El día del Watusi (2019)

‘El Idioma Imposible era la negación del vulgar dialecto de la vida, añadir más música a la música: invención, una sombra más verdadera que la luz’

‘¿Has leído a Nietzsche? ¿No? Bueno, ahora ya no hay tiempo. Ya lo leerás…’. (Guillermo Ballesta)

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En la escena final de ‘La ciudad de los prodigios’, el protagonista, Onofre Bouvila, el hijo de un fracasado que ha ido ascendiendo en la escala social barcelonesa de finales del XIX y principios del XX gracias a su intuición, desaparece de la ciudad en un primerizo helicóptero, mar adentro, mientras sus conciudadanos miran embobados desde tierra. Es la Barcelona de la Feria Internacional de 1929, la ciudad de provincias europea que aspira a ser una cuarta o quinta Paris. El sueño se hunde en 1936, cuando llega la guerra y acaba como acaba.

Sesenta y seis años después de la salida hacia el horizonte del trepa Bouvila, otro helicóptero aparece desde el mar y vuelve a aterrizar en Collserola. Dentro, otro trepa, Javier del Pistacho. Abajo lo esperan una nueva corte de los milagros. Niños huérfanos, teóricos amigos empresarios, azafatas, matones, figurantes de parque de atracciones y un convocado no se sabe bien a qué, Fernando Atienza. La diferencia con la escena de 1929 es que el paripé es mucho mayor. El del helicóptero no es el empresario trepa, que está en la cárcel, ni los niños son huérfanos de verdad, ni los regalos que trae son más que cajas envueltas vacías. La historia es la misma, pero la farsa ha ganado en detalles y complejidad. ¿Has leído a Nietzsche?   

Lo que sigue a esa escena son las mil cien páginas de ‘El día del Watusi’ (a partir de aquí, el Watusi), la gran novela de Francisco Casavella. Publicada inicialmente como tres volúmenes independientes (‘Los juegos feroces’, ‘Viento y joyas’ y ‘El idioma imposible’) por Mondadori entre 2002 – 2003, se reeditó ya como un único volumen en Destino en 2008, poco antes de la muerte de su autor y fue reeditada por Anagrama hace unos años. Casavella publicó seis novelas. Cuatro excelentes y dos flojas. De las cuatro, quizás alguna sea más redonda que el Watusi. Cada cual tendrá su preferida por este o aquel motivo. Pero la literatura de Casavella es el Watusi. No puede entenderse el conjunto sin esta novela. El Watusi es la catedral, las otras son iglesias.

El Watusi está escrita en flashback y en primera persona. El día del no-encuentro con el empresario encarcelado, al protagonista le encargan un informe sobre otro personaje del que todo el mundo habla, pero nadie sabe quién es y donde está, un tal José Felipe Neyra. En la escritura de dicho informe, Fernando Atienza empieza por explicar su vida a partir de ‘El día del Watusi’, el 15 de agosto de 1971. La primera novela, ‘Los juegos feroces’, es la historia de ese día. Fernando tiene 13 años y se ve implicado en un asesinato y en la búsqueda desbocada del fantasma del Watusi, el presunto asesino, por toda Barcelona. Fue la novela que más vendió y la que tuvo mejores críticas. Tenía que funcionar como gancho de lo que vendría después; rápida, limítrofe, marginal e iniciática.  Una novela de aventuras a lo Mark Twain, con otros Tom Sawyer y Huckelberry Finn corriendo de lio en lio.

‘Los juegos feroces’ es la cara A del disco. Pero lo realmente interesante siempre viene en la cara B. La segunda parte, ‘Viento y joyas’, pasa cuatro años después del día del Watusi. Un Fernando adolescente entra de botones en un banco (oficio que desempeñó Casavella en la vida real) y acaba metido en la creación de un partido político cuyo único fin es el reciclaje político de sus jefes. Ya he escrito sobre la que, para mí, es la parte más interesante del Watusi y una novela espectacular de historia y política ficción muy poco ficcional. Como dice otro personaje en la tercera parte, ‘Política y ficción son sinónimos, Fernando’.

