Gallo de pelea

En el 320 a.c. un viejo poeta llamado Chanakin escribió que el gallo le enseña cuatro cosas al hombre: a pelear, a levantarse temprano, a comer con su familia, y a proteger a su esposa cuando se mete en problemas.

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Cuando en literatura alguien habla de ‘los rusos’ normalmente está reduciendo dos siglos de literatura y varias decenas de autores a dos de ellos, Tolstói y Dostoyevski. Más aún, a menudo únicamente a Dostoievski y concretamente a ‘Crimen y castigo’. En la literatura americana pasa algo similar y se reduce un catálogo aún más amplio, no necesariamente de más calidad, a una dicotomía entre dos formas de entender la literatura: Faulkner y la alta literatura o Hemingway y la literatura popular.

Faulkner es, para bien o para mal, el escritor que marcó tendencia en buena parte del siglo XX y aun sigue siendo considerado como el modelo de escritor que toda literatura debe premiar, y de hecho cada país tuvo su Faulkner patrio en la segunda mitad del XX. El español fue, obviamente, Juan Benet. No seré yo quien reste méritos a uno u otro. Como en pintura, a uno le puede gustar Pollock mucho, poco o nada, pero nadie le puede negar su importancia en la historia del arte.

No obstante, los Faulkners del mundo y sus reflectores academicistas han contribuido a ignorar autores y novelas del inagotable fondo de armario de la literatura americana del XX que en su momento no se tomaron en serio y acabaron en el cajón del pulp pero que décadas más tarde nos han ido llegando, gracias por ejemplo al buen hacer de la excelente editorial Sajalín. Charles Willeford y su novela ‘Gallo de pelea’ son un buen ejemplo de un escritor que no pretende innovar técnicamente pero que consigue algo mucho más complicado. Escribir una novela casi perfecta.

De entrada, las peleas de gallos no resulta el tema más atractivo para entusiasmarse por una novela. No sé nada del tema ni me interesa. Pero aunque el libro es la historia de Frank Mansfield, reñidor profesional de gallos en el sureste americano de los años cincuenta, las numerosas escenas de peleas de gallos y la información sobre los pobres animales no resulta farragosa, al contrario. ‘Gallo de pelea’ es un hardboiled de manual en un escenario inhabitual. Mansfield es el Marlowe de la novela y el problema que tiene que solucionar es, a corto plazo, salir de la ruina en que le ha dejado perder su última pelea y después llegar a la meta que tiene en su vida. Ganar el premio de Gallero del Año. Para conseguirlo se ha autoimpuesto una extraña penitencia, ha hecho voto de silencio, pero todo el mundo cree que ha perdido la voz involuntariamente. Con el hándicap de no romper su promesa de silencio, debe recuperarse para enfrentarse a la prueba final del campeonato anual y permitirse a si mismo recuperar el habla.

Todo en ‘Gallo de pelea’ es bueno. La tensión narrativa es perfecta. Los personajes secundarios ejercen el contrapunto necesario para que el protagonista no acapare la novela. Las transiciones entre las escenas de acción y las descriptivas fluyen con naturalidad. Especialmente brillante es la escena la de la riña en la granja redneck, con el granjero padre regateando el pago de la deuda mientras el hijo borderline intenta asesinar a Mansfield en dos ocasiones porque ha perdido su mascota, cosa que el protagonista narra con la tranquilidad de alguien que está acostumbrado a esa clase de inconvenientes.

La novela es adictiva, un ejemplo brillante de la pericia literaria a la hora de escribir buenas novelas para un gran público de Charles Willeford. Pero tiene otra virtud igual o más interesante. Como con determinadas películas de Clint Eastwood, ‘Gallo de pelea’ retrata una manera de pensar muy americana y que éticamente resulta muy interesante por el contraste que ofrece para lo que hoy que considera políticamente correcto. Porque ‘Gallo de pelea’ es tremendamente incorrecta.

Para empezar, las peleas de gallos son a muerte, lo que ha llevado a ilegalizarlas en buena parte del planeta. Además del negocio ilegal de apuestas que se genera alrededor y que es la base del negocio. Mansfield y los demás quieren hacerse ricos, como todo buen americano, y han escogido profesionalizarse en los gallos de pelea, como otros lo hacen en el poker. No hay amor por sus animales. Ellos son un medio para llegar a su objetivo socio-económico. El prestigio y el dinero de ser el mejor reñidor de gallos del sur. Los gallos sirven mientras están vivos, y si no son útiles, se sacrifican y punto.

Este darwinismo se traduce en una postura vital en la que el hombre, nuestro héroe, hace siempre lo que uno tiene que hacer. Lograr o no el objetivo puede implicar suerte o azar, pero todo lo demás, lo que le atañe, es cuestión de voluntad y de tomar las decisiones adecuadas en base al sentido común. Tanto su idea vital como su praxis individual resultan una variante del imperativo moral kantiano, resumido en la negativa a engañarse a uno mismo y traducido en la novela de forma evidente en el respeto al voto de silencio: ‘He visto a muchos hombres hacer promesas a Dios o a otras personas y después romperlas como si nada. Pero si alguna vez uno rompe una promesa consigo mismo, se desintegra. Toda su personalidad y carácter se hacen pedazos y nunca vuelve a ser uno mismo’.

Alrededor de esta fidelidad a uno mismo giran otros tres temas básicos. El dinero, el trabajo y las mujeres. El dinero es clave. El objetivo final es hacerse rico, pero aunque las apuestas sean ilegales, la palabra entre galleros vale tanto como un contrato legal. El dinero se ha de ganar honradamente, aunque sea de espaldas al estado. Mansfield rompe con su hermano por dinero (‘Si Randall quería hacer las paces conmigo solo tenia que mandarme los 300 dólares que me debía’) pero se niega a aceptar un cobro de 50 dólares por un trabajo porque es mucho más de lo que  él considera justo, cuando cualquiera de los mortales cogería el dinero y se quedaría tan ancho.

Algo parecido pasa con el trabajo. Hay la ética protestante del trabajo duro y bien hecho, frente al camino decadente y malcriado de los que prefieren quejarse, gandulear y vivir a costa del estado del bienestar. Como en Eastwood, por ejemplo, en ‘Million dollar baby’, frente al camino de esfuerzo y superación personal del protagonista hay una familia de aprovechados y vagos que se dedican a vivir del cuento. Entre ellos también aberraciones europeístas como los sindicatos: ‘Que un varón norteamericano libre tenga que pagar a unos gangsters por el derecho a trabajar siempre me ha parecido una de las costumbres más imbéciles que tenemos’

Como en todo buen hardboiled, Mansfield es muy machista. Es un machismo naturalista, del que se muestra como algo inevitable y consecuencia de las propias mujeres. Son así … ¡qué otra cosa puede hacer él que aprender a manejarlas! En la novela, los personajes femeninos se dedican únicamente a dos actividades; follar y cocinar. Todo ello al servicio del protagonista, claro: ‘Ella sabía que era una buena cocinera, y preparándome una comida decente sabría que me pondría contento. Si estaba contento con ella, me la llevaría a la cama’.

Charles Willeford pasó casi tanto tiempo en el ejército como escribiendo novelas  hasta el éxito de ‘Miami blues’, ya en los ochenta, que le dio pie a una serie de novelas negras protagonizadas por el detective afroamericano Hoke Mosley. Al final de esta primera, Frank Mansfield hace un fugacísimo cameo.

Charles Willeford, Gallo de pelea, Barcelona, 2015, Sajalín

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Una saga moscovita


¿Qué puede ser más puro y más serio en el mundo que Lenin leyendo el Pravda?

