abans de la guerra (‘Perquè heu llegit a Proust a tot arreu voleu descobrir lligams misteriosos, societats anormals’). Sagarra escriu amb una prosa brillant la decadència de una família de aristòcrates vinguts a res a la Barcelona dels vint i els trenta, els Lloberola, dels quals l’esmentat Frederic és el més incapaç de tots.

La novel·la té dues parts, una ubicada a finals dels vint, just abans de l’ Exposició Internacional del 29, i una segona ja amb la República. Tot el peix es ven a la primera. La segona no és dolenta, però no acaba de aixecar el to d’epíleg de una primera part, on la tensió dramàtica i la mala llet del autor són molt superiors. Dins les anades i vingudes dels Lloberola i les seves amistats, Sagarra emmarca un magnífic retrat d’aquella Barcelona. Més encara, fa l’intent de trobar l’essència de la barcelonitat mitjançant alguns dels seus personatges;  ‘la gràcia de Rosa Trenor  era un barcelonisme descuidat i autèntic’, o en Agustí Casals, un amic de Guillem, el petit dels Lloberola; ‘ell era fill d’aquesta Barcelona democràtica i menestral, presidida per l’estalvi d’espai, l’estalvi de temps, l’estalvi de diner i l’estalvi de roba’ . Si algú intentés escriure res semblant avui en dia, se’l menjarien viu.

Per damunt de tot, queden dues escenes absolutament glorioses. Una, l’excursió del grup de burgesos amb ganes de sarau als locals més florits del Xino. El pas i la descripció de la nit  barcelonina a ‘La criolla’ o ‘La sevillana’ és un dels millors testimonis escrits del que serà una tradició a la novel·la barcelonina, el viatge del món confortable de la zona alta al barri baix de torn a la recerca d’aventures. L’altre, la recepció que li fan les elits barcelonines al dictador espanyol,  Miguel Primo de Rivera, que arriba a la festa de matinada, mig begut, i que obsequia a les seves amfitriones amb  ‘una història de caserna sense esporgar’, amb la mítica resposta de la marquesa: ‘Ay, Miguel, has estado saladísimo, saladísimo, saladísimo…’ Acaba en Sagarra dient que la broma va durar fins quarts de quatre. I encara dura…

 

Josep Maria de Sagarra  ‘Vida privada’  Barcelona, 1983, Proa