El cierre de la trilogía es ‘El idioma imposible’. Es la más extensa en el tiempo, abarca casi los veinte años que van del final de ‘Viento y joyas’ hasta el presente de la novela, en 1995. Es la más especial de las tres. Es la más autobiográfica, pues aquí sí que se adivina al joven y no tan joven Casavella siguiendo los bares y las fiestas por los que queman las noches Elsa y Fernando. ‘El idioma imposible’ es una novela de curvas, de rincones, lucidos y oscuros. Del amor que aparece y desaparece. De la juventud, de la vida, la música y las múltiples borracheras que se ofrecen. Es también la novela que ha de cerrar el círculo, y solo por eso, por la maestría en cuadrar todas las tramas abiertas en las dos partes anteriores, ya merece un lugar en el Olimpo de las novelas.          

El Watusi es una novela muy mal criticada. No porque las reseñas sean especialmente sangrantes, tampoco brillantes. El análisis que se hace de la novela ha sido muy pobre para todo lo que lleva dentro, lo que me lleva a pensar que se ha leído poco y mal, aunque se haya vendido bastante bien para lo que es una novela de exigencia considerable.

Básicamente, la crítica del Watusi se ha hecho en tres direcciones, dos a favor y una en contra. Una línea experiencial en la que lo resaltable es no ya la experiencia personal de la lectura del Watusi, sino la del contacto con el propio Casavella, experiencia magnificada por el martirologio postmortem. Esto conduce a debates inútiles entre aspirantes a herederos de la calidad literaria del autor, como si dicha calidad pudiera traspasarse de mano en mano. La otra crítica favorable resalta el componente mítico del Watusi, que lo hay y es importante no solo en esta, sino en todas las novelas de Casavella. Pero Casavella no era un autor de ciencia ficción, y el Watusi no es Star Wars. Está muy bien crear un mundo, o más bien anexionar un mundo propio a la novela, en la que el personaje Watusi es un reflejo de los mitos, filias o fobias del lector. Pero limitarla a eso, a una fábula mítica en la que el protagonista persigue una sombra cultural, es quedarse en un nivel muy primerizo de la novela, más concretamente, el primero. El del primer libro, centrado en parte en la búsqueda de dos niños de un matón que parece, pero no es por la Barcelona de principios de los setenta.

La crítica oficiosa le ha achacado normalmente que es una novela demasiado larga e imperfecta. Que se pasa de rosca. Una vez, en un chat promocional, uno le dijo a Casavella que el Watusi se le había hecho corta. Él le contestó ‘¡Como se nota que no la ha escrito usted, amigo!’. Una novela de más de mil páginas siempre será larga e imperfecta. Lo que abarca es tan enorme que es imposible contentar a todos. Como en ‘2666’, cada lector tendrá sus partes mayores y menores. Incluso en el caso del Watusi, la identificación con una de las tres partes tiene un fuerte componente de identidad lectora, y, por ende, literaria. Esto no significa que solo pueda leerse por separado, al contrario. Casavella escribe una novela, sin ninguna duda. Pero dentro de esta novela, hay varios caminos que funcionan con vida propia y que tienen su propio lenguaje. Por el contrario, en la complejidad narrativa que supone una novela de tal calibre está lo mejor de un escritor del nivel de Casavella.

Hay una escena en la que Fernando llega a casa a las seis de la mañana y obvia una notable sucesión de bares en favor ‘de la dichosa tensión narrativa’. La tensión entre lo que a uno le apetece escribir y lo que uno tiene que escribir. Es una novela de este nivel lo que deja espacio para cosas que al autor le pide el cuerpo pero que no pasarían el corte en una novela de trescientas páginas. Aun así, uno de los puntos débiles del Watusi (y en general de Casavella) es cierta tendencia al estupendísimo. ‘Los dejes románticos y preciosistas de una prosa capaz siempre de grandes alardes, pero con tendencia creciente a resultar resabiada y sentenciosa’, Echevarría dixit.  Hay novelistas que tienen alma de poetas y hay otros con alma de ensayistas. Así se entiende ciertos paréntesis que se quedan en florituras verbales. Pero como dijo Pamies en su reseña de ‘Los juegos feroces’, en determinadas circunstancias, un punteo de guitarra vacilón puede sacarte de un apuro. Pero solo uno, y de vez en cuando.