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Menos mal que fumaba.

Stalin fumó como un carretero hasta pocos meses antes de su muerte. Cigarrillos y pipa. A menudo vaciaba el tabaco de sus cigarros, de una marca común, y con la picadura rellenaba la pipa. Murió  a los 75 años, de una embolia. Tenia evidentes problemas cardiovasculares, en parte debidos a una vida de fumador compulsivo. Dotado de una constitución notable, si hubiera tenido unos hábitos saludables no es descabellado imaginar que podría haber vivido hasta los ochenta u ochenta y cinco años. Esos cinco o diez años les podría haber costado la vida a cientos de miles de soviéticos más.

Uno de ellos podria haber sido el autor de ‘Una saga moscovita’, Vasili Aksiónov. Estuvo a punto de costársela a sus padres, Pavel Aksiónov y Eugenia Ginzburg. Ambos eran apparatchik del Partido Comunista en Kazajistán. En las purgas del 37 fueron detenidos y enviados al Gulag. El pequeño Vasili, que tenia 5 años, fue internado en un orfanato del estado. A finales de los cuarenta pudo reunirse con su madre en Kolimà. Eugenia Ginzburg tiene un libro de memorias excepcional sobre su detención y condena, ‘El vértigo’ (1). El hijo, para el que decidieron que sería médico (como dice un personaje en la novela ‘los médicos siempre son necesarios’), heredó la vocación literaria de la madre y empezó a publicar novelas en los años sesenta. A principios de los ochenta fue obligado a exiliarse, como Brodsky o Dovlatov, también instalándose en los USA. Allí siguió escribiendo mientras trabajaba de profesor o periodista. Es posible incluso que coincidiera con Dovlatov en Radio Liberty o en la prensa para emigrados. Al contrario que otros escritores exiliados, Aksiónov volvió a Rusia, donde vivió temporadas. En 1994 publicó su obra magna, la monumental (más de 1.200 páginas) ‘Una saga moscovita’.

La saga del título es la familia Gradov, cuyas tres generaciones de personajes se reparten el protagonismo de la novela. El patriarca, médico cirujano al que le tocará atender a Stalin en dos ocasiones, los consabidos tres hijos de toda obra rusa que se precie (en este caso, un militar, un político y una poeta) y varios nietos, además de algunos personajes laterales con lazos más o menos consistentes con la familia. La novela ocupa algo más de dos décadas, los años más terribles de la historia rusa del siglo XX. Empieza a principios de los treinta, con la consolidación de Stalin antes del asesinato de Kirov, dedica la mayor parte de la novela a las purgas del año 37 y a la guerra, y acaba con la muerte de Stalin en 1953.

La novela tiene todo lo bueno que puede tener una buena novela histórica que trabaje un periodo tan terrible como esos años en la URSS. Aksiónov pretende un ‘Guerra y paz’ del siglo XX pero el resultado final, sin desmerecer en una novela de semejante ambición, se acerca más al ‘Doctor Zhivago’ de Boris Pasternak, que aunque tampoco está mal, no es Tolstoi. En todas ellas, la vida de la mayoría de los personajes pende de un hilo constantemente (como pendía de la mayoría de soviéticos de la época) y si a eso le sumamos una ración generosa de amores correspondidos y no correspondidos, mucho más sexuales que en las obras de Chejov, el entretenimiento está asegurado. ‘Una saga moscovita’ esta bien escrita, bien estructurada y es disfrutable. Para lo que pide la novela, resulta más que suficiente.

Lo interesante en este tipo de novelas de continuidad histórica es el protagonismo subyacente al de los personajes humanos. En ‘El dia del Watusi’, de Casavella, ese protagonista concomitante es Barcelona. Aquí intenta ser Rusia o Moscú, pero el que se alza por encima de todos con luz propia es Stalin, alias ‘el demonio en la tierra’. O así lo vería cualquiera que tomara contacto con el personaje por primera vez a través de la novela. Y en parte no le faltaría razón, porque fue el responsable directo de millones de muertos. Muchos de ellos, como dijo el propio Yezhov (2), ‘morían con su nombre en los labios’, lo cual sí que resulta inédito y desconcertante en la historia de la humanidad.

En los últimos años se ha publicado abundante historiografía sobre el periodo y el personaje, favorecida por el hecho que los bolcheviques lo documentaban y archivaban prácticamente todo, y las memorias que escribieron casi todos los participantes en el poder de aquellos años. Los que sobrevivieron, claro. Uno de los más recomendables es ‘La corte del zar rojo’ de Simon Sebag. En él se narra una anécdota histórica poco conocida que resulta aclaradora sobre el personaje. En diciembre de 1944, De Gaulle viaja a Moscú para cerrar un acuerdo de cooperación franco-soviético. Los rusos quieren que Francia reconozca el gobierno polaco pro-comunista, pero los franceses se niegan. En la cena, se celebran varias docenas de brindis antes, durante y después. En ellos, un Stalin bastante perjudicado toma la palabra:

Brindo por Kaganovich, nuestro Comisario de Ferrocarriles. Es un valiente. Si los trenes llegan tarde, lo fusilamos. Ven aquí, Lazar. (brindis). Brindo por nuestro Comisario de Aviación. Como no haga bien su trabajo, ¡lo ahorcamos!.’ La cara del adusto De Gaulle debía ser un poema. Stalin se da cuenta y le encara. ‘En este país somos así’. Al tiempo advierte que los responsables de exteriores, Molotov y Bidault se han puesto a hablar del acuerdo y grita ‘Bulganin, saca la metralleta ¡vamos a fusilar a los diplomáticos!’

Una lectura extremadamente cruel de la Historia y del Materialismo le habían enseñado que la vida humana individual no tenía ninguna importancia y que aunque todo se hacia en nombre de la raza humana y para liberarlos de sus cadenas, estos no tenían ningún valor frente al objetivo político, ya fuera ganar la guerra o simplemente mantener el poder. Ahí está lo más interesante de la novela, ese constante contrapunto entre el salvajismo histórico y la voluntad de autoconservación familiar, en la que sus miembros individuales son lo único que importan, como en cualquier familia. De la multitud de los Gradov los hay para todos los gustos, aunque el autor es notablemente más hábil con los masculinos que con los femeninos, que le quedan superficiales y tópicos. En cambio, los entreactos con los recortes de prensa soviética y extranjera de la época resultan reveladores y aportan un contrapunto de literalidad respecto al universo histórico pero ficcional de la novela. Incluso el autor utiliza puntualmente la primera persona para remarcar la ambición de entroncar su novela con las grandes epopeyas del XIX.

‘Todas esas reflexiones sobre los temas de Tolstoi, que no vienen sino a confirmar plenamente nuestro epígrafe nos eran necesarias para abordar el inicio de los años cuarenta y observar a través de un cristal mágico las lejanías de una nueva capa de esa ‘novela libre’ única en el mundo de la que nos gustaría que nuestra narración fuera parte y desde allí contemplar el grandioso espectáculo de las ‘arbitrariedades humanas’

Vasili Aksiónov, Una saga moscovita, Barcelona, 2010, Belacqua

1 Eugenia Ginzburg, ‘El vértigo’ Barcelona, 2012, Galaxia Gutenberg. El título original en ruso se traduciría literalmente como ‘el largo viaje’. De ahí se pasó a ‘el torbellino’ y finalmente a ‘el vértigo’.

2 Nicolai Yezhov. Responsable del NKVD en las purgas de los años 1937 a 1939, conocidas también como ‘la yezhovina’. Purgado y ejecutado en 1940.