Hay dos textos laterales de Casavella que son básicos para entender el Watusi. Uno es la reseña de ‘El legado de Humboldt’, de Saul Bellow (1). Hay mucho de Charlie Citrine en Fernando Atienza, aunque a priori parezcan dos personajes muy lejanos. Ambos oscilan entre la ingenuidad y la inteligencia extrema, tienden a complicarse la vida y a rodearse de personajes extravagantes que les intentan manipular con más o menos éxito. También el sarcasmo y la ironía de Bellow tiene amplio reconocimiento en los libros de Casavella. Otro texto fundamental es el prólogo a ‘Abbadon el exterminador’ de Ernesto Sabato. Aquí, la novela y los personajes tienen poco o nada que ver con Casavella y el Watusi. Lo importante es la forma en que Sabato pone en juego la psicopatología, en concreto la paranoia.

Toda la parte mítica del Watusi tiende a entenderse como folclore, como quien saca la peluca rubia para la fiesta de disfraces. Por el contrario, al lector realista, le carga tanto rollo con las W y la cancioncita. Como dice Piglia, ‘hasta los paranoicos tienen enemigos’, o en versión popular, que sea un paranoico no significa que no me persigan. Leída desde la clave de la paranoia (y Casavella deja pistas más que evidentes en esa dirección), el Watusi cobra una dimensión completamente nueva. Una dimensión que enlaza con las novelas de Sabato, un maestro de la transformación de lo psicopatológico (en este caso, lo ficcional de la propia ficción) y abre el camino de la salvación del propio protagonista que como todo buen paranoico se ve perdido a si mismo enfrente de un mal enorme al que nunca podrá derrotar.

Pero donde el Watusi coge altura es si se la lee como una novela con doble protagonista. Fernando Atienza, el sujeto, y Barcelona, el objeto. Ambos son parte de una misma experiencia y una misma historia. Ambos crecen en cierto modo en un periodo que significa las décadas de mayor cambio urbano en la ciudad que el protagonista habita. El ir y venir de este y otros protagonistas por la historia contemporánea de la ciudad ofrece una lectura bastante más autobiográfica que los paralelismos que se puedan encontrar entre autor y personaje aquí y allá. Al hablar de ciudad, no hay debate. Lo ficcional y lo biográfico no existen, porque los sujetos pasan, pero el escenario permanece. Lo que sí es variable son las lecturas que admite ese escenario, y ahí hay también un amplio espacio para la literatura. Pero hay que agarrar ese espacio a una novela de nivel, que tenga entidad propia, si no aquello se convierte en otro de los muchos pastiches pseudohsitoricos que inundan las librerias de los aeropuertos. Sirva como muestra esta brillante descripción de la generación de los primeros ochenta:

‘…en los años siguientes, muchos se hicieron yonquis o maricas por idéntico motivo que sus abuelos ingresaron en la masonería, para hacer señas y apartes. Eran los primeros vástagos de separaciones matrimoniales en masa, testigos de una segunda vida del padre o de la madre, o del hundimiento de uno de ellos o de ambos, tan alocados y sin vigilancia como sus hijos. Luego estaba el vértigo provinciano. Todos los chicos y chicas de la zona alta eran en su mayoría una cosa, lechuguinos; fingían ser otra, príncipes y princesas de un vago país de sexo, drogas y rocanrol, y el resultado era en apariencia una tercera, erguirse en los modernos del pueblo, señoritos que esperan su herencia mientras la empeñan con pasatiempos intrincados y banales’

La otra baza ganadora en el Watusi son los personajes secundarios. De la inmensa galería de secundarios que pasean por el Watusi, hay algunos realmente memorables. De la conexión entre Casavella y la novela picaresca ya habló él mismo en su momento. Su reflejo aparece en un tipo de personaje recurrente al largo de la novela, el cantamañanas. Es el Sancho a la inversa. Acompaña al protagonista, pero se pone a sí mismo como líder, cuando nadie se lo ha pedido, y además con motivos visiblemente fantasiosos o directamente manipuladores. En ‘Los juegos feroces’, el cantamañanas es Pepito el yeyé. En ‘El idioma imposible’ es Toni Tortosa, personaje menor, pero uno de los más brillantes de todo el libro, y en ‘Viento y joyas’, es Guillermo Ballesta, personaje clave y en cuya relación con Fernando se articula el eje de toda la novela: ‘Aquella noche tuve un hermano’.

Hay Watusisi y Watusis. Hay el Watusi de cómic, el que buscan Fernando y Pepito, y Watusis de carne y hueso. Ballesta es de estos últimos. De los primeros se puede huir. De este, no.