El traductor

Las condiciones estaban claras. Yo tenía que encontrar la felicidad bajo esas coordenadas: casi casado con una puta frígida, sin más trabajo que un puesto ocioso en una empresa que estaba a punto de estallar por sus conflictos laborales pendientes, y sin la menor idea de lo que podría hacer de mi vida cuando pasara ese caos al que sólo soportaba pensar como transitorio (p 432)

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Juan Marsé ha escrito algunas de las mejores novelas en castellano de la segunda mitad del XX. Es uno de los grandes y cuando habla de literatura, sabe de qué habla. Hubo una polémica hace años porque se metió de jurado en el Planeta (premio que él había ganado en 1978 con ‘La muchacha de las bragas de oro’) un año que ganaron Maria de la Pau Janer y Jaime Baily. En la rueda de prensa, con los ganadores al lado, le preguntaron a Marsé qué le parecían las novelas y contestó lo que pensaba: que eran malas.

Seguramente fue la rueda de prensa más divertida de la historia del premio Planeta. Baily demostró tener más altura que la irritada Janer cuando dijo que no era lo peor que habían dicho sobre él, que tendrían que oír lo que su ex mujer hablaba de él a sus hijas. Después, ya con calma, Marsé razonaba algo fundamental. Cada año se publican, sólo en España, miles de novelas. ¿Cuántas son realmente buenas? Según él, nueve o diez. ¿Obras maestras? Una o ninguna.

El profesional del mundo editorial se escandalizará ante algo así. Para él, todo lo que publica su sello es buenísimo (1). Y como él, todos sus colegas. Contra ese argumento, siempre tienen una baza ganadora, y es que nadie es capaz de leerse todas las novelas que se publican al año. Necesitaría varias vidas a la vez para poder alcanzarlo. Ahí entra la crítica, que tiene la misión histórica de ‘leérselo todo’ y filtrar al público el trigo de la paja. O tenía, porque contra lo que siguen pensando autores y editores, el éxito o fracaso de la novela cada vez depende menos de la dirección del pulgar del crítico de turno.

Pero hay algo que sigue siendo incomprensible. Más ahora, que las barreras entre literaturas nacionales cada vez son más permeables. ¿Cómo puede ser que dentro de esos miles de novelas se sigan publicando libros y autores de una ínfima calidad literaria y obras maestras como ‘El desierto y su semilla’ o ‘El traductor’ no le interesen a nadie?.

Bueno, es poco exacto decir que no interesan. Pero no resultan buenos ‘productos’ literarios. Ambas fueron presentadas al premio Planeta argentino sin éxito, que ganaron sendas novelas perfectamente ignoradas a día de hoy. Benesdra intentó, también sin éxito, publicar ‘El traductor’ por varias vías, recibiendo siempre respuesta negativa. Demasiado larga, demasiado compleja, demasiado… Unos amigos lograron publicarla con el autor ya fallecido. Todos esos ‘demasiados’ que convierten a ambas en obras geniales asustan al editor, que además se enfrenta a la única obra en vida de un autor muerto.

Las novelas de Benesdra y Baron Biza comparten ser las primeras y únicas novelas de dos argentinos muy cultos que se suicidaron bastante jóvenes. Baron Biza antes de los sesenta y Benesdra antes de los cincuenta. Ambos se tiraron por la ventana de un piso alto.  Ahí acaban las similitudes porque si las dos novelas tienen una altísima calidad literaria, son radicalmente distintas.

‘El traductor’ es una novela holística, de ambición desmesurada. El planteamiento es básico, no habla de otra cosa que no sea un breve periodo en la vida de Ricardo Zevi, protagonista y narrador de la novela. Un traductor, izquierdista desengañado de origen judío que trabaja en una editorial progresista de Buenos Aires, en la novela ‘Turba’ y que muchos asocian a ‘Pagina/12’ donde Benesdra trabajó bastantes años. Estamos en 1990 y el narrador vive con estupor el hundimiento de la URSS y la derrota final del comunismo en la Guerra Fría. Simultáneamente su vida laboral se complica y empieza otra guerra, con la dirección de la empresa. En lo personal, conoce a una adventista diez años más joven que él con la que empieza una relación de pareja condicionada por la incapacidad de la chica para tener orgasmos. Con estos ejes, política, trabajo y relación de pareja, Benesdra teje las más de seiscientas páginas de la novela. En otra mente de menor peso, serían el tostón del siglo. Aquí se convierten en un artefacto brillante.

Con esta base, la estrategia del autor pasa por tensar al máximo las contradicciones del protagonista. Profundizar al máximo, siempre desde el yo. Por mucho izquierdismo y mucha relación de pareja que haya en ‘El traductor’, esta es una novela del yo. De un personaje tremendamente conflictivo, contradictorio, inadaptado y resentido con el mundo que le rodea, desde su odiado jefe hasta su amada novia. Su lectura del mundo que le envuelve, tanto la realidad como el molde teórico, la hace siempre desde su propia afectación, e intentando encontrar lo que le sirva para arreglar sus constantes desengaños. Es un egocentrismo literario de tal nivel que el único referente que me sirve para contraponerlo es Proust.

Tanto a Marcel como a Ricardo, el mundo les gira alrededor suyo, y cuando no gira en su dirección, se desesperan. Ambos son capaces de analizar entonces hasta el más pequeño detalle y transformarlo en literatura de calidad. Uno desde su bello y ordenado ancient regime y otro desde su propio fin de la edad de plata. Ambos escriben muy bien. También literariamente, el narrador se encariña con la narrativa de Arlt, pero tiene poco que ver con el autor de ‘Los siete locos’. Sí que entronca con otro genial escritor argentino (que no aparece ni en las lecturas ni en los recuerdos de Zevi), Antonio di Benedetto, sobretodo el de ‘Los suicidas’ o ‘El silenciero’. En ambos se da lo que Gaitanes, el jefe de Zevi, le dice en un momento del libro: ‘Usted ha leído demasiada literatura, Zevi’.   

A Zevi le pasa lo que a Don Quijote. Ha leído tanto, que ha acabado por creérselo. Cuando sale afuera, todo se complica, y surge el  miedo. Del paro, de la vejez, de la muerte, de la soledad, del fracaso. Lo original en ‘El traductor’  es cómo somatiza todos esos miedos y especialmente sus luchas entre los moldes teóricos que le han enseñado en su carrera de intelectual autodidacta y la realidad de 1990. El principal de ellos, el del marxismo. Sus valores éticos se fundamentan sobre el razonamiento sostenido en base al historicismo marxista de que pese a todo, el mundo se divide en buenos y malos y él está del lado de los buenos. Pero a la vez que el capitalismo gana la guerra fría, el Zevi traductor trabaja en un ensayo de un tal Brockner que le desgrana una lógica teórica que pone a Nietzsche o Lacan al nivel de Hobbes o Carl Schmitt. Lo que antes le hubiera generado repulsión, ahora le genera la inquietud de la duda y el sudor frio de no tener nada a mano con qué atizarle

“Me dije que tal vez era cierto después de todo de que las ideologías están muertas; me regodeé mirando por la ventana del bar cómo el sol caliente de la primavera de Buenos Aires comenzaba a fundir todas las convicciones del invierno. Sospechaba por primera vez que podía haber un placer en el vértigo de flotar en ese caldo uniforme que se había adueñado hacía tiempo de todos los espacios del planeta. El sol volcaba su fiesta de distinciones sobre todos los objetos de esa esquina, pero yo sentía que por todas partes estaba drenando una noche gris de gatos universalmente pardos (2), una apoteosis de la indiferenciación que por primera vez no lograba despertarme miedo”

Toda la parte ensayística de ‘El traductor’ es curiosa porque muestra una manera de pensar que hoy ya es habitual y que puede justificar prácticamente cualquier cosa. Le sirve como primer gran desencaje entre él y el mundo, que se materializa en la dinámica de conflictividad laboral de su empresa. El otro gran desencaje es su pareja, la adventista de provincias a la que manipula de tal forma que ya bastante antes del final de la novela ha dejado de ser todo lo que era sólo por complacerle. Zevi no acepta la disfunción sexual de su pareja, y empieza una dinámica de terapia agresiva que le lleva a situaciones grotescas.

El problema sigue siendo el mismo. El narrador cree en un molde teórico y no acepta que la realidad vaya por otro lado. Pero lo perverso es que mientras juzga su realidad laboral y política en términos morales, y por eso se decepciona cuando los demás anteponen sus intereses particulares, en su relación de pareja prima un sentido de la utilidad y la complacencia individual que a nivel público le haría vomitar. Zevi no quiere salvar a su novia de una vida sin orgasmos; no tolera el hecho de ser incapaz de provocárselos él. Es la satisfacción de su propio ego, a través de una masculinidad deforme y enfermiza, lo que le empuja a comportarse con ella como un hijo de puta.

Un psicoanalista se frotaría las manos con una novela como ‘El traductor’, pero no es el caso que nos ocupa. La novela, la vida de Zevi, es una batalla que juega en los dos terrenos clásicos donde una cierta izquierda ha fundamentado su teorización: el trabajo y el sexo. De ahí sale todo, las idas y venidas, las decepciones, las separaciones, los reencuentros, las derrotas y las pocas, pero importantes, victorias.

Obra maestra.

1: El sapo se lo tuvo que tragar, entre otros, Pere Gimferrer declarando que las novelas ganadoras le habían gustado y eran buenas. Nadie que conozca mínimamente a Gimferrer puede imaginarlo disfrutando con una novela de Mari Pau Janer, pero Gimferrer está en nómina de Planeta y Marsé no.

2: Benesdra adapta una frase clásica de Hegel, cuando este rechazaba la categoría de Absoluto tal como la usaban Fichte y Schelling usando un refrán alemán equivalente al castellano ‘de noche todos los gatos son pardos’ en el que ese ‘indistinguible’ se convierte en un ‘todo vale’ conceptual.   

Salvador Benesdra,  El traductor,  Buenos Aires, 1998, Ediciones de la Flor

Los siete locos

Era comunista: se entusiasmó con la idea de organizar una gran cadena nacional de prostíbulos, que costearían la revolución social. Era un malevo desagradable, extraordinariamente inculto. Hablábamos una noche con Ricardo Güiraldes y con Evar Méndez de un posible título para una revista. Arlt, con su voz tosca y extranjera, preguntó: “¿Por qué no le ponen El Cocodrilo? Ja, ja”. Era un imbécil.  (J.L. Borges)

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Cuando Borges se convirtió en un mito viviente de la literatura cualquier persona con una grabadora se le acercaba para que opinara sobre todo y todos. Así salieron publicadas unas opiniones políticas que, dicen, le costaron el nobel. También eran habituales los requerimientos sobre sus literatos contemporáneos, de su agrado o no. Entre los últimos, Borges nunca manifestó nada bueno por uno de los poquísimos que puede hacerle sombra en el Olimpo de las letras argentinas, el porteño Roberto Arlt.

El caso es que Arlt y Borges no compiten, juegan en ligas muy diferentes y compatibles. Arlt era un periodista que escribía novelas y Borges un aristócrata de la literatura que escribía poemas y cuentos. Arlt murió joven, con apenas cuarenta años, y Borges vivió casi todo el siglo XX. Borges escribió en el prólogo a ‘El sueño de los héroes’ – la mejor novela de Bioy –  que si hubiera escrito una novela, le gustaría que hubiera sido esa. Pero no podría haber escrito ‘Los siete locos’. No porque no le alcanzara, claro. Porque esa no era su literatura. Aunque Arlt no fue un lugar común para prácticamente nadie de los grandes nombres del Boom, sus libros contaron siempre con el respaldo de las bases. Y de estas salieron, ya en los ochenta, Piglia o Bolaño entre otros  revindicando algo que en lo popular no había desaparecido nunca.

En ‘El traductor’, de Benesdra,  el narrador se imagina como el Rufián Melancólico en una escena de dominación sexual. En un documental sobre los años del gobierno de Isabelita Perón, un ex diputado comparaba al infame Lopez Rega con el Astrólogo. Los símiles son múltiples, porque los personajes de ‘Los siete locos’ han calado en la cultura popular argentina como no podrán nunca hacerlo los de Borges; no están escritos para ello. ¿O es que alguien puede creerse Irineo Funes, o encontrarse con su propio yo cuarenta años más joven sin la ayuda de algún psicotrópico de gran calidad?. Tampoco Arlt podría competir con la perfección formal y el calado filosófico de los cuentos de Borges, pero la persistencia de ‘Los siete locos’ le agriaba la leche a él y el resto de los representantes de la alta cultura que en todas las literatura nacionales llevan muy mal que alguien menos cultivado se lleve las preferencias del pueblo llano.

Ese calado de la obra de Arlt está más que merecido. ‘Los siete locos’ es una de las grandes novelas de siglo XX en castellano, y su relativo desconocimiento al otro lado del Atlántico es inmerecido. La novela es la historia de Augusto Remo Erdosian, un pobre tipo porteño de finales de los años veinte que sufre una cadena de humillaciones de las que intentará vengarse alistándose en un delirante grupúsculo conspirativo (los siete locos) que planean dominar el país a través de una farsa revolucionaria delictiva.

En la novela conviven dos planos, el conspirativo de los siete locos y el individual de Erdosain, la historia de un idiota contada por él mismo. Se acostumbra a poner el foco en el primero, pero toda la primera parte de Erdosain es un retrato brillante sobre la humillación. La novela empieza con el despido de Erdosain porque le han pillado sisando. Su expulsión de la empresa, además por delincuente de bajísima monta, es la primera piedra de su fracaso social. La posterior búsqueda de un préstamo que le evite la denuncia de los jefes concluye con la mítica frase de rechazo de Ergeta cuando Erdosain le pide los 600 pesos: ‘¡¡Raja, turrito, raja!!

Las humillaciones en cadena (‘estamos tan aburridos que necesitamos que nos humillen’) preparan el terreno moral para el alistamiento de Erdosain en el proyecto del Astrólogo, que incluye alquimia, proxenetismo y ataques con gas venenoso, entre otras cosas. La segunda parte del libro oscila entre el monólogo delirante de dichos proyectos basados en un nihilismo milenarista que en el fondo no es nada más que ambición junto con partes más intimistas de Erdosain que parecen sacadas del Dostoyevski más afectado.