1: La reseña de ‘El legado de Homboldt’ está recogida en ‘Elevación, elegancia y entusiasmo’, la compilación de artículos de Casavella editada en Galaxia Guttenberg, El prologo a ‘Abbadon el exterminador’ está en la edicion de la novela de Sabato en la Biblioteca El Mundo.

Francisco Casavella, ‘El día del Watusi’, Barcelona, 2008, Destino

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Viento y joyas

Pregúntate lo que yo me preguntaba cuando era joven, lo que hay que preguntarse siempre. “Si existo para ellos, ¿quién soy?”.

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La historia fue más o menos así: había una vez un país peninsular donde gobernó cuarenta años un dictador porque era el jefe de los que habían ganado una guerra civil por la gracia de Dios. El dictador murió en la cama y de viejo. Puso de heredero a un joven rey muy campechano. El rey y los que mandaban querían cambiar las cosas, pero no mucho. Más bien casi nada, modernizar, pero sin soltar las riendas. Pero los cambios son complicados. Sabemos cómo empiezan, pero no como acaban. Hacía falta la mezcla justa de audacia y tacto. Nombró presidente a un joven de Ávila por el que nadie daba un duro. El abulense, contra todo pronóstico, lo hizo bastante bien. Gustaba al público. El acuerdo era que gestionaba los cambios y se apartaba a recoger los premios y dejar gobernar a los que realmente estaban detrás esperando su turno. Pero empezó a pensar. ¿Y si…? ¿Por qué no…? ¡Todo el mundo se lo pedía! Resumiendo, que se presentó a las elecciones del nuevo sistema que él mismo había reformado. Pero para eso necesitaba un partido. Y aquí es donde empieza la película.

En las ciudades de la península las fuerzas vivas locales se pusieron manos a la obra. Si quería un partido, tendría un partido. Ya se encargarían ellos de ser los diputados. En una de esas ciudades que llamaremos, para despistar, Barcelona, se reunieron unos empresarios y crearon el Partido Liberal Ciudadano. No, perdón, era Concordia Catalana. Al frente pusieron a un empresario franquista que se había hecho millonario construyendo barrios dormitorio en las afueras y ahora tiene un museo con su nombre. ¿O era un banquero paralítico? Bueno, da igual. Llamaron a los amigos, juntaron esfuerzo y chequeras. Convocaron a los medios y a los contactos. Crearon una imagen, decidieron los colores corporativos. Estaba todo listo para ser los elegidos. Pero no coló. El presidente le encargó la faena a otro, un conocido monárquico, que hizo SU lista y SUS contactos. En dos meses, de abril a junio del 77, se organizó la federación catalana del partido del presidente, que como era previsible, arrasó en las elecciones. En Barcelona no ganó, pero sacó un resultado muy digno. Cinco diputados, nueve en toda Cataluña. Entre ellos un abogado ex alcalde franquista de l’Hospitalet, un diplomático que acabaría de presidente del Tribunal Constitucional, un filósofo orientalista que dimitió enseguida porque ni se imaginaba salir elegido, el presidente de la Unión Romaní Española ( y primer diputado gitano de España), un abogado del Opus que murió de infarto a los cuatro meses y un ex alto cargo franquista, originariamente periodista catalanista moderado que había colaborado con el espionaje franquista en el sur de Francia y que lucía en las fotos un bigote gaviota.

Veinte años después, Casavella lo cogió todo, le dio unas vueltas y metió a Fernando Atienza para escribir la segunda parte de ‘El día del Watusi’, a la que tituló ‘Viento y joyas’. El nombre viene de una canción de Leo Ferre, ‘Avec le temps’, que habla de los días de vino y rosas que ya no volverán y que le canta Guillermo Ballesta, el Sr. Lobo de la historia, a su chofer-criado, nuestro Fernando. Aquí tiene ya diecinueve años, ha dejado las chabolas y empieza a recorrer la Barcelona de finales de los setenta en coche, cochazo. Probará el lujo, las mujeres y los vicios caros. Le prometerán mucho y cumplirán nada. Pero por el camino, pasara de ser un tonto a uno que se hace el tonto. Y esto acabara salvándolo.

La referencia novelesca es ‘Los siete locos’ de Roberto Arlt. La madre de todas las novelas conspiranoicas, donde a Erdosain, el protagonista,  le mienten, manipulan y engañan todos y constantemente. Además, todos los personajes de la novela de Arlt, como aquí, están convencidos que son ellos los únicos listos y que los engañados son los demás. Claro que sí.

La novela funciona como un tiro y posiblemente en ella estén las mejores páginas del Watusi. Fernando Atienza no es ni el niño ingenuo de la primera parte ni el adulto desengañado de la tercera. Está aprendiendo. Y a caballo de esto, las partes en que Casavella acostumbraba a ponerse estupendo con profundas reflexiones que no venían demasiado a cuento quedan reducidas a lo correcto. Como decía Pàmies en su reseña, a veces un solo de guitarra puede salvarte de una situación comprometida. Pero sólo a veces, y sólo uno.

Decía Casavella en las entrevistas que lo complicado de escribir sobre ese tema, la política de la Transición, es que la realidad fue más increíble que la ficción.  Que escribía y pensaba ‘me estoy pasando, esto no se lo va a creer nadie’. Pues créetelo, chaval, que diría Pepito el Yeyé.

‘Viento y joyas’ la publicó originalmente Mondadori en 2002, como la segunda parte de la trilogía ‘El día del Watusi’. En 2009 hubo una reedición de Destino en un solo libro, corregida por Casavella. El año pasado Anagrama reeditó también esa última versión.

El dia del Watusi (2013)

Una vez le preguntaron a una nodriza de qué iba Romeo y Julieta y ella contestó: ‘de una nodriza’ (p 1133)

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Un día, leo una noticia. Habla de un antiguo izquierdista antifranquista, el más radical de todos, y el más seductor, un piquito de oro, que acabó en las veladas del Liceu y haciendo negocios con el hijísimo. Le acusan de evasión a paraísos fiscales. Otro día, casi cada día, observo las filas de turistas que recorren, a pie o en autobús descapotable, las calles de una montaña barcelonesa llena de parques y museos. Alguna vez imagino a dos niños, un gitano con una ortopedia y otro alto y desgarbado, cruzando la avenida Miramar a toda velocidad, perdiéndose hacia el Poble Sec. En estos días, en aquellos y en los que vendrán, me acuerdo de ‘El día del Watusi’.

‘El día del Watusi’ es la gran novela de Casavella. Originalmente se publicaron los tres libros, ‘Los juegos feroces’ , ‘Viento y joyas’ y ‘El idioma imposible’, entre el 2002 y el 2003. Se reedito en 2009, como un único volumen, e incorporando las correcciones que el autor había hecho en los años posteriores a su publicación. Casavella murió en 2008, cuando estaba escribiendo la continuación de las aventuras de Fernando Atienza. La reedición confiere una unidad totémica al conjunto de las tres novelas originales. ‘El día del Watusi’ hay que leerlo entero, como un solo libro. Solo así se entiende la magnitud del proyecto de Casavella.

La primera parte, ‘Los juegos feroces’, es una novela de aventuras. Transcurre en un solo día, el 15 de Agosto de 1971, el día del Watusi. Dos niños, Fernando y el Ye-ye (Tom Sawyer y Huckleberry Finn) corriendo por la ciudad, intentando descubrir un asesinato, persiguiendo un fantasma. La segunda, ‘Viento y joyas’, es una novela picaresca y también una novela de iniciación. Fernando Atienza se convierte en una mezcla de don Pablos y Lucien Chardon para describir la trayectoria que va entre la patada hacia arriba y el dejar caer sin red en los tres años iniciales de la transición, entre 1974 y 1977. La tercera, ‘Los idiomas imposibles’ es la más larga y la más diversa. Es una novela generacional, de la gente que vivió la década de los ochenta. El titulo es un juego de palabras que esta presente a lo largo de toda la obra. El idioma posible seria el real, el que utiliza la gente para entenderse cotidianamente. Pero este idioma se sustenta sobre una farsa, se utilizan palabras que no significan lo que son, aunque disimulemos que sí. El idioma imposible, el que busca el protagonista a lo largo de toda la novela, es el inverso. El que significa realmente sin necesidad de mostrarse de forma natural. Solo hay unas ciertas vías de acceso, una de ellas seria la música.