Leído hoy, la ingeniería social pseudo revolucionaria del Astrologo y compañía suena a humor negro, pero en 1929 no era tan descabellado. Lo explicaba el propio Arlt

La organización de la sociedad secreta, aunque parezca un absurdo, no lo es. Hace quince días, telegramas publicados en distintos diarios, dieron noticias de la detención en Estados Unidos de los miembros de una sociedad secreta que se llamaba «La orden del gran sello». Los propósitos de los sujetos afiliados a esta sociedad, eran idénticos a los que se atribuyen a los personajes de mi novela. Es decir, que no he hecho nada más que reproducir un estado de anarquismo misterioso latente en el seno de todo desorientado y locoide. (1)

Arlt, y sus compatriotas, leían también que un ex periodista socialista italiano había inventado un movimiento político de la nada y había tomado el poder, y no lo soltaba. O que en Rusia el imposible estado socialista se consolidaba y cuestionaba cada día el diagnostico de los que seguían pensando que ‘aquello’ no podía ser. Pero los efluvios de la política europea de entreguerras no conforman la novela. Aunque están, y Mussolini y Lenin son ampliamente citados, Arlt utiliza la geopolítica como un discurso más de los múltiples que aparecen dentro y fuera de Erdosain para poner en juego la desesperación como motor de cambio, o de desastre, a nivel social.

‘Los siete locos’ es una novela brillante, porque además de ser un clásico de la conspiranoia, sabe entroncar la literatura de calidad con la cultura popular  y también porque  tiene un especial instinto para captar y sacar momentos históricos de escisión que mal curados, o simplemente empeorados, llevan a un país al desastre. En la Argentina de 1929 se están cociendo la mayoría de los problemas que el país sufrirá a lo largo del siglo XX, especialmente en su último cuarto.

En un momento del libro, Ergeta, el farmacéutico que dice casarse con una prostituta porque así lo pide la Biblia, exclama ‘Vienen tiempos terribles’. Treinta años después, otro escritor argentino, Ernesto Sabato, pondrá en boca del Loco Barragan ‘Se acerca un dragón de sangre y fuego que no dejará piedra sobre piedra’. En ‘Sobre héroes y tumbas’, sus contertulios de bar se ríen de su profecía alcoholica. En ‘Abbadon el exterminador’, de 1973, ya no se ríe nadie.  

1: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/comentario-a-los-siete-locos/html/12565301-3d6b-4ac9-944c-73e464084331_2.html 1:

Roberto Arlt, Los siete locos, Madrid, 2003, Cátedra

Intrusos y huéspedes

Hostes vingueren que de casa ens tragueren

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Toda literatura es también un reflejo de una raigambre colectiva, de una marca de agua que te guste o no acaba apareciendo. En el caso del refranero, es un reflejo particularmente intenso y perfilado, poético. El refrán tiene el consenso histórico de las generaciones que han venido usándolo, ya que es un género literario fundamentalmente pragmático, hecho no sólo para gustar sino para funcionar. En el caso del catalán, nuestro refranero exhibe un racionalismo fatalista que parece salido de una larga conversación sobre la vida entre Bergman y Cioran. ‘Pagant, Sant Pere canta’. ‘A la taula i al llit, al primer crit’. ‘Cornut i a sobre pagar el beure’ (este es de Ingmar), o mi preferido, ‘Qui dia pasa, any empeny’, una de las cimas literarias del nihilismo.

El de la cita (1) me venía mientras releía ‘Intrusos y huéspedes’, el libro que Magrinyà público en 2005 y su penúltimo hasta la fecha. Magrinyà juega en otra liga, diferente a la de los autores vivos consagrados, los Marías, Millás y compañía, para entendernos. No es solo un debate de calidad, hay algo más. Por eso a la crítica le resulta tan difícil de ubicar. A los que elogiaron ‘Belinda y el monstruo’, les decepcionó ‘Los dos Luises’ y no han sabido qué hacer con las siguientes. El que se enfrenta de nuevas con uno de sus libros o no le gusta porque no es una novela ‘como dios manda’ o le parece algo curiosamente interesante pero extranjero; suena bien, pero no sé de qué está hablando. Como una instalación de arte contemporáneo (2).

‘Intrusos y huéspedes’ es la segunda novela de Magrinyà. Novela porque, como democracia, es el género que menos rechazo provoca con un libro así. Si fuéramos mas post, que no es el caso, lo llamaríamos artefacto. De hecho, ‘Intrusos y huéspedes’ es un diario. El protagonista es un actor de éxito, dimitido de su profesión, al que se le instala en casa el hijo adolescente que vuelve de vivir con su madre en el extranjero. Poco después, los amigos del hijo empiezan a frecuentar la casa.

El diario del narrador está dividido en dos épocas y entre ellas hay una introducción a la segunda parte escrita a posteriori  que funciona de bisagra entre ambas. La primera parte del diario es el testimonio de un descenso a los infiernos de la depresión. La segunda acontece una vez superada la enfermedad y es una especie de ‘Breaking Bad’ a la madrileña.

En su autobiografía ‘Linterna mágica’, Bergman explica un encuentro con uno de sus hijos a los que ha visto en ocasiones que se pueden contar con los dedos de una mano, para el entierro de su madre y ex mujer. Están cara a cara, Bergman intenta tener una conversación ‘de acercamiento’ y el hijo, ya adulto, le viene a decir que no hace falta que se esfuerce, con lo que Bergman se da cuenta (menos mal) que el tipo que tiene delante le es tan ajeno como los que se acaba de cruzar en la calle. La novela empieza con una idea similar. Cómo un padre y un hijo que llevan años sin verse pueden reconstruir una convivencia familiar. A la casuística típica de la paternidad se añade, o agrava, el hecho que la propia vida del narrador esta hundiéndose, con o sin el hijo, por o sin su culpa. Más bien se hunde y punto.

Aquí aparece otra referencia bergmaniana, la de Alma – Liv Ulman en ‘Persona’. Alma es una actriz de éxito que en plena representación de ‘Fedra’ decide callar y no volver a hablar. Hay una caída en la angustia a lo Kierkegaard y se encierra en su cascarón, renunciando al mundo. Esa caída es similar en ‘Intrusos y huéspedes’ y domina toda la primera parte. Con los añadidos del hijo, de los ansiolíticos y de los comentarios al pseudo Shakespeare que el protagonista está analizando en sus clases de teatro, el ‘Gualterio’.

Toda esa primera parte es una obra maestra de la psicopatología literaria, en este caso la depresión,  al nivel de lo que hace Sabato con la paranoia. En la segunda parte, como si se tratara del segundo acto de una obra de teatro, el escenario ha cambiado, aunque la escenografía sigue siendo la misma. El narrador ha salido de su pozo depresivo y ahora ya no está el hijo, que se ha ido a estudiar a Edimburgo, pero siguen sus amigos, una pandilla de adolescentes entre los que destaca Giles, un albino superdotado (como en ‘Curso de Librería’) y Samantha, una doctoranda en Química que quiere llevar a cabo un proyecto de éxtasis somático. Encontrar la droga perfecta. El protagonista ofrece su casa como laboratorio y se ponen manos a la obra.

Magrinyà acostumbra a plantear estructuras duales en sus libros. En los cuentos o en ‘Los dos Luises’ ese dualismo es personal, entre caracteres complementarios o opuestos. Aquí el dualismo está en la propia obra. Las dos partes del diario se entienden como contrapunto de ambas. No solo por el estado afectivo del protagonista. También por su relación con el mundo, sobretodo con los individuos que tiene a su alrededor que de extranjeros pasan a camaradas, o de intrusos a huéspedes

Lo importante es que en aquel momento fue como si recuperase mi casa (…) Pero en un coletazo de insólita energía le dije que después de haber oído tres veces la palabra ‘vergüenza’ no quería volverla a oír nunca más. Al domingo siguiente, los chicos me trataban de otro modo, como huéspedes y no como intrusos (p 188)

Este cambio se refleja perfectamente en la evolución del concepto ‘familia’ de la primera a la segunda parte. En la primera, la familia es la biológica y supone unas cargas y las relaciones son tirantes y cargadas de formalismos. En la segunda, la familia se abre a las relaciones libremente aceptadas y desarrolladas, unos amigos con los que a priori el protagonista no tiene nada en común pero que acaban encajando mucho mejor que quien se suponía.