Por encima de todo esto, hay tres temas más. El Watusi es una novela de lo que Kiko Amat llama literatura de las aceras. No por casualidad se inicia en uno de los últimos restos de chabolismo, de barrios clandestinos en la Barcelona franquista, y con la sombra de un personaje, el Watusi, que recuerda al Mac The Knife brechtiano. ‘Por la esquina del viejo barrio lo vi pasar…’ . También es una historia de Barcelona. Eduardo Mendoza hizo algo similar con ‘La cuidad de los prodigios’ y Javier Calvo lo esta haciendo con otra trilogía, ‘Corona de flores’, ‘El jardín colgante’ y una tercera aun por publicar. La de Casavella es más subterránea si cabe y mucho más desencantada, más ácida con el retrato de una ciudad que en veinte años, los que van de la dictadura a las olimpiadas, tapó sus muertos y sus miserias, que fueron muchas, bajo el peso de la modernez (rima con memez) de la ‘marca Barcelona’. Es la historia de una gran farsa. Es la historia de un fracaso, el de su protagonista, Fernando Atienza, pero sobretodo es la historia de una gran mentira. En cada uno de los libros, en cada momento, hay una parte oculta. Hay un algo central que aparenta, pero que sabemos que no es, y que en el caso del protagonista, acaba conduciendo a la paranoia, tema que obsesionaba a Casavella. Como el genial personaje de Ballesta, siempre hay un lado oscuro que se escapa de la jugada. Que queda mas allá. Por eso, entre muchas otras razones, siempre vale la pena volver a ‘El día del Watusi’. Al menos, cada tres años.

 Obra maestra.

Francisco Casavella, ‘El día del Watusi’ , Destino, Barcelona, 2009

El triunfo

‘A ti, Tostao, siempre te ha faltado tiempo y te ha sobrado vida, y eso no hace más que criar mala risa y miedo’ (p. 14)

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La historia nos fascina porque la vivimos desde la distancia. Nos adentramos en guerras, conspiraciones y catástrofes de lo más variado, nos interesa y rebuscamos en el sufrimiento de otros porque cuando queremos, cerramos el libro y volvemos a nuestra confortable realidad. Así, el experto en blindados de la segunda guerra mundial o el erudito revolucionario, probablemente saldrían huyendo a la primera aparición del peligro real y físico de esas situaciones sobre las que tanto nos apasiona leer. Hubo un mas acá menos terrible, dentro del marco del siglo XX, que también genera desde hace poco cierta mística a lo, digamos, el salvaje oeste versión suburbio. Me refiero a lo que cae bajo el apelativo de lo ‘quinqui’, termino despectivo creado en su momento para nombrar a un estereotipo de chorizo de bajos vuelos, suburbanita, hijo de emigrantes, no integrado socialmente y que se dedicaba a robo y trapicheo menor, muy vinculado a la aparición de la heroína en España a finales de los setenta y los destrozos que generó en la primera mitad de los ochenta.

‘El triunfo’ fué el debut literario de Casavella. Con apenas 27 años, presenta una novela con aires de crónica negra, pero como sera una constante en sus obras, el muerto se vuelve en algo secundario respecto al elenco de personajes que salen a galería y el retrato de fondo que se dibuja a lo largo de la obra. En este caso, el protagonista es un momento histórico, un barrio suburbial de una gran ciudad española en plena explosión de lo quinqui. A un servidor, dicho momento le pillo de muy pequeño y en un contexto más protector. Pero también he oído historias de boca de protagonistas muy parecidos a los de ‘El triunfo’. Y los dos retratos se parecen mucho. Ciertamente, desde la distancia, atrae, porque comparado con el civismo hoy reinante, aquello era bastante salvaje, y por tanto, divertido. Si no lo vivías a diario. Si era así, podía convertirse en un infierno, dependiendo del rol que te tocase jugar. No creo que nadie eche de menos a los quinquis. Pero como personajes, de novela o de película, resultan entrañables. Aunque por si acaso, mejor no te cruces con un grupito de ellos que estén de mono.