Aquí hace de comodín la figura del hijo, elemento central que le aporta al narrador un sustento vital mucho mayor que el que le ofrece su propia vida. Cuando se supone que es el padre quien debe cuidar al hijo, es el hijo el que ayuda a salvar al padre. Con o sin su presencia física. Un agarradero emocional. And last, but not least, la química. La relación que el narrador establece con ella es completamente opuesta de la primera a la segunda parte, y es un buen ejemplo de su cambio de relación con el mundo que le rodea.

Después, como siempre en Magrinyà, hay un virtuosismo estilístico que sólo por ello ya merece la pena la lectura. A una precisión descriptiva de la brillantez habitual, en ‘Intrusos y huéspedes’ se le añade el factor o método ‘diario’. El diario le permite ejemplificar una estructura temporal cronológica pero discontinua. Esos vacíos marcan mejor las cargas de profundidad y la destreza analítica del autor. También el diario, e incluso la bisagra entre ambas partes, juegan bien en el campo de la reconstrucción narrativa que el protagonista hace sobre su propia experiencia. El tema es ir lo más lejos posible del naturalismo sin convertirse en algo frio y distante. Como decía Baron Biza, cuando hablo de mí mismo es cuando más tiendo a equivocarme, y en esa certeza se mueve la propia experiencia narrativa del que intenta entenderse a sí mismo a través de la plasmación de su vida en un texto escrito, aun a sabiendas de que siempre se le quedará algo por el camino.

Yo no tengo ganas de contar ‘lo que ha sido de mi’: con un poco de práctica, y si consigo articularlo, tendré ganas de contar ‘lo que soy’. Pero de momento, estoy aun en una fase de silencio’ (p 97)

1: En castellano, ‘Huéspedes vinieron que de casa nos sacaron’. En catalán tiene un sentido negativo, tipo ‘cría cuervos, que te sacaran los ojos’, pero en la novela ese sacar de casa es más positivo que negativo.

2: Y no irían muy desencaminados. Magrinyà colgó una obra de video en YouTube https://www.youtube.com/watch?v=FUxZA_BoG6g  como complemento a su último libro, ‘Habitación doble’ que refuerza esa idea de instalación. En ‘Intrusos y huéspedes’, la instalación está en el título.

Luis Magrinyà, Intrusos y huéspedes, Barcelona, 2005, Anagrama

El día del Watusi (2019)

‘El Idioma Imposible era la negación del vulgar dialecto de la vida, añadir más música a la música: invención, una sombra más verdadera que la luz’

‘¿Has leído a Nietzsche? ¿No? Bueno, ahora ya no hay tiempo. Ya lo leerás…’. (Guillermo Ballesta)

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En la escena final de ‘La ciudad de los prodigios’, el protagonista, Onofre Bouvila, el hijo de un fracasado que ha ido ascendiendo en la escala social barcelonesa de finales del XIX y principios del XX gracias a su intuición, desaparece de la ciudad en un primerizo helicóptero, mar adentro, mientras sus conciudadanos miran embobados desde tierra. Es la Barcelona de la Feria Internacional de 1929, la ciudad de provincias europea que aspira a ser una cuarta o quinta Paris. El sueño se hunde en 1936, cuando llega la guerra y acaba como acaba.

Sesenta y seis años después de la salida hacia el horizonte del trepa Bouvila, otro helicóptero aparece desde el mar y vuelve a aterrizar en Collserola. Dentro, otro trepa, Javier del Pistacho. Abajo lo esperan una nueva corte de los milagros. Niños huérfanos, teóricos amigos empresarios, azafatas, matones, figurantes de parque de atracciones y un convocado no se sabe bien a qué, Fernando Atienza. La diferencia con la escena de 1929 es que el paripé es mucho mayor. El del helicóptero no es el empresario trepa, que está en la cárcel, ni los niños son huérfanos de verdad, ni los regalos que trae son más que cajas envueltas vacías. La historia es la misma, pero la farsa ha ganado en detalles y complejidad. ¿Has leído a Nietzsche?   

Lo que sigue a esa escena son las mil cien páginas de ‘El día del Watusi’ (a partir de aquí, el Watusi), la gran novela de Francisco Casavella. Publicada inicialmente como tres volúmenes independientes (‘Los juegos feroces’, ‘Viento y joyas’ y ‘El idioma imposible’) por Mondadori entre 2002 – 2003, se reeditó ya como un único volumen en Destino en 2008, poco antes de la muerte de su autor y fue reeditada por Anagrama hace unos años. Casavella publicó seis novelas. Cuatro excelentes y dos flojas. De las cuatro, quizás alguna sea más redonda que el Watusi. Cada cual tendrá su preferida por este o aquel motivo. Pero la literatura de Casavella es el Watusi. No puede entenderse el conjunto sin esta novela. El Watusi es la catedral, las otras son iglesias.

El Watusi está escrita en flashback y en primera persona. El día del no-encuentro con el empresario encarcelado, al protagonista le encargan un informe sobre otro personaje del que todo el mundo habla, pero nadie sabe quién es y donde está, un tal José Felipe Neyra. En la escritura de dicho informe, Fernando Atienza empieza por explicar su vida a partir de ‘El día del Watusi’, el 15 de agosto de 1971. La primera novela, ‘Los juegos feroces’, es la historia de ese día. Fernando tiene 13 años y se ve implicado en un asesinato y en la búsqueda desbocada del fantasma del Watusi, el presunto asesino, por toda Barcelona. Fue la novela que más vendió y la que tuvo mejores críticas. Tenía que funcionar como gancho de lo que vendría después; rápida, limítrofe, marginal e iniciática.  Una novela de aventuras a lo Mark Twain, con otros Tom Sawyer y Huckelberry Finn corriendo de lio en lio.

‘Los juegos feroces’ es la cara A del disco. Pero lo realmente interesante siempre viene en la cara B. La segunda parte, ‘Viento y joyas’, pasa cuatro años después del día del Watusi. Un Fernando adolescente entra de botones en un banco (oficio que desempeñó Casavella en la vida real) y acaba metido en la creación de un partido político cuyo único fin es el reciclaje político de sus jefes. Ya he escrito sobre la que, para mí, es la parte más interesante del Watusi y una novela espectacular de historia y política ficción muy poco ficcional. Como dice otro personaje en la tercera parte, ‘Política y ficción son sinónimos, Fernando’.

El cierre de la trilogía es ‘El idioma imposible’. Es la más extensa en el tiempo, abarca casi los veinte años que van del final de ‘Viento y joyas’ hasta el presente de la novela, en 1995. Es la más especial de las tres. Es la más autobiográfica, pues aquí sí que se adivina al joven y no tan joven Casavella siguiendo los bares y las fiestas por los que queman las noches Elsa y Fernando. ‘El idioma imposible’ es una novela de curvas, de rincones, lucidos y oscuros. Del amor que aparece y desaparece. De la juventud, de la vida, la música y las múltiples borracheras que se ofrecen. Es también la novela que ha de cerrar el círculo, y solo por eso, por la maestría en cuadrar todas las tramas abiertas en las dos partes anteriores, ya merece un lugar en el Olimpo de las novelas.          

El Watusi es una novela muy mal criticada. No porque las reseñas sean especialmente sangrantes, tampoco brillantes. El análisis que se hace de la novela ha sido muy pobre para todo lo que lleva dentro, lo que me lleva a pensar que se ha leído poco y mal, aunque se haya vendido bastante bien para lo que es una novela de exigencia considerable.

Básicamente, la crítica del Watusi se ha hecho en tres direcciones, dos a favor y una en contra. Una línea experiencial en la que lo resaltable es no ya la experiencia personal de la lectura del Watusi, sino la del contacto con el propio Casavella, experiencia magnificada por el martirologio postmortem. Esto conduce a debates inútiles entre aspirantes a herederos de la calidad literaria del autor, como si dicha calidad pudiera traspasarse de mano en mano. La otra crítica favorable resalta el componente mítico del Watusi, que lo hay y es importante no solo en esta, sino en todas las novelas de Casavella. Pero Casavella no era un autor de ciencia ficción, y el Watusi no es Star Wars. Está muy bien crear un mundo, o más bien anexionar un mundo propio a la novela, en la que el personaje Watusi es un reflejo de los mitos, filias o fobias del lector. Pero limitarla a eso, a una fábula mítica en la que el protagonista persigue una sombra cultural, es quedarse en un nivel muy primerizo de la novela, más concretamente, el primero. El del primer libro, centrado en parte en la búsqueda de dos niños de un matón que parece, pero no es por la Barcelona de principios de los setenta.

La crítica oficiosa le ha achacado normalmente que es una novela demasiado larga e imperfecta. Que se pasa de rosca. Una vez, en un chat promocional, uno le dijo a Casavella que el Watusi se le había hecho corta. Él le contestó ‘¡Como se nota que no la ha escrito usted, amigo!’. Una novela de más de mil páginas siempre será larga e imperfecta. Lo que abarca es tan enorme que es imposible contentar a todos. Como en ‘2666’, cada lector tendrá sus partes mayores y menores. Incluso en el caso del Watusi, la identificación con una de las tres partes tiene un fuerte componente de identidad lectora, y, por ende, literaria. Esto no significa que solo pueda leerse por separado, al contrario. Casavella escribe una novela, sin ninguna duda. Pero dentro de esta novela, hay varios caminos que funcionan con vida propia y que tienen su propio lenguaje. Por el contrario, en la complejidad narrativa que supone una novela de tal calibre está lo mejor de un escritor del nivel de Casavella.

Hay una escena en la que Fernando llega a casa a las seis de la mañana y obvia una notable sucesión de bares en favor ‘de la dichosa tensión narrativa’. La tensión entre lo que a uno le apetece escribir y lo que uno tiene que escribir. Es una novela de este nivel lo que deja espacio para cosas que al autor le pide el cuerpo pero que no pasarían el corte en una novela de trescientas páginas. Aun así, uno de los puntos débiles del Watusi (y en general de Casavella) es cierta tendencia al estupendísimo. ‘Los dejes románticos y preciosistas de una prosa capaz siempre de grandes alardes, pero con tendencia creciente a resultar resabiada y sentenciosa’, Echevarría dixit.  Hay novelistas que tienen alma de poetas y hay otros con alma de ensayistas. Así se entiende ciertos paréntesis que se quedan en florituras verbales. Pero como dijo Pamies en su reseña de ‘Los juegos feroces’, en determinadas circunstancias, un punteo de guitarra vacilón puede sacarte de un apuro. Pero solo uno, y de vez en cuando.

Hay dos textos laterales de Casavella que son básicos para entender el Watusi. Uno es la reseña de ‘El legado de Humboldt’, de Saul Bellow (1). Hay mucho de Charlie Citrine en Fernando Atienza, aunque a priori parezcan dos personajes muy lejanos. Ambos oscilan entre la ingenuidad y la inteligencia extrema, tienden a complicarse la vida y a rodearse de personajes extravagantes que les intentan manipular con más o menos éxito. También el sarcasmo y la ironía de Bellow tiene amplio reconocimiento en los libros de Casavella. Otro texto fundamental es el prólogo a ‘Abbadon el exterminador’ de Ernesto Sabato. Aquí, la novela y los personajes tienen poco o nada que ver con Casavella y el Watusi. Lo importante es la forma en que Sabato pone en juego la psicopatología, en concreto la paranoia.

Toda la parte mítica del Watusi tiende a entenderse como folclore, como quien saca la peluca rubia para la fiesta de disfraces. Por el contrario, al lector realista, le carga tanto rollo con las W y la cancioncita. Como dice Piglia, ‘hasta los paranoicos tienen enemigos’, o en versión popular, que sea un paranoico no significa que no me persigan. Leída desde la clave de la paranoia (y Casavella deja pistas más que evidentes en esa dirección), el Watusi cobra una dimensión completamente nueva. Una dimensión que enlaza con las novelas de Sabato, un maestro de la transformación de lo psicopatológico (en este caso, lo ficcional de la propia ficción) y abre el camino de la salvación del propio protagonista que como todo buen paranoico se ve perdido a si mismo enfrente de un mal enorme al que nunca podrá derrotar.

Pero donde el Watusi coge altura es si se la lee como una novela con doble protagonista. Fernando Atienza, el sujeto, y Barcelona, el objeto. Ambos son parte de una misma experiencia y una misma historia. Ambos crecen en cierto modo en un periodo que significa las décadas de mayor cambio urbano en la ciudad que el protagonista habita. El ir y venir de este y otros protagonistas por la historia contemporánea de la ciudad ofrece una lectura bastante más autobiográfica que los paralelismos que se puedan encontrar entre autor y personaje aquí y allá. Al hablar de ciudad, no hay debate. Lo ficcional y lo biográfico no existen, porque los sujetos pasan, pero el escenario permanece. Lo que sí es variable son las lecturas que admite ese escenario, y ahí hay también un amplio espacio para la literatura. Pero hay que agarrar ese espacio a una novela de nivel, que tenga entidad propia, si no aquello se convierte en otro de los muchos pastiches pseudohsitoricos que inundan las librerias de los aeropuertos. Sirva como muestra esta brillante descripción de la generación de los primeros ochenta:

‘…en los años siguientes, muchos se hicieron yonquis o maricas por idéntico motivo que sus abuelos ingresaron en la masonería, para hacer señas y apartes. Eran los primeros vástagos de separaciones matrimoniales en masa, testigos de una segunda vida del padre o de la madre, o del hundimiento de uno de ellos o de ambos, tan alocados y sin vigilancia como sus hijos. Luego estaba el vértigo provinciano. Todos los chicos y chicas de la zona alta eran en su mayoría una cosa, lechuguinos; fingían ser otra, príncipes y princesas de un vago país de sexo, drogas y rocanrol, y el resultado era en apariencia una tercera, erguirse en los modernos del pueblo, señoritos que esperan su herencia mientras la empeñan con pasatiempos intrincados y banales’

La otra baza ganadora en el Watusi son los personajes secundarios. De la inmensa galería de secundarios que pasean por el Watusi, hay algunos realmente memorables. De la conexión entre Casavella y la novela picaresca ya habló él mismo en su momento. Su reflejo aparece en un tipo de personaje recurrente al largo de la novela, el cantamañanas. Es el Sancho a la inversa. Acompaña al protagonista, pero se pone a sí mismo como líder, cuando nadie se lo ha pedido, y además con motivos visiblemente fantasiosos o directamente manipuladores. En ‘Los juegos feroces’, el cantamañanas es Pepito el yeyé. En ‘El idioma imposible’ es Toni Tortosa, personaje menor, pero uno de los más brillantes de todo el libro, y en ‘Viento y joyas’, es Guillermo Ballesta, personaje clave y en cuya relación con Fernando se articula el eje de toda la novela: ‘Aquella noche tuve un hermano’.