‘El triunfo’ no tiene los defectos habituales y tolerables de una primera novela. Esta ya bien cocida, aunque la edición que he leído es una reedición del 2006, y conociendo el perfeccionismo de Casavella con sus propias obras, no me extrañaría que esta reedición pula las posibles novatadas de la edición de 1990. De hecho, también hay una edición en Anagrama de 1997. Veremos. Igualmente, aquí ya están presentes varias de las constantes que irán apareciendo a lo largo de su obra; la música, la Barcelona de los setenta-ochenta, el personaje semifantástico y la voluntad de enfoque narrativo desde el personaje lateral. En las novelas de Casavella la voz cantante la acostumbra a llevar alguien menos relevante, pero que a la larga resulta más interesante. Aquí se trata de ‘el Palito’, un rumbero de barrio. Una versión quinqui del bardo medieval que viajaba con la corte del rey y acudía a cantarle cuando a este le apetecía escuchar música. Si la rumba fue el genero musical por excelencia del fenómeno quinqui, otro tema con muchísima miga fue el slang generado a su alrededor. Claro, no es lo mismo oír según que cosas en boca de un negro de dos metros en el Bronx, que en boca de un tirillas de algún barrio local, el slang quinqui es algo muy cómico, y ‘El triunfo’ esta lleno de ejemplos. Aun así, resulta creíble su uso, y el recuso no acaba comiéndose a la historia. En conjunto, para algunos resulta la mejor novela de Casavella. Para mi, una de las piedras fundacionales sobre las que se armará la gran catedral casavelliana, el Watusi.

Francisco Casavella ‘El triunfo’,  Barcelona, 2006, Mondadori

El día de Watusi (2010)

“La tarea consiste en demostrar que este mundo puede ser doloroso, hasta infernal, pero no es serio” (El día del Watusi, página 36)

 

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Solo los buenos mueren jóvenes. La ristra de topicazos oídos y repetidos en Bolaño sirven igualmente para Casavella. Que si estaba en su mejor momento, que si su obra magna aun estaba por llegar… En ambos casos se trata de escritores excepcionales dentro del panorama narrativo castellano y que, independientemente del martirologio, la relectura de sus obras les pone muy por encima de la mayoría de sus (vivos) contemporáneos.

‘El día del Watusi’ es la obra referencial de Casavella. Se publicó en tres partes entre el 2002 y el 2003 (‘Los juegos feroces’, ‘Viento y joyas’ y ‘El idioma imposible’) y se ha reeditado en un único volumen, añadiendo los retoques (anecdóticos) que el autor apuntó en los años siguientes sobre el manuscrito original. Decisión lógica y que otorga coherencia a la obra, aunque parece que, como en el caso de ‘2666’, el autor tenga que estar muerto para que la editorial se atreva a algo así.

La novela es la autobiografía del protagonista, Fernando Atienza, reescrita por encargo de un desconocido, que repasa dos décadas de vida barcelonesa, del 1971 a 1995, del tardo franquismo a la resaca postolímpica, en medio de turbios manejos y recuerdos que escuecen. Un niño testigo involuntario de un asesinato irá cargando con el peso de este y otros fantasmas por una ciudad que olvida los suyos para modernizarse. Una novela negra de las de toda la vida, de base, un trasfondo  de novela histórica, y un poso existencial – biográfico amargo, tragicómico, de borracheras, bailes y amigos muertos.

La novela se mueve alrededor de tres ejes. Primero, por la comentada novela negra. El narrador y protagonista es un  peón dentro de un enmarañado juego de poder. Siempre movido o huyendo de las manos de alguien desconocido, sabe parte de la verdad, sabe que le engañan en otra parte, y sabe que hay algo, lo definitivo, que siempre quedará fuera de su alcance. A remolque de ello, como segundo eje, la novela no deja de ser los ascensos y caídas del héroe romántico, versión local, más cercano a Marsé que a Stendhal. Por lo sórdido de los escenarios y sus personajes, todos un ‘alguien’ venido a menos, entronca mejor con la novela picaresca castellana que con la romántica europea.

El tercer eje es el aura mistificadora del antiprotagonista, el Watusi. Como en las novelas de Philip K Dick, el lector se pasará toda la novela preguntándose quien demonios es el tal Watusi, y si va a aparecer o no de una maldita vez. El Watusi, ya se lo adelanto ahora, es la parte mas mítica, y por tanto más romántica, de la novela. Es el hombre que siempre baila, el que tiene el ritmo. Esta en todas partes  y en ninguna a la vez.

‘El día del Watusi’ es una novela total. Uno no imagina que podría faltarle, pero si que creo que no le sobra nada. Tiene merito, tratándose de casi mil doscientas paginas. Tanto que no pierde tensión en ningún momento, y sigue sabiendo igual de bien en la relectura. Como los clásicos.