Hay Watusisi y Watusis. Hay el Watusi de cómic, el que buscan Fernando y Pepito, y Watusis de carne y hueso. Ballesta es de estos últimos. De los primeros se puede huir. De este, no.

1: La reseña de ‘El legado de Homboldt’ está recogida en ‘Elevación, elegancia y entusiasmo’, la compilación de artículos de Casavella editada en Galaxia Guttenberg, El prologo a ‘Abbadon el exterminador’ está en la edicion de la novela de Sabato en la Biblioteca El Mundo.

Francisco Casavella, ‘El día del Watusi’, Barcelona, 2008, Destino

Curso de librería

En las pelis norteamericanas y en los cuentos de Carver “los perdedores” son gente que nos cae bien. Es una especie de “caridad estética” que al parecer nos reconforta y nos tranquiliza. (Contraportada)

El perdedor resulta un personaje entrañable… a los demás. Y no a todos, ni mucho menos. Difícilmente se admitirá a sí mismo tal y como los otros lo ven. Los que hacen gala de ello no son de fiar. Como el “raro”, el que levanta bandera no pasará de provocador o pose. El auténticamente raro (o perdedor) se considera bastante normal. El infierno son los demás.

Al perdedor, como al raro, lo hacen, no se nace. Aun así, hay clases y clases. Hay el perdedor Carver, al que la vida se le desmorona y hay el perdedor de ‘Curso de Librería’, al que la vida se le empantana. Una especie de spleen postmoderno, en el que los protagonistas no están ni al borde del suicidio ni de la inanición. Más bien no encuentran respuesta cuando se preguntan. Y ahora, ¿qué? Después de esto, ¿qué venia? O, dicho de otro modo: ¿Cómo salgo de esto? Entonces, por hacer algo, te apuntas a un curso del INEM.

Es una sensación familiar, aunque no haya pasado por ninguno de los cursos como el que ocupa la novela. El protagonista se matricula en un curso de formación para libreros en una academia concertada madrileña. Comparte aula con un grupo de rechazados por el canon del éxito social. Todos por diferentes motivos acaban pidiendo, o fingiendo pedir, otra oportunidad al mundo laboral, una penitencia para demostrar al Estado que realmente quieren la reinserción, y este les ofrece la idea de ganarse la vida ¡¡con la literatura!!.

Fernando San Basilio es una rareza genial en la literatura española. Uno de los contadísimos casos de escritor que recibe una atención mediática muy por debajo de la calidad de sus obras. Tiene cuatro novelas, dos en Caballo de Troya (Curso de Librería y Mi gran novela sobre La Vaguada) y dos en Impedimenta (El joven vendedor y el estilo de vida fluido y Crónicas de la era K-pop). Curso de Librería fue su debut, en el 2006, y cada vez que la leo me resulta igual de apabullante.

El argumento es lo menos comercial posible. El mencionado narrador que se apunta a un curso de formación para libreros que dura tres meses y tras los cuales se supone que él y sus compañeros han de salir listos para devorar el mundo editorial. Evidentemente, nadie consigue dicho objetivo.

Existe otro tópico de Curso de Escritura Creativa según el cual la primera novela ha de ir sobre algo que el autor conozca muy bien. Por ejemplo, el novio de Jaime Bayly la escribió sobre Jaime Bayly y la llamó, sagazmente, ‘Mi amado señor B.’. San Basilio escribe una novela sobre libros y el paro. Pero no sobre literatura, sino sobre el mundo del libro. La parte más mercantil, y, por lo tanto, la menos literaria, de lo que ahora llaman ‘el campo literario’. Sobre todo, lo que pasa desde que el autor envía el libro a la editorial hasta que el comprador sale de la tienda con el libro en el bolsillo, no necesariamente habiéndolo pagado.

No parece algo para salir corriendo a por el libro, pero el resultado es brillante. Un monumento al sarcasmo, empezando por el curso en sí. A nadie le interesa realmente, como en la inmensa mayoría de casos reales. El profesor querría estar o trabajando en una empresa real (como Alfonsina, la profesora de marketing del Curso) o enseñando en una universidad. Los alumnos están allí porque si no van el Estado les saca la manta, y afuera hace mucho frio. En resumen, y como señala uno de los compañeros del narrador, es aquel viejo refrán de los países comunistas; ellos hacen ver que nos pagan y nosotros hacemos ver que trabajamos.

San Basilio le saca muchísimo jugo a esta farsa inicial, y el entusiasmo del narrador llega a niveles insospechados

‘Era muy divertido jugar a guardianes de la alta cultura y cualquiera diría ahora que nosotros, tan preocupados por el abandono y la molicie cultural de los demás, conformábamos una elite de las letras y que aquellos tres meses que pasamos en la Academia Diderot fueron todo un siglo de luces’ (p. 24)

El sarcasmo y la causticidad serán una constante en toda la novela. Pero a la vez, este narrador tan inteligente y de vuelta de todo, resulta ser un personaje tremendamente naif, con la cabeza en las nubes constantemente y que solo puede dejarse llevar por los demás, sobre todo por las demás, con la boca abierta. Además, con la lucidez dando bandazos entre una desmesurada conciencia del momento y la constatación de que pasan los días y sigue igual de perdido que al principio. Tanta conciencia de uno mismo y del mundo en el que habita no puede acabar bien.

Podría acabar en una novela, porque en el protagonista de Curso de Librería se esconde un escritor frustrado (‘En una semana fui Mark Twain, Vargas Llosa y John Dos Passos’) al que han echado del diario en el que trabajaba por inventarse reportajes y que es incapaz de sentarse a escribir su gran novela, así que decide dedicarse a vender las de los demás. La gran novela aparecerá en la siguiente novela de San Basilio, y no será sobre un curso del paro, sino sobre un centro comercial. Pero tampoco existirá hasta la tercera, y no será sino una versión de un capítulo de otra muy famosa, o algo parecido.

Por si no quedara claro, el autor pone en juego a otro personaje más inteligente y más sarcástico aun que el protagonista, Gerardo el albino. Un outsider a todos los niveles, cercano a la misantropía, y que consigue meritoriamente que el narrador no parezca tan fuera del sistema. De Gerardo es la idea de montar una librería solo de libros de aventuras que se llamaría ‘El tílburi veloz’, que el narrador le roba y que los demás acogen entusiasmados en su furor librero. De hecho, el tema llega a unos extremos que cuando el narrador abre un libro y dice ‘Batí las páginas y espigué unas cuantas frases’, no sabes si se está poniendo estupendo o se está cachondeando del lector. Da igual. Con Curso de Librería es imposible no acabar riéndote por desborde. Es todo tan loco, tan acido, que llegan un punto en el que has de parar, reírlo (o llorarlo) para poder seguir.

Trabajo en una librería. Vendo libros a la gente. Hoy tengo turno de tarde, entro dentro de un rato… El sector del libro tiene tres patas: la edición, la distribución y las librerías … Y ahora, si me disculpa, tengo que irme. ¿Sabe usted lo que es el precio fijo? ¿Sabe usted lo que es el texto? ¿Me permite que la invite?’ (Página 242).

Curso de Librería no es una novela sobre perdedores. Es un elogio a la humildad. Tanto el protagonista como la novela en sí. El mérito de escribir una novela sobre un curso del paro y que resulte interesante, divertida y entrañable. Además de bien escrita, claro. Aunque esto, como la honradez, se supone. O debería suponerse.

Fernando San Basilio ‘Curso de librería’ Madrid, 2006, Caballo de Troya